CAPÍTULO 7 #5
—Lo sé, pero hay algo que no os he contado… Recordad que la vid que da a la cancilla que comunica la finca con el camino de fuera produce las uvas más ricas. Son de otra variedad y quiero usarlas como alimento.
—Pero madre… están jugosas que se deshacen en la boca —protestó Javier.
—Lo sé, hijo. Precisamente por eso, así que cuento con vuestra colaboración.
Mamá dio por finalizada la conversación levantándose de la mesa para comenzar a recoger. Un gesto tan austero significaba que no había más que hablar al respecto, así que agachamos la cabeza y nos limitamos a colaborar mientras papá comenzaba a cantar su zarzuela favorita.
El mandato de mamá quedó bien claro, grabado a fuego en nuestras cabezas so pena de castigo ejemplar. No obstante, el verano de San Martín estaba resultando especialmente duro en aquel año y… qué mejor tentempié para llevarlo sin sofocos que un refrescante racimo de uvas recién cogidas de la vid…
Ni que decir tiene, que uno tras otro, los seis hermanos fuimos esquilmando, cada cual a escondidas y por nuestra cuenta, el inventario de racimos hasta que apenas quedó una docena.
Incluso el pequeño Fernando participó del expolio usando una vieja banqueta de madera, que cojeaba de una pata y con la que a punto estuvo de descalabrase cuando uno de sus pies se coló por el deteriorado trenzado con el que estaba forrada…
Creo recordar que fui yo la primera en darse cuenta de que habíamos cruzado la delgada línea de la prudencia y me ocupé de reunir en el corral a todos los hermanos para conversar sobre el tema.
—La hemos liado buena… Madre nos va a dejar las piernas como las de San Agustín a varazo limpio. ¿Cómo se os ocurre esquilmar la vid de esa forma?
—Anda ya. No vayas ahora de mojigata —protestó Alberto— que tú también has participado. ¿Cómo sino te habrías dado cuenta de que la viña se estaba quedando sin racimos?
—No he dicho que yo no sea culpable, pero apenas he tomado un par de racimos y había decenas. Alguno de vosotros se ha pegado el festín de su vida.
Por alguna razón, Javier buscaba la protección del cuerpo de Alberto mientras yo soltaba la reprimenda.
—¿Por qué te ocultas así, Javier? —no sé por qué razón su actitud me pareció sospechosa.
Alberto se giró hacia su hermano y, poniendo los ojos como platos, le soltó un capón en la nuca que debió escocerle durante semanas.
—¡Mirad quién es el culpable! —tronó Alberto, mientras Javier terminaba de masticar las pocas uvas que restaban del racimo que acababa de afanar.
—¿En serio? —se rebeló Raquel, que sabía perfectamente que todos íbamos a pagar por igual por su fechoría.
Javier, que recién había terminado de engullir las uvas, tan solo acertó a soltar una frase en su descargo.
—También ya es mala suerte, hombre. Si llego a saber que íbamos a hablar de esto, no habría pillado uvas.
Alberto dio un paso adelante para proteger a su hermano, como si no acabara de pegarle un capón que casi provoca que se atragantara.
—De todos modos, la bronca está garantizada. Aunque Javier haya comido más uvas que los demás, todos hemos participado. Así que propongo darnos un último festín y encomendarnos al espíritu santo. Total, de recibir unos varazos, mejor hacerlo con razón.
A pesar de que a Raquel, la mayor y más sensata de todos nosotros, le pareció el plan una pésima idea, los demás estuvimos conformes y no le quedó otra que apechugar.
La reunión se disolvió y caminamos juntos hacia la viña.
Luego nos repartimos la docena de racimos que quedaba, a razón de dos por barba, y nos pusimos a comer tumbados bajo un membrillero, tan relajados como si el mundo hubiera dejado de existir a nuestro alrededor.
El tiempo se detuvo por unos minutos, en tanto dábamos cuenta de las magníficas uvas, que, tal y como mamá había anunciado, estaban exquisitas y sabían mucho mejor disfrutándolas a pecho descubierto que engulléndolas furtivamente.
