CAPÍTULO 7 #4
A medida que el repertorio se iba consumiendo, los hermanos nos uníamos uno tras otro.
El primero en acoplarse a los cantos era Alberto.
Luego lo seguían Javier y Lucinda, que solía sacar al pequeño Fernando a bailar colocando sus pequeños pies sobre los suyos para seguirle mejor el paso.
Yo era la última en salir y no por ello la peor.
Más al contrario, tan pronto me animaba, apartaba solícita la mesa a un lado para hacer sitio en el suelo de la cocina y me aferraba a mi padre con pasión, como si fuera el único hombre vivo sobre la faz de la tierra…
Cuando bailaba con papá mientras escuchaba los acordes de las canciones vibrando en su potente pecho, el mundo desaparecía y sólo quedábamos él y yo…
Dios mío, cómo lo echo de menos… Espero que cuando me vuelva a reunir con él, quiera seguir bailando conmigo por toda la eternidad…
Mamá nos escuchaba dichosa, feliz observando lo unida que estaba la familia que junto a aquel maravilloso hombre había construido.
Ella era más severa que papá y no le gustaba tanto la fiesta, el canto o el baile como a él, pero apenas podía resistirse cuando se le acercaba y la tomaba de las manos mojadas con el agua de lavar los grasientos platos y la sacaba a bailar en mitad de la cocina…
Supongo que fue en una de aquellas noches de celebración en la que mis padres “fabricaron” a Fernando, dejándose llevar por el amor incondicional que se profesaban y animados por los bailes y el vino de la casa.
Qué días tan hermosos fueron aquellos. Ojalá pudiera retroceder en el tiempo, y aunque sólo fuera por unos minutos poder disfrutar de la dicha que me aportaban.
En cualquier caso, soy afortunada, porque mi memoria es fuerte y mi voluntad, firme…
y porque apenas cierro los ojos, puedo recordar cada instante de mi vida con claridad y disfrutar de él en silencio como si hubiera regresado a la niñez en la aldea, a pesar de haber transcurrido ya más de seis décadas…
Tal vez los momentos que recuerdo con más claridad son las travesuras de mi pequeño Fernando.
Pocos años más tarde de aquel cuarenta y nueve en que todos estábamos reunidos, ya sólo quedábamos en casa Lucinda, mi travieso hermano menor y yo.
Raquel vivía en Lugo con su marido, y Alberto y Javier habían emigrado ya, así que sólo nos quedaba el pequeño y en ocasiones, Jesús, el primogénito de Raquel, que pasaba los veranos a nuestro cuidado, y que con Fernando hacía un dúo de traviesos muchachos.
Pero de todas las gamberradas y ocurrencias varias que mi hermano pequeño tuvo a lo largo de su vida, la que con más cariño recuerdo es la de los huevos de pato…
Mamá le había comprado una bicicleta usada a mi hermano, que había sido y es todavía a día de hoy un apasionado de los vehículos, ya fueran estos motos, coches, bicicletas o patinetes.
Estaba como nueva y la había conseguido a muy buen precio de un joven y próspero constructor del pueblo.
A Fernando le quedaba algo grande, pues era talla de adulto, aunque, por un lado, su anterior propietario se caracterizaba más por su inteligencia que por su estatura y, por otro lado, no es que a mi hermano menor le importara un pimiento.
Tal era su ilusión por pilotarla, que había discurrido un ingenioso sistema, usando el cuadro de la bicicleta a modo de asiento para después pedalear como bien podía a través de las traviesas de la estructura.
Vamos, lo que se suele decir de que “el hambre agudiza el ingenio” proyectado a la destreza sobre las dos ruedas.
Fernando andaba tan feliz con su regalo y lo usaba a diario para el más mínimo desplazamiento.
Cualquier pretexto era suficiente para subirse a la bicicleta nueva y darse un garbeo ante los envidiosos ojos de sus amigos y vecinos de la misma edad…
Que había que moverse hasta el pueblo para traer azafrán y condimentar el potaje, allí iba Fernando solícito; que había que ir a comprar un queso a la casa de los vecinos a unos pocos metros de distancia, pues allí enganchaba Fernando una cesta al portaequipajes de la bici y se subía todo contento a hacer el recado.
Mamá estaba encantada con el invento, pues nunca su hijo había acudido tan raudo a sus llamadas y siempre estaba dispuesto a ayudar…
Y así es como un buen día, mi hermano tuvo que ir a por unos huevos de pato a una aldea cercana.
Nuestra madre aprovechaba que alguna gallina estuviera incubando y se los colaba bajo los suyos.
A pesar de que eran algo más grandes, las aves no solían protestar y así es como unas semanas más tarde nacían los hermosos patitos, que se criaban para alimento en las fiestas locales y visitas de familiares.
Aquel día, mi hermano montó la cesta en el portaequipajes y la ató bien firme con una cuerda de rafia, asegurándose de que estuviera bien asentada, dado lo frágil de la mercancía que iba a transportar.
Después se subió al cuadro de la bici y pedaleó alegremente hasta la casa de la amiga de mamá, que lo recibió con los brazos abiertos.
