La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 9 #5
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CAPÍTULO 9 #5

A partir de ahí, los pocos días hasta la breve escala en Santos fueron un sueño hecho realidad.

Mercedes se las ingenió para hacer buenas migas con una muchacha de Orense y así tener compañía para distraerse y dejarnos espacio libre.

Nosotros vivimos días de un romance idílico, disfrutando en cubierta de las altas temperaturas de la época, bronceándonos a merced de la brisa marina calentada por el sol, presente en todo momento.

Aprovechábamos Martín y yo cada esquina para besarnos y acariciarnos, aunque, como buen caballero, jamás se planteó que llegáramos en nuestra relación más allá de eso, sabiendo que la despedida estaba próxima.

Nunca hablamos de planes de futuro o de lo que nos esperaría después, aunque sospechaba que él tenía algo en mente, por los largos silencios con los que a veces me sorprendía cuando nuestra conversación se tornaba trascendente.

Nos limitábamos a disfrutar de cada segundo de crucero hasta que finalmente divisamos tierra y el temido momento al fin llegó.

La mañana de nuestra llegada al puerto de Santos desperté sobresaltada, abrumada por una terrible pesadilla.

En ella, la siguiente parada en el crucero era el puerto de Vigo y era obligada por rudos policías vestidos con chaquetas grises a bajar del barco y regresar a casa, renunciando al sueño por el que tanto había luchado.

Sin embargo, esa no fue la peor parte, pues al llegar a la aldea, la casa estaba desierta.

Mis padres habían fallecido y sólo quedaba mi pequeño hermano Fernando, enfermo, congelado y desnutrido, valiéndose por sí solo sin ayuda de ninguno de aquellos vecinos por los que tantísimo habíamos hecho en los duros tiempos de la posguerra.

Bañada en un mar de sudor y con el cuerpo temblando de pies a cabeza, me di una ducha para despejarme, vestí mi mejor traje y me maquillé discretamente, pues sabía que las lágrimas llegarían tarde o temprano y no quería parecer un payaso triste, con el rostro emborronado por las pinturas.

Las sirenas del barco tronaban anunciando la llegada a puerto cuando salí a cubierta.

Las chimeneas humeaban con profusión y una multitud había salido a las barandillas a otear en la distancia por si descubrían alguno de los familiares que los habían salido a recibir.

Había quedado a las once con Martín en el mismo banco en el que en tantas ocasiones habíamos tomado el sol en alta mar y allí estaba, puntual como siempre, aguardando impaciente mi presencia.

Saltó del asiento como empujado por un resorte y me abrazó con ternura.

Sentía su respiración acelerada, con el pecho batiendo con fuerza contra mi rostro.

—Ha llegado la hora, Isabel —se atrevió a decir finalmente—. Hoy termina nuestro viaje juntos, pero me niego a que sea el último. De ningún modo.

Me resistía a fijar la mirada en él porque sabía que me vería llorar, mas su última frase había dejado en mis labios un regusto a esperanza, algo así como el hálito salvador del nadador experto que rescata al náufrago a punto de ahogarse.

—Oh, Martín, ¿qué quieres decir con eso?

—Escucha, Isabeliña. No quiero que me acompañes a tierra.

Parte de mi familia está esperando y no pueden verme triste y desencajado.

Para ellos tiene que ser motivo de júbilo después de tanto tiempo.

Sin embargo, te prometo que volveré a por ti.

No permitiré que una historia como la nuestra termine tan bruscamente.

Porque me he enamorado de ti y no pienso dejarte escapar.

No supe qué contestar en un instante tan emotivo y la única reacción a la que pude arrastrar a mi cuerpo fue a abrazarlo. Martín me tomó de la mano derecha e introdujo un papel doblado entre mis dedos. Después me susurró al oído unas dulces palabras.

—Quérote, Isabeliña.

A continuación, mesó mis cabellos y me besó en la frente para continuar con las escuetas instrucciones del plan que había urdido para nuestro reencuentro.

