CAPÍTULO 11 #2
—¡¿Se puede saber de qué os estáis riendo?
! —mostré amargada mi indignación ante su actitud, pero mi enfado no hizo sino incrementar el volumen de las carcajadas y hacerme sentir todavía más furiosa.
Así, caminé ofendida hasta mi habitación y me encerré con un portazo que sonó como un disparo y que juraría que llegó a despertar a más de un vecino.
Las risas se fueron apagando y los escuché cuchichear al otro lado de la puerta.
Parecían estar repartiéndose la penosa tarea de sortear el berrinche de la hermana picajosa.
Desorientada, no sabía cómo reaccionar. El cuerpo me pedía abrir la puerta y coserlos a todos a bofetadas, pero estaba tan enfadada con ellos que hasta el problemón con el arma de Mateo oculta en sus pantalones, había pasado a un segundo plano.
A los cinco minutos, unos nudillos golpearon la puerta con la suavidad suficiente como para saber que pertenecían a mi prima.
—Isabel ¿puedo pasar?
En realidad, no me apetecía nada hablar con ella, pero la curiosidad me mataba por dentro. ¿Cómo era posible que hubieran reaccionado así al haberles confesado un problema tan “gordo”?
—Vamos, no seas cría. Déjame pasar y te explicaré todo. Cuando lo entiendas, sabrás que no nos reíamos de ti.
Tras una larga y embarazosa charla sobre sexo con mi prima he de reconocer que hubiera preferido la teoría del arma, pues me sentí utilizada por Mateo, abochornada ante mi familia y profundamente humillada.
Mercedes en todo momento fue cariñosa y, armada de paciencia, me explicó tantas y tantas cosas que mamá debería haberme contado años atrás sobre la anatomía masculina.
Reconozco su mérito al aguantarse la risa ante mis ahogadas reacciones de asco, aspavientos y arcadas, pues en todo momento se limitó a ilustrar del modo más elegante posible todo lo que se refiere al cuerpo de los hombres y al contacto sexual.
Ella lo había experimentado en dos ocasiones; una con su novio de toda la vida en Galicia, con el que rompió meses antes de partir hacia las américas y en otra ocasión con Gerardo, buen amigo de Mateo y al que probablemente había contado las bondades de hacerlo con una inexperta muchachita de campo.
El caso es que desde aquel fatídico domingo la relación con el que a la postre sería el hombre de mi vida se cortó en seco.
Arrepentido, se arrastró en varias ocasiones a lo largo de las siguientes semanas hasta el pie de las escaleras de nuestro apartamento, mas en todo caso rehusé su presencia y todavía menos intercambiar con él palabra alguna.
Con el paso de los días, la frecuencia de sus visitas se fue reduciendo y él, frustrado, fue perdiendo el interés y la paciencia.
A pesar de los esfuerzos de Mercedes por convencerme para darle una segunda oportunidad, no se me ocurrió bajar la guardia.
Incluso Alberto llegó a hablar con Mateo para hacerle jurar que jamás volvería a propasarse, al menos que yo así lo deseara…
Juraba y perjuraba que me quería y que estaba enamorado de mí.
Sus intenciones conmigo eran puras y lo ocurrido con su “arma” no había sido más que un arrebato visceral promovido por el film del que habíamos disfrutado aquel fatídico crepúsculo de domingo…
Una tarde de fin de semana, estaba yo en mi cuarto cosiendo unos encargos que me habían quedado pendientes cuando Mercedes entró en la habitación con un sobre en la mano.
—Me lo he encontrado asomando bajo el felpudo. Es para ti —y sin mediar más palabra, me dejó a solas cerrando la puerta tras de sí.
Ni por un momento sospeché que el mensaje sería de Mateo.
Supuse que sería una carta de la fábrica en donde trabajaba o la habitual correspondencia que me llegaba desde la aldea en Galicia, pero pronto desestimé la idea cuando vi que el sobre era blanco liso y no ribeteado con colores azul y rojo, como los que se utilizaban para el envío postal por avión.
Agité el sobre para despegarlo del pliego que ocultaba y poder abrirlo sin romper el mensaje, y al instante pude olfatear un perfume muy familiar; el que utilizaba Mateo cuando salíamos a pasear…
Se dice que la memoria olfativa es la que mayor conexión mantiene con el área de la emoción en el cerebro humano y no puedo menos que corroborar ese postulado, pues tan pronto recibí el varonil aroma de Mateo, las piernas comenzaron a temblarme como si él mismo acabase de irrumpir en mi cuarto.
Impaciente, rasgué el sobre y al fin tuve ante mí el mensaje manuscrito que me había dedicado.
“Estimada Isabel,
Bien sé que mi conducta de semanas atrás fue imperdonable y que no puedo pretender tu perdón, aunque te prometo que, de conseguirlo, haré todo lo posible por merecerte y por ello, estaría dispuesto, si tú así lo desearas, a pasar el resto de mi vida contigo.
