CAPÍTULO 6 #3
Lo primero que hizo Alberto fue escribir a mamá para tener una segunda versión de lo acontecido.
Sabía que mi comportamiento estaba siendo visceral y extremadamente compulsivo, así que debía asegurarse de lo que ocurría.
Y como no podía ser de otro modo y, a pesar de las distancias y de lo congestionado del correo en aquella época, pronto obtuvo respuesta.
Alberto calculó que su carta llegaría a la aldea como muy tarde un par de meses después de haber sido enviada, así que quedó a una hora y día exactos para tener una conferencia telefónica con ella para aclarar la situación.
En los escasos diez minutos que duró el afectuoso intercambio de impresiones, mamá juró y perjuró que jamás me habría puesto en la tesitura de un matrimonio forzado con un hombre que no fuera de mi agrado.
No obstante, entendió que yo merecía tanto como mis hermanos varones tener la oportunidad de conocer mundo, algo que siempre había deseado con más anhelo incluso que ellos mismos.
Así que, sin poner demasiado en contra, aceptó las recomendaciones de mi hermano y finalmente cedió a que su pequeña e inteligente hija emigrara.
Sabía que, estando a su cargo, jamás me ocurriría nada malo.
Él me procuraría vivienda y trabajo y yo tendría que ocuparme del resto.
Yo sabía del día en que la conversación telefónica iba a tener lugar y aguardé con impaciencia a que mamá regresara de hablar con Alberto.
Había pescado la carta por casualidad en el cajón de arriba de su mesita de noche mientras limpiaba y conocía perfectamente lo que estaba en juego en aquella conversación.
Papá, que aquel día volvió del trabajo antes que mamá, me encontró gastando el suelo de la cocina caminando en línea recta de un extremo a otro, así que supuso que ya estaba al tanto de lo que iba a ocurrir.
—¿Qué te pasa, Isabel? Sólo he visto alguien moverse tan nervioso en toda mi vida y fue al viejo tigre de un circo ambulante, encerrado en su jaula antes de que el domador le soltara a través de los barrotes un pollo vivo.
Recuerdo que se lo zampó de un solo bocado, como si en lugar de huesos el pobre animal tuviera hojas de pino.
—Nada, papá. Estoy esperando a que llegue mamá —contesté casi tartamudeando.
—Vaya, entiendo entonces que te has enterado de lo que se trae entre manos, ¿no?
Agaché la cabeza avergonzada, pues papá sabía que mamá jamás me habría contado nada antes de haber tenido una decisión tomada, por lo que mi conocimiento del asunto debía proceder de algún singular acto de “espionaje” por mi parte.
—Con ese silencio doy por sentado que así es… Anda, ponte cómoda y te prepararé una infusión. Tienes que calmarte o te va a dar un soponcio.
—¿A quién le va a dar un soponcio? —preguntó mamá preocupada al entrar en la cocina. Había llegado en furtivo silencio atravesando la puerta de la finca, que daba acceso directo a la bodega y después al pasillo de la cocina.
—Nada, tu hija Isabel, que está un pelín nerviosa —expuso papá usando un tono lo más distendido y conciliador posible—. Parece que de alguna forma se ha enterado del motivo de tu paseo de hoy al pueblo.
—Vaya, vaya... Parece que alguien ha estado husmeando por dónde no debía.
Yo no estaba para bromas y menos para reproches.
Ya era una mujer adulta y de lo que se estaba hablando era de mi destino.
Había tomado la firme determinación, de que, si mamá y papá no aceptaban dejarme emigrar, en el plazo de un año ahorraría cosiendo a doble turno el dinero suficiente para pagarme el billete a las américas y haría el viaje sin su autorización y por mis propios medios.
—Vamos, madre. Déjese de monsergas y cuénteme qué es lo que ha decidido —estaba tan nerviosa que olvidé reparar en hablar con la debida educación a mamá. Era una mujer recta y severa y jamás toleraba que nadie, ni siquiera sus hijos, se le subieran a las barbas…
La expresión de mamá se torció en una mueca y, tal y como me confesó años más tarde, a punto estuvo de rectificar su decisión en aquel mismo instante sólo por mi subida de tono.
—No esperaba esta falta de respeto y menos hacia quien te va a pagar la dote y los billetes para el viaje —contestó con sequedad—.
Ya lo he hablado con tu hermano y la decisión está tomada.
Mañana mismo empezará las gestiones para reclamarte allí, en tanto nosotros vamos comprando los enseres y preparándote para el viaje.
He de reconocer que no supe muy bien qué contestar, pues la respuesta fue toda una sorpresa para mí.
Ya me había preparado para lo peor y tenía los puños cerrados, decidida a enfrentarme a mamá como nunca antes lo había hecho, haciéndole ver que, si ella era valiente y de fuerte carácter, yo lo era todavía más.
—¿Qué te pasa, hija? Te has quedado tiesa como un palo —apuntó papá bromeando ¿Será que no te lo esperabas?
