CAPÍTULO 8
EL VIAJE
E n abril del año cincuenta y cinco comenzó mi viaje a lo desconocido.
Aquella mañana me levanté bien temprano.
Me aseé y vestí tan rápido como pude, mientras los demás, excepto mamá que pienso estaba tanto o más nerviosa que yo, todavía dormían a pierna suelta.
Alberto y Javier me esperaban en Montevideo y Raquel ya vivía por entonces con su marido, maestro de profesión, en un pueblo a las afueras de Lugo, así que en casa ya sólo quedábamos Lucinda, el pequeño Fernando con tan solo diez años y yo.
Estaba tan nerviosa y excitada como lo pueda estar una persona a punto de firmar un cambio drástico en su vida.
Casi no había pegado ojo, y lo poco que había dormido —a través de un ligero e inquieto duermevela que había dejado las sábanas empapadas en sudor— había estado plagado de sueños y pesadillas.
No obstante, la falta de sueño ya no me importaba.
Sólo podía pensar en mi viaje, en la gente que conocería en el barco y los lugares increíbles que visitaría durante las escalas.
También en Montevideo, en donde mis hermanos me esperaban con los brazos abiertos y un sinfín de sorpresas, según me habían prometido en su última carta.
Antes del desayuno, lo primero que hice fue arrastrar hasta el corral el pesado baúl con la dote que mamá me había regalado para el viaje y lo dejé apoyado contra el portón de chapa de la entrada, el mismo con el escudo familiar en relieve.
Después bajé a los establos, con la falda remangada y mucho cuidado de no mancharme, para despedirme de las vacas que teníamos por entonces.
Sé que puede parecer exagerado por mi parte, pero pasé muchas horas con aquellos nobles animales y sentía por ellas un afecto especial.
Me encontraba, al igual que ellas, atrapada en mi propia casa y al fin se me brindaba la posibilidad de ser libre.
Eso me daba ventaja sobre las vaquiñas y me hacía sentir injusta, disfrutando de un privilegio que tal vez no me había merecido más que ellas.
Después di un solitario paseo por la finca.
Me despedí de los frutales, de las viñas, del hórreo, de la vieja higuera cuyos sabrosos frutos tantas veces había disfrutado.
En cuanto a los vecinos, el adiós había sido el día antes.
Algunos de ellos, los más ancianos, jamás los volví a ver con vida y muchos otros, al igual que yo, emigraron y nunca más supe de ellos.
Mis amigas, compañeras de juego, habitantes de aldeas vecinas a las que había conocido en la escuela siendo niñas, lloraron amargas lágrimas de tristeza en compañía, sin saber bien si lo hacían por la tristeza ante la perspectiva de no volver a verme o por envidia de una oportunidad por la que sin duda ellas se habrían dejado cortar un brazo sin meditarlo antes ni un solo segundo.
Cuando regresé de mi paseo por la finca, faltaban sólo quince minutos para que el coche de línea pasara con dirección al pueblo. Lucinda, Fernando, mamá y papá —que se había pedido el día libre en el trabajo para poder despedirse de su hija— ya me esperaban impacientes junto al baúl.
—¿Dónde te habías metido? —protestó mamá—. Aún tenemos que llegar a la carretera y faltan sólo quince minutos.
—Hay tiempo de sobra, madre. Es mi último día aquí. Tengamos la fiesta en paz…
En aquellos tiempos, a los padres se les trataba de usted, así que la diferencia en cuanto al estado de ánimo cuando se hablaba con ellos, la marcaba el utilizar madre o padre como vocativo en lugar de mamá o papá.
El primero denotaba seriedad, enojo o formalidad y el segundo, cercanía, afecto y amor.
Supongo que los nervios me traicionaron y fui demasiado seca con ella.
Mamá estaba tan nerviosa como yo. Sensible y alterada.
Era la cuarta de sus hijos que emigraba.
Pronto lo haría Lucinda y sólo les quedaría Fernando para disfrutar.
Y en una casa donde el amor y el respeto habían sido símbolos ineludibles en nuestra crianza, era una situación muy dura para los progenitores.
Mis padres siempre supieron encontrar el equilibrio entre ser duros y prepararnos para la vida, pero, al mismo tiempo, jamás renunciar a hacernos saber que el amor y la unidad de la familia eran lo más importante y prioritario.
No era un modo común de criar a los hijos en aquellos tiempos crueles de escasez y miseria.
Muchos emigraron para jamás volver. Se desentendieron de sus familias y no quisieron saber más de ellas.
Familias de padres maltratadores, violentos y desalmados, que habían tenido hijos para convertirlos en mano de obra, sin pensar en que no tenían recursos para sacarlos adelante.
Mamá supo al instante que mi contundente respuesta era fruto de los nervios y se limitó a acercarse a mí y acariciarme la mejilla.
