La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 10 #3
35%

CAPÍTULO 10 #3

​ Fue en cuestión de pocos meses que comencé a sentirme integrada en la urbe, como si me hubiera criado en ella.

Eso no quita que no echara en falta la aldea, la humilde y tranquila vida en el campo y, sobre todo, a mi familia.

Una vez por semana enviaba una carta a mis padres para contarles lo feliz que me sentía allí, con los tres hermanos juntos e inseparables en la distancia, ayudándose en lo malo y disfrutando de todo lo bueno, que no era poco.

Sabía que a mamá y a papá les hacía felices leer aquellas líneas.

Le tranquilizaba saber que su pequeña se encontraba bien protegida bajo el ala de sus fuertes y emprendedores hermanos y que, para el poco tiempo que llevaba trabajando en Montevideo, había comenzado a ahorrar una buena suma de dinero.

​ No olvidaba a mi hermano pequeño Fernando y, junto a la carta, siempre metía dentro del sobre una bonita postal para él con la foto de algún lugar pintoresco del Uruguay, con la encomienda de que las coleccionara y abriera su mente a todo lo bello del mundo, que a su corta edad todavía aguardaba por él para sorprenderle.

​ Tampoco faltaban las llamadas telefónicas de mamá…

En la primera de mis cartas le había facilitado el contacto de la línea en la tienda de ultramarinos bajo nuestro apartamento.

Pertenecía a una amable señora con la que mis hermanos habían hecho muy buenas migas desde el comienzo, haciéndole pequeños pero útiles recados sin coste alguno.

Es por ello que nos había ofrecido la posibilidad de recibir llamadas desde España y, como no podía ser de otro modo, aceptamos encantados.

Y así es como, una vez al mes, el último domingo de la última semana, con la persiana de la tienda bajada, y a la hora convenida de las cuatro de la tarde, hora peninsular española, recibíamos puntualmente llamada de mamá en el antiguo teléfono de la tienda.

La conferencia costaba un riñón así que cada uno de los tres hermanos se tenía que ceñir a unos estrictos cinco minutos de conversación en los que principalmente hablábamos de lo mucho que echábamos en falta la tierra y la familia.

La “morriña” de los gallegos emigrados por todo el mundo, dejando atrás la tierra más fértil y maravillosa del planeta… Cómo no la íbamos a echar de menos…

​ El último domingo del resto de mi vida, colgué el teléfono a las doce y quince minutos, hora del Uruguay, del 25 de marzo de 1956.

Mercedes había quedado con su novio y la pandilla a la una de la tarde para ver una exposición cerca de casa.

Algo relacionado con el arte y los aparejos de pesca a principios de siglo.

Lo cierto es que era un tema que no me interesaba demasiado, pero como cualquier excusa era buena para socializar y comer en un buen restaurante, me apunté.

​ Aquel día Alberto y Javier tenían otros planes y no me acompañaron, así que Mercedes y yo nos arreglamos y, para cuando bajamos las escaleras del apartamento nos esperaban en la calle dos muchachas del grupo de amigos.

Lucía un sol radiante aquella mañana del recién estrenado otoño y me sentía más feliz que nunca.

Martín era ya tan solo un recuerdo lejano y había desistido al fin de la idea de contactar con él algún día no muy lejano.

Había llegado la hora de pasar página y mirar adelante.

Como muy bien me había enseñado la vida, si el destino quisiera que estuviéramos juntos, algún día nos volvería a reencontrar de algún modo.

El libre albedrío siempre encuentra su camino…

​ Conocía el lugar de la exposición pues ya había asistido en un par de ocasiones para otros eventos organizados y es por ello que me extrañó la ruta que habíamos seguido, dando un largo rodeo.

​ —Lupe ¿no estamos dando mucha vuelta? —pregunté a una de las chicas.

​ La joven se volvió hacia mí, pero en lugar de contestar directamente, dedicó primero un guiño a Mercedes.

​ —Ya te estás impacientando, Isabeliña. Anda, aguanta un poco que pronto llegamos.

​ Me encogí de hombros y dejé llevar, al fin y al cabo, ellas conocían la ciudad mucho mejor que yo, y así es como llegamos a la altura de un callejón en donde dos muchachos nos cortaban el paso.

Me asusté, pues pensé que era una encerrona y que aquellos dos buenos mozos nos querían robar, hasta que caí en la cuenta de que uno de ellos era Gerardo, el novio de Mercedes.

A su lado, un hombre alto y bien parecido, clavaba sus ojos en los míos de un modo tan descarado que me hizo sentir incómoda.

​ No sabría decir muy bien cuánto tiempo tardé en darme cuenta de que todo aquello no era más que una burda encerrona.

Había sido urdida durante semanas en la taimada mente de mi prima Mercedes, que harta de verme deambular sola, fané y descangayada —como cantaba Gardel— había decidido buscarme pareja, forzando una cita a ciegas con un amigo de su novio.

Mateo, que así se llamaba el muchacho, me había visto en un par de ocasiones paseando por el barrio y había confesado su interés por mí.

Acababa de abandonar inexplicablemente para sus amigos, una larga relación con una atractiva joven uruguaya, de muy buena familia y que lamento confesar, gozaba de un físico espectacular.

No obstante, los caminos del amor son extraños y, muchas veces enigmáticos, así que el destino, una vez más, quiso interponer en el largo sendero de mi vida al que sería el hombre con el que compartiría los mejores, aunque, por desgracia, también los peores momentos.

