CAPÍTULO 11 #4
Nos despertamos al mediodía del día siguiente con un apetito atroz.
Nada quedaba ya de los excesos del banquete y nuestros estómagos rugían con furia pidiendo reponer fuerzas.
Dejé a Mateo retozando sobre el colchón y me levanté de la cama.
Me vestí algo cómodo y salí a la cocina para preparar un desayuno proporcional a las energías consumidas durante la noche.
Sin embargo, la nevera estaba casi vacía y en aquellos días de locura y preparativos para la boda, rellenarla no había entrado en mis prioridades, así que me apañé con unos huevos y unas tostadas.
Los huevos a la sartén dejaban un olor tan apetecible que a punto estuve de despachármelos yo sola y dejar a mi marido sin desayuno.
Mientras cuajaban en el aceite caliente recordaba la noche tan maravillosa que habíamos pasado y me estremecía de deseo y ganas de repetir.
Como si lo hubiera adivinado, sentí los brazos de Mateo rodeando mi cintura.
—Deja eso —me susurró al oído, en tanto alargaba el brazo para sacar la sartén del fuego y apagarlo—. Ven a la cama conmigo.
Sujetó mi brazo con firmeza y me dejé arrastrar hasta el colchón en donde me hizo suya de nuevo y disfrutamos de horas de pasión, como si la noche anterior no hubiera existido, como si el mundo fuera a terminarse y quisiéramos exprimir de nuestros cuerpos toda la vida que le quedaba antes de perecer.
Hasta el amanecer del día siguiente no volvimos a existir para el resto de la humanidad.
Habíamos desayunado a la hora de cenar y estábamos hambrientos y a punto de desfallecer.
Hicimos el amor una última vez mientras nos duchábamos y me di cuenta de que mis inhibiciones se habían esfumado como por arte de magia.
El disfrutar de mi marido a oscuras se había terminado y a la luz de la potente bombilla del cuarto de baño gocé de cada pliegue de su piel, de cada curva de su anatomía, de sus fuertes músculos y su potente virilidad.
Nos vestimos y atravesamos la propiedad para llegar a la casa de sus padres.
Entramos por la puerta de servicio, que daba acceso directo a la cocina y allí asaltamos la nevera como dos lobos hambrientos.
Para cuando terminamos, habíamos dejado bajo mínimos el stock de provisiones, así que tomamos el coche de Mateo para llegar a mi viejo apartamento.
Quería saludar a mis hermanos y hacer la compra en el ultramarinos de la señora Carmen, que tanto había hecho por nosotros permitiéndonos usar su teléfono y sin la que probablemente, jamás Mateo podría haber retomado el contacto conmigo ni, por supuesto, haberse convertido en mi esposo.
No había contado con que Javier y Alberto estarían en el trabajo, así que les dejé una nota bajo la puerta, hicimos la compra y regresamos a casa a rellenar la nevera que habíamos asaltado y la mía propia…
Aquella semana nos pasó volando sin hacer mucho más que amarnos y comer en los ratos libres. El domingo llegó pronto y tocó zafarrancho de limpieza, pues el lunes retomaba el trabajo y no quería empezar con la casa patas arriba.
A la mañana siguiente, me levanté fatigada, como si la semana de permiso por matrimonio me la hubiera pasado corriendo maratones en lugar de descansar.
Mateo condujo hasta la fábrica de Caubarrere y allí me dejó después de darme un profundo beso que me hizo desear hacerle el amor allí mismo, dentro del coche y a plena luz del día…
Y así pasaron los días, las semanas y los meses.
Los dos enamorados como dos chiquillos disfrutábamos de la vida tal y como se nos había presentado, saboreándola a pequeños sorbos, regocijándonos de los más leves detalles, disfrutando de nuestros jóvenes cuerpos con las pocas energías que nos quedaban tras largas jornadas.
Y es que salvo en el último año en España, en el que mamá me obligó a tener tres empleos para aprender otros tantos oficios, jamás recuerdo haber trabajado tanto como en aquellos años en Montevideo.
Los gallegos que emigrábamos partíamos al extranjero con un concepto muy claro en la cabeza, y es que no cabía más opción que trabajar duro y hacer dinero en el menor tiempo posible.
Tal vez por aquello del pesimismo que el lluvioso y desapacible clima que nuestra tierra natal obligaba, pensábamos que lo bueno tenía fecha de caducidad, como los días soleados y calurosos del verano de San Martín…
Y es por ello que si las cosas se torcían y la situación económica empeoraba en los países a los que habíamos elegido emigrar, al menos trabajando duro habríamos hecho el dinero suficiente como para partir holgadamente hacia otro destino más favorable en el que instalarnos.
Así, por las mañanas trabajaba en la fábrica de ropa y por las tardes cosía sin descanso por encargo hasta que el sol se ponía en el horizonte.
Mateo, por su parte, hacía turno partido en la joyería de sus padres, haciendo las veces de dependiente y experto relojero.
Pronto se hizo un nombre entre las gentes del céntrico barrio en el que su padre regentaba el lucrativo negocio, tanto por su habilidad para reparar cualquier tipo de mecanismo —por estropeado que éste estuviera— como por su amabilidad y don de gentes.
Pero lo que es una bendición, muchas veces lo es al mismo tiempo una desgracia y se traía a casa cada día una bolsa con relojes averiados para reparar.
Todavía lo recuerdo sentado en la mesa de la cocina hasta altas horas de la noche, con sus gafas lupa y los ojos hinchados de tanto forzar la vista, reparando relojes uno tras otro hasta que la bolsa quedaba vacía.
