La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Tras un repaso de tal magnitud lo más lógico habría sido que Mateo saltara como un grillo protestando por mi injusto prejuicio. No obstante, su reacción fue fría y distante, como si hubiera oído ladrar a un perro en la distancia.

—¡¿Es que no me has oído?! —continué furiosa por haber sido ignorada. Jamás me había dirigido a él en aquellos términos, pero había sido un duro día para mí, con mucho trabajo y Gabriel especialmente quejicoso por la salida de sus primeros dientecillos…

—Es sólo que… han atracado la joyería.

Mi semblante cambió en una fracción de segundo del de una esposa enfurecida al de una madre preocupada.

—Acabo de dejar a mi padre en casa. He tenido que llevarle al hospital a que le dieran unos puntos en la ceja.

A los muy bastardos no les ha llegado con saquear el negocio, sino que le han hecho daño a papá como castigo por haberles plantado cara.

Tenía que haber sido yo, pero es que uno de ellos llevaba un revólver y…

La voz de Mateo se quebró como una rama y las lágrimas resbalaron por sus mejillas.

Era un hombre valiente y pienso que más allá de sus heridas, se encontraba lastimado en su orgullo por no haber sido él quién se enfrentara a los asaltantes.

De buena tinta sé que habría recibido los golpes de su padre sin pestañear, pero las circunstancias eran las que eran y había elegido más prudente dejarse llevar y guardar silencio.

Aquel robo produjo un cambio en la persona que hasta la fecha había sido mi marido.

Por la copia del informe policial del atraco, los asaltantes eran extremadamente peligrosos y entre su historial contaban con dos asesinatos en otros tantos asaltos a joyerías.

Era una banda procedente del sur de Brasil que había sido capturada pocos días después del saqueo y que, por desgracia, ya se había deshecho del botín capturado.

Había sido por tanto la decisión de mi esposo la correcta.

No fue sólo el orgullo y parte de la virilidad de Mateo lo que se llevó el atraco por delante.

También desaparecieron con él todos nuestros ahorros…

y es que, por un despiste de mi suegro, que había olvidado renovar el seguro de robos de la joyería, se perdió mucho dinero y tuvimos que soltar con dolor del corazón todo lo que tanto nos había costado conseguir, y así reponer el género sustraído para poder continuar con el negocio.

Por supuesto, mis suegros aportaron la mayor parte del dinero, pero dejaron sus cuentas vacías y con ello fueron incapaces de rematar el último pago de la hipoteca sobre la mansión en la que vivían.

Así pues, el horizonte de la jubilación, tan cercano para ellos hasta la fecha, se alejaba una vez más obligándoles a trabajar en la época dorada en que habían planeado su retiro, merecedores de un descanso que aún tardaría…

Los meses siguientes fueron muy duros para todos, doblando turnos y haciendo horas extraordinarias para reponer al menos parte de los fondos perdidos en el atraco y generar así un colchón que pudiera proteger al común de la familia de fatídicas eventualidades.

Por suerte, si de algo había servido el robo era para que mi suegro jamás volviera a olvidarse de pagar las elevadas cuotas del seguro de la joyería.

Éste se había duplicado los últimos meses al quedar el negocio a merced de más asaltos, en una zona de la ciudad que por momentos se iba convirtiendo en más y más peligrosa.

Y es que la crisis económica estaba por llegar, dejando atrás un ciclo de prosperidad y riqueza que nunca más se volvería a ver por aquellas fértiles tierras americanas, que tanta hambre habían quitado a los gallegos emigrados.

Y así es que el tiempo sigue corriendo, ajeno a nuestros avatares, y en una fecha en que Mateo comenzaba a levantar cabeza y a ser el hombre que en otra época había sido, el trece de enero del sesenta y dos se casó mi hermano Alberto.

Lucía, su prometida, era una joven uruguaya que había conocido por casualidad en un baile en la Casa de Galicia.

Como en un flechazo de telenovela se enamoraron perdidamente y planearon su enlace pocos meses después de su primer beso.

Qué encontró en mi hermano aquella bella mujer será siempre un misterio tan grande como el de qué vio Mateo en mí, una pequeña galleguiña que en casi nada podía competir físicamente contra las opulentas americanas.

No obstante, las cosas del amor son así y hay que reconocer que Lucía no sólo era extraordinariamente bella, sino que también trabajadora, educada y, sobre todo, inteligente.

Mi hermano lo sabía bien, pues conversando con él un día antes del enlace, le pregunté bromeando qué tenía de especial aquella mujer que había sido capaz de echar el lazo a un soltero mujeriego como él y su respuesta me alcanzó con la guardia baja.

