CAPÍTULO 6 #4
—No se enfade, abuela. No quería ofenderla.
Sólo le digo que Lucinda cose tan bien o incluso mejor que yo.
Además, es muy dulce y paciente con la gente.
De poner una mercería para alguien, debería ser para ella y no para mí.
Imagínese cómo se sentiría mi hermana cuando se enterase. Sería un agravio para ella.
Mi abuela vaciló por un instante, pero pronto se repuso.
—¿Y por qué no la compartís? Sería maravilloso veros trabajar a las dos juntas con vuestro propio negocio.
Hay que reconocer que sus años de experiencia la convertían en una difícil negociadora, así que decidí tirar de artillería pesada y blindar mi posición con la más cruda sinceridad.
—Abuela, no quiero decepcionarla. Sé que usted bien me quiere y que lo que me está proponiendo es porque piensa que es lo mejor para mí. Pero le aseguro que no lo es…
—¿Por qué dices eso, mi prenda?
—Pues porque necesito salir de la aldea y conocer mundo.
Desde muy pequeña me he sentido atada a estas cuatro paredes, a estos campos tan duros, al cuidado del ganado y convivir con las desgracias de los vecinos, haciéndome sentir egoísta por querer huir de aquí a pesar de ser una privilegiada dentro de la miseria…
Escuche, todo lo que deseo es volar, visitar países y conocer otras tierras y otras gentes.
Descubrir el mundo tal y como es en otros lugares en donde la libertad sea algo más que una palabra vacía.
Mi abuela Graciela agachó la cabeza resignada, pues también había sido joven y, al igual que yo, sus sueños incumplidos la habían perseguido por toda una vida.
Mi sinceridad la había desarmado muy por encima de mis anteriores argumentos y ahora se veía impotente para seguir la discusión… así que al fin capituló.
—Bien te entiendo, pues bien te conozco, mi pequeña.
Cuando tenía tu edad, igual que tú ahora mismo, soñaba con viajar y conocer mundo, pero pronto llegaron los hijos, las obligaciones y las responsabilidades.
Además, tu bisabuelo era muy estricto y tradicional y para él, las mujeres debíamos quedarnos a cuidar de las tierras, la casa y los hijos que Dios tuviera a bien enviarnos.
Y no me arrepiento, porque gracias a eso nacisteis tú y tus hermanos, pero siempre tuve esa espina clavada bien hondo en mi corazón…
Ojalá tú llegues tan lejos como desees, porque veo que has heredado mi espíritu y te mereces lo mejor.
Una muchacha fuerte, guapa e inteligente como tú será capaz de poner el mundo a sus pies.
Las palabras de la abuela Graciela quedaron grabadas para siempre en mi mente y su confianza fue un acicate para continuar con mis planes de emigrar con todavía más ahínco e ilusión.
Nos abrazamos y rompimos a llorar y esa fue la última ocasión en la que hablé con ella del tema.
A partir de ahí, todo lo que recibí por su parte fue el apoyo incondicional y el afecto de la que tan solo quería la felicidad para sus seres más queridos.
Con una pequeña parte del dinero que iba a emplear en el traspaso de la mercería me compró una máquina de coser Refrey último modelo como parte de la dote que llevaría en mi viaje a las américas, guardada a buen recaudo en un viejo baúl del tamaño de un ataúd y que necesitó de cinco fornidos marineros para ser izado al barco.
La aportación económica de la abuela para el ajuar fue importante.
Nada menos que diez mil pesetas, que en el año cincuenta y cinco eran toda una fortuna.
Pero las otras doce mil, hasta un total de veintidós mil, las pusieron mis padres.
Y es que, ya que iban a enviar a su hija a un mundo extraño, dominado por los hombres, pero sobre todo hostil en muchos casos, al menos debían hacer un esfuerzo para que fuera bien preparada y con la cabeza alta, como si de una princesa europea se tratase.
Acompañaron a la reluciente máquina de coser una docena de sábanas de hilo, un vestido negro de fiesta bordado con bisutería, un traje estilo “príncipe de gales”, un abrigo de terciopelo azul, varios chaquetones y una colección de colchas, manteles y tapetes de ganchillo más propios de la realeza que de una muchacha de aldea.
Día tras día, el baúl se iba llenando de más y más enseres, hasta el punto de que llegué a pensar que no iba a poder cerrarse.
Una cubertería de plata, una vajilla de porcelana y un juego de mantas con motivos campestres fueron los últimos objetos a incorporar al ajuar hasta que, a sólo dos días de mi partida, al fin papá cerró la tapa y colocó el pesado candado.
No obstante, la preparación para el viaje no sólo consistió en dejar listo el ajuar…
A la mañana siguiente de que mamá hubiera llegado al acuerdo con Alberto para reclamarme al Uruguay y gestionar el visado, todavía faltarían seis meses hasta mi partida y en ese intervalo, no quiso que perdiera el tiempo con ensoñaciones y pajarillos en la cabeza.
