CAPÍTULO 8 #3
A pesar de que el día era plácido y la mar estaba en calma como una balsa de aceite, el movimiento del barco se sumó al malestar por el desmayo y sentí nauseas.
—Creo que… será mejor que busquemos nuestro camarote y descanse un rato.
Ayudada por Mercedes que, como si de un bastón se tratara, me servía como punto de apoyo, pasamos desde la cubierta de popa al distribuidor y, desde allí, buscamos las escaleras a los camarotes.
En nuestros pasajes se indicaba el número de habitación y en qué nivel estaba, así que nos pusimos manos a la obra.
Parecíamos dos tontas cruzando boquiabiertas lujosos salones y pasillos forrados de impecable moqueta color marrón.
Veníamos de un mundo muy diferente. El de casas humildes, con suelo de madera, paredes manchadas de humedad e impregnadas del olor a los animales que criábamos.
Y eso era lo que más me chocaba de todo lo que me rodeaba.
No eran las fastuosas lámparas de araña o las barandillas de las escaleras talladas en madera noble y barnizadas hasta el hastío…
Ni siquiera los ostentosos uniformes de la tripulación, perfectamente lavados y planchados, blancos, inmaculados…
Lo que más me llamaba la atención era el olor que impregnaba cada rincón de la nave.
Jamás había percibido nada ni remotamente parecido, una mezcla entre canela, naranjas recién exprimidas y el caro perfume que usaba la mujer del dueño del restaurante, que sólo un mes antes había rescatado de desaparecer pasto de las llamas…
Unos quince minutos después de haber comenzado la búsqueda, al fin localizamos la puerta de nuestro camarote. Entramos y sin tan siquiera echar un vistazo para curiosear ni cerrar la puerta, nos tiramos en las camas a descansar.
Ya fuera por los nervios experimentados durante los días y horas previas a la partida o por el suave vaivén del barco, nos quedamos traspuestas durante horas hasta que la luz del día dejó de iluminar el camarote a través del ojo de buey.
Para cuando me desperté con el sonido de unos nudillos golpeando la puerta, el camarote estaba a oscuras.
Por unos segundos me sentí desubicada, asustada y perdida.
No recordaba dónde estaba, como si mi cerebro se resistiera a reconocer que había partido al fin en la mayor aventura de mi vida y buscase el refugio de los familiares olores de mi hogar.
Los nudillos volvieron a golpear la puerta y me incorporé toda prisa.
—Mercedes, Mercedes, hay alguien llamando a la puerta.
Mi prima todavía dormía y, de no haber sido por mi perseverancia agitando su cuerpo sobre el colchón de la cómoda cama, habría seguido haciéndolo hasta el amanecer del día siguiente.
Una última llamada a la puerta fue acompañada de una voz grave y varonil.
—Buenas noches. ¿Desean las señoras que baje algo de ropa a la lavandería?
Mi prima se incorporó pegando un respingo y acercó la cara a la puerta.
—No, muchas gracias. Por el momento estamos servidas.
—Está bien. Si desean alguna otra cosa, sólo tienen que preguntar por mí. Soy el asistente asignado a su camarote. Me encargo de recoger la ropa, ordenar y limpiar las habitaciones y cualquier otra cosa que desean. Mi nombre es Raúl. Buenas noches y feliz viaje.
Las palabras del muchacho sonaron como la grabación de un anuncio más que como una sugerencia u ofrecimiento. Probablemente hastiado de repetir siempre la misma letanía, la reproducía una y otra vez al nervioso pasaje que, al igual que nosotras, se resistía a abrir la puerta a un desconocido.
Tras el incidente con el asistente y con el corazón todavía en un puño por el susto, me asomé al ojo de buey.
Era una noche oscura mar adentro y la mar estaba calma.
La luna apenas mostraba la forma de una pequeña uña y su reflejo sobre las tranquilas aguas dibujaba extrañas formas sobre el suave oleaje.
Un ramalazo de nostalgia se apoderó de mí y la congoja ascendió a toda prisa desde las piernas hasta mi estómago, apretándolo desde dentro.
Se me hizo un nudo en la garganta al recordar que ya no había vuelta atrás…
En menos de un mes habría llegado a la tierra prometida, a miles de kilómetros de mi amada familia y la casa que me había visto nacer y crecer.
Me tiré de rodillas a los pies de la cama y lloré desconsolada mojando las suaves sábanas de satén con mis lágrimas, al tiempo que evocaba las caras de mi hermanito Fernando, de mis padres y de mi bien amada hermana Lucinda.
Mercedes, que aún no había llegado a esa fase, pero que entendía lo que me estaba ocurriendo, se tumbó a mi lado y pegó su cabeza a la mía.
