CAPÍTULO 9 #2
Recuerdo que no llegué a responder, como si temiera que fuera a gastarse en el vestido el tremendo dineral que marcaba la etiqueta del precio.
Papá se tomó el silencio como un sí, y sin más conversación, entró en la tienda y pidió que desvistieran el maniquí para probármelo.
Me quedaba como un guante… Se adaptaba a mi joven y esbelto cuerpo como si me lo hubieran confeccionado a medida y mi risa nerviosa al verme ante el espejo bastó para que papá caminara hacia la caja sacando su vieja y raída billetera del bolsillo y me lo comprara.
Costó tanto como dos meses de duro trabajo en el taller, pero no le importó el desembolso.
Era para su hija favorita, la cantarina compañera de bailes que sólo Dios sabe cuándo volvería a ver tras su partida y cuya ausencia lo dejaría con el corazón destrozado.
Para él, no había dinero en el mundo que pagara verme feliz.
El vestido era perfecto para la ocasión, no obstante, era demasiado escotado y atrevido para una primera cita y ahí es donde la inestimable colaboración de Mercedes pudo solventar el problema.
Me prestó una chaquetilla tipo corpiño de color blanco que disimulaba la parte más indiscreta de mi indumentaria.
Para rematar el conjunto, elegí un pequeño bolso de mano rojo y unos zapatos de tacón a juego.
—Jolines, pareces una princesa europea —dijo Mercedes antes de salir—. Anda, date una vuelta para que te vea bien.
Mi prima se despidió con un beso y me deseó suerte en la cita. No quiso acompañarme para no eclipsar una noche especial. Era mi momento y debía disfrutarlo sola…
Camino al comedor, paseaba por los pasillos del ala de camarotes con las piernas temblando de los nervios.
Fue una suerte que no hiciera calor, porque me habría puesto a sudar y el mal olor de mis axilas habría estropeado una noche perfecta.
Estaba acostumbrada a ver mi reflejo en los espejos de un modo muy diferente.
Habían sido veinticinco años de muchacha de aldea, con las manos fuertes y rugosas de una campesina, vestidos manchados de tierra de los campos y mis pies calzados con zuecos…
Es por ello, que cuando vi el reflejo en aquel cristal de la puerta de entrada al comedor supuse que sería la imagen de otra muchacha que pasaba a cenar al mismo tiempo que yo.
La escruté de abajo arriba y sentí envidia de su elegancia.
Me vi obligada a bajar la vista cuando mis ojos se cruzaron con los suyos…
Unos ojos que me eran familiares, muy familiares.
Tanto, que cuando de nuevo levanté la cabeza y comprobé que la elegante joven de la que sentía celos y envidia no era otra que yo misma, casi sufro un síncope.
Estaba espectacular. De un modo muy similar al que Mercedes había utilizado para describirme, he de reconocer que parecía una actriz de Hollywood y llegué a temer que Martín no llegaría a reconocerme y, si lo hacía, huiría asustado de mí creyendo que jamás estaría a la altura y nivel de una muchacha tan bella y elegante.
Sin embargo, ese pensamiento desapareció de mi cabeza cuando tras de mí escuché su profunda y penetrante voz.
—Esta noche está usted realmente hermosa, señorita Isabel.
Me giré nerviosa y excitada hacia él y me sorprendió ver que en absoluto se había quedado a la zaga en elegancia.
El apuesto joven portugués vestía un refinado traje negro con unos zapatos a juego tan brillantes de lustre que combinaban a la perfección con el color azabache de sus ojos.
Ciertamente hacíamos una pareja envidiable; jóvenes, elegantes, hermosos, como en la historia del príncipe prometido con una actriz…
Martín se había tomado la libertad de elegir una discreta mesa para nosotros dos.
Estaba en cuarta fila ante el escenario, a una distancia perfecta, buscando el equilibrio entre un nivel de sonido que permitiera una conversación fluida, sin perder ni una nota de la música con la que la orquesta nos iba a deleitar durante toda una mágica noche.
Los platos que degustamos no tenían nada que ver con la abundante comida a la que estaba acostumbrada en la aldea.
Eran sencillos y vistosos, casi como un cuadro abstracto, pero con una armoniosa combinación de colores en su preparación y un gusto exquisito al paladar.
El segundo en particular me hizo sonrojar por la peculiar disposición de un tartar doble de atún con un stick de berenjena en medio y cuya forma me sentiría ahora mismo incómoda de describir.
Apenas conversamos durante los dos primeros platos y no porque Martín no se animase, sino porque me resistía a dar pie a otra cosa que no fuera masticar, contestando con monosílabos a sus elaboradas preguntas.
No obstante, llegados los postres y viendo que mi conducta no estaba resultando a la altura de la compañía, tomé al asalto la copa de Martín y me la bajé de un lingotazo como quien bebe agua de una fuente.
