CAPÍTULO 10 #2
Mercedes, que trabajaba conmigo en la fábrica de ropa, aunque en una sección diferente, conoció allí a un chico que terminaría siendo su marido.
El muchacho era gallego, como nosotras, de una pequeña aldea de Orense.
Había emigrado huyendo de la pobreza extrema y para él, el contraste económico y el impacto cultural a su llegada había sido aún mayor que el nuestro.
Se había enamorado del Uruguay nada más bajar del barco y había jurado jamás regresar a una Galicia pobre y devastada por la guerra de la que no había recibido más que hambre y rechazo.
Esta fue una promesa que cumpliría con rigor y que, para cuando mi prima se convirtió en su esposa, se vio condenada a heredar de su marido.
Ambos hicieron su vida allí. Tuvieron hijos uruguayos, nietos uruguayos y, como muchos otros, jamás volvieron a su hogar natal para dolor de sus padres y hermanos…
Éramos jóvenes y queríamos saborear cada sorbo del nuevo mundo en cada segundo que teníamos libre.
Los fines de semana comenzaban con la compra de alimentación y suministros para la semana siguiente en la tienda en el bajo de nuestro nuevo hogar.
Alberto y Javier corrían con la cuenta. Por un lado, en sus trabajos de mecánico o albañil ganaban mucho más dinero que nosotras como modistas, y por otro lado, insistían en que debíamos ahorrar una buena cantidad cuanto antes.
Ellos llevaban tiempo allí viviendo y ya tenían un buen botín, pero a nosotros todavía nos quedaba un largo trecho.
Mientras nosotras comprábamos, mis hermanos ordenaban el apartamento y lo dejaban recogido y preparado para la limpieza semanal.
Nada más llegar de la compra, ellos guardaban los suministros y nosotras nos poníamos manos a la obra hasta que quedaba reluciente.
No más de una hora empleábamos desde que llenábamos los cubos con agua jabonosa hasta que terminábamos.
Al fin y al cabo, era una vivienda pequeña y no había mucho que limpiar.
A Alberto le encantaba cocinar, así que mientras Mercedes y Javier hacían la colada y ponían la mesa, mi hermano y yo preparábamos la comida, que disfrutábamos como una pequeña gran familia, riéndonos con las más divertidas anécdotas de la semana.
Por las tardes, después de una larga siesta, nos preparábamos para salir de fiesta, y hay que reconocer que opciones no faltaban.
.. Por un lado, estaba la Casa de Galicia, un centro social en toda regla, fundado hacía ya treinta años y donde la extensa comunidad gallega en Montevideo se reunía.
Allí se charlaba delante de una copa en amplios comedores, recordando con nostalgia todo aquello que se añoraba de la tierra natal.
También tenía salas de juego, de lectura y una nutrida biblioteca, así como una amplia zona ajardinada al aire libre para dar largos paseos.
Allí se conocieron y consolidaron muchas parejas de gallegos que terminaron haciendo vida en el Uruguay para jamás regresar al hogar que los había visto nacer y que, por avatares del destino y, sobre todo, por culpa de nefastos políticos han tenido que ver como sus hijos o nietos se vieron forzados a retornar por ellos a la tierra natal de sus progenitores huyendo de una profunda crisis económica.
Asimismo, había también salón de baile en la casa de Galicia, aunque la música que allí sonaba era de corte más clásico.
Estaba destinada a las parejas mayores, los gallegos pioneros de la emigración que acudían con sus hijos ya adultos a reencontrarse con familiares y amigos, aquellos que habían seguido años más tarde el mismo camino.
Y así es como, si querías disfrutar de música más actual y bailar y conocer gente joven e incansable como nosotros, es que debías pagar entrada al Centro Gallego.
Aquello sí que era harina de otro costal…
Al contrario que en la Casa de Galicia, en la que debías ser socio para entrar, en el Centro Gallego había que pagar entrada y las consumiciones en la barra, no eran baratas, precisamente…
El Centro Gallego en Montevideo era el equivalente a una gran discoteca actual.
Si querías ponerte de “tiros largos” y disfrutar de buena música y una amplia pista de baile en la que no tropezar y terminar con los pies machacados a pisotones, debías rascarte el bolsillo y pagar entrada.
Por ello, repartiendo en cuatro fines de semana el mes, en tres de ellos nos acogíamos a la tranquilidad del ocio de la Casa de Galicia y, el último de ellos sacaba del fondo del armario las mejores ropas del ajuar que había traído de casa en el pesado baúl, y me vestía como una princesa de cuento de hadas.