Javier, el que más racimos había gozado de todos nosotros, se ocupó de posicionarse junto a Fernando.
Sabía que el pequeño, con tan solo cuatro años, no tenía estómago para terminar con las uvas que le habían tocado, así que tuvo una ración extra.
Con la viña totalmente vacía, mamá no tardó en darse cuenta de nuestra fechoría, tan solo dos días más tarde. Así que, media hora antes de cenar y, aprovechando que estábamos todos en casa, se plantó en mitad de la finca y comenzó a berrear nuestros nombres, uno tras otro, llamándonos a filas.
Me asomé a la ventana de mi habitación desde la que ultimaba los cortes de unos patrones para un encargo y observé como mamá nos esperaba con las manos ocultas tras la espalda, sin duda sosteniendo entre ellas una fina vara con la que solía “acariciarnos” las posaderas como recompensa a nuestras travesuras.
Dejé las tijeras y la tela encima de la cama y corrí a alertar a mis hermanos. Un minuto más tarde, todos estábamos reunidos en la cocina mientras todavía escuchábamos los gritos de mamá reclamando nuestra presencia. Los puse al día de las noticias y, viendo la que nos esperaba, tuve una idea.
—¿Qué os parece si subimos al desván y cogemos de los baúles unos pantalones, de los que los tíos nos mandan de Cuba? Luego los rellenamos con paja del corral y así, aunque madre nos zurre con ganas, al menos no sentiremos dolor.
Soy consciente de que la idea resultaba descabellada y que mamá se daría cuenta, sobre todo porque Lucinda y yo siempre vestíamos de falda.
Además, aunque sólo hubieran usado el truco mis hermanos, se notaría que las piernas les habrían engordado notablemente.
Vamos, un despropósito de idea que, no obstante, tal vez por los nervios, tuvo buena e inesperada aceptación entre todos.
Y así es como subimos al desván y procedimos a la fiesta de disfraces…
A toda prisa, porque mamá no paraba de tronar desde la finca con voz cada vez más potente y desquiciada, uno tras otro nos fuimos vistiendo los pantalones, hasta que nos dimos cuenta del ridículo aspecto que teníamos.
Sólo a Alberto y a Javier les sentaban medianamente bien, pero Lucinda, Raquel y yo parecíamos tres payasos.
Ni que decir tiene que el pequeño Fernando era el que peor lo llevaba de todos, pues, aunque vestía la talla más pequeña que habíamos encontrado rebuscando a toda prisa entre los baúles, todavía arrastraba un cuarto de tela como si de unas pantuflas se tratara.
El mal ya estaba hecho, en cualquier caso, así que tomé unos imperdibles y le sujeté los bajos tan rápido como pude.
Después bajamos a toda prisa al corral y, en medio de un coro de risas nerviosas, nos llenamos las perneras hasta que los pantalones parecían tan gruesos como las patas de un elefante…
Cuando mamá nos vio a todos de semejante facha, trató por todos los medios de mantener el rictus de severidad.
Bajaba la cabeza, forzaba una mueca, se tapaba la boca…
Nada pudo hacer para estallar en carcajadas, tirándose sobre la hierba fresca y húmeda de la finca y dando vueltas sujetando la barriga.
Por nuestra parte, desconcertados al principio por su reacción, no tardamos en contagiarnos de su ataque de risa y terminamos todos tirados por el suelo, retorciéndonos como culebras…
Fue un momento mágico que quedó grabado para siempre en mi memoria.
Un momento de amor y felicidad compartido en una familia unida que jamás dejaría de estarlo, superando todo tipo de obstáculos e insalvables distancias hasta que nos reunimos todos de nuevo, primero en las navidades del año sesenta y tres y, en la ocasión que recuerdo con más cariño, en el año setenta y dos.
Fue por la celebración de las bodas de oro de mis padres, que mamá quiso reunirnos.
