CAPÍTULO 9 #4
Su atrevimiento me pilló desprevenida y al principio traté de zafarme, pero cuando empecé a ser consciente de sus fuertes brazos rodeándome y de que su espontánea reacción era más fruto de la euforia del momento que de cualquier otra mala intención, me dejé llevar y disfruté como hacía años que no lo hacía, sintiendo la brisa costera acariciando mi rostro mientras mis largos cabellos se mecían al viento.
Cuando al fin me soltó, nos reímos juntos durante un buen rato, hasta que los vientres nos dolieron tanto que tuvimos que tomar asiento en un banco de madera en cubierta…
Aquel fue el comienzo de nuestra relación.
El punto de no retorno en el que dos jóvenes corazones se unen con la esperanza de jamás ser apartados.
Y eso se notó en la actitud de Martín, que dejó de ser tan cortés y correcto y a mostrarse tal y como realmente era; divertido, alegre, inteligente y con una gran conversación.
A mí me ocurrió lo mismo. El café que nos tomamos se transformó en una comida y más tarde, en una cena.
Pasamos aquel día juntos sin separarnos ni un solo instante, hasta el punto en que vimos partir y llegar al crucero a los turistas embarcados en su visita a Salvador de Bahía.
Sólo nuestros caminos se separaron cuando ya anochecía y el barco arrancó los motores rumbo a Río de Janeiro.
Y así fue como los días en que duró la corta travesía a la ciudad más icónica del Brasil apenas pasamos tiempo alejados, situación muy distinta a la que habíamos vivido y que en ocasiones llegó mi prima Mercedes a reprocharme.
—Ya está bien, prima Isabel. Al principio no salías del camarote ni para comer y ahora no te separo de Martín ni con Salfumán. A ver si me dedicas a mí algo de tiempo…
En el fondo sabía que Mercedes no estaba enfadada, sino que se divertía jugando al chantaje emocional con su inocente e inexperta prima, así que no di más importancia a sus palabras y seguí citándome con mi apuesto pretendiente a diario hasta que arribamos a Río de Janeiro.
Allí nos aguardaba mi primo Antonio, que a su vez era primo hermano de Mercedes y que había sido uno de los emigrantes pioneros en mi comarca, pues ya llevaba viviendo en Río más de veinte años.
Conocía a la perfección cada rincón de la gran urbe y nos llevó tanto a los rincones más conocidos y turísticos como a los más ocultos y pintorescos.
Recuerdo que pasamos allí un día maravilloso.
Soleado, cálido y ligeramente ventoso. Parecíamos dos parejas paseando por la ciudad.
Antonio con Mercedes y Martín a mi lado, sin separarse ni por un suspiro.
Al fin y al cabo, se apeaba en Santos, en donde lo aguardaban unos familiares para establecerse, y Río sería su última parada y oportunidad a corto plazo de pasar más tiempo conmigo.
De todos los hitos turísticos que más impactada me dejaron durante la visita, el que más fue sin duda alguna el Cristo de Corcovado.
La formidable representación de Jesús de Nazaret se divisaba desde la misma bahía de Río y parecía estar dando la bienvenida a los temerosos y excitados emigrantes al nuevo mundo, haciéndonos ver de algún modo que en todas partes los seres humanos eran iguales y que él siempre estaría presente guardando de nuestras almas doquiera que nos dirigiéramos.
Sin pretender faltar al respeto al Cristo Redentor, aquel fue el lugar escogido por mí para devolver a Martín el tierno beso que sólo un par de semanas atrás había intentado regalarme y que tanta desavenencia había provocado entre nosotros…
Como dos enamorados perseguidos por sus familias, dejamos a Mercedes con Antonio, disfrutando embelesada de las vistas desde el cerro de Corcovado y nos escabullimos sendero abajo.
Caminamos sobre un kilómetro hasta que llegamos a una pequeña aldea a los márgenes del camino y que había echado el ojo al subir en coche.
Estaba plagada de pequeñas tiendas de souvenirs; desde figuras del Cristo Redentor, hasta llaveros, pasando por tarjetas postales con fotografías icónicas de Río, cajas de cerillas serigrafiadas o muñecas vestidas con trajes de carnaval.
Allí me compré como recuerdo un imán para el frigorífico que hacía las veces de abridor de botellas y Martín una muñeca para obsequiar a una prima muy querida que lo aguardaría impaciente a su arribo al puerto de Santos.
