CAPÍTULO 10
MONTEVIDEO
Mis hermanos me aguardaban apoyados en el capó del enorme coche.
Estoy segura de que, por dentro, henchidos de felicidad, estaban deseando abalanzarse sobre mí, pero se hacían los duros para fastidiarme y que me arrojara a sus brazos.
No obstante, logré aguantar el tipo y para cuando llegué a su lado, me limité a sonreír y soltar unas palabras.
—Bueno… aquí estoy al fin —los ojos vidriosos me delataban.
—¿Quién es tu amiga? —preguntó Alberto fingiendo indiferencia.
—¿En serio? ¿No os acordáis de la prima Mercedes? —reconozco que en este punto comenzaba a sentirme algo molesta. Esperaba un recibimiento más efusivo…
—Me refería a la “otra” amiga —replicó señalando a mi flamante muñeca tamaño real.
La cara de mis hermanos se torció en una cómica mueca que yo recordaba muy bien. Se estaban mofando de mí y no tardaron en estallar en carcajadas.
—¡Isabeliña, qué ganas teníamos de verte al fin! —exclamó Javier, pillándome por sorpresa y estrujándome entre sus fuertes brazos de albañil.
Qué momento tan mágico y hermoso vivimos.
Ya sin tener que disimular, Alberto y Javier expresaron sus verdaderos sentimientos y rompimos los tres a llorar de felicidad.
Tres de los seis hermanos se reencontraban al fin después de años de separación y, a pesar de hacerlo tan lejos del hogar natal, la distancia en ningún caso enturbió la alegría que nos embargaba.
La constante presencia de Martín en mis pensamientos desapareció mágicamente, al menos por aquel día de feliz reencuentro para todos y, a pesar de que mi corazón se había roto de tristeza, la emoción por ver a mis hermanos y por haber llegado al fin a la gran metrópoli uruguaya hizo que a lo largo de los días siguientes fuera abandonando paulatinamente una loca idea que se había forjado en mi mente.
Había pensado en que cuando ahorrara el dinero suficiente, viajaría a Brasil y removería de arriba abajo la ciudad de Santos hasta que al fin diera con él.
Después de un largo intercambio de experiencias en el que las preguntas se centraban en cómo había sido el viaje, nos subimos al imponente vehículo que Alberto conducía. Nos acompañaba un primo de Mercedes, que, aunque lejano, también era pariente nuestro y que había venido a recibirla.
—Caramba, hermanito, cómo has progresado. Menudo cochazo tienes.
—Ojalá fuera mío, Isabeliña. Es de un cliente del taller dónde trabajo y le he pedido al jefe si podía traerlo hasta aquí para recibirte —contestó Alberto—.
Eso sí, te prometo que algún día tendré uno mucho mejor y más grande.
Un bonito Mercedes Benz azul metalizado.
Y si lo hubiera descapotable, mucho mejor…
Ya me estoy viendo con el pelo al viento llegando al pueblo con la capota levantada.
—No sé yo. Con esas entradas que te gastas, para cuando puedas permitirte el coche, estarás más calvo que el culo de un chimpancé—Javier disfrutaba devolviendo a su hermano una pequeña parte de las mofas que había recibido de él siendo niños—.
Lo único que vas a exponer al viento es una calva tan brillante que vamos a tener que salir a recibirte con gafas de sol…
Los cinco estallamos en un coro de carcajadas tan intenso, que Alberto tuvo que detener el vehículo para no tener un accidente. Mercedes y yo tuvimos que bajarnos y pedir permiso al propietario de un restaurante que acababa de abrir para pasar al baño. Era eso, o nos lo hacíamos encima de la risa…
Pronto reanudamos la marcha en dirección a mi nuevo hogar.
Por el camino, a pesar de mantener y tomar partido de una animada y alegre conversación, no apartaba la vista de la ventanilla.
Montevideo era una ciudad preciosa, símbolo de la prosperidad de Uruguay por aquel tiempo.
Me tenían abrumada las amplias y ajardinadas avenidas, los altos edificios, los largos paseos por los que caminaban apresurados transeúntes elegantemente vestidos.
Plagaban los bajos de los edificios comercios de todo tipo; de ropa, ultramarinos, restaurantes, concesionarios de coches, tiendas de electrodomésticos, etc.
Todo aquello era tan maravilloso que sentía estar viviendo una fantasía, como si me hubieran plantado en un inmenso plató de cine con un decorado hecho a medida para satisfacer mis anhelos y despertar la fascinación.
—Ya estamos llegando —comentó Alberto al tomar un desvió hacia una calle más estrecha y tras abandonar la gran avenida por la que habíamos circulado durante unos minutos que me parecieron horas.