Después se dio la vuelta y tomó una de las asas del baúl para ayudar a papá con la pesada carga.
No cabe duda de que era una mujer fuerte.
Había parido seis hijos y trabajaba los campos tan duro como el hombre más curtido.
Llegamos justo a tiempo a la parada del coche de línea que nos acercaría al pueblo.
A pesar de que era un día de semana, por algún motivo no iba demasiado lleno así que el conductor, viejo conocido de papá, nos permitió llevar el baúl dentro, asentado en el pasillo entre los asientos, en lugar de subirlo al techo, en cuyo caso habríamos necesitado una polea y una yunta de bueyes para alzarlo.
Pronto llegamos al pueblo y, a pesar de que en la ruta del autobús de línea no estaba la parada del interprovincial que viajaba hasta Vigo, el chófer quiso hacernos el favor y nos dejó a pie de la señal.
Bajar el baúl fue una odisea de mayores proporciones de lo que había sido izarla al habitáculo del transporte.
Las asas se habían encallado en los bordes del pasillo y faltó muy poco para tener que pedir un destornillador y desarmarlo.
Por suerte, el chófer estaba fuerte como un roble y con un par de patadas y un tirón, consiguió desatrancar el aparatoso equipaje.
La desafortunada maniobra nos llegó a retrasar lo suficiente como para estar a punto de perder el transporte a la ciudad.
Nada más poner un pie en la acera, apareció como de la nada la sombra del enorme autobús, sobresaltándonos con un sonoro bocinazo.
Estábamos agotados de tirar del baúl y aun así, tuvimos que hacer un último esfuerzo para subirlo al portaequipajes que, por fortuna, esta vez se ocultaba tras unas compuertas practicables en la parte baja de los laterales del vehículo.
Acomodado el equipaje, subimos, pagamos el pasaje al conductor, que nos miraba con recelo por haber provocado un retraso en su ruta y nos sentamos derrotados en los cómodos asientos.
El viaje a la ciudad se alargó a cuatro pesadas horas, en las que el chófer hacía detener el vehículo en todos y cada uno de los pueblos de camino a la gran urbe de la comarca; Vigo.
Fueron aquellas horas de inquietud y nervios para mí.
Como las del reo que aguarda a las puertas de su celda la firma del papeleo para el día en que va a recuperar su libertad.
Cada pueblo que pasaba ante mis ojos parecía ser más y más grande.
A cada kilómetro que nos acercábamos al cosmopolita puerto de mar, el número de coches con el que nos cruzábamos se incrementaba exponencialmente, símbolo de que Galicia comenzaba a recuperarse de las miserias de la posguerra, a pesar de que, tal y como descubriría tan solo un mes más tarde al arribar a Montevideo, estábamos todavía muy lejos de la prosperidad que ya se respiraba por aquel entonces en Latinoamérica.
El tiempo transcurre despacio, como a cámara lenta, cuando deseas algo tan fervientemente, como yo lo hacía por visitar nuevos mundos.
Al igual que el niño que espera impaciente el amanecer para salir de casa el día del viaje de fin de curso con sus amigos, las horas parecían no querer avanzar, como si el segundero del reloj de pulsera de papá — un Omega mecánico que mi tío Manolo le había traído de Cuba como regalo de cumpleaños— hubiera ralentizado su movimiento igualándolo al ritmo de los latidos del corazón de un oso en hibernación…
No así ocurría para mamá, que contaba los minutos con tristeza hasta el inexorable momento en el que tuviera que ver la mano de su hija agitándose desde la popa del transatlántico, alejándose en el horizonte, ignorando cuándo la volvería a ver y si cuando lo hiciera, recibiría a la misma persona que ahora emigraba llena de ilusiones y proyectos.
Al fin llegamos a Vigo y nos apeamos en la parada del muelle de gran calado.
El bullicio de seres humanos nerviosos, abigarrados en unos pocos metros cuadrados a la espera de la señal para el embarque, era un buen ejemplo de lo que me aguardaba en las américas.
Nada que ver con la tranquilidad del pueblo o de la aldea, en donde los días transcurrían en una silenciosa y atareada rutina…
La gran ciudad sería algo muy diferente, con sonoras bocinas de coche protestando por doquier, atrapadas en mitad del intenso tráfico de vehículos trasladando al puerto a los emigrantes.
Allí, por primera vez tuve un instante de vacilación, como si me hubiera contagiado de la agitación.
—Tranquila, hija. Esto no suele ser así.
Sólo son personas tan nerviosas como tú —mamá había intuido mi estado de ánimo e intentaba tranquilizarme—.
Ya verás como en Montevideo es todo mucho más sereno y familiar.
En Latinoamérica la gente es amable y cercana.
Además, allí esperan tus hermanos con los brazos abiertos y todo preparado.
Recuerda que llevas el respaldo de tu ajuar, así que anímate y disfruta de este momento.