CAPÍTULO 12 #3
Gracias a sus ahorros no tardó en encontrar hogar en Brooklyn y un trabajo en un taller mecánico justo al lado de casa.
Estaba regentado por italianos y habían quedado impresionados por las habilidades en la reparación de vehículos que mi hermano había acumulado desde muy joven, cuando había empezado a trabajar como aprendiz de papá en el taller de autobuses del pueblo.
Fue una ruptura dolorosa para mí, pero sobre todo para Javier, que se había criado con su hermano mayor y que ahora veía que tomaba un camino diferente, que los separaría por tiempo indefinido.
Pero la vida debía seguir y sólo dos meses después de la boda de Alberto, a comienzo del invierno del año sesenta y dos, Javier contrajo matrimonio con Verónica, hija de emigrantes gallegos de la zona de Santiago de Compostela.
Mi vida emprendió entonces un vertiginoso y drástico cambio que había comenzado a gestarse la noche del segundo robo a la joyería, un negocio que jamás volvería a abrir.
Con el dinero del seguro, mi suegro cerró la tienda y se jubiló.
Ya bastante había sufrido para sacar adelante la tienda y dudaba que su corazón volviera a resistir un nuevo atraco.
Así, Mateo se quedó sin trabajo de un día para otro y durante meses tuvimos que vivir tirando de ahorros y el poco dinero que ganaba cosiendo, pues no terminaba de encontrar trabajo.
Como era lógico, durante la crisis económica que comenzaba, los artículos de lujo que se vendían en una joyería no eran precisamente el bien más cotizado y muchos de los negocios del gremio comenzaron a cerrar en cascada por miedo a la oleada de atracos y la retirada de las aseguradoras de un sector que estaba siendo especialmente acosado por los amantes de lo ajeno.
Por tal motivo, mi marido tampoco encontró empleo en el sector, ni tan siquiera como relojero y se avino a trabajar de lo que apareciera.
Un mes trabajó de limpiacristales, otro de camarero en un restaurante parrillada e incluso intentó aprender a coser para echarme una mano, pero la idea no terminó de cuajar.
Así, dando tumbos de un lugar a otro, Mateo comenzó a convertirse en una sombra de lo que era, un fantasma…
Para las navidades del sesenta y dos, con Verónica, la mujer de mi hermano Javier embarazadísima de su primer retoño, él y yo tuvimos la primera conversación sobre nuestro destino.
Era sábado y había ido a visitarlo al apartamento que había compartido con Alberto y que ahora era el hogar de su familia.
Lo echaba de menos y quería hablar con él, buscando un apoyo con el que compartir mis problemas pues Mateo, deprimido por no encontrar trabajo y asfixiado por nuestro futuro económico, se había refugiado en el alcohol y había comenzado a beber más de lo recomendable.
—No sé qué vamos a hacer. Las cosas aquí cada vez están peor.
Esto ya no es el paraíso que se nos ofrecía cuando llegamos —apuntó Javier—.
Mi oficio es el de albañil y toda la obra nueva se ha parado en seco por la crisis.
Ya sólo me salen trabajos de reformas en alguna casa, pero con eso sólo gano para ir tirando y no he dejado atrás mi tierra para esto.
Si las cosas siguen igual, me estoy planteando regresar a Galicia antes de que tenga que empezar a tirar de los ahorros y me vea obligado a regresar con una mano detrás de la otra…
—Pues nosotros no estamos mucho mejor. Nos gastamos los ahorros tras el primer robo y estamos a punto de entrar en números rojos. No me dan las horas para coser pedidos y además tengo que cuidar de la casa y de Gabriel.
—¿Mateo no te ayuda?
—Mateo se encuentra mal, Javier. Se pasa el día paseando por la finca como un león enjaulado y al atardecer toma el coche y se va a un bar a beber hasta que no puede más.
—Vaya, eso sí que son malas noticias, Isabeliña. Pensaba que nosotros estábamos mal, pero tu caso es aún peor… Pienso que urge que tomemos medidas antes de que el país se vaya al cuerno. ¿No te parece?
—Ya lo había pensado —me tomé una pausa antes de continuar, dando un sorbo del mate que me había preparado Verónica—. ¿Y si siguiéramos los pasos de Alberto?
—Oh, ni hablar del peluquín —replicó Javier—.
No pienso volver a pasar por lo mismo otra vez.
Todavía conservamos algunos ahorros, lo suficiente para regresar y comprar un par de pisos en España.
No lo voy a arriesgar todo en un viaje de vaivén para llegar a Nueva York y tener que pasar por otra crisis.
Ya sabes cómo están los americanos con los rusos, la tensión política y militar entre los dos países.
¿Y si se lían a bombazos con nosotros allí?
—No seas ridículo, Javier. Los dos tienen armas nucleares suficientes para borrarse del mapa mutuamente. Jamás entrarían en una guerra que sin duda los destruiría.
