CAPÍTULO 8 #2
Papá, mamá, Lucinda, el pequeño Fernando y yo, caminamos arrastrando el enorme baúl hasta la consigna.
Allí registraron mi nombre y revisaron el billete.
Después, dos fornidos muchachos pegaron una etiqueta con el número de camarote en el baúl y lo cargaron en un transportín para subirlo al barco.
Todavía tuvimos que aguardar un par de horas hasta que sonó la sirena de aviso para el embarque.
Mamá llevaba un buen rato mirando nerviosa a uno y otro lado, agitando alterada la cabeza y haciendo aspavientos en tanto papá trataba de tranquilizarla…
Y era lógica su conducta. Esperaba por la tía Matilde y Mercedes, su hija mayor, que me iba a acompañar en la travesía.
Haciendo un gran esfuerzo económico, habían reunido dinero para reservar un camarote para nosotras dos en la mejor zona del barco.
Mi prima sería mi acompañante, no sólo durante el viaje y las escalas sino en los primeros meses en Montevideo.
Mercedes y yo nos habíamos llevado siempre muy bien.
No sólo compartíamos profesión y aficiones, sino también anhelos y proyectos.
Es por ello que, la tía Matilde, al conocer por mamá mis deseos de emigrar a las américas y sabiendo que sus sobrinos Javier y Alberto estarían allí para ayudarlas a integrarse, había decidido proponer a su querida hija la oportunidad de cumplir sus sueños.
Así pues, la preocupación de mamá era más que justificada. Si Matilde y Mercedes no terminaban de aparecer, no sólo su sobrina perdería una oportunidad de oro, sino que su hija tendría que hacer el viaje sola en un camarote, sin nadie a su lado para ayudarla en caso de surgir cualquier problema.
Por suerte, en el límite de la hora y cuando ya habíamos abandonado toda esperanza, aparecieron las dos agitando los brazos.
Habían perdido el autobús por una razón tan común como inapropiada para un día tan importante; se habían quedado dormidas…
Los días antes del viaje, habían estado tan nerviosas que apenas habían pegado ojo y, justo el día señalado, el sueño las había derrotado hasta tal punto que no habían escuchado la sonora alarma mecánica del reloj despertador.
—¡ESTAMOS AQUÍ! ¡ESPERADNOS! —gritaba la tía Matilde, mientras corría fatigada remangándose las faldas. Su cara de bochorno y preocupación contrastaba con la de la prima Mercedes, tan dichosa y excitada como yo, que parecía haberse vuelto inmune al cansancio de la carrera.
Habíamos dejado la despedida para el momento del embarque.
Era lo más duro y emotivo y todos parecíamos querer alargar el desenlace lo máximo posible.
Así, el retraso de Matilde y Mercedes no nos había venido mal del todo.
Los nervios de la espera y la posibilidad de su ausencia habían camuflado el verdadero motivo de la angustia y ansiedad ante la separación de un pilar de la familia por tiempo indefinido.
No obstante, la hora había llegado. Mercedes y yo conversábamos excitadas, oteando de soslayo los alrededores en busca de los muchachos más guapos que se preparaban para embarcar.
Reíamos nerviosas ante una aventura que nos liberaría hacia un mundo nuevo y próspero, en tanto nuestras familias, rotas por el dolor de perder a sus inocentes hijas, llevaban el momento como mejor podían, charlando sobre temas triviales como el tiempo en Vigo, el tráfico de la urbe o lo incómodo de la marabunta que se apelmazaba aguardando la partida.
La segunda sirena de aviso para el embarque supuso el inevitable aviso que todos deseaban o temían a partes iguales, según fuéramos los jóvenes ingenuos e inexpertos los que lo oían o sus emocionados padres.
Mamá supo que el instante de la despedida había llegado y dio un paso hacia delante, interponiéndose entre mi prima y yo.
Me tomó de la mano y, moviéndose a empujones entre la gente que se apelmazaba más y más, se separó de los demás.
—Escucha, hija, tengo algo que contarte. Eres la más lista de todos y bien sabe Dios que aprenderás a hacer cualquier cosa que te propongas, pero…
En aquel punto a mamá se le cortó la voz y aclaró la garganta.
—¿Pero… madre?
—Pero eres muy inocente. Demasiado pura, buena e ingenua para un mundo duro.
Tendrás que aprender a golpes muchas cosas que he fracasado intentando hacerte ver la realidad y te puedo asegurar que nadie golpea tan fuerte como la vida…
Te encontrarás con gente buena, pero también con gente muy mala.
Así que apóyate en tus hermanos, acepta su ayuda y sus consejos y sigue tu vida aprendiendo de los errores para que cada uno sea el último.
Por lo demás, sé que llegarás lejos siempre que tu voluntad sea fuerte.
Mamá parecía cansada. Como si hubiera caminado a pie una larga distancia sin apenas beber o probar bocado y las energías a punto estuvieran de abandonarla.
