La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 5 #10
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CAPÍTULO 5 #10

​ Esta vez, ni siquiera habría sido considerado como tal, porque ni de parte del más cruel de sus vecinos, jamás había contemplado un trato tan ladino hacia una res, por rebelde que ésta fuera.

​ Pasaron las horas lentamente hasta que la noche llegó y las temperaturas bajaron lo suficiente como para que el cerebro de papá volviera a funcionar con normalidad.

Recordaba haber vomitado tantas veces dentro del agujero que llegó a creer que lo haría desbordar y, en su delirio, temió que la caseta se inundara, ahogándolo en un mar de heces fecales.

​ Durante la primera mitad de la noche, sus pensamientos alternaron entre el dulce recuerdo de su familia y el temor de lo que al amanecer le ocurriría.

Imposibilitado de huir —con un vigilante armado permanentemente a la puerta de la caseta al que se le había ordenado patear la madera cada quince minutos para impedir el sueño al reo— imaginó el modo en el que sería ejecutado; tal vez fusilado por un pelotón de jóvenes sedientos de sangre o colgado de una viga con las mismas gruesas cuerdas de fibra de cáñamo utilizadas para tirar de los carros cargados con Wolframio…

o quizás ensartado con la bayoneta de un fusil, asesinado por el mismo muchacho al que a punto había estado de segar la vida con un fatal golpe en la cabeza…

​ De todas aquellas, pensaba que la más rápida sería el fusilamiento y decidió que su último pensamiento sería el rostro de su mujer, su dulce Conchiña, a la que tanto amaba…

la mujer de su vida, que le había regalado cinco hijos como cinco soles…

y rezó por ella y por ellos, aguardando que Lon Laga diera reporte de sus heroicas acciones y ellos fueran justamente indemnizados por su fallecimiento…

​ En estos horribles pensamientos estaba mi padre cuando escuchó como alguien manipulaba el candado en la cerradura de la caseta.

Después, se abrió la puerta y vio dos caras familiares; una era la del joven vigilante nocturno de la mina, el mismo con el que había hecho amistad, y la otra, la del comandante.

​ —Vamos, Herr Manuel. Es usted librre…

​ Tal vez las palabras más bellas que papá había escuchado en toda su vida las había pronunciado un orondo comandante de campo alemán que, tirando de contactos, había logrado que fuera destinado a una nueva mina cubriendo el mismo puesto… reparando motores y máquinas.

​ —Pero, señor, yo…

​ —Vamos, sé rreconocer a un buen hombrre cuando lo veo, y usted es uno de ellos. No voy a mandarrlo ejecutar por haberrle partido la carra a un soldado indisciplinado del que ya he tenido quejas sobrradas en el pasado.

​ —¿No tendrá usted problemas por esto?

​ El comandante observó a papá, convencido de que había tomado la decisión correcta, escuchando como un hombre a punto de ser ejecutado todavía se preocupaba por los problemas que su liberación le pudieran llegar a acarrear.

​ —Vamos, Manuel. Tirre usted para fuerra, antes de que cambie de opinión…

​ Papá trastabilló desorientado y tomó una amplia bocanada de aire.

Estaba mareado por el olor y los gases de metano, así que poder respirar el aire fresco y puro de la noche fue casi como tomar la más potente de las medicinas.

Al instante se sintió mejor. Se despidió del comandante con un afectuoso apretón de manos y una franca mirada entre dos hombres que se apreciaban y respetaban a pesar de sus tan dispares circunstancias.

Luego acompañó al joven soldado hasta un Volkswagen exactamente igual al que había usado Lon Laga para traerle a la mina la mañana anterior…

​ Por mediación del comandante, papá fue destinado para el mismo puesto a San Finx, Lousame, A Coruña.

La mina no estaba ni de lejos tan controlada como la de Casaio y era mucho más fácil “perder” un hombre allí sin que nadie hubiera oído hablar antes de él.

Además, aunque de alta importancia geoestratégica por su proximidad a puerto de embarque, su tamaño era menor, por lo que el contingente alemán allí destinado era apenas testimonial.

​ Toda la operativa fue mucho más simple allí.

Sin tanto control y vigilancia. Nada más llegar, papá contactó con Lon Laga a través del teléfono de la pensión.

El General, convertido a espía por avatares del destino, se trasladó a Noia, a unos quince kilómetros de San Finx y desde allí reconstruyó la gestión de un nuevo paso en su misión para boicotear los planos de todas las explotaciones de Wolframio en Galicia.

​ No tardaron más de un mes en dar el cambiazo y, para cuando ya se mudaban para dar el salto a la siguiente mina —Fontao, en Vila de Cruces, Pontevedra— recibieron a través de un contacto de Lon Laga la estimulante noticia de que los alemanes se estaban tirando de los pelos en la explotación que llevaba su nombre, pues merced a la habilidad de papá y el buen hacer del General, excavaban en una zona muerta, carente del tan valioso mineral.

​ Aquella noticia fue un espaldarazo importante para la misión y una inyección de ánimo para los dos, que durante seis meses más, continuaron su bagaje, infiltrándose una tras otra en las minas de Wolframio que restaban y sustituyendo planos auténticos por copias Fac Símil boicoteadas.

​ Papá regresó a casa en mayo del cuarenta y cuatro, nueve meses después de haber comenzado su misión.

Lon Laga y él nunca volvieron a verse. Ni siquiera hablar por teléfono o cartearse.

Su misión jamás había existido y quedaría guardada a cal y canto en las cabezas de sólo dos hombres que, haciendo justicia a la España del Lazarillo, habrían alterado a fuerza de trampas y cambiazos, la historia de la Humanidad.

