CAPÍTULO 7 #3
Javier ni se inmutó. Mirando con desafío a los ojos de su hermano mayor, sintió un arrebato de odio, y por un momento no le importó quedarse manco con tal de que cayera en desgracia a los ojos de papá. Tal era la envidia que sentía…
—Eres un mierda y un cobarde —apuntilló.
—Sabes que no me gusta que me llamen eso.
—Cobarde —insistió Javier.
—Te la estás jugando chaval —la ira comenzaba a enrojecer el rostro de Alberto.
—Cobarde y picha floja… Cobarde, cobarde, cobarde.
—Te doy tres segundos para que quites la mano del cepo…
—Lucha cobarde, que el culo te arde…
—Tres…
—Cobarde, gallina, medio pene —insistió haciendo alusión a la fimosis que padecía Alberto.
—Dos —continuó la cuenta regresiva sintiendo cómo la ira iba cegando lentamente su visión y convirtiéndolo en un animal furioso.
—¡Uno!
He de decir que si puedo evocar con tanta exactitud esta llamémosle “anécdota”, es porque justo en el preciso instante en que Alberto iba a descargar el hacha sobre el cepo —cercenando con ello la mano derecha de su hermano pequeño— pasaba por allí y lo pude presenciar todo con horror.
—¡NOOOOOOOO!!! El alarido que salió de lo más hondo de mis entrañas podría haber congelado el infierno, porque era de puro pavor.
Desconocía el motivo del despropósito que mis aterrorizados ojos estaban observando, pero tampoco es que me importara.
El aire salió de la garganta rasgando las cuerdas vocales con tal virulencia que pasé un mes afónica.
Por suerte para todos, el grito consiguió detener en seco la acción como si hubiera pulsado el botón de pausa de un mando a distancia que pudiera detener el tiempo.
Alberto soltó el hacha, que cayó a un lado y Javier sacó la mano rápidamente del cepo. Debieron pensar que el grito provenía de la garganta de mamá, el único ser humano sobre la faz de la tierra que con su autoridad era capaz de hacer ponerse firme de un berrido hasta al mismo Generalísimo…
—¿ES QUE OS HABÉIS VUELTO LOCOS? —grité—. ¡SE PUEDE SABER A QUÉ ESTÁIS JUGANDO!
Alertada por el grito que había pegado y pensando que alguno de sus hijos habría sufrido un grave accidente, apareció mamá corriendo con su larga falda negra remangada.
Tenía los ojos húmedos, inyectados en sangre y la cara roja por el sofoco.
Por alguna razón, todavía llevaba en una mano el cuchillo con el que estaba pelando las patatas para la cena.
Tal vez había pensado en que un peligro acechaba a sus hijos y que lo utilizaría para protegerlos.
Ni que decir tiene, que relaté palabra por palabra a mamá lo que había contemplado.
No es que me enorgullezca de haber sido una delatora de mis propios hermanos, pero un acto como aquel merecía un castigo ejemplar para evitar que jamás volviera a repetirse.
No cabía duda de que era por su propio bien…
Al contrario de lo que había imaginado, mamá no hizo nada.
Ya calmada y viendo que sus hijos estaban bien, se limitó a escuchar la historia sin quitar la vista de mis hermanos, que permanecían firmes como un palo con los ojos clavados en el suelo…
Madre se limitó a darse la vuelta, regresar a la cocina y seguir pelando patatas a la espera de que papá regresara del trabajo. Y eso daba mucho miedo…
Cuando mamá se enfadaba, agarraba un palo de vid, te ponía las nalgas bien calientes y fin de la historia.
Pero ¡ay de ti! si no hacía nada. Eso significaba que habías hecho algo tan terrible que merecía un castigo mucho más allá y que tenía que pensárselo.
Y eso es lo que hizo esta vez… Cuando papá llegó del pueblo, ni que decir tiene que apenas cruzaron palabra.
Una sola mirada de mamá le bastó para saber que algo malo había pasado y subieron juntos a la habitación.
Para cuando bajaron, la cara de nuestro padre estaba desencajada.
Parecía no entender cómo era posible haber criado a semejante par de mentecatos siendo él un ejemplo de rectitud, sensatez y, sobre todo, amor…
Mamá fue la encargada de exponer la sentencia…
—Vais a pasar juntos una buena temporada vosotros dos para que aprendáis a llevaros bien.
Para empezar, dormiréis juntos en el desván.
Y sin colchón, sobre el suelo de madera.
Ya os ocuparéis de dar cuenta de los ratones vosotros mismos.
Además, para asegurarme de que os quede bien clarito lo grave de lo que ha pasado hoy, os pasaréis un mes atados por las manos uno al otro.
En este punto he de decir que, aunque parezca exagerado, mamá cumplió con su amenaza.
Cortar la mano a otro ser humano en aquella época en una aldea tan lejos de un hospital y con los medios de aquel entonces, era prácticamente una sentencia de muerte.
Alberto habría acabado en la cárcel o algo peor, torturándose el resto de su vida por haber matado a su hermano.