Javier agachó la cabeza y guardó silencio, meditando mi afirmación.
—No vamos a seguir los pasos de Alberto, Isabel. Lo siento mucho.
—Pero ¿cómo puedes ser tan drástico? ¡Ni siquiera te lo has pensado! —exclamé con enfado.
—¿Por quién me tomas, Isabeliña? Ya sabes que no soy impulsivo como Alberto y antes de tomar una decisión siempre le doy mil vueltas.
—Sí, es verdad, Javier. Perdona, es que estoy desesperada y no sé cómo actuar. Ahora tengo un hijo del que ocuparme y temo que mi familia se esté resquebrajando.
Al verme sollozar, mi hermano se incorporó de la butaca del salón y me abrazó.
Hacía tiempo que no lo tenía tan cerca y recordé su característico olor corporal, que a miles de kilómetros de la tierra que lo había visto nacer seguía siendo el mismo de cuando éramos niños.
Me reconfortó abrazarlo y seguimos hablando en pie, uno frente al otro.
—Yo también tengo familia, hermanita. Verónica y yo tomamos la decisión de volver a España días atrás y nada nos va a hacer cambiar de opinión…
Podemos hacerlo juntos, si así lo deseas, pero es todo lo que te puedo ofrecer.
Una vez allí, puedes pedir la visa desde la embajada en Madrid y probar suerte.
Mateo es americano y no deberías tener problema si quieres seguir con tus planes y acompañar a Alberto.
Me telefoneé con él hace un par de días y parece que no le va mal.
Mil novecientos sesenta y tres fue un mal año para todos. Mateo cada vez bebía más y muchas noches llegaba a casa tambaleándose. Refugiaba en alcohol su frustración, arrastrándonos al pequeño Gabriel y a mí a un pozo cada vez más oscuro y profundo del que temía no poder salir.
En varias ocasiones, estando sobrio, llegué a plantear a mi marido la idea de volver a España y solicitar la visa para Norteamérica desde allí, no obstante, él se opuso diametralmente desde el primer día que me lo escuchó decir.
Sus padres no pensaban moverse del Uruguay y Mateo tenía demasiado apego a su familia como para ceder a mis deseos.
Usaba los mismos argumentos que Javier; que si una posible guerra nuclear, que si una profunda crisis que estaba por venir pues los americanos se estaban gastando el dinero en armas y la locura de la carrera espacial promovida por el presidente Kennedy…
Argumentaba además que el idioma era complejo y difícil de aprender y que allí no encontraríamos ninguno trabajo…
En definitiva, todo eran excusas, demasiadas para razonar una por una con un hombre cerrado en banda a consensuar conmigo una solución de compromiso, como debe hacer una pareja, tal y como hacían mis padres años atrás, cuando una sola mirada cómplice bastaba para dejarnos solos y subir a su habitación a conversar sobre los problemas cotidianos.
Así es cómo se me ocurrió llamar a mamá y pedirle consejo.
Para el mes de junio había llegado el invierno y era más desapacible que otros años.
Llovía demasiado y, a pesar de que los campos estaban más verdes y fértiles que nunca y las cosechas habían sido buenas, la crisis continuaba su irrefrenable avance mermando de forma exponencial nuestros exiguos ahorros que estaban a punto de tocar fondo.
—No sé qué hacer, madre. Mateo se niega a razonar y pronto no tendremos dinero ni para comprar los billetes de barco y regresar a España.
—Pero hija ¿estás segura de que has hablado con cariño con tu marido? En ocasiones los hombres son orgullosos y les cuesta ceder, pero si los tratas con delicadeza puedes sacar de ellos lo que quieras.
—Lo he intentado todo, mamá, pero no quiere ceder. No hace más que poner excusas y la bebida lo está arrastrando al abismo.
Llevábamos quince minutos al teléfono y la conferencia iba a resultar muy cara, pero necesitaba hablar con mi madre y empaparme de su sabiduría. Habíamos repasado las novedades familiares antes de entrar de lleno a hablar de mi problema y la vi más receptiva y dispuesta a ayudarme que nunca.
—Escucha, Isabel. España se está recuperando de la guerra y la gente empieza a tener dinero.
Ya no recuerdo la última vez que ayudé a un vecino a llegar a fin de mes, pues todos tenemos comida suficiente y se habla que por las ciudades la cosa es aún mejor.
La industria está creciendo y hay trabajo de sobra en las fábricas.
Tienes que hacerle ver eso a tu marido y tendrás un argumento incontestable para salir del Uruguay.
Después, ya tendrás tiempo de convencerlo, una vez aquí, de probar suerte en Nueva York con tu hermano.
—Es buena idea, mamá. Me gusta.
—Claro que lo es. Lo aprendí de tu padre. Él siempre dice que si quieres solucionar un problema grave tienes que ir por partes.