Uno tras otro contactó con todos nosotros para hacernos la propuesta, a la que accedimos encantados.
Fernando, tenía veintisiete años por entonces y era el más joven.
Trabajaba como conductor en una empresa de autobuses, cumpliendo así el sueño de su infancia de pilotar aquellos fantásticos vehículos que su padre reparaba en el taller del pueblo.
Por orden de cercanía, Raquel y Javier, que había hecho fortuna como constructor en Montevideo y había regresado al fin a su tierra, vivían en Santiago de Compostela.
No obstante, los que lo habíamos tenido más difícil habíamos sido Lucinda, Alberto y yo.
Por aquel entonces, Lucinda vivía feliz con su marido en Venezuela, desde donde jamás regresaría salvo por vacaciones.
En tanto, Alberto y yo residíamos con nuestras familias en Nueva York, felices de habitar un nuevo mundo lleno de oportunidades.
Pero el descabellado precio del billete de avión y los compromisos profesionales no impidieron que nos reuniéramos todos de nuevo.
Con un solo día de diferencia, fuimos llegando a nuestro viejo hogar en la aldea.
Recuerdo que llegué la última y los otros cinco me estaban esperando junto al hórreo.
Cuando me vieron llegar fatigada portando dos enormes maletas hasta arriba de regalos, salieron corriendo a mi encuentro como cuando tenía diez años y los cinco infatigables hermanos —Fernando aún no había nacido— éramos el terror de la aldea.
Mamá organizó una comilona más propia de un banquete real que de una modesta familia de la Galicia rural.
Invitó a casi un centenar de amigos, vecinos y familiares.
La suerte estuvo de su parte, pues la climatología fue favorable y pudo extender mesas a lo largo de la finca para dar cabida al enorme batallón de comensales.
En el año setenta y dos, yo tenía cuarenta y dos años, pero eso no impidió que durante la sobremesa del banquete y mientras los más mayores departían sobre los buenos tiempos —y los malos también—, organizáramos un partido de fútbol sobre la mullida y húmeda hierba de la finca de frutales.
Nos enfrentamos familiares contra amigos y participamos indistintamente mujeres y hombres en uno y otro equipo.
En pocas ocasiones recuerdo haberme reído y disfrutado tanto, dando y recibiendo patadas, revolcándome por el suelo como si volviera a tener diez años.
Aquel mismo día, llegada la noche, apenas pudimos cenar.
Quitando a Fernando, que todavía estaba en la plenitud de sus condiciones físicas, los demás estábamos tan cansados por el partido y la pesada digestión, que tan solo disfrutamos de una sencilla sopa de cocido.
La sobremesa del banquete de celebración se había alargado hasta la noche y tocaba ayudar a recoger, así que, cansados como estábamos, todavía nos tocó retirar las sobras, lavar platos y plegar las mesas.
Los perros que tenía mamá custodiando la casa por aquel entonces nos observaban con fijación, con hilos de babas derramándose al suelo desde sus fauces entreabiertas.
Los pobres tenían muy claro a dónde irían a parar aquellas deliciosas sobras de parrillada.
Cuando terminamos, estábamos derrengados y, aun así, quisimos alargar un rato más aquel exquisito día de celebración y reencuentro.
La noche era plácida y cálida, y Alberto propuso echar unas partidas de cartas a la Brisca y al Tute.
Sacamos unas mantas viejas del desván y Javier afanó unas botellas de licor café.
La baraja seguía donde mamá siempre la guardaba.
En el cajón derecho del chinero de la cocina.
Fue el colofón al día perfecto. Nos emborrachamos del delicioso licor café que papá preparaba con una receta especial heredada de su madre.
A la tenue luz de la luna en cuarto creciente jugamos y reímos durante horas hasta que el sueño nos venció.
Estábamos tan cansados ya, que decidimos quedarnos a dormir al raso, así que extendimos las viejas mantas y, haciendo grupos de dos, nos acurrucamos felices los seis.
Alberto con Javier, Fernando con Raquel y las inseparables Lucinda y yo.