La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Pero no para lo que él hubiera deseado. Nunca fue muy buen estudiante y, al término de la enseñanza obligatoria, con catorce años, papá le consiguió un trabajo de albañil en el pueblo.

En absoluto era aquella la pasión de Javier, pero por desgracia el señor Florencio ya tenía trabajando con él a un aprendiz —su hijo mayor— así que mi hermano tuvo que apechugar y aferrarse a lo que había.

Nunca fue su pasión poner ladrillos, preparar mortero o hacer destierros a pico y pala.

Pero esas duras tareas, con el tiempo, acabaron haciendo de él un hombre fuerte.

Además, sí había algo que apasionaba a Javier en el oficio de albañil y era construir.

Al igual que en la sastrería del señor Florencio, en la que se creaban elegantes trajes, el trabajo que papá había escogido sabiamente para mi hermano también iba de crear y así es como con el tiempo terminó emigrando con su amado hermano —allanándome el camino— y se dedicó a la construcción, haciendo fortuna en Uruguay a costa del sudor de su frente y los callos de las manos.

Alberto era muy diferente a Javier. Desde pequeño destacó por su fuerza y arrojo, la parte que habría heredado de papá.

No obstante, en absoluto era un clon de su progenitor, sino la perfecta combinación de genes entre mis padres.

Al contrario que Javier, que parecía haber heredado el carácter de mi abuela Graciela, Alberto era fuerte, recio y valiente como mamá, pero, al mismo tiempo alegre y jovial como papá.

Podía estar todo el día enfrascado trabajando duro en una tarea y, al llegar a casa, en lugar de quejarse o tumbarse a descansar, todavía tenía tiempo para disfrutar de unas canciones en familia al ritmo del poderoso torrente de voz de nuestro padre.

Siempre tuvo claro lo que quería ser de mayor.

Mientras la pasión de Javier era crear y construir, la de Alberto era arreglar cosas y más en concreto motores.

Quería ser mecánico como papá y algún día poder emigrar y abrir su propio taller en el que arreglar los enormes coches americanos de los que nuestros tíos nos hablaban cada verano que regresaban de Cuba para descansar.

Cada uno con sus pasiones, Alberto y Javier, Javier y Alberto, siempre juntos los dos, apoyándose y ayudándose. Desde muy pequeños y hasta que emigraron años más tarde a Montevideo y cada uno consiguió trabajo en lo que realmente deseaba.

Recuerdo mil anécdotas entre ellos —podría rellenar un libro con ellas — como cuando Alberto casi fractura las patas de una de nuestras vacas…

Fue en una mañana corriente de otoño, como cualquier otra, con el rocío bañando los campos y el cielo encapotado amenazando tormenta.

Estaban mis dos hermanos vigilando las seis vacas lecheras que por entonces vivían en los establos bajo las habitaciones de nuestra casa —la calefacción natural en aquellos tiempos— cuando Alberto, aburrido de estar en pie apoyado masticando tallos a cobijo de las hojas de un viejo roble, se plantó cara a cara con Javier.

—Javicho, ¿qué te apuestas a que soy capaz de tirar al suelo a la Saeta? —sentenció Alberto señalando a la más vieja de nuestras vacas, que así se llamaba. Cosas del aburrimiento…

Al principio, desconcertado Javier, se limitó a girarse hacia el pobre animal.

La Saeta pacía plácidamente, algo apartada del grupo, en la zona de mejor pasto de la finca.

Como la mayor y experimentada veterana, conocía cada metro cuadrado de nuestras propiedades y sabía dónde crecía la hierba más fresca y sabrosa.

Con su lengua larga, húmeda y carnosa, saboreaba cada centímetro cuadrado del delicioso manjar, para después plegar los morros y arrancar con los dientes enormes fajos de forraje.

En algún momento de su placentera degustación, debió notar que los dos la observábamos y giró su colosal cabezón en nuestra dirección.

—Venga, hombre, debes estar de broma —apuntó Javier, desconcertado.

—Ya te digo yo que no. Venga ¿qué te juegas?

​ Javier intercambió miradas con la Saeta que recelosa, seguía concentrada en nosotros y analizó las formidables proporciones del pacífico rumiante.

Debió pensar que era una apuesta segura, porque para volcar a un animal como aquel se necesitarían al menos tres hombres adultos bien curtidos y la ayuda de un puente grúa…

​ —Vale, te apuesto mi balón de fútbol.

​ —¿Tan poca fe tienes en mí? —indagó Alberto—. El tío Manolo se va a enfadar si se entera. Le costó unos buenos dineros y mucho trabajo para colarlo en la aduana desde Cuba.

​ —Poca fe o ninguna. Además, si pierdes, me quedo tu reloj Zenith.

​ —¿Es que te has vuelto loco? Me lo regaló papá cuando cumplí diez años. Era del abuelo Agustín. Lo consiguió en la guerra, de la muñeca aún caliente del cadáver de un soldado enemigo y jamás se separó de él hasta que se lo regaló a padre en su lecho de muerte.