—Sé bien que todavía no conoces las señas del lugar en el que vas a establecerte en Montevideo, así que van escritas las mías en ese papel. Tan pronto llegues, me contactas en ese teléfono y me las das. Yo viajaré a por ti.

—Pero, Martín, aquí está tu familia.

—La única familia que quiero ahora mismo es la que formaré contigo, mi dulce Isabel. Así que hazme caso y conserva ese papel con tu vida. Pronto nos volveremos a ver. Al fin y al cabo, domino el idioma español y, de estar lejos de casa, prefiero estar a tu lado en Montevideo.

Martín tenía la voz quebrada. Estaba verdaderamente triste. Su decisión había sido terrible, pues significaba renunciar por amor a su familia y, como no quería que lo viera llorar, me besó una última vez y caminó hacia la pasarela cargado con las maletas y sin mirar atrás.

Ojalá no lo hubiera hecho. Ojalá aquel día Martín hubiera tomado la decisión de acompañarme hasta Montevideo y eludir la escala en Santos con su familia a la espera de mi contacto, porque el destino había preparado para mí una terrible jugarreta que jamás olvidaré por el dolor que me causó.

Un dolor que sólo sentí varios años más tarde en circunstancias que más adelante relataré.

Mercedes había salido a cubierta a despedirse de su buena amiga orensana y las dos compartíamos un apretado espacio, apoyadas en la barandilla de cubierta entre dos efusivas muchachas que se despedían de sus amores pasajeros.

Todavía conservaba yo bien sujeto entre mis dedos el papel que Martín me había dejado con sus señas en Santos, cuando sentí un fuerte dolor en la sien derecha y tuve una visión; la de mi amado muchacho portugués despidiéndose de mí por última vez.

No cabía duda de que era una premonición, igual a la que había sentido siendo niña cuando la Guardia Civil había venido por casa a recoger a mi padre, o cuando supe que el restaurante en el que trabajaba ardería hasta los cimientos con todos sus comensales dentro tostándose como boniatos.

Todo fue muy rápido. El desastre sobrevino como un relámpago, y tan raudo como vino, tan raudo se fue dejándome el corazón destrozado, pues la desdicha quiso que con un inesperado y brusco ademán de una de las muchachas que a mi lado se despedía de su amante pasajero, me golpeara con fuerza en el brazo, justo en el punto en que el nervio cubital más expuesto se encuentra, obligándome el agudo dolor a abrir la mano y soltar el papel que Martín me había dado con sus señas…

El pequeño trozo de esperanza, plegado en dos tramos, se abrió ligeramente y comenzó a volar mecido por la suave brisa marina del recién estrenado mes de otoño en las latitudes meridionales.

Desesperada por el terrible e inesperado incidente, hice un último intento por rescatarlo subiéndome a la barandilla y, de no haber estado bien atenta Mercedes a mi lado, en aquel preciso instante, me habría precipitado a las aguas del frío océano desde gran altura, con sólo Dios sabe qué fatídicas consecuencias.

Llegué a rozar el pedazo de celulosa con las yemas de los dedos, pero no fue suficiente para recuperarlo y el papel planeó lentamente, alejándose de mi alcance como si en realidad se estuviera burlando, haciéndome sufrir… tan lejos y tan cerca al mismo tiempo.

No fui plenamente consciente de lo que había ocurrido hasta pasados un par de minutos del incidente, gracias a lo que pude despedirme de Martín que me saludaba desde tierra acompañado por su familia.

Forzaba una mueca pretendiendo hacerme ver que todo marchaba bien, a pesar de que al igual que yo, temía que aquella fuera la última vez que nos veíamos.

Al fin y al cabo, el destino de nuestra relación había quedado plenamente en mis manos y ahora volaba camino al mar.

La toma de conciencia de lo que significaba haber perdido las señas de Martín en Santos, me sobrevino como un relámpago, atravesándome los pies y haciéndome estremecer a medida que la electricidad me sacudía.