—Pronto te ataca la morriña, prima Isabel. Vamos a tener que hacer algo para remediarlo. ¿Qué opinas de ponernos guapas y subir a cenar al comedor principal? Me ha parecido leer en un cartel de camino al camarote que hoy se celebraba una fiesta de bienvenida para el pasaje.
Estaba tan triste que no pude contestar y su propuesta, cubierta de una premeditada pátina de amabilidad, no hizo más que estimular mi llanto con más virulencia.
Ella se limitó a abrazarme y ayudarme a subir a la cama.
Después me tapó con una manta y esperó pacientemente a mi lado a que el cansancio me derrotara.
Una vez dormida de puro agotamiento, se puso algo cómodo, salió del camarote y regresó con una bandeja de comida…
Al día siguiente me desperté aturdida, aletargada, agotada…
No sabía dónde estaba y solo la familiaridad de los suaves ronquidos de Mercedes, muy parecidos a los de Lucinda, pudieron dar algo de calma a mi espíritu.
Me incorporé con urgencia y eché un rápido vistazo a mi alrededor.
Con las primeras luces de la mañana entrando a través del ojo de buey pude aclarar dónde me encontraba y la tristeza regresó.
El camarote era pequeño, lo justo y necesario para dos personas sin demasiadas ínfulas.
Apenas un angosto cuarto de baño, un armario, una cómoda que hacía las veces de escritorio y dos camas.
Me levanté y recorrí de puntillas el corto espacio que me separaba del baúl con el costoso ajuar que mamá me había regalado y busqué algún objeto que me ayudara a apaciguar la nostalgia.
Echaba tanto de menos a mi familia que la ilusión por conquistar un mundo nuevo y mejor había desaparecido casi por completo.
Dentro del baúl encontré algo que me consoló…
Fernando me había confeccionado con sus propias manos y un poquito de ayuda de Lucinda, un bonito muñeco de trapo para que siempre lo recordara y lo tuviera presente en mis pensamientos.
No sé muy bien cómo lo había logrado, pero lo cierto es que la cara de la figura se le parecía notablemente, así que el pequeño objeto de tela sirvió al cometido para el que había sido fabricado.
Mercedes seguía durmiendo, de modo que, para no despertarla, decidí volver a tumbarme, esta vez abrazada al muñeco de trapo como si de mi hermano pequeño se tratara.
En tanto volvía a conciliar el sueño, pensaba en la única muñeca que había tenido en toda mi vida y que mi tío Manolo me había traído como regalo de cumpleaños en uno de sus viajes de negocios a Barcelona.
El muñeco de trapo de Fernando estaba muy bien, pero pensé que merecía algo más grande y en aquel momento resolví que, para cuando hiciéramos nuestra primera escala, bajaría a tierra y me compraría la muñeca más grande que me pudiera permitir…
Y así transcurrieron los primeros días de navegación para mí. En una suerte de confuso duermevela, comiendo y bebiendo lo justo y necesario para no desfallecer, tumbada en la cama la mayor parte del día…
La primera escala fue en la isla de Madeira y apenas duró seis horas, pero cambió por completo mi estado de ánimo.
A la pobre Mercedes le costó Dios y ayuda convencerme para bajar a tierra y no lo habría logrado de no ser porque yo misma comenzaba a sentir claustrofobia de haber soportado tantas horas el enclaustramiento en el camarote, siempre acompañada del inestable vaivén de las olas que tantos vértigos y mareos me había traído a comienzo de la travesía hacia mi libertad.
Con sólo caminar por la rampa instalada por la tripulación para descender a tierra y sentir los cálidos rayos de sol acariciando mi pálida tez gallega, sentí una inesperada energía positiva que me hizo sonreír.
—Vaya, vaya, vaya, por fin te veo los dientes —apuntó Mercedes—. Parece que te está sentando bien salir del camarote.
—Sí, es que hace un día precioso y de repente me apetece pasear. Venga, vamos a dar una vuelta y saqueamos alguna tienda.
Mi prima, feliz de verme de nuevo siendo yo misma, me tomó de la mano y, como si de dos colegialas se tratara, paseamos inocentes por el puerto de Madeira acompañadas de un reducido grupo del pasaje, gallegos también y que compartían con nosotras el mismo destino final en Montevideo.
El pantalán del muelle de transatlánticos conectaba con una esplanada saturada de puestos con souvenirs; cerámica local hecha a mano, bisutería, tenderetes con dulces tradicionales de la zona y hasta selecta marroquinería como carteras o petacas de tafilete para ellos y elegantes bolsos o maletas de mano para ellas.
