CAPÍTULO 6 #2
Y esa fue la única y verdadera razón de la que sería a la postre nuestra separación.
Y es que yo no quería ser ama de casa. Quería ser una mujer independiente, como las que describían mis tíos en sus cartas desde las américas.
Además, Jesús era de los pocos muchachos que no iban a necesitar emigrar, porque regentaba ya a su joven edad un negocio próspero.
Eso para mí era un grave contratiempo, pues yo quería conocer mundo y viajar como mis dos hermanos y mis tíos.
No fue una separación brusca y traumática la nuestra.
Más bien nos fuimos distanciando. Sus visitas a mi casa se fueron espaciando más y más en el tiempo y las cartas de amor dejaron de llegar, hasta que un día, simplemente dejamos de vernos y nuestra relación se limitó a saludarnos cada cierto tiempo cuando iba al pueblo de compras o al cine con mi hermana Lucinda y nos encontrábamos.
Me alegré mucho cuando, pocos meses más tarde, me enteré de que Jesús se había comprometido con una chica muy joven, con dieciocho años recién cumplidos, que había conocido por pura casualidad comprando clavos en la ferretería.
Parece ser que fue amor a primera vista.
Un auténtico flechazo y, tal y como él había soñado, se casaron poco después y tuvieron nada menos que ocho hijos.
He de reconocer que sentí un pinchazo de celos el día que me enteré de sus nupcias por la invitación que llegó a casa para toda mi familia.
Como no podía ser de otro modo, la rechacé elegantemente alegando un compromiso personal.
Mamá lo entendió y ninguno de los míos asistió a ser testigo del enlace.
No obstante, mis padres habían tomado cariño al muchacho, por lo que terminaron haciendo un buen regalo de bodas a la pareja.
Por lo demás, mi vida siguió y los años pasaron sin novedades, sumida en una profunda monotonía que consistía en ayudar a mi madre con las labores de la casa y el campo, para después sacarme unas pocas monedas cosiendo ropa de hombre, la profesión que mamá había elegido para mí años atrás.
Y no puedo quejarme alegando que no me gustara trabajar las telas.
De hecho, era hábil con los tejidos, tanto que era capaz de cortar y coser chalecos, pantalones o chaquetas de traje sin usar patrones o molde alguno.
Simplemente extendía los retales sobre la mesa de confección, observaba con detenimiento la tela e imaginaba el patrón de la talla requerida.
Después, tomaba las tijeras con firmeza y, con determinación, procedía al corte con la precisión de un cirujano, confeccionando modelos de forma impecable y con diseños, en muchos casos, adelantados a su tiempo.
Seguramente, de haber nacido en una gran ciudad como Madrid, Barcelona o París, habría tenido la ocasión de trabajar para alguna firma famosa de la época, sin embargo, atrapada en aquella aldea, poco podía hacer más que impresionar a mamá, mi hermana Lucinda o mis compañeras de oficio, que observaban admiradas como, merced a mi habilidad, lograba terminar los encargos en mitad de tiempo y con mucha mejor calidad en los remates que los suyos.
Un buen día —o tal vez no tan bueno, según se mire— regresaba a casa del taller de costura cuando al entrar por el portal del corral, vi que había luz en la cocina y, a través de la ventana que daba al patio, cómo algunas personas parloteaban animadamente con mamá.
No tardé en reconocer a los vecinos que estaban de visita.
Eran los padres de un muchacho que había conocido un año atrás, durante las fiestas de San Jorge.
Era un chico atractivo y de buenos modales que trabajaba en el pueblo como albañil.
Nuestra relación se había limitado a unos pocos bailes no demasiado pegados y un par de paseos, pero la historia no había ido a mayores.
Como muchos otros, no me gustaba. Yo tenía veinticuatro años por entonces y él treinta y dos, aunque aparentaba cuarenta.
Era demasiado serio y mayor para mi gusto.
Además, había hecho su vida en el pueblo y yo tenía claro que no quería limitarme a ser madre y ama de casa.
Mis alas batían cada vez con más fuerza y las cuerdas que mamá había anclado al suelo y atado a mis piernas, apenas si podían ya mantenerme en tierra.
Mis hermanos, emigrados en Uruguay, me relataban a través de sus cartas la prosperidad del país en una tierra llena de oportunidades y gente hospitalaria con la que compartíamos, además del idioma, muchas costumbres.
La curiosidad me llevó a acercarme a escuchar la conversación arrimando la oreja a la puerta de la cocina.