Luego empaquetaba cuidadosamente cada unidad en un paquetillo forrado en terciopelo verde, no sin antes pasarle un paño con líquido limpiador hasta que las correas y la esfera brillaban tanto que deslumbraban a la luz del flexo.
En ocasiones, por respeto y solidaridad con él, me forzaba a quedarme despierta y me pegaba para darle calor bajo las sábanas.
Me besaba con ternura, me daba las buenas noches y se giraba sin hablar para quedarse dormido en segundos…
y así se reiniciaba el contador para otro nuevo día de duro trabajo.
Las navidades del año cincuenta y siete llegaron casi sin darnos cuenta.
Para las primeras fiestas como marido y mujer ya teníamos una considerable suma de dinero ahorrada gracias al sudor y el esfuerzo de largos días de trabajo y cortas noches casi sin dormir.
Pero éramos felices, mucho más de lo que jamás habíamos sido.
Dos almas unidas, inseparables, compenetradas, un equipo de dos que pronto se convertiría en tres…
La nochebuena del cincuenta y siete la celebramos en la casa de los padres de Mateo rodeados de su familia, de Mercedes con Gerardo, que ya habían fijado fecha para su boda en febrero y de mis hermanos.
Aún con la nostalgia por la ausencia de mis padres, con los que puntualmente cada semana me carteaba, fui muy feliz en aquellos días y la cena se convirtió en una celebración tan alegre y distendida que terminamos bailando todos con todas en el gran salón de la elegante casa.
Echaba de menos salir con mi marido de fiesta y bailar con él tal y como hacíamos antes de casarnos y disfruté de cada pieza de música que sonó en el moderno tocadiscos de mis suegros. No obstante, la noche perfecta pareció tornarse gris cuando comencé a sentirme indispuesta…
—¿Estás bien, Isabeliña? —indagó Mateo al ver como la piel de mi cara iba perdiendo color por momentos.
—No sé. Me habrá sentado mal algo de la cena.
No bien hube terminado aquellas palabras cuando sentí el irrefrenable impulso de vomitar y corrí hacia el baño. Una lástima porque había disfrutado de una exquisita cena que terminó íntegramente bañando la cerámica del WC.
Preocupado, Mateo insistió en acercarme al servicio de urgencias en donde nos atendió un veterano y amable doctor a punto de jubilarse.
Nos confesó que siempre se pedía trabajar en aquellas fiestas tan señaladas pues su mujer había fallecido recientemente y sus hijos estaban emigrados en Estados Unidos, así que al menos, con la cabeza distraída en el trabajo, lograba ahuyentar de la mente los temidos y viejos fantasmas…
—¿Ha tenido últimamente nauseas o esta es la primera vez?
La pregunta del galeno me hizo pensar en que en las últimas semanas había eludido un par de comidas. Me había sentido pesada y con mal cuerpo y con algunos platos sentía una especie de rechazo.
—¿Piensa que puede ser algo malo, doctor? —indagó Mateo visiblemente preocupado.
—Pienso que no, pero voy a hacer unas pruebas a su esposa para verificar mis sospechas.
El médico nos dejó a solas y Mateo me confesó indignado que no entendía la suficiencia y ligereza con la que me había explorado, como si no le diera importancia alguna al estado en el que me encontraba y es que todavía vomité un par de veces más hasta que la enfermera llegó con su equipo para hacerme algunas pruebas.
Para cuando terminó su trabajo, mi marido, cada vez más intrigado y nervioso, insistió en si conocía algo sobre el diagnóstico.
—No se preocupe. No es nada grave, al menos no lo será hasta dentro de quince años —contestó la enfermera guiñándome un ojo.
Al instante comprendí a qué se refería y me sentí tan feliz, inundada por un torrente de adrenalina, que las náuseas cesaron.
—¿Será posible? —me soltó Mateo furioso apretando los puños—. ¿Cómo puede bromear en estos momentos? No se referirá a un cáncer o algo así, ¿no?
—No, tonto, para nada. Anda, relájate y aguardemos a que llegue el doctor.
Mi marido se mordía las uñas caminando de un lado a otro del box de urgencias como si de un león encerrado en una jaula se tratara. Para cuando estaba a punto de estallar y poner patas arriba medio hospital, al fin llegó el médico luciendo una sincera sonrisa.
—Bueno, Isabel. Mis sospechas se han confirmado. Está usted embarazadísima de unos dos meses y calculo que su retoño nacerá para el mes de julio.
El pobre Mateo, tan nervioso y pesimista, experimentó una sensación tan intensa al recibir la noticia que colapsó y cayó redondo al suelo.
Fueron necesarias tres enfermeras y un par de celadores para levantarlo y subirlo a una camilla y para cuando despertó, media hora más tarde, los efectos de la medicación para cortar las náuseas ya me habían hecho efecto y me encontraba mucho mejor.
—¿A qué se refería la enfermera cuando dijo que la enfermedad no sería grave hasta dentro de quince años? —fueron las primeras palabras de Mateo al abrir los ojos y verme en pie a su lado. Habíamos ido para tratarme a mí y finalmente habían tenido que asistirlo a él.
—La adolescencia, ya sabes…
La expresión de Mateo cambió radicalmente y su semblante pareció llenarse de luz. Era la noticia más maravillosa que había recibido en toda su vida… y ciertamente lo era para los dos. ¡Íbamos a ser padres! ¿Qué puede haber más mágico que haber sido bendecido con el don de crear una nueva vida?