CAPÍTULO 9
UNA HISTORIA DE AMOR
A penas cuatro días más tarde llegó la siguiente escala en las Islas Canarias.
Había pasado aquellos últimos días encerrada de nuevo en el camarote, hasta el punto de que Mercedes comenzaba a preocuparse por mí.
Sabía que en secreto ella dudaba de mi fortaleza y vacilaba sobre que hubiera sido buena idea enviar a una joven tan pura, ingenua e inocente a conocer mundo.
Lo que ella desconocía era la existencia de un fuego que ardía con fuerza en mi interior y que me llevaría a conquistar metas a lo largo de mi vida, inalcanzables en aquellos tiempos para una persona de aldea, especialmente siendo mujer…
Atracamos en el puerto de Santa Cruz de Tenerife al mediodía de un soleado jueves a comienzos del mes de abril del año cincuenta y cinco.
Siempre me había preguntado la razón de que las llamaran “Islas Afortunadas” desde el tiempo del imperio Romano, y tuve al fin respuesta a mi pregunta en el mismo instante del desembarco.
Sólo había visto una vez en mi vida un lugar tan exóticamente hermoso; en una postal que mi tío Manolo nos había enviado desde Cuba por mi dieciocho cumpleaños, aderezada con un jugoso cheque de cuarenta dólares americanos.
La fotografía de la tarjeta retrataba el atardecer de un paisaje tropical, con el sol a pocos minutos de ocultarse tras el horizonte, arrojando rayos anaranjados sobre el mar.
En primer plano, sobre una hierba tan verde y brillante como las hojas nuevas de los robles, un nutrido grupo de palmeras daban sombra sobre la inmaculada arena de una playa desierta.
Hasta aquel instante, supe que, de existir un paraíso sobre la tierra, tenía que encontrarse en el lugar que retrataba aquella postal, o al menos eso pensaba hasta que, paseando por el pantalán mi vista se perdió en el horizonte, más allá de la muchedumbre, y pude ver las hermosas playas que se ocultaban tras la contaminante concentración humana.
Mercedes y yo caminábamos como dos pobres paletas de un lado a otro, mezclándonos entre la gente, abrumadas por la ingente cantidad de puestos de venta ambulantes adornados con diferentes objetos de artesanía local.
El ambiente era muy similar al de Madeira, sólo que con mucha más gente por metro cuadrado y un jaleo tan grande que teníamos que levantar la voz para poder comunicarnos.
Cuando llevábamos una hora caminando entre los puestos sin habernos todavía decidido en qué gastar el dinero, algo llamó mi atención en el escaparate de una pequeña tienda, oculta tras las columnas de unos soportales.
Era una figura humana que parecía estar petrificada, con sus vidriosos ojos clavados en los míos, como si intentara comunicarme algo sin poder hablar.
He de reconocer que, algo asustada, tiré de mi prima en la dirección del escaparate hasta que estuvimos lo suficientemente cerca como para discernir qué era lo que me observaba con tanta fijación…
La muñeca era perfecta, tal y como había soñado que debía ser.
Con apenas unos pocos centímetros menos que yo, perfectamente podría haber pasado por una hija y tenía un rostro tan realista y perturbador que me ponía los pelos de punta.
No obstante, fue amor a primera vista y supe que debía ser mía.
Entré a la tienda y salí con ella cogida de la mano como si fuera mi pequeña, tan solo unos pocos minutos más tarde, con la boca seca de regatear con el hábil dependiente y la mitad del presupuesto en efectivo que mamá me había obsequiado para el viaje, esquilmado en el capricho.
—Vas a tener que pagar un pasaje extra por tu nueva amiga…
Una voz grave que reconocí al instante y que me hizo estremecer como una vara de bambú, llamó mi atención.
Eran las palabras de Martín, con su exótico acento portugués, que una vez más me tomaban por sorpresa.
Me giré hacia él y allí estaba, tan alto y guapo como hacía unos días, pero todavía más moreno y atractivo que antes, fruto de los largos paseos por cubierta en las soleadas mañanas en mitad del océano.
Sus ojos azabaches se clavaban en los míos y su brillo era tan intenso como las canicas de cristal verde que iluminaban el rostro de mi nueva adquisición.
—Has hecho una buena compra, Isabeliña. Si la metes en tu cama durante las frías noches Atlánticas que están por venir, estoy cierto de que no pasarás frío…
Mercedes, habiendo detectado tanto el interés del muchacho como mi mal disimulada expresión de deseo, hizo mutis por el foro y, dejándonos solos, corrió a reunirse con el grupo de amistades que había hecho durante el viaje y que casualmente pasaba por allí.