Una fuerte convulsión precedió a un intenso calor que encendió mi rostro y provocó un sudor frío.

Esto me hizo perder la visión lentamente hasta que me desmayé.

Para cuando desperté, el barco ya se había alejado más de una milla náutica del puerto y un grupo de personas se agolpaba a mi alrededor.

Un atractivo joven, miembro de la tripulación, me sostenía la cabeza en alto mientras mojaba mi frente con un trapo húmedo.

Parecía saber bien lo que hacía, pues yo no sería la primera ni la última muchacha a la que asistía en una despedida tan intensa.

Mercedes, a mi lado, respiró aliviada cuando vio cómo abría los ojos.

—Isabeliña, qué susto nos has dado.

—Primiña, he perdido las señas de Martín.

Mercedes entendió, al igual que yo, lo que aquello significaba y comprendió la razón de mi vahído, aunque quiso quitar hierro al asunto buscando una improvisada solución para calmarme.

—No te preocupes ahora por eso. Seguro que, en el libro de registro del pasaje, ha dejado Martín las señas. Hablaremos con el comandante del barco y nos hará el favor de proporcionarlas.

Como el náufrago que se agarra a la tabla de salvación abandonado en mitad del océano, me aferré a la esperanza y sólo una hora más tarde, las dos estábamos en el camarote del capitán, para recibir las peores noticias posibles y es que Martín no había dejado registro alguno de su presencia en el barco.

Su pasaje había sido pagado por un familiar a través de una fundación subvencionada por el estado portugués.

Estaba destinada a incentivar a los muchachos más prometedores a emigrar y así adquirir experiencia en profesiones liberales en el extranjero.

Años más tarde, regresarían a su hogar como profesionales expertos y experimentados y así ayudar a prosperar a su nación.

Con estos datos, era impensable averiguar nada sobre mi amado compañero de viaje y mi última esperanza de volver a verlo se evaporó para siempre.

Los dos días que tardamos en llegar a Montevideo los pasé llorando tumbada en la cama, encerrada en mi camarote, atormentada ya no sólo por lo que aquello significaba para mí, sino también por el daño que le iba a hacer a Martín cuando pasaran los días, las semanas y los meses sin tener noticias mías.

Me torturaba imaginando lo que pensaría él de mí.

Tal vez que no había sido yo más que una chiquilla jugando a ser mujer, manipulando los sentimientos de un buen hombre, tomándolo como un pañuelo de usar y tirar para entretenerse durante la larga travesía hacia el nuevo mundo.

Mercedes intentaba en vano consolarme y hacerme sentir mejor, haciéndome ver que a la llegada a Montevideo removeríamos cielo y tierra para localizarlo del modo que fuera, pero las dos sabíamos perfectamente que nada en el mundo me devolvería a mi querido Martín.

Por aquel entonces, no existía internet, ni registros digitales en los que encontrar rápidamente a cualquier persona de bien a lo largo y ancho del mundo, al menos con un poco de voluntad y algo de dinero…

​ Para el día de nuestra llegada al puerto de Montevideo, mi corazón latía precipitadamente y una extraña mezcla de emociones me embargaba.

Contagiada de la excitación y nerviosismo de Mercedes, no sabía muy bien cómo sentirme.

Si triste por la pérdida de mi amado Martín o emocionada por el reencuentro con mis queridos hermanos.

A pesar de la congoja, ella me convenció de salir a cubierta a recibir la bienvenida de los familiares del pasaje y, cuando por casualidad divisé a Alberto y a Javier apoyados en un gran coche en primera fila del aparcamiento del puerto, supe que la tristeza por Martín pronto desaparecería, eclipsada por un torrente de emociones; la llegada al nuevo mundo, el volver a ver a mis hermanos tras tanto tiempo de ausencia, un hogar y un trabajo diferentes y la esperanza de una nueva y mejor vida de prosperidad, lejos de la aldea y la miseria que la guerra civil había traído a España y de la que todavía no se había recuperado.