—Buenos días, muchacho. Hay que ver cómo has crecido. ¿Pero qué es este vehículo que nos traes hoy por aquí?
—Buenos días, señora Fina. Es una bici nueva. Me la ha comprado mi madre.
—¿Y no será algo peligroso transportar huevos en ese cacharro?
—No lo crea. Ya lo he hecho otras veces —mintió Fernando.
—Está bien. Pero si llegan rotos, no digas que no te lo he advertido.
Tras este breve intercambio de palabras, la señora Fina preparó un paquete lo más apañado posible, envolviendo los huevos en trapos de cocina para protegerlos del traqueteo de la empedrada carretera.
Después, Fernando metió los huevos en la cesta y los sujetó con firmeza.
En este punto diré que la maniobra por parte de mi hermano fue más que correcta y que si finalmente la mayor parte de los huevos se llegaron a romper fue porque la señora Fina —a pesar de sus buenas intenciones— no llegó a envolverlos del todo bien.
Y así es como cuando llegó a casa, Fernando cayó en la cuenta de que los trapos que envolvían los huevos dentro de la cesta estaban húmedos y, temiéndose lo peor, abrió el paquete para contemplar horrorizado cómo de la docena de huevos que trasportaba, sólo habían resistido indemnes cinco.
—¡Jesús, mamá me va a matar! —juró Fernando en voz alta entrando por la puerta de la cocina.
—¿Alguien ha dicho mi nombre? —contestó nuestro sobrino Jesús que estaba desayunando pan con dulce de membrillo mojado en un gran tazón de leche recién ordeñada.
—¡Ostras! ¡Qué susto me has dado! —protestó Fernando—. ¿Sabrás si mamá anda por aquí?
—No, acaba de marchar a los campos.
—Pues menos mal, porque he liado una buena.
Fernando relató el desafortunado desenlace de la tarea que le había sido encomendada y ahí es cuando la avispada mente criminal de Jesús entró en juego.
—No te preocupes, que de esta te vas a salvar.
—¿Entonces? —indagó Fernando intrigado—. ¿Tienes algo en mente?
—Sabes que sí. Yo siempre lo tengo.
—Venga, no seas capullo y dime qué hacemos.
Jesús, sin inmutarse y sabiendo que tenía el destino reciente de su tío en las manos, saboreó un largo sorbo de leche y soltó un ruidoso eructo. A Fernando se le acababa la paciencia…
—Está bien, está bien… Ya veo que se te está poniendo gorda la vena de la frente… Pues la solución es muy fácil, papán. Cogemos huevos de gallina y los sustituimos por los huevos rotos de pato.
—¡Pero madre se va a enterar!
—¡Qué va! Son casi iguales de tamaño. Los mezclamos bien y listo.
—¿Y qué hacemos con los rotos?
—¿Pues qué vamos a hacer? Una tortilla, por supuesto. Y nos la zampamos ahora mismo, antes de que la abuela regrese de los campos.
Ni que decir tiene que los dos truhanes se prepararon una deliciosa tortilla de siete huevos que disfrutaron como si fuera el merecido premio tras una costosa batalla. Después hicieron el intercambio y pelillos a la mar…
Y así es como pasaron los días y después las semanas hasta que los huevos de gallina comenzaron a eclosionar y en ese momento es cuando Fernando se dio cuenta de su error, pues los patos tardan del orden de cuatro semanas en nacer, mientras que los pollitos tan solo tres.
La gallina que los empollaba, al ver que sus retoños habían nacido, abandonó su febril estado y dejó al descubierto los cinco huevos más grandes que habían sobrevivido y que se iban a perder si otra gallina no se ponía clueca en pocas horas.
Como era lo normal, madre, sospechando la trastada, pidió explicaciones a mi hermano, que cantó como un pajarillo la ocurrencia.
Por lo que Fernando me contó más tarde, se libró de milagro de un castigo ejemplar, porque cuando confesó que se habían hecho una tortilla con los huevos rotos, sufrió tal ataque de risa que fue incapaz de hacer otra cosa más que abrazarse a su pequeño y suspirar.
Creo que fue en ese momento cuando mamá supo que aquel muchacho le iba a traer en el futuro más de un quebradero de cabeza…
Pero si hablamos de travesuras, tiempo atrás, cuando todos los hermanos todavía estábamos juntos, ocurrió una de esas situaciones que rara vez se dan en toda familia y en la que los hijos terminan salvándose de una buena reprimenda por la originalidad de su imaginación.
Por aquel entonces, igual que había ocurrido con Fernando, nos compinchamos para evitar un inevitable castigo de un modo tan original, que mamá apenas sí pudo hacer otra cosa con nosotros más que reírse.
—Escuchad, muchachos. Como ya sabéis, las uvas están a punto de madurar en las vides —anunció una noche durante la cena, reclamando la atención de los seis hermanos—.
Con lo que respecta a las vides del frontal de la casa, podéis tomar un racimo de vez en cuando para merendar.
Este año están bien cargadas y hay de sobra para que papá pueda hacer vino con ellas.
—Sí, madre. Ya lo sabemos. Nos los dijo hace unos días —interrumpió Lucinda.