La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 6 #5
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CAPÍTULO 6 #5

​ Desperté un par de horas más tarde cuando sentí como una manta me cubría el cuerpo. Orgullosa, me hice la dormida pues sabía que era mamá arropándome. Ella, como buena madre, lo notó por la cadencia de mi respiración y me susurró algo al oído.

​ —Ya sé que ahora me odias, pero algún día me lo agradecerás. El mundo es un lugar cruel y hostil y debes estar dispuesta. Qué clase de padres seríamos si no te hubiéramos preparado para él.

​ Me quedé un rato despierta pensando en las palabras de mamá.

Unas palabras que varias décadas más tarde recuerdo con claridad.

Y es que jamás dejaré de agradecerle aquellos últimos seis meses de duro trabajo, porque me capacitaron para lo que vendría más tarde y me hicieron una mujer aún más fuerte de lo que ya era.

​ Al día siguiente empezó la nueva rutina.

Por las mañanas, me levantaba, me ponía la ropa de faena y así lloviera, granizara o nevara, sacaba las vacas del establo a pastar a las fincas.

Cuando mamá me daba el relevo, regresaba a casa, me aseaba y caminaba hasta la aldea más cercana en donde mi tía Matilde tenía el taller de costura.

​ Después de toda la mañana tejiendo y aprendiendo nuevas técnicas, caminaba de vuelta a casa para comer y, al terminar, subía a mi cuarto y seguía cosiendo encargos para sacarme un dinero y así tener para mis gastos durante el viaje en barco hasta las américas.

Al fin y al cabo, aquel era mi único trabajo remunerado.

Los otros dos eran sin contrato, en concepto de aprendiz y sustentados bajo cuerda por un acuerdo verbal y un apretón de manos.

​ Por último, al terminar los encargos y tan cansada que podría haberme metido en cama a dormir hasta el día siguiente, todavía tocaba la parte más dura.

Caminaba cinco kilómetros hasta el pueblo para llegar al restaurante.

Allí, me vestía el uniforme de cocinera y, bajo la tutela de la empleada más veterana, aprendía a preparar nuevas y deliciosas recetas para deleite de los comensales.

Sólo había un día de la semana que libraba y era los lunes porque el local cerraba, no obstante, fue precisamente un lunes durante las fiestas del pueblo de aquel año y a sólo un mes de partir hacia Uruguay cuando algo increíble me aconteció.

Casi tan extraño e inconcebible como el presentimiento que años atrás, aun siendo niña, había salvado la vida a mi padre…

​ Aquel lunes, por ser festividad local, el restaurante había permanecido abierto para hacer caja con los vecinos de otros pueblos que se acercaban a disfrutar de los festejos.

El restaurante estaba de bote en bote, tan lleno que los veteranos camareros apenas sí podían manejarse cargados con los platos de comida entre tanta gente.

​ Para mí la experiencia era algo completamente nuevo.

A lo largo de los cuatro meses anteriores había ido tomando destreza y me había convertido en una hábil cocinera, hasta el punto de que mi maestra y mentora estaba tan maravillada que había propuesto al dueño del local hacerme una jugosa oferta y disuadirme de emigrar a las américas.

Incluso me habían puesto una modesta paga para afrenta y menoscabo de los otros dos aprendices que habían coincidido conmigo y que cruzaban miradas de odio a mi paso como si hubiera tenido algo que ver con la decisión, más allá de mi voluntad y esfuerzo de prepararme para el mundo.

​ El caso es que nada me había dispuesto para un día tan duro de trabajo.

Me llegaba a sorprender el cómo en una época de crisis económica y hasta miseria generalizada como aquella, pudiera haber tanta gente compartiendo mesa en un local que se caracterizaba más por la calidad de sus productos que por lo contenido de sus precios.

​ —Tranquila, Isabel, esto sólo ocurre una vez al año. La semana que viene todo volverá a la normalidad —me decía mi mentora.

​ No obstante, la situación me superaba con creces, convirtiéndose en peligrosa por momentos; sartenes volando de un fogón a otro cargadas de aceite burbujeante, cacerolas desbordando agua hirviendo, cuchillos cortando a toda velocidad carnes y vegetales…

Los camareros entraban en la cocina como locos una y otra vez, demandando celeridad en la preparación de las comandas para los hambrientos comensales, jugándose la vida entre los cocineros, que ofuscados en sus tareas olvidaban todo cuidado por su integridad física en detrimento de la máxima eficiencia.

