La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 12 #4
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CAPÍTULO 12 #4

​ Decidí seguir el consejo de mamá y probar suerte con esa estrategia, así que aquel mismo día me puse mi mejor vestido y le preparé a Mateo su cena favorita.

Una vez terminé, me senté en el salón a leer una novela para matar el tiempo.

Estaba enganchada a “El camino” de Miguel Delibes y el tiempo voló casi sin darme cuenta.

Para cuando anocheció, él aún no había regresado a casa y comencé a impacientarme, así que salí al porche a respirar algo de aire puro y ahí es cuando lo vi llegar.

Venía tambaleándose, con la camisa colgando fuera del pantalón, despeinado y los zapatos llenos de barro.

Era una sombra del hombre que había conocido y del que me había enamorado…

​ Furiosa, entré en casa y, movida por un impulso visceral, tiré la cena al cubo de basura.

Después, me encerré en la habitación y para cuando escuché las llaves hurgando torpemente en la cerradura ya me había quitado el vestido y puesto unos tejanos y una camiseta cómoda.

Todo lo que había convenido con mamá se fue al traste en una fracción de segundo y me dejé llevar por la ira para enfrentarme a él.

No iba a permitir al hombre que amaba con todo mi corazón que se convirtiera en un alcohólico y todavía menos que nos arrastrara a mi pequeño Gabriel y a mí a su pozo de tristeza.

De ello dependía el futuro de mi joven familia.

​ Tal vez aquello fue lo mejor que me pudo haber pasado.

De haber llegado Mateo aquel día a casa en perfecto estado, tal vez después de haber estado buscando trabajo, dudo mucho que la estrategia que había planeado llegase a funcionar.

Sin embargo, la auténtica Isabel, la mujer valiente, inteligente, luchadora había tomado el mando.

​ Y así es como la noche del veinte de junio de mil novecientos sesenta y tres, la mujer que soy volvió a nacer como una nueva persona, diferente a la que era; audaz, atrevida, osada…

Me enfrenté a Mateo tomándolo al asalto nada más entrar por la puerta, como lo haría una horda a las puertas del castillo.

La conversación entre los dos se convirtió en un soliloquio en el que mi sorprendido marido sólo participó contestando con monosílabos y asintiendo de vez en cuando, sorprendido por el arranque de carácter de su mujer.

Lo amenacé con escaparme a España con Gabriel y dejarlo solo en el Uruguay, refocilándose en su propia inmundicia y, para cuando terminé con él, Mateo se había convertido en un cachorrillo arrugado y asustado, sumiso a los deseos de su joven esposa, aceptando la rendición sin condiciones.

​ A partir de aquel día, las cosas cambiaron.

Comenzamos a planear la vuelta a España, compramos los billetes para el barco, nos coordinamos con Javier y Verónica para hacer el viaje juntos y compramos regalos para llevar a la familia que aguardaba con ansia nuestro regreso.

Las salidas nocturnas de Mateo a los bares del barrio no cesaron, pero al menos disminuyeron su frecuencia.

Ya no llegaba a casa con copas de más y, si lo hacía, al menos se cuidaba bien de disimular para que no se notase.

​ Gabriel estaba feliz y excitado con el cambio.

Él sólo había conocido Uruguay y el viaje a España suponía adentrarse en un nuevo mundo.

Al fin iba a conocer a sus abuelos, con los que tantas veces había hablado por teléfono y sabía que allí le aguardaban nuevos amigos y aventuras en un mundo rural, muy diferente al entorno urbano en el que se había criado, rodeado de animales, bosques que explorar, árboles a los que trepar y ríos que bucear.

​ Y así fue como a principios de diciembre del sesenta y tres, justo a tiempo para celebrar al fin de nuevo unas navidades con mis padres, tomamos los seis el barco destino a España.

Los padres de Mateo y Verónica nos acompañaron y ayudaron a cargar el equipaje entre lágrimas de tristeza y vivos deseos de que pronto regresáramos al Uruguay, cosa que jamás ocurrió.

También vinieron a despedirse nuestro grupo de amigos y Mercedes con su marido.

Mi prima no paró de llorar ni un momento, sabedora de que muy probablemente jamás volvería a ver a su compañera de fatigas, con la que había iniciado aquella aventura americana hacia lo desconocido y compartido tantas penas y alegrías.

Mientras el crucero zarpaba y nos despedíamos en cubierta, Gabriel cuidaba de Adrian, el bebé de Javier y Verónica, como si de un hermanito se tratara.

Veía a mi hijo tan feliz y entusiasmado que la congoja por abandonar con el rabo entre las piernas el país al que había llegado con tanta ilusión y proyectos fue al menos parcialmente mitigada.