—No te equivoques, Isabel. Soy yo el que le ha echado el lazo a ella. Una mujer como esa, sólo existe una entre un millón y he sido el afortunado al que le ha tocado. Sé bien de lo que hablo. Mi hermanita es una de esas mujeres…

Por el cumplido supe hasta qué punto estaba Alberto enamorado de Lucía y jamás volví a osar poner en duda su amor y compromiso, así que el día de la boda llegó al fin para llenarnos de felicidad celebrando un enlace tan deseado.

Todo fue sobre ruedas, meticulosamente organizado por la novia.

La ceremonia, las flores, el vestido, la música, el banquete, el reparto de asientos.

.. Fue un día perfecto para los novios y los invitados, un día que, sin embargo, para bien o para mal, marcaría definitivamente mi destino y el de la familia que había formado…

Gabriel fue el que mejor se lo pasó en la ceremonia.

Le encantaba ser el centro de atención y había hecho pleno aquel día.

Por un lado, fue el encargado de llevar los anillos al altar, vestidito con un carísimo traje de marinerito cortesía de mi nueva cuñada.

Después del enlace, y tras el banquete, no paró de bailar hasta altas horas de la noche con todos aquellos que se prestaban.

Llegó un momento en que tan cansado estaba, que se quedó dormido en pie, bailando agarrado con una de las primas de Lucía.

Aquella fue la ocasión elegida para recogernos.

Tenía los pies destrozados de gastar la pista de baile y se me había subido un poco el alcohol de los combinados servidos en barra tras el banquete.

Una mirada bastó para convencer a Mateo, así que nos despedimos de los novios, que para nada estaban cansados como nosotros y parecían dispuestos a una larga noche de pasión, y regresamos a casa para descansar.

Sin embargo, el destino nos tenía preparada una jugarreta, porque nada más entrar por la puerta sonó el teléfono.

—¿Aló? —descolgó Mateo pues yo sostenía en brazos al pequeño Gabriel que dormía a pierna suelta.

No tardé mucho en salir de la habitación de mi hijo.

Sólo tuve que descalzarlo y quitarle los pantalones y la camisa con ribetes que tan elegantemente lucía.

Lo arropé, se tumbó de lado agarrado a su trapito y su peluche favorito y siguió durmiendo.

Para cuando salí de la habitación, la cara de preocupación de Mateo me alertó de que algo malo había ocurrido.

—Sí, señor. Vamos ahora mismo para allá. Gracias por la información, supongo…

Mateo colgó el teléfono y se quedó plantado en mitad del salón con los ojos inyectados en sangre y el rostro desencajado.

—¿Qué ha pasado, Mateo? —nunca lo llamaba por su nombre, siempre cariño o querido, pero su expresión obligaba a plantear la cuestión con formalidad—. ¿Están bien tus padres?

—Han vuelto a atracar la joyería —contestó con brusquedad, para después salir como un rayo dando un portazo sin más explicación…

Y allí me quedé, toda la noche en vela aguardando su regreso pacientemente para recibir más noticias…

Mientras mi hijo dormía a pierna suelta, ajeno al drama que sobrevolaba su hogar, y mi marido evaluaba los daños en el negocio acompañado por un policía que se había quedado custodiando la entrada del local, aproveché la noche en vela para coser trabajo atrasado.

Ya amanecía cuando Mateo regresó. Entró acompañado de su padre, ambos con cara de circunstancias, la expresión del que tiene la certeza de haber tocado fondo tras una vida de arduo trabajo…

Y es que en los diez minutos que duró el atraco en plena noche, los asaltantes tuvieron tiempo a desvalijar la joyería por completo, a tal nivel que ni la póliza de seguro, cuyo límite superior de cobertura había sido superado con creces, logró cubrir los daños producidos.

Para el año sesenta y dos, Uruguay empezaba a tomar el camino de la recesión y se notaba en el aumento de la delincuencia organizada que tan de cerca había tocado a nuestra pequeña familia.

A pesar del corto periodo de tiempo transcurrido desde mi llegada, yo misma pude notar la crisis en las calles, la crispación en las gentes, hartas de una clase política corrupta e inoperante, ineficaz a la hora de lidiar con los problemas del día a día de sus ciudadanos, más preocupados por desprestigiar a sus rivales haciendo todo el ruido posible para disimular mientras se llenaban los bolsillos…

No obstante, cuando Dios cierra una puerta, otra se abre y el destino tenía preparado para los míos una alternativa mucho mejor a la actual y que permitiría a mi hijo criarse en la ciudad más cosmopolita del planeta.

El primero de los tres hermanos en abandonar Uruguay fue Alberto.

Recién casado y lleno de ilusiones, emigró con su mujer a Estados Unidos, concretamente a la ciudad de Nueva York.

No tuvo demasiados problemas para obtener el visado pues Lucía era americana y por aquel entonces era ya motivo suficiente.