Me preguntaba qué era lo que querrían aquellas personas con las que mamá jamás había tenido relación de trueque alguna y mi sorpresa fue mayúscula cuando, prestando oído logré descifrar que no era la primera de las visitas que habían hecho a mi casa.
—Isabel es una buena muchacha. Trabajadora y hacendosa—decía la mujer—.
Señora Concepción, usted sabe tan bien como nosotros que haría muy buena pareja con nuestro Paco.
Él está muy enamorado de su hija, pero no sabe qué más señales puede mandarle para atraer su atención.
Es por eso que estamos aquí una vez más.
Seguro que, si usted habla con ella, podrá hacerla entrar en razón y que empiecen un noviazgo.
Después será cuestión de que la naturaleza siga su curso y en unos meses podamos anunciar el enlace.
Un tenso silencio se hizo dueño de la conversación hasta que mamá se decidió a contestar.
—Entiendo lo que me proponen, pero mi hija es muy inteligente e independiente y tan tozuda como una mula.
Me lo pueden creer, que bien la conozco.
Jamás aceptará un matrimonio concertado cómo este y líbrenos el Señor que se entere siquiera de que esta conversación se está produciendo, porque estoy segura de que montará en cólera, se cerrará en banda y nunca querrá volver a oír hablar de su Paco.
—Pero señora Concepción —interrumpió el hombre—, todos sabemos que es lo mejor para las dos partes. Su hija tiene ya veinticuatro años y como siga así, se va a quedar para vestir santos.
—Tiene usted razón, Fidel —contestó mamá con firmeza—. Es lo mejor para las dos partes, pero mi hija no lo verá así, porque sus deseos van por otros derroteros, y eso no entra dentro del trato.
Lo cierto es que el tono de mamá fue muy firme y por él, pude saber que jamás aceptaría llegar a un acuerdo de matrimonio con aquella gente.
Pero sus largos silencios entre respuesta y respuesta fueron suficientes como para que en mi cabeza un interruptor se activara.
Una suerte de conmutador que liberó una detonación de baja intensidad a la altura de mis tobillos, reventando de una vez por todas los grilletes que me ataban a la fértil y ancestral tierra de suelo granítico que me había visto nacer.
Acaso, ¿quién me decía a mí que no habría otros “Pacos” en busca de un matrimonio concertado?
¿Cuánto de firme sería la posición de mamá para no terminar aceptando un trato sobre mi futuro?
¿Y si en lugar de un albañil, el pretendiente hubiera sido un abogado o un banquero?
Yo era una chica inteligente, hermosa y de buenos modales que se mantenía pura a pesar de su edad, todo un regalo para las fauces masculinas más hambrientas.
Y así es como, injustificadamente furiosa con mamá, pues ella en todo momento habría respetado mi decisión, subí a las habitaciones y tomé un block de papel de carta de la mesita de noche de papá.
Después, me encerré en mi cuarto, lápiz en mano, a escribir una carta a mis hermanos varones que ya disfrutaban en Montevideo de las bondades y prosperidad del moderno mundo libre.
Por aquel entonces, para emigrar a algunos de los países de Sudamérica, no era suficiente con desearlo.
Debías tener en el propio lugar un contacto que respondiera por ti y que sirviera como abal para garantizar que tus intenciones eran buenas, que no tenías antecedentes penales y que tu objetivo no era otro que encontrar allí trabajo y contribuir a la prosperidad del estado.
Por suerte, mis dos hermanos mayores habían viajado años atrás a Brasil y desde allí, se habían colado en Uruguay.
Para cuando mis intenciones de emigrar fueron firmes, ya estaban asentados y ambos habían hecho dinero suficiente para vivir cómodamente, además de que su situación documental se había regularizado hacía tiempo.
La primera de mis cartas, la que escribí aquella misma tarde tras haber escuchado la conversación entre mamá y los padres del pretendiente, fue destinada a mi hermano Alberto.
Siempre tuve con él una singular afinidad, tal vez porque era un hombre valiente y decidido, que, como yo, jamás se arrugaba ante nada ni nadie, plantando cara con arrojo y tesón a cualquier desafío que ante él se presentara.
En la misiva, humedecida por las lágrimas que resbalaban de mis mejillas mientras la escribía, le describía mi estado de ánimo. Cómo de atrapada me sentía en aquel mundo rural sin más destino que terminar siendo ofrecida a algún joven del lugar como si de ganado se tratara.
Obviamente, mi hermano, que bien me conocía, sabía que estaba exagerando y que jamás mamá o papá habrían permitido un destino así para mí, sin embargo, veinticuatro años eran muchos ya para una época en la que la media de edad para un casamiento rondaba los veinte años.