​ —¿Loco yo? No soy el que quiere tirar al suelo a un animal de más de media tonelada…

​ Alberto bajo la cabeza y meditó la decisión unos segundos.

Estaba seguro de poder volcar a la pobre Saeta, pues había discurrido una técnica para hacerlo mientras la observaba con detenimiento.

Esta vez, su brillante cerebro de reparador nato, había inclinado el esfuerzo neuronal hacia la maldad, en la balanza del libre albedrío…

​ —Venga, va. Tenemos un trato.

​ Ante la atónita mirada de Javier, el desaprensivo de mi hermano caminó decidido hacia la pobre vaca, que lo observaba desconfiada, seguramente preguntándose la razón de que uno de sus amos avanzara hacia ella tan temprano.

Por un lado, no había hecho nada malo, sólo estaba paciendo sin molestar a nadie.

Y por otro, no había llegado todavía la hora de regresar al establo.

El sol estaba demasiado bajo en el horizonte…

​ Javier había imaginado con preocupación que Alberto habría discurrido alguna sucia técnica para hacer volcar al animal, como golpearla en una pata o colgarse del rabo.

No obstante, nada más lejos de la realidad.

Mi hermano sabía que no era una buena idea hacer daño en una pata a la Saeta.

Podría llegar a lesionarla y eso afectaría a la producción de leche.

Mamá se enteraría y lo correría a golpes con una vara de atar las vides. No le cabía duda alguna.

​ Sin embargo, había observado que la vaca pacía en la parte alta de un remonte, en donde el sol nutría de vitaminas el césped que ahora rumiaba el herbívoro, así que la maniobra resultó infinitamente más simple de lo que, a simple vista, cualquier hubiera podido imaginar.

Sólo tuvo que colocarse bajo el vientre de la Saeta y empujar desde abajo, eso sí, usando todas sus fuerzas, con el hombro derecho.

El animal, sorprendido, se vio obligado a desplazarse lateralmente y, como quiera que estaba en una zona elevada, trastabilló al intentar hacer pie y cayó de lado a plomo, derrumbándose como lo haría un muro de ladrillo mal colocado.

​ Mi hermano aguardó a que la vaca se levantase para comprobar que no se había hecho daño. Después regresó con Javier luciendo una sonrisa de oreja a oreja, del mismo modo que el naipe del Joker en las barajas de Póker que usaban sus tíos de Cuba para apostar.

​ —Alguien acaba de perder su balón favorito —apuntilló.

​ —Vete a la mierda…

​ Alberto y Javier. Javier y Alberto… En otra ocasión, se encontraba Alberto cortando leña en la finca.

Tomaba de una pila de troncos los más gruesos y que parecían estar más secos y los colocaba encima de una desgastada piedra granítica de forma circular, que hacía las veces de mesa de corte.

Después, descargaba el hacha con todas sus fuerzas y, uno tras otro, iba partiendo los maderos en pedazos lo suficientemente pequeños como para entrar por las angostas trampillas de la caldera de leña o de la cocina de fundición.

​ Era esta una tarea que Alberto había heredado de papá al cumplir los trece años.

Con su mente analítica, había observado durante semanas a su progenitor ejecutándola hasta que había entendido la técnica, para después practicar a escondidas hasta que estuvo preparado.

Un buen día, le propuso a papá sustituirlo.

​ —Pero hijo, es una tarea peligrosa y todavía eres muy joven.

​ —Pierda cuidado, padre. Le mostraré cómo sé hacerlo tan bien como usted.

​ Alberto había sorprendido a papá con una demostración de destreza sin comparación e impropia de un muchacho tan joven, así que gustoso y, sobre todo, muy orgulloso, había delegado la dura tarea en su hijo varón de mayor edad.

Pues bien, un buen día a final de verano, en que Alberto se encontraba cortando leña con el torso empapado en sudor recibiendo los últimos rayos del atardecer, pasó Javier por la finca camino a la huerta.

Mamá le había encargado recoger algunas legumbres frescas para preparar la cena, pero aún faltaba un buen rato y no llevaba demasiada prisa.

Cuando vio a su hermano con la cara enrojecida por el esfuerzo y bañado en sudor, sintió envidia por no ser capaz de hacer que papá se sintiera tan orgulloso de él, así que por su cabeza pasó como un relámpago una descabellada idea.

Se acercó a Alberto y se plantó ante él, impidiéndole que siguiera con la tarea.

—¿Se puede saber qué bicho te ha picado? Anda, sal de en medio, que estoy reventado. Sólo me quedan diez troncos por partir y habré terminado.

Haciendo caso omiso a las palabras de Alberto, Javier se agachó sobre la piedra circular y dejó una mano sobre ella.

—No tienes huevos a cortarme la mano, papán.

Alberto respiró hondo para calmarse. Tenía el corazón acelerado por el esfuerzo y, al haberse detenido sintió como el sudor corría por su espalda mojándole la cintura de los pantalones.

—Anda, vete a paseo. Que tengo trabajo.