CAPÍTULO 11
MATEO
E ra un hombre muy experimentado con una larga trayectoria de conquistador, aunque con el tiempo había madurado y pienso que se cruzó en mi camino justo en el momento preciso, el único viable para que una relación entre dos seres humanos tan diferentes pudiera llegar a cuajar.
Acababa de salir de una larga relación con una preciosa muchacha uruguaya, de aquellas por las que llegué a sentir tanta envidia, con cuerpos esbeltos y esculturales, voluptuosas, de largas piernas, mujeres atrevidas y entregadas al cien por cien a sus parejas, siempre alegres, siempre fieles…
Por si no era poca la dentera, llegué a conocer a su ex una mañana de junio —cuando ya llevábamos tres meses saliendo juntos— paseando junto al mar por la rambla de la república argentina.
Ella, vestida con el elegante uniforme del selecto centro comercial en el que trabajaba, regresaba a casa del trabajo, inmersa en sus pensamientos, cuando reparó en la presencia de Mateo.
Pegó un respingo como si se acabara de cruzar con el mismísimo diablo, pero supo mantener las formas y se limitó a saludar con un movimiento de cabeza y una sonrisa forzada.
Me sentí escaneada de arriba abajo con sus cristalinos ojos verdes que probablemente no daban crédito a que el hombre, del que todavía estaba enamorada, hubiera sustituido a una mujer bandera como ella por una galleguiña que apenas sí le llegaba por el cuello…
—Esa era Sandra —apuntó Mateo cuando ella hubo estado a una distancia suficiente como para no escuchar nuestra conversación.
—Por el modo en que me ha mirado, no tenía duda de que tenía que ser una exnovia tuya.
—Lamento si te has sentido incómoda. No terminamos demasiado bien.
—No tienes que disculparte. Lo que no entiendo es cómo me has cambiado por una mujer tan bella. ¿Qué has visto en mí que no tenga ella?
La atrevida cuestión pilló a Mateo desprevenido.
Sí que era una pregunta trampa, de esas que hábilmente sabemos hacer las mujeres en el momento oportuno para pillar a los hombres desprevenidos, con la guardia baja…
El pobre se detuvo y comprobó que Sandra hubiera desaparecido ya de nuestro campo visual.
Después me sujetó con firmeza por las caderas y me besó en la frente.
—Tu inocencia, tu dulzura, tu pureza… Esas son las cualidades que, junto con tu natural belleza, me han conquistado.
—Touché.
Estiré los brazos para sujetarle por el cuello y lo besé en los labios.
Aquella fue nuestra primera vez, nuestro primer beso, una experiencia que se había dilatado pues él era consciente de mi pureza y me amaba demasiado como para dejarme escapar.
Desde el primer día había sido cortés y caballeroso conmigo y aguardaba impaciente a que yo diera el primer paso que consolidase nuestra relación…
La espera mereció la pena, pues fue un beso tierno, cálido, húmedo, delicioso. Su boca sabía a caramelo de menta, sus favoritos, y tenía los labios dulces y carnosos.
Cuando nos separamos, nos quedamos un buen rato abrazados, mirándonos en silencio, diciéndonos todo y nada al mismo tiempo.
Después, eché las manos hacia atrás y sujeté las suyas para separarnos y, en aquel momento sentí de nuevo la sacudida que anunciaba una visión.
Esta vez fue demasiado corta como para sacar conclusiones y no pude ver nada específico.
Tan solo que en el horizonte de nuestra relación se avecinaba una fuerte tormenta y que aquel beso sólo había sido la calma antes de la tempestad…
Un mes más tarde de nuestro primer beso, empecé a notar, por los ojos de deseo con los que me observaba, que Mateo quería avanzar un paso más allá en nuestra relación y aquello era algo que no pensaba consentir.
Por mi parte, estaba convencida de que mi pureza tenía un precio y que no la había conservado en vano durante veinticinco años para ahora tirarla a la basura con un conquistador.
Besos, todos los que quisiera, y eso era algo que le había dejado muy claro desde el principio, pero, a costa de parecer anticuada, hasta haber pasado por el altar jamás iríamos más allá.
Para eso ya había tenido experiencias sobradas con sus novietas uruguayas y yo no era una más, una cualquiera…
Y no es que no lo deseara. Ciertamente mis piernas temblaban cada vez que nos besábamos y sentía el anhelo, el apetito, el ansia de fundirme con él a un nivel aún mayor, pero tenía al mismo tiempo un pánico irracional a perderlo después de haber mantenido relaciones…
Si tal y como él había confesado, mi pureza era lo que lo había conquistado de mí ¿quién podría jurarme que no perdería el interés después de haberme poseído?
Y así es como la relación pareció enfriarse temporalmente.
