CAPÍTULO 12 #5
Entré en tromba a recibir a mi viejo Pastor Alemán, que era poco más que un cachorro a mi partida al Uruguay.
Nunca vi a un perro mover la cola tan rápido y con tanta fuerza y cuando me agaché para acariciarlo, se tumbó panza arriba golpeando mi cuello con el rabo una y otra vez hasta que tuve que parar de rascarlo pues me estaba haciendo herida.
Sentí en aquel instante la sensación de haber entrado en un bucle temporal, como si el tiempo pasado en el Uruguay no hubiera existido, y tras permanecer en un letargo de casi diez años, hubiera despertado en una España en la que todos hubieran envejecido menos yo, a costa de una prosperidad que la juventud a mi partida en el año cincuenta y cinco no me había permitido vislumbrar.
Aquel fue un día maravilloso para todos.
Una parte de la familia reunida otra vez, sentados todos a la mesa disfrutando de un delicioso cocido montañés, con su lacón, su chorizo, patatas, garbanzos y grelos.
Fuera hacía un frío que pelaba. El invierno gallego seguía siendo tan duro como recordaba, pero en la cocina, calentada por el horno de hierro fundido, todo era muy diferente.
Al terminar, tomamos un queso con membrillo de postre y cantamos con papá como lo hacíamos en los viejos tiempos, cuando todos los hermanos bailábamos al son de las zarzuelas que él entonaba con su prodigiosa voz.
Echamos de menos a los hermanos que faltaban.
Alberto, instalándose con Lucía en su coqueto apartamento de Brooklyn, en Nueva York.
Lucinda, emigrada a Venezuela con su marido Andrés, con el que se había casado por poderes antes de partir.
Y Raquel, que, aunque vivía en Santiago de Compostela con su marido, mi viejo maestro, no había podido asistir a recibirnos por compromisos profesionales.
Con tristeza nos había escrito una carta de recibimiento que leímos con lágrimas en los ojos durante la sobremesa, prometiendo que máximo en dos semanas, se reuniría con nosotros para darnos la bienvenida como era debido.
Para el día de navidad recibimos una increíble sorpresa de la que sólo mamá estaba al tanto.
Ni siquiera mi padre sabía del tema y me pregunté cómo después de tantos años de matrimonio y conociéndose como lo hacían, había logrado mantener oculto algo tan importante como una reunión de todos los hermanos.
Los primeros en aparecer fueron Alberto con Lucía y su pequeña Leslye.
En la mañana del veintitrés de diciembre me encontraba cosiendo unos encargos en la vieja máquina de pedal Singer, que mi tío José había reconstruido como regalo para Lucinda y para mí años atrás.
Cuando menos curiosa fue la rapidez con la que los vecinos se animaron a hacerme encargos nada más regresé a mi hogar natal, síntoma de que recordaban el buen hacer con la aguja y el hilo…
Arreglaba la cintura de un precioso vestido de novia bordado y rematado con pedrería de cuarzo, disfrutando de la brisa de las montañas que entraba a borbotones a través de la ventana del comedor del piso de arriba, cuando escuché el llanto de un bebé.
Sonaba demasiado cercano como para ser la criatura de algún vecino así que mi intuición hizo el resto del trabajo que la lógica había comenzado.
Supe en una milésima de segundo que era mi hermano favorito con su familia, a pesar de lo absurdo e improbable que aquello podría parecer, así que levanté los pies del pedal de la máquina y salté como movida por un resorte dejando una costura a medio hacer.
En el camino hacia la finca a punto estuve de descalabrarme por las escaleras y de tropezar con el anciano Marte que tomaba el sol de la mañana, tumbado al pie de la puerta de la cocina.
Lo primero que vi fue el SEAT 1500 de Javier.
Con el portón de la enorme cajuela abierto de par en par cubría a un grupo de personas entre las que ya con certeza sabía que se encontraba mi otro hermano.
Corrí hacia ellos con toda la velocidad que mis entumecidas piernas me permitieron, como si fuera una niña de quince años otra vez.
Allí estaba, tal y como lo había presentido, mi hermano con Lucía y su niñita.
Javier los acababa de recoger en su flamante automóvil en el aeropuerto de Santiago de Compostela.
Salté sobre Alberto como lo haría un canguro ante la atónita mirada de su mujer, nada acostumbrada a ver como otra saltaba sobre su marido, aun siendo ésta su hermana pequeña.
—Pero, pero… ¿cómo puede ser? —pregunté balbuceando—. ¿Cómo tú por aquí?
—Ya ves… Echaba en falta a mi hermanita favorita.
Apenas tuve tiempo de saludar a mi cuñada y mi preciosa sobrina, vestida como una pequeña princesa con un precioso conjunto en un brillante color anaranjado pastel, cuando escuché el ruidoso motor de un nuevo vehículo que se acercaba por el sendero que daba acceso a la propiedad.