Por el momento, he de poner tierra de por medio ya que me resulta imposible vivir a tan corta distancia de ti sabiendo que no puedo hacerte mía.
Me despido con el anhelo de que pronto seré merecedor de noticias tuyas y te dejo por ello mis señas en Buenos Aires, a donde me voy a trabajar en la relojería de unos familiares que han tenido a bien recibirme con los brazos abiertos sabiendo lo complicada de mi situación.
Siempre y para siempre tuyo,
Mateo”
¿Cómo podría describir lo que sentí al plegar el manuscrito y volver a introducirlo dentro del sobre?
Mientras escondía la carta dentro de mi libro de cabecera y lo guardaba en el cajón de la mesita de noche, sentía dos emociones muy contradictorias.
La primera, la más inexplicable era un profundo alivio.
Supongo que la Isabeliña conservadora respiraba consolada al regresar de nuevo a su zona de confort, un lugar en donde las tribulaciones del amor daban paso a una sosegada calma que me permitiría afrontar la vida desde un punto de vista racional y enfocarme en objetivos más elevados, como el sueño de algún día ser empresaria y tener mi propio taller de modas.
No obstante, había una segunda emoción pugnando por salir, atrapada en lo más hondo del subconsciente.
La emoción que partía de las imágenes vistas el día que había tocado por primera vez la piel de Mateo.
Las mismas imágenes que explicaban más allá de cualquier duda razonable que él sería el hombre de mi vida y que con él compartiría el camino formando una hermosa familia.
Cuál de las dos emociones tuvo más fuerza en aquel instante, no sabría decirlo. Simplemente me tumbé boca abajo en la cama a llorar sobre la almohada hasta que se hizo de noche y Mercedes, alarmada por mis sollozos se acostó a mi lado para consolarme.
Al día siguiente, una parte de mí, sin duda la racional, la de la zona de confort, apagó las llamas que ardían en mi interior y olvidé la carta, mi separación de Mateo y todo lo relacionado con el amor durante una buena temporada.
Así es como la vida continuó con normalidad.
Casa al trabajo, trabajo a casa, algunas salidas de fin de semana con Mercedes o mis hermanos y poco más.
Las noticias desde la aldea me seguían llegando a través de las llamadas de mamá y para las navidades del año cincuenta y seis, mi hermanito Fernando, que ya había cumplido once años, estaba pegando el estirón. Papá me contaba que estaba casi tan alto como él.
Se estaba convirtiendo en un gran futbolista y, en los campeonatos comarcales, ya destacaba como gran goleador.
Sin embargo, no era de sus capacidades atléticas de lo que papá estaba tan orgulloso, sino de sus aptitudes académicas, pues sacaba muy buenas notas en la escuela y era firme candidato para matricular en la universidad laboral de Gijón una vez hubiera terminado la enseñanza obligatoria.
Veía a papá muy convencido en este su gran deseo, pues, aunque su hija mayor había tenido enseñanzas superiores, ninguno de los demás habíamos seguido su ejemplo y era motivo de satisfacción para él, que el hermano más pequeño retomara aquel camino en una España que parecía estar mejorando, al menos lo suficiente, como para que Fernandito no tuviera que recurrir a la emigración para salir adelante.
Las del año cincuenta y seis fueron las segundas navidades lejos de casa y las más tristes para mí.
Las del año anterior habían sido las de la novedad, las primeras como mujer emigrante e independiente, rodeados de gente joven, divirtiéndonos y disfrutando de todo lo bello que el nuevo mundo nos brindaba, incluido un clima cálido y acogedor en pleno verano, muy distinto a las fiestas en Galicia por las mismas fechas, con lluvia, viento y frío, todos acurrucados al calor de la cocina de leña.
Mi conducta para con Mateo había creado una brecha en el grupo de amigos y la mayoría se habían puesto de su parte.
Veían como pueril mi conducta y no entendían como tras varios meses de relación me había puesto hecho un basilisco por un simple arrumaco.
Lo que desconocían de la situación es que las intenciones del que hasta la fecha había sido mi novio eran tener sexo extramatrimonial conmigo y eso era algo a lo que yo jamás había estado dispuesta.
Y así fue como los tres hermanos celebramos solos la navidad, pues Mercedes eligió hacerlo con Gerardo y sus amigos.
Para la nochebuena Alberto y yo preparamos una gran tartera con pasta y una salsa de tomate casera que un cliente italiano del taller en el que trabajaba mi hermano le había enseñado a preparar.
De postre, compramos en el ultramarinos todo tipo de dulces navideños, y para la sobremesa, llevábamos tal empacho de comida y vino que no quedó más remedio que meternos en cama y rezar para que al día siguiente la resaca no fuera muy fuerte.