CAPÍTULO 7
M e crie en un hogar feliz y lleno de amor.
Con eso tuvo mucho que ver la suerte de que jamás faltara de nada en unos tiempos de escasez y miseria, pero, sobre todo, el ejemplo de nuestros padres.
Jamás los vimos discutir y no porque no hubiera cuestiones polémicas o complicadas a tratar, sino porque las “cosas de mayores” se hablaban siempre en privado en su dormitorio, en aquel cuarto en que se tomaron grandes decisiones que afectaron a la vida de todos los hermanos.
He elegido el año cuarenta y nueve porque fue el último en el que los seis hermanos estuvimos juntos en casa.
Un año más tarde, mi hermana mayor Raquel se iría a vivir con su marido, maestro de profesión, a un pueblo a las afueras de Lugo.
Luego uno tras otro iríamos partiendo en busca de nuestro destino más o menos avanzada la edad adulta.
Como la mayor entre todos nosotros, Raquel había sido criada por mi abuela a su imagen y semejanza.
Su madurez y seriedad nos asombraba a todos y, en muchas ocasiones, se echó a las espaldas nuestros problemas y educación.
Se enamoró muy pronto del que sería su marido; con tan solo dieciséis años y, aunque la intención de él era casarse cuanto antes, mamá denegó la petición.
—Aunque se comporte como una mujer, mi hija es todavía una niña y no se casará contigo ni con nadie —le espetó al pobre hombre el día de la pedida de mano—.
Si la quieres de verdad, esperarás dos años a que sea mayor de edad y que ella misma tome la decisión.
De ningún modo pesará sobre mis espaldas la responsabilidad de entregar a mi primogénita a un hombre.
Lo vuestro bien puede ser una locura pasajera y no quiero que jamás reproche que mis decisiones no fueron prudentes.
El buen maestro, que llevaba nada menos que diez años a Raquel, lo entendió y aguardó.
Y vaya si lo hizo… Debía estar verdaderamente enamorado porque en los dos años que duró el periodo de latencia, se tuvo que conformar por verla un solo día por semana y siempre bajo la atenta mirada de mi madre desde la ventana de su habitación, la que daba a la finca por la que daban sus siempre anhelados paseos los dos tortolitos.
El día que Raquel cumplió dieciocho años —ese mismo día y no otro— el maestro se presentó en la puerta de casa con el mejor traje que con su modesto salario público se podía permitir y un ramo de flores silvestres.
Mamá, que no esperaba la visita, sólo pudo asentir, sonreír y estrechar la mano del buen hombre y felicitarle por su futuro matrimonio.
No tardaron en llegar los hijos, tan solo un año y el primero de ellos —hasta un total de cuatro— fue Jesús, al que respetuosamente pusieron el nombre de mi padre.
Fue el primero de mis sobrinos y un motivo de felicidad para toda la familia, pues nació en el cuarenta y siete, sólo dos años más tarde que mi hermano más joven, Fernando, que lo hizo en el cuarenta y cinco.
Raquel pronto comenzó a trabajar y a estudiar para maestra, así que no tenía demasiado tiempo para ocuparse del pequeño Jesús que, por qué no decirlo, era la viva imagen de mi padre.
Y así era como Fernando, de cuatro años —un feliz accidente ocurrido durante la premenopausia de mamá— y mi sobrino, casi parecían hermanos.
Recuerdo que Lucinda y yo solíamos caminar con ellos de la mano hasta una aldea vecina en donde vivían nuestras mejores amigas.
Allí nos reuníamos todas para jugar y hablar sobre chicos.
Pero la razón más poderosa que nos empujaba a caminar cada tarde libre los tres kilómetros que nos separaban era presumir de los pequeños Fernando y Jesús como si fueran nuestros propios hijos.
Nos encantaba jugar a ser mayores y soñábamos con que algún día conoceríamos a un buen hombre que nos ayudaría a crecer como personas, formando una feliz familia y ayudando a convertirnos en aquellas mujeres que siempre habíamos deseado ser.
La segunda de mayor edad de entre los seis hermanos era yo y después me seguía muy de cerca Lucinda, mi incansable compañera de fatigas, sólo un año menor que yo.
De Lucinda, que escogió como su primera y única profesión la de costurera —no es que hubiera demasiadas opciones para una muchacha en la Galicia rural de los años cuarenta— me gusta destacar una cualidad por encima de todas las demás; su bondad.
Mi querida hermana del alma era incapaz de hacer daño ni a una mosca y, al igual que el polímata Suizo Rousseau, para ella toda persona era buena por naturaleza.