​ Sin embargo, y a pesar de un nivel de estrés al que no estaba acostumbrada y con la seguridad en el trabajo convertida en una mala broma, no fue de la cocina del restaurante de donde vino el peligro.

Y en este momento de la historia es donde entra en juego mi sexto sentido, mi extraordinaria percepción que años atrás había salvado la vida de mi padre…

Y es que en tanto pelaba patatas a toda prisa, experimenté un súbito trance que me llevó a soltar el tubérculo y a provocarme un profundo corte en la mano con el afilado cuchillo.

De repente, una tromba de imágenes desfiló ante mis ojos sustituyendo la visión de los hornos y las cacerolas colgadas de estanterías que tenía a mi frente.

​ El local estaba ahora en llamas y la gente gritaba en busca de la única salida, taponada por completo por un intenso fuego.

Familias con niños huían desesperadas protegiendo a sus hijos con manteles de hilo empapados en vino derramado de las botellas, sin saber que esta imprudencia convertiría a los infantes en pequeñas teas humanas.

El personal del restaurante se afanaba en intentar sofocar el incendio, llenando cubos de agua en los fregaderos de la cocina sin caer en la cuenta de que se habían olvidado las sartenes y cacerolas al fuego, provocando que en segundos se iniciara un nuevo foco.

​ Viéndose rodeados, algunos hombres intentaron en vano improvisar una salida a través de las ventanas del restaurante, rompiéndolas con las pesadas sillas de roble, sin percatarse de que el enrejado que las protegía hacía imposible huir a través de ellas a cualquier ser humano de tamaño mayor al de un crío de meses.

Por desgracia, la bienintencionada maniobra creo un tiro en la corriente de aire caliente haciendo que el fuego se avivara todavía más, atrapando rápidamente a un grupo de personas, que comenzó a chillar víctima del dolor de las quemaduras.

​ Los gritos eran desgarradores, tan intensos que contagiaban su desesperación al resto de personas atrapadas.

Por puro instinto, todo atisbo de orden, decoro o humanidad desapareció por completo en mitad de la aterrorizada marabunta que comenzó a pisarse, empujarse y pegarse, en busca de una inexistente salida al igual que harían las gallinas en el corral viéndose atrapadas por el lobo en plena noche.

Era como si todas y cada una de las decisiones más lógicas que se habían improvisado desde que el fuego se había iniciado, hubieran conducido inexorablemente a una calamidad que saldría en las portadas de la prensa de todo el país al día siguiente.

​ Desde la calle, se escuchaban los gritos que hacían eco entre los muros de las casas.

Asustados, los transeúntes se acercaban a ver qué estaba ocurriendo y pronto se organizó un improvisado grupo de personas que vaciaban cubos de agua a través de las rejas de las ventanas, sin más resultado que alargar la agonía de las pocas personas que permanecían con vida.

De repente la visión desapareció tan rápido como me había sobrevenido.

Sin embargo, una imagen permaneció grabada en mi retina, del mismo modo en que después de haber visto una intensa fuente de luz y tras haber cerrado los ojos, todavía podemos observar los focos de emisión, incluso conservando el color original de los mismos.

Sólo que esta vez no eran puntos de luz sino la imagen de un hombre de unos cincuenta años.

Un hombre entrado en carnes con una poblada barba amarilleada por el consumo de tabaco.

Llevaba un sobrero de ala color marrón y vestía una camisa blanca que a estas alturas de la comida rebosaba salpicaduras de vino y lamparones de salsa de tomate.

Pero lo que más destacaba de su aspecto, muy por encima de sus ojos oscuros, tan negros como el carbón, era un enorme puro que degustaba con fruición.

Era un habano y de los buenos. La vitola era inconfundible y la pude reconocer porque eran de la misma marca que los carísimos cigarros que mi tío Manolo traía de Cuba como trofeo y presunción de su prosperidad en aquellas lejanas tierras.

​ Y en aquel mismo instante lo supe. Supe qué había ocurrido…

O más bien, lo que iba a ocurrir… Sacudí la cabeza como si con ello pudiera barrer la visión y regresar a la realidad y me di cuenta de que mi mentora estaba taponando con un trapo el chorro de sangre que brotaba a borbotones del corte en la mano.

​ Me la quité de encima de un empujón y soltando un rastro de sangre fresca por el suelo de la cocina y el rostro tan pálido como el de un fantasma corrí a toda prisa hacia el salón de banquetes…

​ Allí todo era normal, todo lo normal que puede ser un nutrido grupo de personas devorando como lobos y pretendiendo sobreponer sus elevadas voces a los del resto de compañeros de salón para hacer oír su conversación.

