CAPÍTULO 6
EL PRETENDIENTE
Y o sé que eres modistilla, que no vas al cine sola, que no bailas cosas raras y que eres buena persona”
Esta peculiar estrofa es la primera y única declaración de amor por escrito que he recibido a lo largo de mi vida. Por desgracia para mí, no vino de quién pretendía…
Tenía dieciséis años y Ángel, el “avezado poeta”, era el muchacho más atractivo de la comarca.
Venía de una familia bien, de las pocas que no habían necesitado emigrar para hacer fortuna.
Su padre era el propietario de un próspero aserradero, especializado en la fabricación de vigas y largueros para la construcción.
Durante la guerra, la fábrica había trabajado a tres turnos —a golpe de latigazo— construyendo los chasis que soportaban la estructura de los vehículos de transporte de tropas del bando nacional.
Como recompensa por su dedicación y fidelidad al régimen, a término del conflicto, el padre de Ángel había sido obsequiado con una concesión a perpetuidad para la fabricación de barracones para el ejército.
No hay que negar que el muchacho era un buen partido.
Alto, guapo, elegante, de buenos modales y mejor familia.
Sin embargo… a mí no me gustaba, pues escaseaba en él una cualidad que para mí era fundamental, no solo en un hombre, sino en cualquier persona aspirante a resultarme medianamente interesante: la inteligencia.
Así es. El pobre Ángel era más tonto que el rabo de una boina y hasta dudo que el poema que me dedicó hace ya tantos años lo hubiera escrito él y no fuera el encargo a uno de sus sirvientes.
Además, él era mayor que yo, veinticuatro años nada menos, y sin oficio ni beneficio.
No había querido, o podido, cursar estudios superiores y tampoco tenía manos como para trabajar con ellas en el aserradero familiar.
Así que lo más probable, a pesar de que era el mayor de cuatro hermanos, es que el negocio acabara finalmente en manos de su hermana menor que, aunque tenía la nariz más grande que un caballo y cara de bruja, al menos era la más inteligente de la familia.
No se puede decir que Ángel no fuera persistente.
Tras aquel poema llegaron otros, muchos otros y todos ellos fueron recibidos por mi parte con la misma ausencia de entusiasmo, terminando los papeles como combustible para la cocina de leña.
El pobre muchacho, no estaba acostumbrado al rechazo.
Al fin y al cabo, era un muy buen partido para todas las chicas de la comarca.
Y tal vez fuera mi desinterés el que aumentara su amor por mí hasta tal punto que, sintiéndose humillado, tan sólo un año más tarde de haber recibido su primer poema, se fue a vivir a Andalucía a trabajar con un tío suyo que tenía un negocio de compra y venta de autobuses.
No obstante, la historia no terminó ahí.
Pasados unos meses, Ángel volvió a la carga y regresó con su familia.
Incapaz de llevarse bien con su autoritario tío y enamorado de mí hasta las trancas, regresó a su tierra natal y reemprendió la vieja costumbre de enviarme poemas.
Como él no se atrevía a entregármelos en persona, recurría a un empleado de la familia que, obediente y disciplinado, me traía una carta una vez por semana ante el escarnio de mis hermanos y hermanas que no paraban de reírse de mí.
Hasta mamá llegó a pedirme que me lo pensara bien, que el muchacho estaba muy enamorado y que era muy buen partido.
—El amor ya llegará, hija mía. Lo que importa es labrarse un porvenir —llegó a decirme en su ansia casamentera...
Pero yo no era de esas. Mis sueños eran otros.
Mi deseo era emigrar, levantar vuelo y conocer mundo, vivir experiencias y convertirme en una mujer poderosa y envidiada por todas las demás que habrían entregado sus vidas a la solución más cómoda.
Y así es como para zanjar el tema de una vez por todas, decidí pedir ayuda a una vecina y buena amiga mía para que me ayudara a escribir un poema como respuesta.
Es curioso el cómo puedo recordar el contenido de la primera estrofa que recibí de Ángel y no los versos del que yo usé como primera y única respuesta a la correspondencia que, semanalmente, causaba tantas burlas entre familiares y amigos.
Lo que sí recuerdo es que, con la ayuda de mi amiga, escribimos un poema verdaderamente ácido, más propio de la más cruel sátira del siglo de oro que de dos muchachas residentes en una aldea de la posguerra en la Galicia profunda.
La cara de Ángel cuando recibió la respuesta, me la puedo imaginar por sus consecuencias. Y es que no hubo más poemas por su parte y, humillado, decidió emigrar a Venezuela para quedarse a vivir con unos primos suyos.
Poco más supe de él después de todo esto.