Carecía por completo de malicia o picardía y en muchas ocasiones me aproveché de ella para salirme con la mía, culpándola de mis trastadas o animándola a perpetrar con inocencia aquellas a las que mi atrevimiento no alcanzaba.
Tal vez por ello la quería tanto y la adoraba, porque me hacía sentirme culpable y en deuda permanente con ella al no ser capaz de devolver todo el desinteresado amor, cariño y cuidados que me profesaba.
Como cuando éramos niñas y, al límite del berrinche, le soltaba algún mamporro.
Ella, en lugar de devolvérmela, se limitaba a llorar y preguntarme:
—¿Por qué me pegas, Isabeliña, si yo te quiero tanto?
Uno de nuestros juegos favoritos era el de los roles.
Furtivamente tomábamos de la cocina algunos platos, vasos y cacerolas y después la tabla de planchar y, como si fuéramos dos amas de casa, nos encerrábamos en nuestra habitación, nos vestíamos con ropas de mi abuela y simulábamos conversar de temas de adultos mientras una planchaba y la otra preparaba un delicioso almuerzo virtual.
Jugábamos recreando las historias de amoríos leídas en las novelas rosa que ocultábamos bajo la almohada cuando mamá pasaba revista por las noches.
—La cama es para dormir —nos decía—. Si queréis leer, lo hacéis en vuestro tiempo libre.
Pero a nosotras no nos importaba. Compartíamos habitación, como no podía ser de otro modo en una casa con seis críos, y sólo parábamos de leer cuando escuchábamos los pasos de mamá subiendo las escaleras de piedra.
Escondíamos las novelas bajo la almohada y fingíamos dormir pausando la respiración.
Cuando ella se marchaba a descansar arrimando la puerta, retomábamos la lectura —intercalando risillas nerviosas cuando alguna escena se volvía picante— hasta que el sueño nos vencía.
Luego estaban Alberto y Javier. El primero nacido en el treinta y tres y el segundo al año siguiente.
Mis dos únicos hermanos varones —al menos hasta que llegó Fernando por accidente muchos años más tarde cuando mamá estaba a punto de entrar en la menopausia— eran inseparables. Y lo eran por muchas razones.
La primera, porque como buenos hermanos y compañeros de juegos se querían con adoración.
Si a alguno de ellos le ocurría algo o tenía un problema, el otro se desvivía por ayudarlo hasta que se solucionaba.
La segunda razón era el ambiente de amor y unidad que se respiraba en casa y que nos envolvía a todos como si de una densa niebla de purificación se tratara, impidiéndonos respirar otro aire que no fuera el que mis padres y mi abuela querían para nosotros.
Era un aire limpio, inmaculado, de unidad y entrega a la estirpe que nos aislaba del mal y el odio que se respiraba más allá del portal de nuestro hogar, grabado con el prístino heraldo familiar.
La tercera, sin duda la más poderosa de todas, es que ambos se complementaban…
Javier era un muchacho sensible para la época.
Dulce, cariñoso, atento y cercano. Al contrario que Alberto, que cuando se quedaba solo en casa se dedicaba a partir leña y cuidar de las tierras y el ganado imitando a papá —al que idolatraba y quería a partes iguales —Javier prefería quedarse a charlar con nosotras, sus hermanas mayores, tratando de descifrar en cada palabra los misterios y entresijos de la psicología femenina.
Era un muchacho extremadamente inteligente y analítico y tal vez por ello fuera por lo que quisiera aprender un oficio diferente y reservado en aquella época a las mujeres; porque quería cambiar algo, mejorarlo y adaptarlo a su modo de ver el mundo.
La pasión de Javier por la costura le vino de la sastrería del señor Florencio, vecino puerta con puerta y que había hecho un buen dinero cosiendo trajes exclusivos para los hombres más poderosos de la comarca.
Confeccionaba elegantes modelos a medida con telas que importaba de estraperlo a través de la línea de ferrocarril con Portugal.
Javier le había caído muy bien al sastre y, con la venia de mamá, de vez en cuando se sacaba unas pocas monedas para comprar golosinas haciéndole recados, como ir a la aldea vecina a comprar hilo de cáñamo.
La cara de mi hermano cambiaba cada vez que regresaba de haber estado en el taller del señor Florencio, rodeado de maniquíes, mesas de corte, bobinas de tejido y utillajes de costura.
Aquella era su verdadera pasión y soñaba con poder llegar a convertirse algún día en un sastre famoso y viajar por todo el mundo mostrando sus elegantes colecciones. Y vaya si viajó…