CAPÍTULO 12
UNA NUEVA VIDA
N o fue un embarazo fácil. Nada fácil…
Los primeros tres meses parecía un sueño hecho realidad.
Podía hacer vida completamente normal, como si el mágico proceso de gestación que ocurría en mi interior no fuera más que una función biológica tan simple como una digestión, el respirar o los latidos del corazón.
Mateo y yo continuábamos disfrutando de nuestros jóvenes cuerpos, en una eterna luna de miel que no parecía tener fin.
Seguía yendo al trabajo como cada día y apenas notaba el cansancio en mis piernas por el peso extra que transportaba en mi vientre.
Sin embargo, al cuarto mes las cosas se empezaron a torcer.
Como agorero preludio de un castigo divino impuesto, mi suegra me sorprendió en sujetador en el baño de su casa.
Habíamos cenado con ellos la noche anterior y nos habíamos quedado a dormir en uno de los cuartos de invitados con que contaba la ostentosa mansión.
—¡Caramba, Isabeliña! ¿Y dices que vas por el cuarto mes?
—Sí, señora, y aquí estoy, más feliz que una perdiz —repliqué con sorna. Aunque aquella era su casa, no me había gustado que hubiera entrado en el baño sin al menos llamar a la puerta.
—Pues esa barriga es más de seis meses que de cuatro. Lo sé porque recuerdo la panza de mi hermana.
—¿La que tuvo los gemelos?
—Sí, esa misma. ¿Estás segura de que no traes más de una criatura?
Di un paso hacia atrás, como si acabara de ver el rostro del diablo en lugar del de la madre de mi amado esposo.
Lo cierto es que, siendo primeriza, tan maravillada estaba con las bonanzas de la gestión que había descuidado prestar atención a las preocupantes dimensiones que el vientre empezaba a tomar.
—Tiene usted razón —asentí con preocupación—. Parece que lleve en mi interior la cría de un mamut…
En las horas siguientes no pude quitarme de la cabeza las palabras de mi suegra y decidí visitar al ginecólogo al día siguiente. Como era de esperar, el médico se sorprendió tanto como lo había hecho la madre de Mateo y me confesó su preocupación.
—Vaya, vaya, Isabel. Estoy seguro de que no va a ser un parto múltiple, pero sí te confieso que el niño promete ser muy grande. Haremos seguimiento de la evolución de tu embarazo muy de cerca, pero de seguir creciendo a este ritmo, tendremos que programar una cesárea.
Por aquel entonces una cesárea no era cuestión baladí.
En una ocasión recuerdo haber visto la cicatriz en la madre de un compañero de clase mientras ayudaba a mamá en el lavadero público de la aldea.
A la buena mujer se le había subido la ropa al agacharse y me había sorprendido de las brutales señales que la cirugía mayor había dejado en la pobre mujer.
Esa imagen había persistido en mi memoria hasta el corriente y bajo ningún concepto quería que se me practicase tamaña carnicería.
Y así es como, ingenua de mí, empecé a usar una faja compresiva, creyendo que con ello la criatura se desarrollaría más lentamente y el resultado final sería el parto de un niño de poco más de tres kilogramos, tal y como me lo habían confirmado como el peso ideal para una primeriza.
Por desgracia, en mi ignorancia, no caí en las consecuencias de una imprudencia de tal envergadura y mi bebé empezó a protestar a su manera, convirtiendo el último tramo de su gestación en una pesadilla…
Náuseas, mareos, sudores fríos, vértigos, vómitos, pérdida de peso, hinchazón de pies, desajustes hormonales, migrañas…
Creo que no hay un solo síntoma negativo que no llegara a experimentar desde el cuarto mes, en que comenzaron los problemas merced a mi “brillante” estrategia, hasta el parto.
Más aún, por si la calamidad fuera ya poca, el bebé no dejaba de crecer y, para cuando llegó el noveno mes y al fin me puse de parto, tenía el vientre equivalente al de una futura madre de trillizos…
—¡MATEOOOO! ¡YA VIENE! —grité en plena noche cuando rompí aguas dejando el colchón como una piscina. La primera contracción me hizo retorcer experimentando un dolor incomparable a ningún otro que hubiera sentido antes.
Mi marido, que me había conocido como una mujer sufridora y callada y que había soportado estoicamente las inclemencias de un embarazo largo y doloroso, se levantó de la cama pegando un respingo y, asustado como un corderillo a la vista del lobo, se vistió a toda prisa y salió corriendo a la cochera como alma que lleva el diablo.
En algún momento de camino a recoger el auto, debió caer en la cuenta de que se había olvidado de mí y regresó a la carrera disculpándose amargamente por su torpeza.
Aún en medio de los terribles dolores de parto saqué fuerzas para reírme de su nerviosismo y tuve que ser yo, una inexperta futura madre primeriza, la que tranquilizase a mi esposo, que tan cerca estaba de sufrir un síncope vasovagal…
Camino al hospital a punto estuvimos en dos ocasiones de sufrir un accidente por la torpeza al volante de Mateo a quien, a pesar de ser un experto conductor, los nervios estaban jugando una mala pasada.