El calor del vino blanco se asentó en mi estómago, cubriendo mi rostro de rubor.
El efecto relajante del alcohol no tardó más de cinco minutos en hacer efecto y me sentí mucho mejor, menos tensa y dispuesta a conversar con mi apuesto pretendiente, al que ya notaba empezar a sentirse incómodo.
—Es una música preciosa y la comida ha estado perfecta —me atreví a anunciar al fin.
—Me alegro —contestó él sorprendido de mi arranque—. Ya pensaba que mi compañía te estaba molestando. Creo que es la primera vez durante la velada que te escucho pronunciar más de dos palabras seguidas.
—Tienes que perdonarme. Todo esto es muy nuevo para mí y estaba algo nerviosa.
—No tienes porqué… Estás siendo la envidia del salón. Las mujeres te observan con recelo y los hombres con deseo. El vestido te sienta como un guante y tus modales a la mesa son inmejorables, como si hubieras estado toda la vida conviviendo con la opulencia y la elegancia.
El adulador cumplido de Martín sirvió para dar comienzo a una larguísima conversación en la que, animada por la copa de vino, pude relatarle de dónde provenía mi educación.
Le conté que mi familia había pertenecido a la tradicional nobleza gallega y que mi abuela me había enseñado buenos modales a la mesa.
Después, cómo mi tío Manuel, había refinado mis maneras en sus vacaciones de verano desde la emigración en Cuba y cómo, por último, había aprendido de mano de un amable chef, en el restaurante del pueblo en el que me había formado como cocinera, los pocos secretos a la mesa que toda señorita debía conocer para comportarse con elegancia.
Una cosa llevó a la otra y hablamos de nuestras familias, orígenes, pasado e ilusiones puestas en el futuro.
Martín me contó cómo provenía de una familia burguesa que había terminado siendo perseguida por unos negocios turbios en los que involuntariamente se había visto envuelto su padre.
Por ello habían decidido enviarlo a hacer las américas, no sin antes haberlo provisto de una costosa carrera universitaria en el ámbito de las leyes.
Su sueño era convertirse algún día en un gran abogado laboralista en Brasil, país que compartía con su Portugal natal muchas costumbres y, por supuesto, idioma.
Al terminar los postres, el volumen de la música aumentó deliberadamente, incitando a los comensales a animarse y asaltar la pista de baile.
Sin embargo, nosotros dos seguimos sentados conversando como si nos conociéramos de toda la vida, mirándonos a los ojos como dos buenos amigos que se hubieran reencontrado y tuvieran mil anécdotas por compartir.
Sólo cuando llegaron las canciones más lentas y la velada estaba a punto de finalizar fue cuando nos levantamos de la mesa.
Por la mitad de la conversación, me había tomado otra copa de vino y mis ánimos estaban más arriba que nunca, así que cuando Martín me tomó de la mano arrastrándome a la pista de baile, accedí sin rechistar.
Jamás había bailado tan pegada a otro hombre que no fuera mi padre, aunque las sensaciones eran muy diferentes.
Con papá me sentía segura, arropada, arrastrada en volandas por sus fuertes brazos y sus manos recias y callosas.
Con Martín, por el contrario, me sentía vulnerable, alterada, insegura, como expuesta a un volcán de sensaciones contradictorias que me daban vértigo y que no sabía cómo gestionar.
Aunque bailamos sólo un par de canciones, aquello me pareció una eternidad.
Al ritmo de “no me platiques” de Lucho Gatica, mis pies parecían flotar en el aire, como si la gravedad fuera una fuerza que no tuviera nada que ver conmigo.
Después llegó otro tema más que ni recuerdo, supongo que por shock del tierno ósculo en la mejilla que Martín me regaló al terminar…
Regresamos a la mesa y seguimos conversando un rato más sobre temas triviales hasta que uno de los camareros nos tuvo que desalojar.
Tan abstraídos y concentrados el uno en el otro estábamos, que no nos habíamos percatado de que éramos los últimos seres humanos, a mayores del personal de servicio de la tripulación, que quedaban en el elegante salón.
Ni siquiera habíamos notado que la orquesta había dejado de tocar y las canciones seguían resonando en mi cabeza una tras otra, haciéndome marcar el ritmo con los pies de una música que ya no sonaba.
Como buen caballero, Martín me acompañó hasta la puerta del camarote, como si pensara que podría extraviarme de no hacerlo o que algún pasajero con malas intenciones pudiera haberme hecho algún daño de camino…
Para cuando llegó el momento de la despedida, él intentó besarme, esta vez en los labios, pero yo aparté la cara sorprendida y, sacando del bolso las llaves a toda prisa, me escabullí asustada dándole con la puerta en las narices.
—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? —indagó Mercedes al verme entrar precipitadamente.
—No sé cómo me siento —contesté todavía aturdida—. Parece que estuviera flotando y los pies se negaran a tocar el suelo.