CAPÍTULO 9 #3
—Alguien de esta habitación, que no soy yo, parece que se está enamorando —bromeó Mercedes—. Bienvenida al mundo real, primita.
—¿Enamorando? ¿Estás loca? Si apenas lo conozco.
—Es así como funciona, Isabeliña. Las flechas de Cupido nos pillan por sorpresa, cuando menos preparados estamos para encajarlas… Y, por cierto, ¿no tendrá algún amigo para mí tu elegante caballero portugués?
—Venga, prima. ¿Cómo puedes bromear en un momento así?
Me tumbé en la cama con la mirada perdida en el techo, ignorando la petición de Mercedes.
—Si no estoy bromeando. ¿Quién sabe? A lo mejor las dos encontramos al amor de nuestra vida en este crucero.
Muchas chicas se embarcaban con esa intención y, liberadas del yugo opresor de sus padres, se vestían sus mejores y más ceñidos vestidos para salir a la caza de un hombre. Parecía éste el crucero del amor.
Mercedes se metió en el baño del camarote y me quedé sola tumbada en la cama pensando.
Yo no era una de esas chicas, desde luego, pero es cierto que sentía algo irracional, fulgurante e irrefrenable por Martín.
Una emoción que debía controlar a toda costa para alejarme lo más posible del estereotipo que tanto odiaba.
Jamás me convertiría en una mujer florero a la busca de un hombre que se ocupara de ella.
Me ganaría un futuro, haría una carrera y me convertiría en una mujer independiente y autosuficiente.
A partir de ahí, el amor llegaría cuando tuviera que llegar, pero jamás para hacerme con un hombre que me colmara de lujos o regalos.
Lo único que le pediría sería su amor, su cariño y comprensión, su apoyo en el largo y en ocasiones tan complejo camino de la vida.
Y así es como mi orgullo, que tanto había hecho por mí en el pasado, se dio de la mano con la arrogancia y juntas, ambas peculiaridades de mi personalidad me dieron fuerzas para controlar los deseos del corazón.
Pasaron días y más días en los que de nuevo apenas salí del camarote.
Mientras el crucero atravesaba el océano, alternando plácidos días con otros tantos de marejada en los que controlar las náuseas se convertían en la tarea más cotidiana, me pasaba las horas tumbada en la cama o sentada al escritorio del camarote escribiendo cartas para papá, mamá, mis hermanos y las amigas que había dejado atrás.
En varias ocasiones Martín, sorprendido de cómo habían terminado las cosas entre nosotros, se acercó para interesarse por mi salud y, a pesar de los esfuerzos de Mercedes por ponernos en contacto, en todas y cada una de ellas tuvo que conformarse con conversar conmigo desde el otro lado de la puerta.
Se le notaba incómodo consigo mismo y temía haberse propasado al intentar besarme en nuestra primera cita.
Mercedes me aseguraba que estaba enamorado hasta las trancas y que, cuanto más me resistiera a verle, más arraigo tendría en él esta emoción.
No obstante, ¿qué podría hacer yo al respecto si era incapaz de algo tan simple como plantarme con él cara a cara?
Martín había seguido visitándome a diario, pero cuando la parte de mi conversación desde el otro lado de la puerta había comenzado a convertirse en monosílabos, había desistido en su empeño, despidiéndose finalmente con una corta misiva manuscrita, redactada con la elegancia, finura y delicadeza de un hombre culto y educado, con el corazón destrozado por el desprecio de la mujer amada.
Me sentía abrumada de cómo tan solo una cita podía haber tenido aquel mágico efecto en nuestros jóvenes e inexpertos corazones, aunque ya sólo me restaba desahogarme con Mercedes, llorando en su regazo arrepentida por haber sido tan cobarde y orgullosa, en tanto ella se hartaba de llamarme “tonta” una y otra vez.
Y así fue como no supe más de él hasta que al fin arribamos a la primera escala del barco en américa.
Salvador de bahía era el primer destino de una buena parte del pasaje, que había elegido desembarcar en Brasil y probar fortuna.
La mayoría eran portugueses atraídos por los cantos de sirena de un país de vasta extensión y riqueza en recursos naturales de todo tipo.
Por aquel entonces, la nación carioca era próspera y, tanto portugueses, más afines a este destino por mor del idioma, como españoles, se entregaron por igual con gran entusiasmo a la conquista del nuevo mundo.
Contemplé esta primera parada desde cubierta, apoyada en una barandilla con trazas de haber sido repintada en varias ocasiones.
Aunque la mayoría de los hombres y mujeres habían embarcado por separado en el puerto de Vigo, me vi sorprendida por la gran cantidad de parejas que descendían juntos a tierra, cogidos de la mano camino hacia un incierto destino que ahora se forjarían en común.
La mayor parte de las parejas caminaba con fatiga, arrastrando las pesadas maletas cargadas en carritos puestos a disposición por la tripulación para tal circunstancia.
