CAPÍTULO 11 #3
El día de navidad, me desperté con la cabeza palpitando como un tambor a ritmo de los latidos del corazón y unas profundas arcadas.
Me levanté corriendo al baño y vomité tanta comida sin digerir que me llegué a preguntar si mi estómago se habría puesto en huelga indefinida…
Cuando me estaba limpiando, alguien golpeó en la puerta del baño.
Al principio confundí el sonido con los latidos de mis sienes, pero cuando se repitió entendí que sería uno de mis hermanos protestando para entrar y repetir la misma rutina que me había llevado a arrojar la cena de la noche anterior casi sin procesar.
Era Javier, con unas ojeras que le llegaban hasta la comisura de los labios. Despeinado, sin afeitar, ataviado sólo con unos calzoncillos largos, parecía un indigente desequilibrado recién escapado de un psiquiátrico…
—Tienes una llamada — fueron las únicas palabras que acertó a pronunciar antes de volver a taparse la boca para evitar arrojarme la cena por encima.
—¿Llamada? ¿De quién?
El pobre de mi hermano no pudo contestar.
De un empujón me sacó del baño y cerró la puerta tras de sí.
Mientras escuchaba los ruidos guturales de Javier y los sonoros ronquidos de Alberto, que todavía dormía a pierna suelta y al que Dios había dotado de un estómago a prueba de bomba, me preguntaba quién me estaría llamando.
Me puse un vestido a toda prisa y calcé las zapatillas para bajar al ultramarinos sin tan siquiera haberme peinado.
—Tienes una llamada, Isabeliña — me dijo la señora Carmen, la dueña del establecimiento.
—¿Qué hace usted en la tienda el día de navidad? —pregunté mientras me acercaba al teléfono de la tienda.
—Haciendo inventario. Algún día tenía que ponerme.
Me encogí de hombros y descolgué el teléfono, esperando escuchar la voz de mamá o papá al otro lado deseándome unas felices fiestas. Sin embargo, no escuché a ningún familiar, no por el momento…
—¿Aló? —al otro lado de la línea se escuchaba una respiración agitada—. ¿Diga? ¿Con quién hablo?
—Soy yo, Isabel.
El auricular resbaló de mi mano y se estrelló contra el mostrador ante el estupor de la señora Carmen. Por suerte, el aparato resistió el impacto sin apenas un arañazo.
—Ten cuidado, hija. Ese teléfono me ha costado las ganancias de una semana.
—Descuide, señora Carmen. Se me ha resbalado —mentí.
No cabía duda de que era la voz de Mateo la que me hablaba y ahora la de la respiración agitada también era yo.
Volví a tomar el auricular y lo pegué a la oreja.
—¿Qué quieres? —pregunté bruscamente, haciéndome la dura.
—Sólo quería la oportunidad de hablar contigo y disculparme por lo ocurrido.
Mis intenciones contigo son buenas. Simplemente me dejé llevar por un impulso y me siento muy arrepentido.
Quería decirte que estoy dispuesto a esperar por ti lo que haga falta y, por supuesto, a respetarte durante el tiempo que tú consideres oportuno.
Cada palabra de disculpa se clavaba en mi corazón como un dardo envenenado, haciéndome sentir culpable por haber sido tan dura con él.
Su voz grave y varonil hacía que me temblaran las piernas y pude confirmar en aquel preciso instante que era el hombre de mi vida y que quería pasar con él el resto de mis días.
Y lo supe del mismo modo, con la misma certeza, que el día que nos conocimos y estrechamos nuestras manos por primera vez.
—No sé, Mateo…
—Escucha, Isabeliña. Si me dices que tengo una oportunidad contigo, hoy mismo empaco las maletas y tomo el primer tren a Montevideo, pero tengo que saberlo ya porque la incertidumbre me está matando.
Sé que sientes por mí lo mismo que yo por ti y es ridículo que lo ocultemos y terminemos jugando al gato y al ratón en vez de entregarnos.
Las palabras de Mateo eran dulces y amables, y sonaban convincentes. Además, tenía razón. Yo estaba tan enamorada de él como él lo estaba de mí…
—Puedes regresar cuando quieras —me atreví a decir finalmente—. Te estaré esperando.
Colgué el teléfono abruptamente y salí corriendo escaleras arriba para encerrarme en mi cuarto, muerta de vergüenza.
La zona de confort se venía abajo ladrillo a ladrillo, como si la fuerza del amor hubiera desencadenado un terremoto con epicentro en el corazón, lo suficientemente potente como para liberarme del yugo de la normalidad y abrirme a una vida extraordinaria…
A los tres días, tal y como había prometido, Mateo estaba llamando a la puerta de mi casa con la fortuna de que Alberto había salido a trabajar.
No había puesto a mis hermanos al corriente de nuestra reconciliación y podría haber supuesto que mi novio llegase a perder un par de piezas de su excelente dentadura.