Pensaba en lo bien que habían salido las cosas y como gracias a mi carácter había logrado convencer a Mateo de tomar una decisión tan acertada.

Sólo quedaba ahora saber cómo reaccionaría cuando conociese mis verdaderas intenciones, pues no tenía la más mínima intención de quedarme en la aldea más tiempo del indispensable.

Y es que Alberto y Lucía nos esperaban impacientes en los Estados Unidos dispuestos a ayudarnos a emprender una nueva vida en una nueva tierra llena de trabajo y oportunidades, en donde una experta modista como yo y un relojero y joyero tan experimentado como Mateo tendrían el terreno abonado para amasar una pequeña fortuna a base de tesón y trabajo duro.

Y eso que las circunstancias no eran propicias en la fecha, pues con el presidente Kennedy recién asesinado y la convulsa sociedad americana expuesta a un importante cambio político, social y económico, la incertidumbre en el futuro suponía un desafío en mis expectativas de prosperar.

No obstante, mi determinación y arrojo permanecía inexpugnable al asalto de las dudas y, espoleada por el sexto sentido con el que había nacido y que me pinchaba en el corazón una y otra vez jurándome que aquella era la decisión correcta, partimos de regreso a España…

​ Cuando atracamos en el puerto de Vigo y vi a mamá, papá y mi hermano Fernando esperando en el puerto, se me vino el mundo encima y rompí a llorar como una tonta.

Dios sabe cuánto los echaba de menos y sólo caí en la cuenta en el momento en que al fin los vi con mis propios ojos después de tanto tiempo.

Ya en tierra, nos besamos y abrazamos reunidos como una gran familia.

Fernando, vestido con uniforme del ejército de tierra, contaba ahora con dieciocho años y se había convertido en un atractivo joven que recién comenzaba el servicio militar como chófer de un teniente coronel de la armada.

Había pedido permiso en el cuartel para salir a recibir a su hermana, a la que tanto quería y con la que había jugado y compartido tantas cosas años atrás.

—¡Dios mío! ¡Cómo has crecido, hermanito!

—No mucho. Sólo un poco más de barba.

La voz de Fernando sonaba mucho más grave en persona.

Pensé en todas las cosas que me había perdido del que había sido mi bebé hasta el triste día en que partí a hacer las américas.

Sus travesuras, que por lo que mamá me contaba, no eran pocas; su primer amor, su primera pelea, ayudarle en las tareas de la escuela.

.. Ahora era todo un hombre, nada menos que recibiendo instrucción militar.

Incluso podía ser enviado a una guerra en caso de que esta se presentase, aunque mi sexto sentido me decía que aquello jamás ocurriría…

Esta vez no necesitamos tomar el autobús de línea hasta el pueblo.

Javier había enviado dinero a España desde Uruguay y Fernando se había ocupado de comprar un flamante SEAT 1500 recién salido de fábrica.

Me sorprendió ver un coche tan grande y elegante circular por las carreteras españolas y entendí que ciertamente lo que mamá me había contado era la realidad, pues las cosas habían comenzado a cambiar.

Mucho dinero procedente de la emigración había entrado en el país y con esas divisas se había invertido en viviendas, terrenos, vehículos y negocios, creando una sólida infraestructura a lo largo y ancho del país que sentaría las bases del bienestar que hoy día disfrutamos.

Si bien es cierto que el recién estrenado automóvil de mi hermano Javier era todo un vehículo de lujo que contaba con alzacristales eléctricos entre su equipamiento de serie, las carreteras no estaban todavía a la altura y el viaje hasta la aldea fue bastante movido, por decir algo generoso y elegante.

El caso es que, eufemismos aparte, llegué con la espalda destrozada por los baches y con un agudo dolor en la rabadilla que desapareció como por arte de magia en el mismo instante en el que enfilamos la empedrada carretera local que conducía al portal de entrada de mi hogar natal.

A pesar del entumecimiento, abrí la puerta y salté del vehículo a toda prisa para empaparme del aire puro que bajaba de las montañas, arrastrando con él el perfume de las hojas verdes y el siempre fértil y húmedo campo de Galicia.

De la finca me llegaba el sonido de unos ladridos apagados, como de un perro asmático.

—Mamá, no puede ser. ¿Sigue Marte con vida?

—Sí, hija. Está viejito el pobre. Tiene artrosis en las cuatro patas y el frío invierno está haciendo estragos con su asma, pero parece que ha querido aguantar unos meses más a que regresaras.

Es como si por nuestro nerviosismo de las últimas semanas hubiera presentido que ibas a volver y se muriera de ganas de verte de nuevo.