Sólo que se casó y formó una familia, aunque jamás logró olvidarme.
De eso estoy muy segura, porque muchos años más tarde, estando yo de vacaciones de verano en mi tierra natal, me lo encontré de frente mientras paseaba con Lucinda por el pueblo.
Resulta que su mujer había fallecido y sus hijos estaban ya criados, habiendo hecho sus vidas en las américas.
Había regresado para ayudar a su hermana menor con el negocio familiar.
La pobre había enfermado de paperas, habiéndole quedado graves secuelas.
Pude saber que él jamás me había olvidado por los ojos con los que me miró cuando nos cruzamos.
Ya no era el muchacho joven y presuntuoso que yo había conocido.
Su expresión reflejaba tristeza y los rasgos de su rostro revelaban las señales de la vida, que no entiende de ricos ni pobres, ni de altos ni de bajos y que cuando quiere hacer daño, lo hace de verdad.
Sentí lástima por él, al verlo en tan mal estado y hasta culpabilidad por haberme burlado de él en el pasado.
Nos saludamos cortésmente. Un apretón de manos y poco más.
Ni tan siquiera un triste abrazo o una mirada sostenida.
Cada uno siguió su camino; yo parloteando con Lucinda y el pobre Ángel cojeando, con los hombros caídos, la cabeza gacha y manos en los bolsillos. Jamás volví a saber más de él…
Después de Ángel, pasados mis dieciséis años, tuve muchos más pretendientes.
Era buena moza, de atractivos rasgos celtas.
Rubia, ojos claros, inteligente y trabajadora, pero, sobre todo, alegre, muy alegre.
Una cualidad tan necesaria como el agua que da la vida o el aire que respiramos, en una España triste y arrasada en la que escaseaban los jóvenes por las numerosas bajas de la guerra y en la que las mujeres habían asumido el mando y control del mundo rural.
No es por hacerme la interesante, pero jamás llegué a nada con ninguno de ellos.
O eran demasiado feos, o demasiado pobres, o desaseados.
Y sobre todo torpes, muy torpes. Como si para el frente de guerra hubieran reclutado a los más listos de cada casa y hubieran quedado los pobres que sólo valían para arar las tierras, cosechar o cuidar del ganado…
Y así fueron pasando los años. Mi hermana mayor Raquel se casó y tuvo hijos, Lucinda tuvo algún que otro novio y yo seguí siendo soltera y libre como el viento, feliz con el amor que recibía de mi familia y triste, al mismo tiempo, sin poder volar… con las alas atadas a la espalda.
No fue hasta que cumplí los veintitrés años que encontré al fin a un chico que me llegó al alma.
Se llamaba Jesús y fue mi primer amor… No era demasiado alto ni demasiado guapo, pero listo como pocos.
Su padre regentaba una ferretería en el pueblo y, al cumplir los veinte, él había comenzado a trabajar en ella, primero como dependiente y después como encargado, desplazando de la gestión de las compras y de la contabilidad a su padre y a su hermano mayor.
Desde que se había puesto al frente, el negocio había prosperado.
Jesús había sabido ver la necesidad del pueblo surtiendo la tienda de género diverso a muy buen precio.
En una Galicia sumergida en la galopante crisis económica de posguerra, no había dinero para comprar enseres, muebles, ventanas o puertas.
Así que retiró todos estos materiales que hacía una década habían sido bienes de gran consumo, para centrarse en pinturas, largueros de todo tipo de medidas y cualquier otro material que sirviera para reparar en lugar de sustituir.
Mamá era muy estricta con los chicos. Tenía tres hijos varones, dos de ellos ya criados y sabía muy bien qué era lo que los hombres pretendían de las mujeres, así que no nos dejaba salir con ellos a pasear al pueblo.
Es por ello que mis paseos con Jesús se limitaban al área de la finca familiar, haciendo parejas con Lucinda y su novio Pascual, siempre vigilados bajo la atenta mirada de mi hermano pequeño Fernando.
Él, que por aquel entonces tenía ya ocho años, era el espía reclutado por mamá para controlar que nuestras manos y las de los chicos estuvieran siempre en lugar apropiado.
Un año estuve de noviazgo con Jesús. Un año de felicidad, disfrutando de forma puramente espiritual el amor verdadero y a lo largo del que nos escribimos cartas y más cartas de amor, contándonos nuestros sentimientos y anhelos más profundos.
No obstante, y con gran dolor para mí, la relación se fue enfriando y he de reconocer que por mi entera culpa.
El muchacho estaba enamorado de mí hasta los huesos y sus planes para nosotros eran formar una numerosa familia, convertirme en ama de casa y trabajar hasta el fin de sus días regentando el negocio de su padre.