Mateo se tomaba mi reticencia a tener sexo con él como una ofensa, un rechazo y un insulto a su masculinidad y, por mi parte, notaba su distanciamiento como una medida de presión que me provocaba hastío y hacía que no quisiera tener con él contacto físico alguno.
Y así es como pasaron un par de meses más y nos pusimos en septiembre del cincuenta y seis.
Era domingo y me había invitado al cine a ver el estreno de una película americana: “ Delirio de locura ” con James Mason como protagonista.
El argumento distaba mucho de ser el de una película romántica, recomendable para ver en pareja.
La proyección fue agresiva y delirante, de principio a fin, y hablaba de cómo las adicciones cambian a la gente y la vuelven violenta y agresiva para con sus seres queridos.
Hasta tal punto fue perturbadora que salí del cine aturdida, sobrepasada por la visión de cómo la naturaleza humana se puede tornar salvaje y es por ello, que lo que más necesitaba en aquel momento eran abrazos, cariño y dulzura…
Pero para Mateo las sensaciones parecieron ser diferentes, como si se hubiera contagiado del espíritu del protagonista.
De un modo forzado, casi como sobreactuando, de camino a casa se comportó conmigo rudo, agresivo, en exceso viril, como si una sobredosis de testosterona se hubiera apoderado de él y pretendiera con ello poseerme a toda costa.
Me acompañó al pie de las escaleras que llevaban al apartamento.
Era tarde y las luces estaban apagadas, signo de que Mercedes y mis hermanos estarían durmiendo ya.
Mateo me tomó por la cintura con brusquedad y plantó sus labios sobre los míos con torpeza, besándome con rudeza, como nunca antes había hecho.
Al principio me sentí incómoda, pero he de reconocer que después me gustó que me tomara de aquel modo, por supuesto, mientras la cosa no pasara de ahí…
No obstante, él debió entender mi relajamiento como un símbolo de debilidad o tal vez de asentimiento al fin a dar el paso que tanto tiempo llevaba deseando, así que me apretó aún con más fuerza y pude notar un prominente abultamiento a la altura de la cintura…
Instintivamente, asustada, lo separé de mí y le di una bofetada.
Él se quedó paralizado el tiempo suficiente como para darme la oportunidad de huir escaleras arriba haciendo tanto ruido como pude.
Con nerviosismo, busqué en el bolso las llaves sin apartar la vista de la acera.
Él seguía allí, impertérrito, con cara de alce asustado frente a las luces de carretera de un vehículo que inexorablemente terminará con su vida en segundos…
Al fin logré embocar las llaves en la cerradura y para cuando pude cerrar la puerta tras de mí, Mercedes y mis hermanos ya se habían despertado asustados y me aguardaban en pie en el salón. Alberto, siempre protector conmigo, corrió a abrazarme.
—¿Qué ha pasado, Isabeliña? ¿Alguien se ha metido contigo?
Estaba sofocada y mi corazón latía más rápido de lo que nunca había hecho. Ni siquiera cuando había salvado del incendio el restaurante en el que trabajaba en el pueblo había golpeado mi pecho con tanta fuerza.
—Es por Mateo, está metido en algún lío y le he dado una bofetada.
Alberto me apartó de un empujón y corrió hasta la puerta de entrada. Por suerte para mi novio, ya había desaparecido calle abajo de regreso a su casa, porque de haberlo pillado mi hermano, probablemente habría terminado en el hospital por haber provocado tal disgusto a su bien querida Isabeliña.
Ocupó su lugar Javier, estrechándome entre sus fuertes brazos de experimentado y rudo albañil mientras Mercedes me observaba extrañada, descolocada por mis afirmaciones.
Bien sabía ella que Mateo era un muchacho formal.
Trabajaba como maestro relojero en la joyería propiedad de sus padres y el mayor lío en el que se había metido en su vida había sido una aventura de una noche con una mujer joven, casada con un marinero y que los había sorprendido besándose.
Bien es cierto que Mateo fue engañado por la muchacha, que en ningún momento habría revelado su estado civil, pero aquel detalle poco importó al marinero que a punto había estado de quitarle la vida a cuchilladas…
—¿A qué líos te refieres? —terminó preguntando Mercedes, justo cuando Alberto entraba al salón, al haber regresado de peinar la zona en busca de Mateo.
—Es que estábamos abrazados al pie de la escalera y noté un bulto alargado en sus pantalones, como si llevara un arma. No sé, podía ser un revólver o un cuchillo largo, pero estoy segura de que lo sentí bien apretado contra mis piernas.
Ante la ingenua conjetura, Mercedes y mis hermanos no pudieron más que mirarse para, ante mi estupor, romper a reír a mandíbula batiente, como si la desgracia de su hermana fuera la cosa más graciosa que les hubieran relatado en toda la vida…