Aguardaban sus familiares en grandes y ostentosos automóviles, la mayoría de importación norteamericana, sorprendidos de recibir a sus parientes en compañía.
Recuerdo que días más tarde, conversando con el asistente que se ocupaba de nuestra habitación, relataba como la cifra de parejas que se habrían forjado bajo el casco del imponente navío debía ser incalculable.
Y era ciertamente más que comprensible… Tantos jóvenes nerviosos, impacientes y excitados a la espera de arribar a un nuevo mundo lleno de oportunidades…
próspero, brillante, deslumbrante… todos ellos encerrados en un barco en alta mar con suministro ilimitado de alcohol, elegantes cenas y salones de baile.
Sin duda, era terreno sembrado para que Cupido hiciera de las suyas…
Inspiré una última bocanada de aire fresco.
Olía a mar, algas y salitre y sugería paz y un nuevo mundo, una paz que únicamente lograba quebrar el sonido de las aves marinas sobrevolando los pesqueros.
Cuando ya regresaba decidida a camarote, escuché una voz a mis espaldas.
Una profunda y armoniosa voz con un marcado acento portugués.
—Al fin puedo verte de nuevo, bella Isabel.
No había duda de a quién pertenecía, mas asustada, avergonzada y algo nerviosa, me limité a apurar el paso.
—Disculpa si te molesté. Bien sé que fui un torpe al intentar besarte y prometo que jamás volveré a hacerlo, salvo que tú así lo desees, por supuesto.
Por algún motivo su disculpa caló hondo en mí.
Lejos del amparo de la puerta del camarote y debilitada por la envidia de quienes se reencontraban con sus seres queridos, me sentía más vulnerable que nunca y me giré hacia él…
Casi había olvidado lo guapo que era y mi reacción fue tan sincera y espontánea que él no pudo menos que soltar una sonora carcajada cuando la boca traicionó a mi cerebro y soltó aquello que jamás me atrevería a decir a un hombre en tales circunstancias.
—Jesús, que guapo eres, Martín.
Me tapé la boca sólo una milésima de segundo después de que el sonido nasal de la última consonante de su nombre de pila se mezclara con el graznido de las gaviotas cangrejeras.
—Vaya, es todo un cumplido —exclamó él luciendo una sincera sonrisa que revelaba su blanca y perfectamente alineada dentadura—. Después de estos días de rechazo, lo último que podría aguardar era tanta efusividad.
No cabía duda de que sentía algo por él.
Algo fuerte, intenso, puro, joven… La palabra rechazo refiriéndose a mi conducta me hizo sentir culpable e incómoda.
Me pregunté cómo podría haber sido tan cretina con un muchacho del que todo lo que había recibido eran buenas palabras, halagos y, sobre todo, afecto incondicional y desinteresado.
—Lamento mucho cómo me he portado contigo. Reconozco que me sentí abrumada y no encontré el modo correcto de reaccionar. Espero que puedas perdonarme…
El gesto de Martín se relajó al haber oteado en la lejanía un puente tendido hacia mi corazón.
—Supongo que habría un modo de hacerlo.
—¿Hacer el qué?
—Perdonarte, por supuesto… Tal vez si aceptases mi invitación a tomar un café…
¿Cómo iba yo a rechazar una propuesta tan inocente y conciliadora?
—Acepto ese café. Pero con una condición.
Martín, en un gesto cuasi pueril se acarició el lóbulo de su oreja derecha. Supuse que sería un tic nervioso que lo hacía aún más atractivo a mis ojos.
—Te escucho.
—Bueno, en realidad serían dos condiciones.
—¿No se estará usted propasando, señorita Isabel?
Ignorando la cuestión, me armé de valor y di un paso hacia adelante.
—En primer lugar, pagarás tú los cafés —informé sin apartar la vista de sus misteriosos ojos azabache.
—Eso está hecho —replicó él aceptando la primera de las condiciones—. ¿Y la segunda?
—La segunda es que nada de besos… a no ser que…
La mirada de Martín se transformó en una fracción de segundo. Pasó de ser tierna y complaciente a desafiante. Como la de un depredador observando a su presa. Supongo que conocía de algún modo la dirección que nuestro breve intercambio de palabras iba a tomar.
—A no ser que yo así lo desee…
A continuación, como arrastrada por una irrefrenable y mágica fuerza magnética, me puse de puntillas sobre los zapatos y le besé en los labios…
En absoluto fue un beso sexual sino más bien un infinitesimal picotazo tan brusco, breve y fugaz que sospecho que el mismo Martín llegara a sentir más que como un golpe seco en los labios…
En un primer instante me sentí ridícula, como una niña que no sabe cómo comportarse y que acababa de ser demasiado atrevida, besando en público a un hombre del que había estado distanciada días por intentar lo recíproco en la más discreta intimidad.
No obstante, para Martín, un hombre a todas luces enamorado, el gesto fue recogido con euforia, hasta tal punto que me tomó por sorpresa entre sus brazos y me hizo dar vueltas en volandas como si de una niña se tratara.