Nunca me ha gustado especialmente ser el centro de atención, pero con los vestidos que mamá y papá me habían comprado con tanto esfuerzo, o con aquellos diseñados con mimo y hechos a medida de mi anatomía por la tía Matilde y cosidos con esmero y telas de la mejor calidad, ni una princesa europea habría resultado más elegante.
Notaba los ojos de los hombres clavándose en mí, haciéndome sentir a partes iguales incómoda y deseada.
Las mujeres me observaban de arriba abajo, con profunda envidia, buscando algún defecto en el atuendo.
Las escuchaba cuchichear a mi paso falacias tales como si el vestido lo había robado en una boutique del centro de la ciudad, mientras escudriñaban la tela en busca del roto provocado por una etiqueta arrancada a toda prisa…
Otras hablaban de que era yo una habilidosa costurera, razón no les faltaba, y que los vestidos me los confeccionaba yo con telas de viejos cortinajes, compradas en tiendas de ocasión, como si fuera yo la mismísima Vivien Leigh en “Gone with the wind”.
No quiero asumir el papel de protagonista, pues bien sabía dónde me encontraba.
Había chicas mucho más bellas, esbeltas o exuberantes que yo, con largas piernas, generosos pechos y amplias caderas, luciendo provocativos vestidos.
Al fin y al cabo, las mujeres uruguayas eran conocidas por su deslumbrante anatomía…
No obstante, en mi caso, competía en otra categoría.
Tal vez la de la elegancia y el donaire.
La del saber estar, la forma de caminar femenina que tanto había ensayado ante el espejo del cuarto que compartía con mi prima…
Fue precisamente Mercedes la primera de las dos en encontrar novio.
No porque yo no tuviera pretendientes, pero la herida de la pérdida de Martín aún no había cicatrizado y tardé en sentirme receptiva a conversar con otros hombres que no fueran mis hermanos.
A ellos acudía presta cada vez que sentía que algún hombre atractivo clavaba en mí sus ojos y, animado por la noche, las luces de la pista de baile y el alcohol, caminaba hacia mí decidido.
En esos momentos, me giraba y emprendía camino a paso rápido, abriendo hueco a codazos entre los improvisados bailarines, hasta que los encontraba.
En más de una ocasión llegué a fastidiarles algún plan, pero la inseguridad tiene esas cosas y aunque Javier se mostró molesto alguna vez por arruinarle la noche, Alberto siempre tuvo claras sus prioridades y cuando su hermanita acudía solícita implorando su protección, él siempre estaba disponible, aunque para ello tuviera que dar carpetazo a una relación en ciernes.
Como decía, no llevábamos ni seis meses en Montevideo cuando mi prima conoció a un chico uruguayo y se enamoró perdidamente de él.
Fue una sorpresa para todos pues la relación se consolidó a nuestras espaldas a lo largo de unas pocas semanas y, para cuando nos lo presentó, ya eran inseparables.
Se llamaba Gerardo y era hijo de emigrantes gallegos, de la zona de Porto do Son.
Él trabajaba en una zapatería especializada en calzado de señora propiedad de sus padres y allí es donde se habían conocido.
Dando un paseo en solitario para despejarse, Mercedes había visto en el escaparate de la tienda unos preciosos zapatos de charol rojo y tacón alto, que hacían un conjunto perfecto con un vestido blanco y un bolso carmesí que pensaba estrenar aquel mes en el Centro Gallego.
Tenían un buen precio, así que había entrado decidida a comprárselos, quedando prendada al instante del apuesto joven que con tanta delicadeza había colocado en sus pies desnudos cada uno de los zapatos del conjunto…
Gerardo, de elegantes y refinados modales, propios del que ha recibido una cuidada educación y trabaja cara al público en una selecta tienda, pertenecía a un nutrido grupo de amigos.
Pronto empecé a quedar con aquella gente joven que había sido criada en una metrópoli y que se desenvolvía en ella con soltura.
Gracias a ellos me fui acostumbrando rápidamente a la ajetreada vida de Montevideo.
Quedábamos todos juntos para ir al cine, salir a cenar o tomar un café cada tarde al finalizar el turno de trabajo.
Me enseñaron los mejores restaurantes de la ciudad, los sitios más icónicos y las tiendas con producto de mayor calidad.
Reconozco que en ocasiones me sentí algo acomplejada por la exuberante anatomía de las muchachas uruguayas, tan guapas, femeninas, voluptuosas, con sus exagerados vestidos bien ceñidos y maquilladas como estrellas de Hollywood.
Sin embargo, como ya he dicho antes, yo competía en otra liga, la de la elegancia, educación y saber estar.
Como mamá bien me había aconsejado: “A veces valemos más por lo que callamos que por lo que decimos, hija”.