Gracias a su buen hacer, la exportación de Wolframio a la Alemania del Führer cayó en picado en los dos últimos años de la guerra, provocando que la integridad de los blindajes de carros, tanques y demás artillería pesada Nazi estuviera al mismo nivel que el de las tropas aliadas y mermando con ello, la capacidad de producción de los mismos.

​ De la recompensa que papá iba a recibir antes de la misión —un millón de pesetas en efectivo y libres de impuestos— y que había vendido a madre como una de las razones para aceptar su falso destino como ingeniero de motores en Cataluña, no llegamos a saber nada.

No es una queja, es la realidad. No obstante, la asignación periódica que mamá recibía y que el primer lunes de cada mes recogía en la oficina de correos del pueblo a través de giro postal era más que generosa.

De aquel dinero, durante los nueve meses que duró la ausencia de papá, fue apartando una buena parte hasta hacerse con un botín de ahorros que estiraría para darnos una vida mejor durante los años siguientes.

Años de pobreza, de posguerra y miseria en una España devastada.

​ Papá regresó finalmente… Sí, lo hizo. Pero no todo él…

Una parte quedó sepultada en aquellas minas explotadas por esclavos, pobres presos de guerra Republicanos que eran tratados peor que animales frente a los inexpertos ojos de mi padre en los asuntos de la guerra.

No sólo cambiado por las ocasiones en que su vida había corrido serio peligro, por los sustos, por la ansiedad y los nervios contenidos con audacia, sustituidos por valor, impuesto por el peso de la responsabilidad en una misión tan determinante.

También volvió afectado por su presencia diaria antes los malos tratos sufridos por los prisioneros, por su mirada impotente ante el abuso impío hacia otros seres humanos que, como él, tenían familia; padres, hijos, esposas, pero, sobre todo, sentimientos de inmensa tristeza y desesperación.

Atrás dejó a los oficiales del turno de noche con los que, entre trago y trago de licor, había hecho buenas migas.

A Antonio Bautista Asensio, el simpático oficial de cocina que había sido su apoyo y traductor en el primero y más difícil de sus destinos.

También quedaron atrás muchos otros hombres en las demás minas, con los que papá había llegado a desarrollar un vínculo humano, como siempre ocurre cuando las personas cruzan sus destinos en circunstancias límite.

Mas hubo una persona que dejó huella en él, tal vez el responsable de que papá regresara convertido en alguien distinto y ese fue Lon Laga, pues muchos años más tarde, el rastro que se creía borrado de la misión apareció en mi vida por sorpresa, dotando de verosimilitud al relato de una aventura épica.

Una operación que se convertiría en el garante de la democracia en una España todavía convaleciente de los efectos del golpe de estado en el año ochenta y uno.

Y es que la vieja relación de mi padre con Lon Laga me arrastró por pura casualidad a un complot para completar un nuevo golpe a la recién constituida democracia parlamentaria, asestado por aquellos que habrían permanecido en la sombra, expectantes tras el fracaso del 23F…

Pero eso es una historia que contaré más adelante…

​ Fue uno de los días más felices de mi vida el que vi a papá aparecer por sorpresa aquel domingo de finales de la primavera del cuarenta y cuatro.

Yo ayudaba a mamá con la comida y su presencia nos sorprendió a las dos, pues el aspecto del hombre que las abordaba en su hogar difería notablemente del padre y esposo que se había marchado nueve meses antes.

Estaba afeitado y limpio y vestía un elegante traje que lo hacía parecer más un ingeniero regresado de Barcelona que un humilde campesino —de aquel detalle para dar verosimilitud a la misión, se había encargado Lon Laga, regalando a papá uno de sus mejores trajes de civil—.

No obstante, algo había cambiado en él y no era su cuerpo más delgado o sus facciones más afiladas.

Ni siquiera era el pelo más corto e invadido por un bosque de florecientes canas que unos meses antes apenas comenzaban a hacer acto de presencia.

Al comienzo no supe qué era lo que veía en él diferente, hasta que una lluviosa mañana de verano, unas semanas tras su regreso, lo sorprendí con la mirada perdida al infinito, sentado en un taburete observando el agua caer en el corral a través de la ventana del fregadero.

​ —¿Qué haces, papá? —pregunté un poco incómoda, incluso asustada, pues tenía la sensación de estar dirigiéndome a un hombre que no era mi amado progenitor.

​ Él se volvió hacia mí y sonrió… y fue justo en ese mismo instante cuando pude apreciar qué había cambiado.

Era su mirada… Los ojos vidriosos y las pupilas dilatadas, arreactivas a la brillante luz del día.

Sólo me observada, sin contestar, forzando una extraña mueca que pretendía ser amable, mas sólo conseguía resultar perturbadora.

​ —¿Estás bien, papá?

​ —Sí, rosquillita. Tu padre está bien… muy bien —bajó la vista al suelo, tomó aire y continuó como si cada palabra representara un esfuerzo titánico para él—. Sólo miraba la lluvia. ¿Sabes? En Barcelona cae diferente a aquí —mintió el hombre que nunca había visitado la ciudad Condal.

​ —¿Y eso?

​ —Allí moja más, es más densa y mancha la ropa de color rojo, como la sangre.

​ Recuerdo que me asusté por su comentario.

Era como si estuviera hablando con otro hombre.

Aquel día fue el primero en el que me pregunté si realmente había estado trabajando como ingeniero y no en otro lugar.

El primer día en qué pensé si realmente todos los pálpitos y estremecimientos que había tenido durante los nueve meses que había durado su ausencia habrían sido justificados y si la misma capacidad de raciocinio que me había empujado a ignorarlos me aseguraba ahora que mi padre había experimentado auténtico peligro…