No sé la razón por la que, a pesar del nerviosismo, cuando estaba cerca de Martín me sentía como en casa.
Tal vez fuera por su voz cálida, cercana, familiar y tan parecida a la de mi padre, o porque me sentía protegida junto a un muchacho tan alto.
—Desde siempre he querido tener una a tamaño natural —contesté señalando a la muñeca—Ha sido como amor a primera vista.
—Te puedo entender, Isabel. Algo parecido me ha pasado a mí recientemente con una muchacha…
El doble sentido de su respuesta me hizo zozobrar de tal modo que sentí perder la fuerza en las piernas. Después, intentando disimular el rubor, me agaché ligeramente para peinar a la muñeca con los dedos y cambié hábilmente de tema.
—Qué casualidad habernos encontrado de nuevo en tierra. Parece que me estuvieras siguiendo.
Ahora fue el turno de Martín de sentirse incómodo, como si mi planteamiento hubiera puesto al descubierto sus intenciones. Aclaró la garganta un par de veces antes de contestar.
—Supongo que ha sido casualidad. Sí que es extraño no habernos visto por el barco en cuatro días y encontrarnos en tierra en cada escala.
Obviamente, Martín desconocía que hasta la fecha había pasado gran parte del trayecto aislada en mi camarote, lo que hacía harto complicado que nos hubiésemos encontrado por el barco más que durante los escasos minutos en que paseaba hasta el comedor y asaltaba el bufet, llenando el plato con viandas que despachaba más tarde sobre mi cama.
Tras un rato de conversación trivial, el hielo que bloqueaba y enfriaba el acercamiento entre ambos se fue derritiendo y comenzamos a reírnos.
Cada vez me sentía más cómoda a su lado y lentamente el ruido de la muchedumbre fue desapareciendo hasta el punto en el que ya sólo lo veía y escuchaba a él.
Además de guapo era divertido y de conversación agradable e inteligente.
Nada de frivolidades o banalidades. Era un placer escucharle relatar anécdotas sobre la historia de las Islas Canarias como si de un guía turístico se tratase y que adornaba además con divertidas anécdotas que me hacían reír.
Nos dirigimos a la terraza de una cafetería, alejados del ruido y de la gente y charlamos largo y tendido hasta que la sirena de llamada para el embarque nos trajo de regreso a la realidad.
Parecía como si hubiéramos entrado en una burbuja en la que estábamos atrapados y en la que el tiempo sólo transcurría para los demás.
Mi travesía hasta la tierra prometida fue muy diferente desde aquella tarde charlando con Martín.
Una vez embarcamos, nos citamos para cenar en el restaurante de cubierta y cada uno regresó a su camarote.
Departí largo y tendido con mi prima sobre lo fascinante de la conversación y, como guinda del pastel, le confirmé que habíamos quedado para cenar.
La noticia le hizo saltar de alegría sobre la cama y comenzamos a lanzarnos las almohadas como si fuéramos dos quinceañeras histéricas.
Mi nerviosismo era harto contagioso y para Mercedes, el ver como al fin me soltaba y me animaba a hacer algo diferente fue toda una noticia.
Entre las dos vaciamos prácticamente todo el gran baúl con mi ajuar en busca de un conjunto apropiado para la velada.
Y no era una misión fácil… Ante todo, debía ser discreto, esa era mi primera premisa.
No quería que pensara de mí que yo era como una de aquellas muchachas que se embarcaban a la caza de un marido y exhibían sus encantos sin pudor alguno, luciendo vestidos exageradamente escotados y ceñidos o con los bajos demasiado cortos.
No obstante, tampoco quería parecer una mojigata retraída o una tímida y aburrida muchacha de aldea que lo asustase, haciéndole perder el interés.
Una y otra vez me probaba vestidos e improvisaba conjuntos hasta que al fin di con la combinación perfecta por pura casualidad y gracias a Mercedes.
Entre mi ajuar figuraba un precioso vestido de noche de color rojo intenso.
Me había encaprichado de él en un viaje con mi padre a Santiago de Compostela para resolver unas gestiones del visado.
Lo lucía un vistoso maniquí en el escaparate de una tienda de modas ante la que me había detenido.
Papá, que había pasado de largo, se había detenido al ver que no caminaba a su lado y que iba hablando solo.
Al reencontrarse conmigo, simplemente me había mirado y me había formulado una sencilla pregunta.
—¿Te gusta?