Tal era la gravedad de lo que habían hecho…
Y es por ello, que papá adaptó unos grilletes que tenía para sujetar a los cerdos en la matanza para las manos de sus hijos y les obligó a llevarlos durante el mes prometido.
Los muchachos iban al colegio juntos, sacaban a pastar al ganado juntos, hacían las tareas juntos y hasta iban al baño juntos…
Para cuando el castigo al fin terminó, jamás volví a verlos discutir.
Estoy segura de que la experiencia, mala o buena en aquel momento, les hizo ver que la ira no era una buena compañera de viaje.
Se hicieron inseparables y hasta que se casaron y cada uno hizo su vida, permanecieron juntos en lo bueno y para lo malo, emigrando a Uruguay pocos años más tarde, en dónde me recibirían con los brazos abiertos…
El más pequeño de mis hermanos, Fernando, nació para alegría y festejo de la familia cuando mamá a punto estaba de experimentar la Menopausia.
Tenía quince años cuándo lo sujeté en brazos por primera vez, soñando con que algún día yo misma podría tener un bebé tan hermoso como aquel.
Si bien es cierto que seguramente se gestó fruto de un “accidente” tras una noche de fiesta en nuestro bien avenido hogar, jamás un niño fue tan deseado por todos.
Yo tenía quince años y Lucinda catorce cuando Fernando se convirtió en nuestro pequeño juguete.
Mamá, atareada con las tareas del campo y de la casa, lo dejaba a nuestro cuidado por las tardes y nosotras dos, orgullosas de un niño tan bonito y ejerciendo con ejemplar rectitud el papel de falsas madres prematuras, paseábamos los dos kilómetros que nos separaban de la aldea vecina en donde nuestras amigas nos aguardaban con los brazos abiertos.
Dos años más tarde, en el cuarenta y siete, nació Jesús, el primer hijo de mi hermana mayor, Raquel.
Fernando tenía dos años ya y comenzaba a caminar, así que, como los dos quedaban a nuestro cuidado, esta vez nos los repartíamos.
Lucinda y yo jugábamos a ser dos madres jóvenes.
Fernando hacía el papel de mi hijo y Jesús el de Lucinda.
Y así es como con uno de la mano, meneando sus pequeñas y rechonchas piernecillas y el otro en un precioso carro de bebé —que mi tío Manolo de Cuba le había regalado a Raquel por motivo del nacimiento del primer nieto de su hermana menor— paseábamos orgullosas Lucinda y yo con los que años más tarde se convertirían en compañeros inseparables de juego y unos “rillotes” de cuidado, tal y como la vecindad acostumbraba a llamarlos por sus travesuras.
El año cuarenta y nueve fue de gran felicidad para toda la familia, con los seis hermanos en casa, uno de ellos con sólo cuatro años y con nuestro sobrino Jesús de tan sólo dos.
Si bien es cierto que fue el último en que la familia estuvo reunida al completo compartiendo hogar —pues Raquel se mudaría con su marido a Lugo sólo un año más tarde, a donde había sido destinado para cubrir la plaza de un maestro jubilado— también fue el más dichoso de todos.
Tal vez porque sabíamos que sería el último con los seis bajo el mismo techo o quizás porque los mayores habíamos adquirido la madurez y disciplina necesaria como para saber los tiempos duros que la vida nos tenía preparados, jamás nos habíamos llevado tan bien.
Los cinco, con Fernando como nuestro pequeño juguete, disfrutábamos de cada segundo en compañía, hecho que alcanzaba su paroxismo en cuanto llegaba la hora de la cena en familia.
Mientras mamá preparaba la cena con la ayuda de Raquel, el resto nos sentábamos a la mesa compartiendo conversaciones y risas.
El aroma de la deliciosa tortilla de patatas que madre sabía hacer como nadie —en su punto de sal y cremosidad— o la “ropa vieja”, el cocido o el caldo de verduras, hacían que salivásemos hambrientos como el perro que paciente aguarda la escudilla con el almuerzo.
Papá nos contaba viejas anécdotas sobre tiempos pasados, que la abuela Graciela completaba haciendo burla de sus quejas y reprochándole la poca resistencia a la frustración, tal y como es de ley para cualquier anciano a todo miembro de una generación posterior a la suya.
Siempre acababan departiendo amistosamente sobre qué época habría sido más dura: si la de la guerra civil y la posguerra o la de la gripe española y la primera guerra mundial, conversación que todos nosotros, criados en el bienestar, escuchábamos sorprendidos de los duros y complejos que habían sido los malos tiempos…
Pero es una vez que mamá servía la cena cuando el ambiente se animaba.
Tanto papá como la abuela Graciela y Raquel, que ya era por entonces mayor de edad, cenaban con vino y no cabe duda de que el alcohol posee la peculiar característica de soltar las lenguas y animar las piernas.
Y así es como, aun no habiendo llegado el sabroso postre de queso de tetilla con membrillo casero, comenzaban los cantos de mi padre, apasionado de la zarzuela y con una voz tan potente y exquisita que bien podría haberse dedicado a llenar teatros en Madrid en lugar de arreglar motores de camión.