Recuerdo que fueron meses muy duros para mí, en los que apenas tuve ocasión para ilusionarme de tan fatigada que estaba.
Un día en que papá ya había partido a trabajar al pueblo y Lucinda había salido con Fernando a dar un paseo para dejarnos a solas en casa, mamá me tomó literalmente por asalto. ..
—Escucha, hija. Este no va a ser un camino fácil, así que habrá una serie de condiciones para ti —me abordó por sorpresa mientras fregaba los platos y yo daba el último sorbo del tazón de leche de desayuno, haciendo que lo soltara por toda la mesa del susto—.
No puedes marcharte de aquí sin haber aprendido más de un oficio.
El mundo es duro y nunca sabes en qué podrás trabajar, así que tienes que estar preparada.
—Claro que sí, mamá —contesté mientras limpiaba el mantel con un trapo de cocina—. ¿Qué es lo que me propone?
—Bien sé que eres muy buena con los hilos y que eres capaz de confeccionar ropa sin ayuda de patrones, pero aún puedes mejorar y es importante que aprendas a bordar, así que por las mañanas irás al taller de costura de Matilde a aprender. ¿Te parece bien?
—Claro que sí, madre. Intentaré sacar tiempo de los encargos que tenemos Lucinda y yo—. Sabía que iba a ser duro, pero merecía la pena por la recompensa… así que suspiré y me levanté a servirme otro poco más de leche para sustituir la que había derramado.
—Aún no he terminado hija.
Me giré asustada hacia mamá que me observaba con rostro severo.
—Eso no significa que vayas a dejar de coser por encargo. Cada día después de comer subirás a tu habitación a coser, tal y como llevas haciendo estos últimos años.
Respiré aliviada, pues ya contaba con ello, así que di otro sorbo a la leche con tanto placer como si estuviera saboreando un capuchino en el Quartier Latin de parís.
—Por supuesto, madre. Faltaría más. Incluso estoy dispuesta a aceptar más encargos y así tener todo el día ocupado. Después podría ayudar a papá a recoger forraje para los animales.
—No va a ser necesario —contestó mamá con firmeza.
Tenía todo muy pensado y parecía molesta por haber sido interrumpida con mi relajado y asertivo discurso después de haberle dado tantos problemas—.
Coserás hasta media tarde y, antes de oscurecer, caminarás hasta el pueblo para trabajar de cocinera en Casa Fraga.
Casa Fraga era el restaurante más elegante del pueblo.
Todo lo refinado que un establecimiento podía ser en la Galicia del año cincuenta y cuatro.
En definitiva, que, cuando escuché la propuesta de mamá, o más que propuesta, decreto, casi se me atraganta la leche.
Me estaba diciendo que por las mañanas trabajaría en el taller de costura de mi tía.
Por las tardes cosería en casa por encargo y por las noches en la cocina de un restaurante. Era una auténtica locura…
—¡Pero, madre…! —exclamé levantándome de la silla y provocando que las patas de metal rugieran contra el suelo de piedra pulida de la cocina—. ¡Eso supone trabajar mucho más de doce horas diarias durante seis meses! ¡Es un abuso! Además, ¿cómo voy a volver del pueblo al cierre del restaurante?
Mamá aguardó a que me calmara con las manos cruzadas tras la espalda y la expresión severa de cuando soltaba un discurso para imponer algo, sabiendo que no habría nada que replicar. En el fondo ya daba la batalla por perdida, pero algo de mí decía que madre lo tenía todo previsto.
—¿Has terminado ya con tu berrinche?
Su tono era firme, severo, inflexible.
—Sí, madre.
—En respuesta a tu pregunta, he hablado con el dueño del restaurante. Vas a trabajar gratis y, en compensación, una de sus cocineras te enseñará el oficio y él te traerá en su coche todas las noches al cierre del local.
—Pero, madre. Los restaurantes cierran muy tarde. Llegaré a casa de madrugada y tendré unas pocas horas para dormir.
Mamá, que ya había terminado su propuesta e ignorando mi última queja, me dio la espalda y empezó a remover la vajilla en el fregadero. Eso significaba que la conversación había terminado, o eso creía yo…
—Por cierto, estas nuevas tareas no te eximen de la obligación de sacar las vacas a las fincas por las mañanas. Así que te aconsejo que apures el tazón de leche y que te vayas a dormir. Necesitas descansar para tu primer día.
Recuerdo que furiosa, me levanté de la mesa dejando el tazón de leche por la mitad y salí de la cocina pegando un portazo.
Era mi particular muestra de rebeldía y todo lo que me podía permitir, ya que madre no había dejado opción a la réplica y sabía con certeza que al día siguiente empezaría la nueva rutina.
Subí a mi habitación y ni siquiera me lavé la cara ni cambié de ropa. Fuera de mí, tiré las botas en una esquina y me tumbé a llorar boca abajo sobre la almohada hasta que el sueño y el agotamiento por tantas lágrimas derramadas me derrotaron y me dormí.