​ No tuve que buscar mucho para encontrar mi objetivo.

Era el único sombrero que había en el local y su tamaño hacía imposible no verlo a la primera.

Corrí hacia él dejando tras de mí un charco con la sangre que todavía brotaba de mi mano y que se había formado en los escasos cinco segundos que había permanecido quieta.

​ Cuando llegué a su altura, el puro ya no estaba en su boca. El hombre comía un chuletón de buey, despreocupado, sin caer en la cuenta de que el cigarro había caído contra los gruesos cortinajes que había tras él y que el fuego ya se había iniciado.

​ De forma instintiva, me colgué de las cortinas como lo haría un chimpancé y comencé a dar saltos hasta que se desprendieron de los aros que colgaban de las guías en el techo.

Después, sin reparar en que me estaba quemando las manos, hice una bola con las telas y corrí a la cocina.

El fuego empezaba a avivarse en ellas cuando las sumergí en el enorme cubo de agua que estaba usando para dejar las patatas recién peladas, por lo que una nube de humo sucedió al gesto, dando las llamas por sofocadas.

​ De repente, toda la adrenalina que me había empujado a la acción desapareció y un temblor recorrió mi cuerpo, empezando por los pies. Había perdido mucha sangre y estaba débil y agotada. Demasiadas horas de trabajo, demasiados meses seguidos y ahora aquello…

​ La última imagen que recuerdo es la del corte en la mano, cauterizado con trozos de tela quemada de las cortinas. Después, oscuridad…

​ Desperté en mi habitación con papá y mamá sentados cada uno a un lado de la cama y Lucinda a los pies.

​ —Vaya susto nos has dado, mi prenda. Pensamos que no saldrías de esta. Llevas dos días durmiendo —decía mi madre.

​ Aturdida y desubicada, intenté apoyarme sobre las manos para incorporarme, pero un intenso dolor punzante me lo impidió. Al bajar la vista comprobé que las tenía vendadas, probablemente por las quemaduras o el corte, quién sabe…

​ —Qué… ¿qué ha pasado, madre?

​ —Que has salvado la vida a mucha gente, mi niña…

​ La luz del día penetraba con fuerza a través de las entreabiertas contras de madera que hacían las veces de persiana.

Los rayos de sol incidían casi perpendiculares al suelo del cuarto, así que debía ser mediodía.

Nos quedamos un instante los cuatro en un tranquilizador silencio que sólo fue interrumpido por el rugido de mis tripas.

​ —Tengo hambre, madre.

​ —Lo sé, mi prenda —contestó ella, estallando en carcajadas, jubilosa, exultante de felicidad al ver como su hija se había recuperado casi milagrosamente.

​ Un milagro tan grande, el de mi recuperación, como el prodigio, el fenómeno perceptivo que me llevó a salvar la vida de tantos y tantos seres humanos de bien…

, como si la mano de Dios hubiera interferido en el común devenir de los acontecimientos, en el libre albedrío, en definitiva, para interceder por mí en recompensa a la heroica gesta.

Los días pasaron rápido. Desde el accidente sólo faltaba un mes para mi partida y llegué a temer quedarme en tierra por las graves quemaduras, pero de algún modo éstas cicatrizaron providencialmente, con tiempo bastante como para darme la oportunidad de trabajar una semana más en el restaurante antes de partir.

​ Recuerdo que tanto el dueño como los empleados se deshicieron en halagos, felicitaciones y agradecimientos y, de haber querido trabajar allí hasta el fin de mis días con un buen sueldo y comida incluida, no habría tenido mayor problema.

La historia de mi hazaña se había corrido por toda la comarca y en aquella última semana me llovieron ofertas de empleo, como si yo me hubiera convertido en una suerte de talismán, en una estampita garante de la prosperidad de cualquier negocio del que me hubiera avenido a tomar parte.

Incluso, me llegaron ofrecer un puesto en oficios tan dispares y para los que carecía por completo de formación como empleada de banca o asistente de notaría.

​ No obstante, mis ideas eran muy claras.

El pueblo se me quedaba pequeño. Quería conocer mundo.

Navegar y volar hasta las estrellas. Montar en barco, avión, helicóptero, lujosos coches y potentes motocicletas y no había mucho de eso por allí.

Y así es como para el día de la partida mis ojos brillaron con más fuerza de lo que jamás habían hecho antes, iluminando el camino hacia un nuevo mundo en el que me aguardaban momentos increíbles de felicidad, de la más grande de las dichas, aunque también de tristeza, peligro y desesperación…