El vehículo al fin se detuvo. Aparcamos en batería frente a una pequeña tienda de comestibles y bazar con una vivienda en la parte superior. A ella se accedía por unas empinadas escaleras en el lateral.
—Aquí es —anunció Javier—. Espero que os guste vuestro nuevo hogar. Acabamos de mudarnos.
—¿Mudaros? ¿Y eso? —indagó Mercedes.
—Hasta hace un mes y desde que llegamos, vivíamos compartiendo habitación en una pensión. Así ahorrábamos un buen dinero —contestó Javier—. Pero con dos señoritas de vuestra clase, distinción y categoría, teníamos que buscar algo más elegante.
Relató esto mi hermano en tono jocoso, pero cuando días más tarde nos llevó a conocer a la amable dueña del humilde hospedaje en donde se habían alojado, agradecí el cambio.
Habían compartido un pequeño cuarto con derecho a dos comidas calientes al día y ducha dos veces por semana.
Era lo más barato que habían encontrado pues, al igual que muchos emigrantes, habían preferido sacrificar su bienestar allí y así poder ahorrar la máxima cantidad de dinero en el menor tiempo posible.
Bajamos del coche y reparé por primera y última vez en que el baúl con mis pertenencias era tan pesado en el maletero que había hecho vencer la suspensión trasera.
—Pero ¿qué te ha metido madre ahí dentro? ¿Piedras? —preguntó Alberto.
—Y más que hubiera querido meter. Pero este ya va a tope y dos baúles habrían sido mucho equipaje para facturar, así que el pasaje habría salido aún más caro…
Nos costó Dios y ayuda subir al apartamento el pesado equipaje y, a pesar de que mi baúl se llevaba la palma, el de Mercedes tampoco es que se quedara muy a la zaga.
Fue cruzar el umbral de la puerta y enamorarme de mi nuevo hogar. A pesar de lo humilde de la vivienda, me pareció un palacio a primera vista, sobre todo comparándola con mi modesto hogar en la aldea.
Nada más entrar, justo de frente y pegada a dos paredes en forma de “L”, había una moderna cocina equipada con todo lo necesario.
A la izquierda, un salón integrado en el mismo ambiente, con un cómodo sofá presidiendo la estancia y un sillón más pequeño con una lámpara de pie.
Recuerdo que estaba forrado en un tejido color azul oscuro tan suave como el terciopelo.
Pasé horas en aquel sillón orejero leyendo novelas románticas a la tenue luz de la fluctuante bombilla de incandescencia.
Las habitaciones estaban a la derecha.
La más cercana a la puerta se la habían adjudicado mis hermanos por seguridad y así estar junto al acceso a la vivienda por si a algún enemigo de lo ajeno se le daba por visitarnos en plena noche.
Tenía un armario al fondo y una cómoda frente a los pies de la cama, que curiosamente compartían como si de un matrimonio se tratase, sobre la que Alberto había colocado un marco con un retrato de papá y mamá y otro con una vista frontal de nuestro hogar en Galicia.
La habitación de las chicas estaba a continuación y contaba con dos camas individuales y un enorme armario empotrado que me habría de venir de lujo para vaciar el contenido del baúl y por cuyo espacio interior mi prima y yo llegaríamos a discutir amargamente…
Además, contaba con dos mesitas de noche bastante altas con cinco cajones y una moderna lamparita cada una.
Por último, estaba al fondo el cuarto de baño con una gran bañera de la que recuerdo haber disfrutado mil veces durante el año en que compartimos aquel hogar con mis hermanos…
Me acostumbré a Montevideo mucho más rápido de lo que pensaba.
En un país en constante crecimiento había una gran demanda de empleo cualificado y es así cómo comprendí por qué mamá había insistido tanto en que todos aprendiéramos un oficio e incluso dos.
Y así es como encontré trabajo en una fábrica de la distinguida marca de ropa para hombre, Caubarrere.
Allí me destinaron a la sección de pantalones en donde destaqué desde el primer día como gran modista pues traía el oficio bien aprendido y el periodo de formación se redujo a dos días, los que tardé en aprender a manejar la compleja máquina que se me había asignado.
El trabajo en la factoría era duro. Ocho horas seguidas, dando puntadas con una sonora máquina eléctrica me dejaban tan cansada que hubo días en los que me llegó a costar subir al autobús de regreso al barrio.
Pero eso fue al comienzo… Era joven y me acostumbré rápido a esta nueva rutina.
En la fábrica conocí alegres mujeres latinas que me ayudaron a integrarme en mi nuevo pequeño-gran mundo.
De ellas aprendí los entresijos de la vida en Montevideo, como cuáles eran las zonas más seguras de la ciudad y cuáles evitar o algunas nuevas y sabrosas recetas con productos locales de los que jamás había oído hablar y con los que deleitaba los fines de semana los poco exigentes paladares de mi prima y mis hermanos.