Después nos tomamos un café en una pintoresca terraza desde la que se divisaba la bahía en un extremo y el Cristo hacia el otro.
En aquel lugar perfecto, nos miramos como dos enamorados y conversamos en silencio durante minutos que parecieron horas y horas convertidas en siglos.
Me sentía plena de dicha y comprendí que tal vez aquel fuera el hombre de mi vida y, a pesar de que en ningún momento lo había buscado —como muchas otras— era posible que hubiera encontrado el amor durante aquella travesía hacia las américas.
Al terminar el café nos pedimos otro a pesar de las quejas de Martín, preocupado por lo que estaría pensando de nosotros mi primo Antonio al habernos escapado de aquel modo tan grosero y descortés.
Sin embargo, yo sabía que Mercedes nos estaría cubriendo, pues todo lo que ocurría había sido cuidadosamente planeado por ambas la noche anterior para poder quedarme a solas con él y despedirme debidamente.
Apuramos el segundo café, impacientes por perdernos en algún sendero entre la densa vegetación del cerro del Corcovado y no muy lejos de la cafetería encontramos el lugar perfecto.
Un estrecho camino, difícil de ver desde la carretera, que ascendía en zigzag colina arriba y que años atrás, cuando todavía no había sido la colina urbanizada, debía haber sido el único acceso a la cima.
Apartando la maleza con las manos desnudas mientras ascendíamos, me hice algunos pequeños arañazos, aunque estaba tan emocionada que apenas sí los llegué a notar.
Martín iba delante allanándome caballerosamente el camino, cuando llegamos a un pequeño claro presidido por un árbol que daba sombra y que, por el grosor de su tronco, parecía tener más que años, siglos.
Él sacó del bolsillo un bonito cortaúñas y desplegó de él una cuchilla con la que talló en el tronco unos símbolos.
Era un corazón flechado con dos iniciales a sus extremos; la “i” de Isabel y la “m” de Martín.
Se guardó el pequeño instrumento cortante en el bolsillo y levantó su mirada hacia mí, clavándome los ojos con una penetrante mirada de deseo.
Después, dio un paso adelante y yo le correspondí.
Y fue allí, a la sombra de un viejo árbol centenario en donde sellamos nuestro compromiso con un beso tan tierno, puro y dulce como la miel recién recolectada.
Nuestro ósculo duró una eternidad que nos mantuvo abrazados milenios y para cuando al fin nos separamos, la piel de mi rostro estaba roja, congestionada por el rubor y el deseo.
A veces, recordando aquel instante, pienso que de haber tenido a mano una cama, sin lugar a duda le habría entregado mi pureza…
Para cuando nos reencontramos con Antonio y Mercedes, ya habían empezado a buscarnos preocupados.
Hasta mi prima, compinchada y al tanto de la maniobra, pensaba que algo malo nos había ocurrido…
Nos disculpamos con un par de ridículas excusas que ninguno creyó, pero que cumplieron con la exigencia social requerida y nos subimos al coche de mi primo para regresar a la ciudad.
Luego saciamos el apetito en un bonito restaurante a pie de la playa de Copacabana, degustando una enorme bandeja de mariscos de temporada.
Antonio corrió con la abultada cuenta sin hacer un solo ademán de protesta, lo que me llevó a pensar que le estaba yendo muy bien en Río, con su cartera llena de billetes, paseándonos en un ostentoso coche de importación norteamericana.
Tras la comida, dimos un largo paseo por la parte vieja y compramos algunos recuerdos más, entre ellos un par de cinturones de piel hechos a mano como regalo para mis hermanos, con los que pronto me reencontraría.
Martín y yo paseábamos cogidos de la mano mientras Mercedes conversaba con Antonio sobre temas triviales.
Aquel fue un día perfecto, uno de los más bonitos que puedo recordar, pero como todo en la vida llegó a su fin y la hora de zarpar se nos echó encima, hasta el punto de que llegamos a la recogida de la pasarela tan al límite que poco faltó para quedarnos en tierra.
Por tal motivo tuve que despedirme de mi primo Antonio a gritos, agradeciéndole su paciencia y hospitalidad.
Para no incomodar a Mercedes, Martín y yo nos despedimos con un beso en la mejilla y cada uno regresó a su camarote.
Estuve horas charlando con mi prima, contándole hasta el último detalle de la aventura allí vivida hasta bien entrada la noche, momento en el que caí rendida sobre la cama con la ropa puesta y dormí tanto y tan plácidamente que me salté el desayuno y llegué por los pelos al bufet de la comida.