No obstante, ni rastro de puesto alguno en el que vendieran juguetes para los pocos niños que se encontraban en el pasaje y todavía menos muñeca alguna como la que yo tenía en mente y que debía ser lo más grande y real posible.
—Parece que estás buscando algo, galleguiña.
Fue la primera vez que se dirigió a mí. Un apuesto muchacho, alto, moreno, con el pelo rizado y los ojos tan negros y brillantes como guijarros de azabache. Tenía un marcado acento portugués, aunque se esforzaba por hablar mi idioma del mejor modo posible.
—Yooo… eh… sí, supongo que sí.
Me quedé tan cortada que apenas acertaba a balbucear.
Era excepcionalmente guapo, tanto que me sentí incómoda y busqué a Mercedes con la vista.
Por fortuna o desgracia para mí, se había alejado unos metros con el resto del grupo y rebuscaba en el puesto de un amable gitano algún trapillo de su talla con el que apagar la tentación de gastar un poco del dinero que mi tía Matilde le había dejado para el viaje.
—Disculpa si te he importunado. Mi nombre es Martín —el muchacho era amable, tal vez demasiado, y se veía a las claras que estaba muy interesado en mí.
Tenía la voz grave y profunda, fruto de la enorme nuez que asomaba de su cuello, además de un mentón poderoso y redondeado a juego con la barba cerrada y oscura, que parecía querer asomar a pesar de que se notaba que acababa de ser rasurada.
Sentí el aquel instante una conexión con el tal Martín.
Un deseo profundo e inconfesable que jamás había notado y que se traducía en una imperiosa necesidad de abrazarlo y besarlo.
Aquello me hizo sentir vulnerable. Quería salir de allí cuanto antes, huir de una situación incómoda que escapaba a mi comprensión y entendimiento.
Por suerte, Mercedes se giró hacia mí y vio cómo el muchacho trataba de entablar conversación contándome banalidades sobre el clima mientras yo me agitaba nerviosa.
—¿Va todo bien por aquí?
Al ver mi cara de susto, ella acudió al rescate tan rápido como pudo. Por un instante me sentí aliviada, mas pronto esa sensación fue sustituida por un repentino enfado, fruto de lo incómodo de la intromisión en la conversación con un hombre que a todas luces supe que debía ser mío…
—Si, señorita. Sólo charlábamos su amiga y yo.
—No es mi amiga, es mi prima —aclaró Mercedes intentando ser lo más desagradable posible, tratando de espantar al muchacho.
La escena terminó con el pobre Martín asustado, huyendo con el rabo entre las piernas entre la muchedumbre que se agolpaba en los puestos de venta ambulante. El carácter agresivo de Mercedes lo había espantado y no lo volvería a ver hasta la siguiente escala en Canarias…
—Has sido muy desagradable —protesté—. Martín sólo trataba de ser amable.
—¿Martín? Pero si hasta os habéis presentado —bromeó Mercedes—. De lo que trataba el tal Martín era de meterse dentro de tus faldas, boba. Anda, vamos a buscar algún sitio para comer. El tiempo vuela y pronto habrá que regresar al barco.
Mi prima, que en absoluto era pura e inocente como yo, pues ya sumaba a su historial cuatro o cinco novios, con tres de los cuales había mantenido relaciones formales, podía detectar a leguas las intenciones de un hombre.
Le dio en suponer que las de Martín no eran buenas ni sinceras y que sólo buscaba un entretenimiento para divertirse durante la travesía, para después dejarme tirada a nuestra llegada a destino, habiéndose llevado por delante mi inocencia…
Después del incidente con el atractivo muchacho portugués, nos unimos al grupo de emigrantes que nos había acompañado durante la visita a la exótica isla y paramos a comer en una tasca.
No era un sitio elegante, como el restaurante en el que había trabajado como aprendiz de cocinera y que había rescatado de ser pasto de las llamas sólo un mes antes de haber partido en mi travesía oceánica hacia la libertad.
No obstante, en peores sitios había almorzado en la Galicia pobre de la posguerra, así que no me quejé y seguí a los demás.
Apenas comí y no porque los platos no fueran de mi agrado, sino porque ya no podía quitarme de la cabeza a Martín y sus profundos y misteriosos ojos azabache.
Tras una larga sobremesa, regresamos al barco y me fui directa al camarote.
En el recibidor, Mercedes me propuso alargar la velada con los demás miembros del pasaje con los que había hecho buenas migas, pero preferí darme una ducha y echarme a descansar.
Habían sido muchas emociones para un solo día, especialmente si lo comparamos con los anteriores durante la travesía, y ansiaba llegar cuanto antes a la siguiente escala en las Islas Canarias para tener de nuevo la oportunidad de encontrarme con aquel muchacho.