Para cuando llegamos a la sala de urgencias mis gritos en plena noche alertaron al personal, que al ver las dimensiones de mi vientre hubieron de trasladarme a toda prisa a la planta de maternidad.
No obstante, lo que parecía ser el desenlace de un largo calvario de cinco meses, se convirtió en una lenta agonía de contracciones y fortísimos dolores de parto.
El cuerpo humano, en su infinita sabiduría, sabía muy bien que para poder sacar de mi interior a un niño del tamaño del que yo traía debía dilatar una considerable cantidad de centímetros mucho antes de estar preparada para el alumbramiento.
Y así es como el parto se alargó treinta y siete interminables horas hasta que finalmente el miércoles veintitrés de julio del año cincuenta y ocho, mi pequeño Gabriel vino al mundo pesando la nada despreciable cifra de cinco kilos y ochocientos gramos.
Doy gracias al señor por la habilidad de la comadrona y el doctor que asistieron el parto, que con su diligencia y buen hacer minimizaron las consecuencias del nacimiento de un pequeño de tales dimensiones.
En cualquier caso, aquel mismo día me juré que jamás volvería a tener niños y que, en caso de planteármelo en el futuro, recordaría cada uno de los ciento cincuenta días de penuria desde que al cuarto mes tomé la decisión de enfajarme el vientre…
No fue ese el único juramento que me hice aquel día y es que, como toda madre orgullosa, mi bebé era el más bello y maravilloso que jamás hubiera visto la luz del mundo.
Gabriel, al que habíamos llamado así en honor al arcángel mensajero predilecto de Dios, tenía el rostro de la pureza de la figura divina que le daba nombre.
Con el peso que traía, parecía contar con tres meses en el mismo instante de nacer y lo hizo con la madurez de un niño tranquilo, riéndose en lugar de llorar, reaccionando con una carcajada al cachete del galeno.
Los cuatro primeros meses de vida de Gabriel fueron maravillosos y disfruté de él cada día como si fuera el primero.
Mateo no quiso que regresara al trabajo por el momento ya que con su asignación en la joyería familiar ganaba dinero más que suficiente para mantenernos y al mismo tiempo ahorrar una buena cantidad de cara a un incierto futuro.
Así es como pude dedicarme enteramente a la crianza del pequeño hasta que llegó el momento en que deseé incorporarme al trabajo.
Viniendo yo de una familia de tradición trabajadora y con una madre que al día siguiente al alumbramiento de cada uno de los hermanos había regresado a sus tareas en el campo, no era capaz de dedicarme solamente a ver crecer a mi pequeño, así que propuse a Mateo regresar a la fábrica y que mi suegra se ocupara del pequeño Gabriel en mi ausencia.
No obstante, el conocía bien mis deseos y la clase de mujer trabajadora con la que se había casado, así que durante los meses que siguieron al parto había urdido un plan para que pudiera conciliar mis ansias de retornar al trabajo sin descuidar la crianza de mi bebé.
Así es como Mateo había contactado con un prestigioso sastre judío que tenía su taller muy cerca de nuestro hogar y le había propuesto que yo cosiera para él desde casa…
He de reconocer que al principio la idea no me pareció propicia, y no porque no fuera buena, sino porque no me gustaba que mi marido tomara unilateralmente decisiones sobre el futuro.
Pero finalmente convine aceptar y así es como empecé a trabajar desde casa, cosiendo elegantes trajes de hombre desde que me levantaba hasta que me acostaba, aunque sin descuidar ni por un instante la crianza de Gabriel ni apartarlo de mi lado.
Fue una época dura y de mucho trabajo.
No tenía un solo momento del día de descanso y, sin embargo, era la mujer más feliz del mundo, pues todo nos marchaba bien.
Para el año sesenta, gracias al dinero adicional que ingresábamos de la costura, teníamos una insultante cantidad de dinero con el que habríamos podido regresar a España y pasar el resto de nuestros días viviendo de las rentas de las viviendas que podríamos haber adquirido.
No obstante, la vida es traicionera en ocasiones y cuando las cosas parecen ir mejor es cuando se tuercen y golpean como una losa en la cabeza…
El primer robo a la joyería fue el seis de abril del sesenta y uno…
Aquel día Mateo regresó a casa muy tarde, tanto que llegué a preocuparme y hasta a punto estuve de llamar a la policía. Traía un roto en la manga del suéter y una pequeña mancha de sangre en el cuello de la camisa, a la altura de la oreja derecha. Venía triste, cabizbajo, humillado, taciturno…
—¡¿Qué te ha pasado?! —exclamé gritando como una loca—. ¡No me digas más! ¡Te has metido en una pelea con tus amigos al salir del trabajo!