—Nunca te rindas, sigue siempre adelante y convierte el orgullo que has heredado de mí en el acicate que te mueva a superar los obstáculos. Y, sobre todo, ten siempre una cosa presente. Después de tu nombre, está el apellido de tus padres. Llévalo con honor y haz que nos sintamos orgullosos…
Fue aquel el momento más emotivo de la despedida.
Mamá, con un carácter tan fuerte como el de mil hombres, se derrumbó y rompió a llorar, apoyando su cabeza sobre mi hombro.
Nos abrazamos sollozando hasta que la tercera sirena de aviso para el embarque nos despertó.
Nos enjuagamos las lágrimas y buscamos con la vista al resto.
No costó tanto como pensábamos, pues la multitud había comenzado a subir al barco y la densidad de gente había disminuido.
Pronto nos reunimos y, mientras Mercedes se despedía de tía Matilde de un modo muy similar al que yo había hecho de mamá, mi padre, Lucinda y el pequeño Fernando —que con diez años ya sabía que iba a perder a la hermana que lo había criado y estaba sofocado de tanto llorar— acabamos de cruzar unas últimas palabras de ánimo y afecto.
Mi ausencia iba a dejar un gran agujero de amor en la familia.
Para papá, era yo su orgullo, su hija más valiente e inteligente, además de su pareja de baile y canto en las fiestas y cenas familiares.
Por su parte, Lucinda perdía a su hermana del alma, su gemela un año mayor, compañera de juegos, de trabajo y de confesiones.
La cuarta sirena de aviso tronó y el inexorable instante llegó.
De un empujón, mamá nos apartó de su lado y nos puso en camino de la cola para el embarque.
Saqué el billete del bolso y lo sujeté con fuerza entre mis dedos, por miedo a que la brisa del mar lo arrancara de las manos.
Era el pasaporte a la libertad, la llave de mi celda, las alas en la espalda que me permitirían volar hacia el futuro y que nadie podría ya arrebatarme jamás.
Cuando llegó nuestro turno, un elegante sobrecargo, un muchacho alto, joven, bien afeitado, de modales exquisitos, labios gruesos y el rostro bronceado por el aire de mar abierto, tomó nuestros tickets y los validó con una amable sonrisa.
—Bienvenidas al Córdoba, señoritas —nos dijo con un dulce acento argentino que nunca había escuchado antes— les deseo una estancia placentera en su viaje.
Le dimos las gracias, aunque ya había girado la cabeza hacia el siguiente pasajero.
Comprendí que aquella frase no era más que un mensaje pregrabado, como si de un robot se tratara, para dar la bienvenida al barco a los pasajeros que embarcaban por primera y última vez en él con destino a las américas.
A empujones, Mercedes y yo nos abrimos paso hacia cubierta, pues habíamos sido de las últimas en subir al barco y la mayoría de la gente se nos había adelantado, agitando nerviosa y emocionada sus brazos desde la popa, despidiéndose de los seres queridos.
Éramos ágiles y bajitas, así que, usando nuestras armas de mujer, buscamos a los chicos más jóvenes y les pedimos amablemente si nos dejaban colarnos para la despedida.
Uno de ellos, un mocetón más largo que un día sin pan y con los brazos de un gorila adulto, se sintió especialmente motivado por nuestro candor y nos abrió paso hasta primera línea.
No tardamos en localizar a nuestras familias entre la muchedumbre que se abigarraba en el muelle agitando los brazos.
Mercedes estaba muy emocionada. Sus agudos ojos color miel estaban encharcados y tenía el rostro congestionado de tanto sollozar.
No sé por qué razón, en el preciso instante en que el barco comenzó a moverse, sentí pánico y quise bajarme a toda prisa a reunirme con mi familia.
Me giré asustada, para echar a correr, pero la cantidad de gente que tras de mí se despedía emocionada de sus seres queridos me lo impidió.
Creo recordar que por unos instantes llegué a desmayarme y perdí el conocimiento, aunque no toqué el suelo pues los cuerpos de los jóvenes que se apelmazaban contra la barandilla de popa me lo impidieron.
Para cuando recuperé el sentido, estaba empapada en sudor y mis piernas temblaban como un bol de gelatina. El barco se alejaba del puerto y la muchedumbre había comenzado a disiparse, destino al interior del barco para instalarse en sus camarotes.
—¿Estás bien? —me preguntó Mercedes—. Te has quedado como ida. He tenido que sujetarte para que no te estamparas contra el suelo.
Me quedé mirando absorta a mi prima. Tenía un rostro verdaderamente bello y los rayos de sol que se filtraban a través de sus cabellos castaños y rizados la hacían parecer un ángel.
He de reconocer que sentía envidia de su piel pálida y perfecta, que en verano se llenaba de pecas, distribuidas armoniosamente entre su pequeña naricilla y bajo los ojos, hasta difuminarse en la línea en donde comienzan las mejillas.
Una piel perfecta que apenas sí necesitaba de mantenimiento alguno para conservarse tersa y suave y que la hacía parecer más joven.
—Eh, prima, ¿sigues ahí?
—Yo… sí, es sólo que… estoy algo aturdida.