No era tan ostentoso como el auto de Javier, pero el modesto SEAT 600 de mi hermana Raquel cumplió con su función de regalarme la presencia de otro miembro más de la familia en la víspera de la nochebuena del sesenta y tres.
Me sorprendió verla a ella al volante, toda orgullosa manejando el vehículo, mi hermana mayor, un ejemplo para todos y la primera mujer de la familia en tener una carrera universitaria.
Experimenté una mezcla de alegría y admiración cuando la vi, aunque también cierto ramalazo de envidia que espoleó una vez más mis deseos de reunirme en Estados Unidos con Alberto en un corto espacio de tiempo.
Ya estábamos cinco de los seis hermanos y sólo faltaba mi querida Lucinda.
Mi compañera de batallas, de juegos, de infancia y adolescencia, que se hizo mujer al mismo tiempo que yo y con la que tantas y tantas tardes después de coser hasta que los dedos nos sangraban y las manos se entumecían, compartía confesiones y deseos sobre un futuro incierto.
Un porvenir lleno de posibilidades en un mundo nuevo que nacía y que se abría ante nuestros ojos como los pétalos de una flor en primavera.
La comida del veintitrés de diciembre la celebramos todos juntos.
Aquel día no cosí más, a pesar de la urgencia con la que el encargo del vestido de novia me había sido encomendado.
Mamá, Lucinda y yo preparamos un banquete digno del mayor de los festejos y sólo nos comedimos con las raciones por temor a dejar la despensa sin existencias para la cena de nochebuena.
Lo curioso fue que mamá, que estaba al tanto del reencuentro —pues ella misma lo había promovido a nuestras espaldas— había colmado de alimento los almacenes de la bodega y como vino nunca faltaba en nuestro hogar, disfrutamos de todos juntos de tanta comida como pudimos digerir, mientras recordábamos anécdotas y travesuras de la infancia.
Mamá se veía exultante de felicidad. Apenas probó bocado y se pasó la comida mirando a uno y otro lado, disfrutando de la presencia de sus hijos y escuchando a ratos la animada conversación, siempre vigilante a que los platos estuvieran llenos y los vasos colmados del mejor vino de la casa.
Después llegó la sobremesa y las risas continuaron.
El alcohol del vino casero se me había subido a la cabeza y Mateo me observaba con recelo.
Para él suponía un esfuerzo abstenerse de beber y, para demostrarlo, había acompañado el banquete con agua, mostrándome así su voluntad de cambiar de una vez por todas.
Así es que por una vez era yo de los dos la que estaba bebida y hacía gala de ello profiriendo exabruptos cada dos por tres, a medida que las partidas de cartas de la sobremesa avanzaban e iba perdiendo una mano tras otra.
Papá, al contrario de mamá, exhibía una suerte de euforia contenida, como si su felicidad no fuera plena y es que en la reunión familiar todavía faltaba su niñita del alma, su pequeña y dulce Lucinda.
La niña a la que tanto había echado en falta desde el mismo día en que había emigrado a Venezuela para reencontrarse con el que era ahora su marido y con el que había contraído matrimonio por poderes en la distancia.
Mamá le había ocultado que ella también estaba incluida en el reencuentro y que, aunque más tarde que los demás, igualmente llegaría para dar la traca final y que su alegría fuera plena.
Al día siguiente me levanté con dolor de cabeza.
No estaba acostumbrada a beber tanto y como habíamos reenganchado la comida con la cena, el vino no había dejado de regarme el gaznate ni por un solo momento.
Noté que Mateo no estaba en cama conmigo, probablemente porque había salido a dar un paseo matinal con Gabriel en la mañana de nochebuena, así que me desperecé, me levanté y abrí las contras de las ventanas para dejar entrar la luz del día…
A punto estuvo de darme un síncope cuando me giré y encontré de bruces con el rostro de Lucinda…
Había viajado durante la noche, pues el vuelo era más económico.
Su marido, Andrés, se había quedado en Venezuela y no por falta de ganas de venir sino porque todavía no habían ahorrado dinero suficiente.
De hecho, había sido mamá quien había pagado de su bolsillo el billete de ida y vuelta en avión y facilitar así el reencuentro de los seis hermanos.
He de reconocer que al principio pensé que era una alucinación fruto de la resaca y que tuve que palpar su cara y pellizcarme para confirmar que realmente estaba allí.
—¿Qué te pasa, borrica? ¿Es que me ves tan pálida que me has confundido con un fantasma?
—¿Pálida? ¡Pero si estás morenísima!
—Bueno… ya sabes, el sol tropical y los paseos entre palmeras.