—Yo, eh…, la verdad es que no —vacilé sin saber qué decir. Estaba en shock y ante mis ojos desfilaban a gran velocidad imágenes del futuro que había imaginado.
Al igual que cuando morimos se dice que una catarata de los recuerdos más significativos de nuestra existencia pasa por nuestra mente como si de un resumen de la vida se tratara, experimenté la misma sensación, pues para mí aquel instante suponía un renacer.
Una muerte, la de una muchacha de aldea ansiosa por abrirse al mundo y el nacimiento de una mujer llena de proyectos, ilusiones y ambiciones.
Finalmente me derrumbé y rompí a llorar de felicidad.
Corrí a abrazarme con mamá y luego papá se unió a nosotras con los ojos encharcados.
Mi hermano pequeño Fernando, que acababa de regresar de jugar con sus amigos, entró en la cocina y, sin saber qué ocurría y viéndonos a los tres abrazados llorando, se unió a nosotros asustado.
Tardamos unos minutos en tranquilizar a mi hermanito.
Estaba verdaderamente alarmado pues, al vernos en tal tesitura, había supuesto que algo terrible le había ocurrido a un familiar.
Para cuando recuperó al aliento, mamá decidió preparar una cena especial para celebrarlo.
Sacó de la despensa un buen pedazo de jamón que tenía en salazón y nos cocinó un caldo de verduras con tacos de carne que estaba para chuparse los dedos.
El sabor de la comida casera es algo que jamás olvidaré, cuando los productos eran naturales y los alimentos tenían aroma y gusto al paladar.
Al día siguiente, la matriarca, mi abuela Graciela, tuvo conocimiento del plan para su nieta favorita, y no se lo tomó bien del todo.
Ella, en su visión clásica del mundo, había imaginado a la más inteligente y hermosa de sus descendientes, felizmente casada con un hombre culto y adinerado, tal vez un notario, un banquero o un médico.
El plan al que había cedido mamá, por el contrario, no tenía nada que ver.
Lo veía peligroso y hasta temerario, pues conocía bien a los hombres de la época.
¿Qué iba a hacer su nieta viajando sola en un barco en medio de una tripulación de marinos desbocados?
Además, ¿qué se me perdía a mí en las américas?
Por más que estuviera bajo la custodia de mis hermanos, no podrían estar vigilándome las veinticuatro horas ¿Quién me protegería si de camino al trabajo alguien me atacaba?
¿O es que ellos iban a sacar tiempo de sus atareadas vidas para acompañarme todos y cada uno de los días?
Todas estas dudas y muchas más fueron expuestas por mi abuela a mamá nada más enterarse de la noticia, aunque de nada sirvió, pues si ella era tozuda, madre lo era todavía más. Y así es cómo, viéndose atada de pies y manos, decidió hacerme desistir por sus propios medios.
—Hija, ¿por qué no te quitas esa loca idea de la cabeza? —me soltó una noche a los pocos días de recibir la noticia, colándose furtivamente en mi habitación—. ¿Qué se te ha perdido a ti tan lejos de casa con los badanas de tus hermanos?
—Vamos, abuela, no empiece otra vez con esa monserga. Ya sabe usted que mamá ha empezado a comprar la dote y los billetes ya están reservados. Además, Alberto ya ha gestionado los papeles para reclamarme y pronto tendré el visado listo.
—Ya lo sé, hija, ya lo sé, pero siempre estamos a tiempo de rectificar una mala decisión. Además, yo también he estado haciendo gestiones. Escucha…
La buena de mi abuela Graciela me contó a continuación cómo había iniciado conversaciones con la propietaria de una próspera mercería en el pueblo.
La regentaba una señora mayor, curtida en mil batallas y cansada de trabajar de sol a sol.
Decidida a retirarse, había negociado con mi abuela un precio razonable para el traspaso.
—Ya tengo el trato casi cerrado y, si me das la venia, en una semana la mercería estaría a tu nombre. Tendrías tu propio negocio y serías tu propia jefa. No tendrías que depender jamás de un hombre, si eso es lo que pretendes.
He de reconocer que la oferta era muy tentadora.
Me ofrecía nada menos que un negocio en propiedad, adquirido con sus ahorros de toda una vida.
Rechazar una propuesta así iba a ser una difícil tarea.
Como mínimo iba a ser considerado como una falta de respeto, así que rebusqué en mi cerebro una salida y rápido encontré algo que me podría valer.
—Escuche, abuela. Su ofrecimiento es mucho más de lo que merezco y debo rechazarlo. Nunca podría aceptar los ahorros de toda su vida. Se está saltando una generación con ello, pues debían ser para mis padres.
—¡De ningún modo! —exclamó mi abuela haciéndome pegar un brinco en la cama—. ¡Es mi dinero y nadie va a decirme qué puedo o no puedo hacer con él!
Vale… Había pinchado hueso, así que busqué otra estrategia.