Siendo verano en el hemisferio sur, anochecía muy tarde y, a pesar de que el sol se había puesto, la temperatura era lo suficientemente cálida como para dar un paseo.
Me arreglé tan rápido como pude y caminamos junto al mar.
Apenas conversamos. Sólo deambulábamos cogidos de la mano, henchidos de felicidad, diciéndonos todo sin palabras, sólo con el contacto de la piel y el movimiento de los dedos…
Nos besamos a la luz de la luna, esta vez sin armas blancas ni pistolas entre nosotros…
con ternura, celo y dedicación, saboreando la calidez de los labios, mientras la brisa marina acariciaba la piel…
Trece meses… Sólo trece meses bastaron para pasar de ser dos desconocidos a un matrimonio.
El veintidós de abril del año cincuenta y siete nos casamos.
Fue una boda sencilla, sin festejos. Sólo mis hermanos, Mercedes, su novio Gerardo y la familia de Mateo.
La felicidad en un día tan hermoso sólo era eclipsada por la lejanía del resto de mi familia.
Cómo me hubiera gustado ver a mi pequeño Fernandito llevando la bandeja con los anillos y que, en lugar de Alberto, fuera papá quien me llevase del brazo hasta el altar de la pequeña capilla del barrio…
Pero las cosas son así, qué le vamos a hacer.
Después de la ceremonia tuvimos un banquete en casa de los padres de Mateo, en donde nos juntamos con toda su familia, que me recibió como un nuevo miembro con los brazos abiertos.
Vivían en una bonita casa en un elegante barrio de la capital, que se habían construido con el dinero de la joyería que regentaban y en la que el que ahora era mi marido trabajaba como experto relojero.
“Mi marido”. ¡Qué bellas sonaban aquellas palabras!
El primer paso de una familia que formaríamos en común.
Me sentía plena al fin, viviendo un sueño hecho realidad y es que sólo dos años más tarde de haber salido de la aldea, tenía ya un esposo, un buen trabajo y un hogar que compartir.
Además, con mis hermanos tan cerca, no me sentía tan lejos de casa y la siempre presente “morriña” era mucho más llevadera.
No nos separamos ni por un momento a lo largo de la ceremonia.
Ni siquiera a la hora de los bailes me atreví a tomar de la mano a otro hombre que no fuera a mi recién estrenado marido.
Nuestras miradas de deseo se cruzaban una y otra vez; la suya, decidido a tomarme al fin esa misma noche y la mía, deseosa de experimentar por primera vez el contacto más íntimo con un hombre…
Las horas pasaron rápido y al fin llegó la noche.
A medida que los invitados se marchaban, nuestro deseo de quedarnos a solas se hacía más y más intenso, hasta que al fin nos despedimos de mis hermanos, que se quedaron hasta el final de la ceremonia y Alberto tuvo unas últimas palabras con Mateo que jamás llegué a conocer.
Tal vez, como hermano protector, quiso hacerle entender que, si algo malo le llegara a ocurrir con él a su hermanita del alma, sus puños y el rostro de mi marido tendrían una larga conversación…
Días atrás había llevado mis cosas a la casita de invitados al otro lado de la propiedad de mis suegros, así que la noche antes había sido la última en el pequeño apartamento de mis hermanos.
Como ordena la tradición, Mateo me tomó en brazos y me hizo cruzar en volandas el umbral de nuestro nuevo hogar.
Era una modesta pero bonita casa de una sola planta, con cocina americana, un pequeño salón, un cuarto de baño y una habitación de matrimonio presidida por una cama king size importada de Estados Unidos.
Mateo tenía las cosas muy claras... Demasiado tiempo había esperado ya para tomarme y me llevó hasta la cama.
Como si de un juego se tratara, me tumbó boca arriba y se echó encima de mí, estirando los brazos y sujetándome las muñecas.
Yo reía y reía y él me hacía cosquillas besándome en las axilas y el cuello.
Me dejaba llevar, como un barco a la deriva en una fuerte marea.
Nunca había tenido relaciones íntimas con un hombre, así que me abandoné a él, con la única condición de que las luces estuvieran apagadas.
Fue muy delicado conmigo en todo momento y la experiencia fue inolvidable.
Comprendí al fin la razón de que hombres y mujeres se unieran generación tras generación por la complicidad del contacto físico y los placeres de la carne.
Pasamos largas horas aquella noche jugando con nuestros cuerpos, divirtiéndonos, amándonos, gozando, experimentando nuevas sensaciones que me transportaron a un nuevo mundo de placer.
Ciertamente él sabía muy bien cómo actuar y supo hacerme sentir mujer a un nivel mucho más alto del que jamás habría soñado.
Las horas transcurrieron rápidamente y para el amanecer al fin el sueño y el agotamiento habían hecho mella en nuestros jóvenes cuerpos. Para cuando nos quedamos dormidos, las sábanas yacían en un informe montón arrugado a los pies de la cama, inertes testigos de una noche de romance desenfrenado.