​ Mateo era alto, de tez morena bronceada por el sol del Uruguay y la brisa del mar.

Tenía los ojos oscuros y profundos, como si tras ellos ocultara mil secretos de su hasta la fecha corta, pero intensa vida.

Su mentón prominente y mandíbula ancha atribuían a su expresión una intensa masculinidad, acentuada por su envergadura, buen porte y elegancia en el vestir.

Pero no fue hasta que me lo presentaron formalmente, casi arrastrada contra mi voluntad hacia una encerrona que no había visto venir, cuando pude apreciar su rasgo más característico; sus manos.

Eran éstas unas manos poco habituales en un hombre de la época, acostumbrados muchas veces a penosos trabajos manuales.

Eran grandes, muy grandes, pero con dedos largos, finos y delicados.

Las uñas, meticulosamente cortadas, parecían haber sido diseñadas con un tiralíneas y la piel que cubría el dorso era suave como la de un recién nacido.

​ No obstante, este rasgo particular de su anatomía no fue lo único que me sorprendió cuando me vi obligada a estrechar su mano y es que, al tomar contacto con su piel, un familiar escalofrío recorrió mi cuerpo a toda velocidad, sacudiéndome como si un relámpago me hubiera atravesado.

Y digo familiar, porque ya había tenido aquella sensación en otras ocasiones, como cuando me asaltaba una premonición…

​ Desde el punto de vista de Mercedes y mis nuevos amigos, me quedé absorta, en silencio, con la mirada clavada en la cara de Mateo durante unos incómodos segundos que les parecieron eternos.

Sin embargo, la situación para mí fue muy diferente, tal y como lo había sido, lo era y lo sería a lo largo de mi vida cada una de aquellas experiencias extrasensoriales…

Y es que una tromba de imágenes acudió a mi cabeza en forma de recuerdos de situaciones que jamás habían ocurrido…

y todas ellas con un denominador común; Mateo estaba siempre presente…

​ Nos vi juntos compartiendo interminables cenas, conversando a la luz de las velas en un pequeño apartamento que no reconocería hasta años más tarde; también nos vi en un hospital, en el ala de maternidad, a los pies de una cuna de grueso cristal traslúcido en donde un precioso y sonriente bebé nos encandilaba con sus gorgoritos.

Me vi ante un espejo, mucho mayor, tal vez cerca de los cincuenta, con unas profundas ojeras y cercos de lágrimas en el maquillaje aplicado a todo correr.

Parecía cansada y deprimida y en la cama, un hombre con delgadez extrema aguardaba para que me tumbara a su lado y así darle calor.

En nada se parecía a Mateo, pero estaba segura de que era él.

La mesita de noche estaba llena de frascos con medicinas que apenas dejaban hueco para una pequeña lamparita con la que iluminar con luz tenue la estancia.

Más tarde, aparecieron más recuerdos no vividos; me vi a paso ligero paseando por las aceras de una ciudad que no reconocía, flanqueada por altos rascacielos y vestida con un elegante traje de chaqueta azul y zapatos de tacón a juego.

Los hombres me observaban con deseo y me sentía flotar de pura felicidad.

Después volví a ver al mismo niño del ala de maternidad, pero había crecido.

Se parecía mucho a Mateo e iba disfrazado de vaquero en el viejo oeste, con dos pistolas en sus cartucheras y un bonito sombrero campero.

Me llamaba mamita a gritos, reclamando mi atención para que observase lo rápido que desenfundada sus armas de plástico…

​ —¡Eh, Isabeliña! ¡Despierta!

​ Los gritos de Mercedes me devolvieron a la realidad y sentí un vértigo repentino que habría dado con mis huesos en el suelo de no haber sido por el rápido gesto de Mateo. Él logró sujetarme en el último momento.

​ —¿Estás bien, Isabel? —preguntó con visible preocupación—. Te has quedado traspuesta unos segundos.

​ No supe qué contestar. Me sentía abrumada por la experiencia que acababa de tener y que nadie comprendería ni creería de haberla contado, así que me limité a encoger los hombros y asentir.

​ —Un poco cansada, supongo. Hace calor para ser otoño y creo que me he abrigado bastante. Estoy algo sofocada…

​ —En ese caso, no se hable más. Paramos en una cafetería y te invito a un refrigerio —apuntó Mateo—. Supongo que todavía no te has adaptado al clima de Montevideo.

​ Estoy segura de que Mateo no tuvo ni por un instante el mismo tipo de percepción que yo al haber estrechado nuestras manos, no obstante, algo debió experimentar…

No lo sé, tal vez un poco de lo que pude apreciar le llegó a través del contacto con mi piel y el caso es que desde aquel mismo instante nos comportamos como si nos conociéramos de toda la vida.

​ La cara de sorpresa de Mercedes no tenía precio cuando vio que aceptaba la invitación y que Mateo y yo dejábamos el grupo sin apenas explicación.

Por un lado, entiendo que mi prima estaba sorprendida del éxito de su ardid, pero por otro, no entendía como había salido todo tan bien, hasta el punto de que llegué a sospechar que por un momento pensó que Mateo me había hechizado.

​ Lo que era sólo un refrigerio, se convirtió en una comida, luego un paseo y luego una romántica cena juntos en un restaurante a la orilla del mar, en una plácida noche de luna llena tan mágica como el modo en el que nos habíamos conocido.

Y es que desde el primer momento en que su piel rozó la mía, supe sin lugar a duda alguna que aquel sería el hombre de mi vida y que deseaba compartir con él todas y cada una de las experiencias que estaban por venir.