La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 5 #9
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CAPÍTULO 5 #9

​ —Tu turno, Jesús —explicó alargando a mi padre el macuto con el portaplanos, que descansaba en el asiento trasero del Volkswagen militar—.

Es la fase final del plan. Si todo sale bien, de hoy en un mes tendremos resultados, cuando esos Nazis de mierda se den cuenta que ya no queda mineral allá donde están buscándolo… Confío en ti…

​ —Gracias, Manuel.

​ Papá, henchido en su orgullo al contar con el respeto de un hombre al que admiraba tanto, tomó el macuto y saltó del coche.

Todavía era temprano, pues habían completado en tiempo récord aquella fase de la misión, y el sol comenzaba a ascender en el horizonte.

Mientras los rayos del astro rey bañaban su rostro con una calurosa caricia, papá pensó en todas las cosas que había hecho en las últimas horas y el peso de una abrumadora responsabilidad cayó de repente sobre sus hombros.

Ya no se podía permitir un error, ni siquiera el más mínimo fallo…

​ Todavía se podían ver dos gotas de sangre sobre la tierra que flanqueaba el umbral de la puerta de acceso a la casa de los alemanes.

Papá las removió con el zapato y rezó un Padre Nuestro con la esperanza de que el Altísimo le echara un cable y nadie hubiera descubierto que él mismo había sido el que había agredido a un soldado alemán, cuyo estado de salud desconocía…

​ Llamó a la puerta y, a los pocos segundos, un sonriente comandante del campo abrió.

​ —¡Herr Jesús! —anunció con algarabía—. ¿Qué le trrae a usted porr aquí?

​ —Yo, eeh… Sólo venía a asegurarme de que la velada de esta noche había estado a su gusto —improvisó papá, que, temeroso de haber sido descubierto, no se había preparado aquella fase de la misión.

​ —¡Oh, Lili Marleen! Ha estado usted sublime. Y el licorr… néctarr de dioses.

​ —Me alegra oír eso, señor.

​ —Perro, porr favorr, no se quede en la puerrta y pase. Serrá mi invitado para el desayuno.

​ Acompañado del comandante —un sanguinario alemán convertido en amable anfitrión de un campesino ascendido a espía por los avatares del destino— papá comprobó como el enorme salón en la planta baja de la casa había quedado convertido en zona de guerra durante la noche.

Botellas vacías de licor, envoltorios de papel por los suelos, restos de comida, muebles movidos de sitio y cristales de vasos rotos decoraban ahora la estancia que tan solo unas pocas horas antes había sido ordenado y disciplinado escenario de la interpretación más memorable de toda su vida.

​ —Disculpe el desorrden, amigo mío, perro los chicos se prropasarron un poco la noche pasada y como hoy es domingo, he decido dejarrlos descansarr.

​ —No se preocupe por mí, comandante. Comparado con mi barracón, este salón es el palacio de Versalles —bromeó papá.

​ El comandante sonrió condescendiente, expresando implícitamente su firme convicción de que aquello era exactamente lo que él consideraba apropiado para una estirpe inferior de seres humanos, por más entretenimiento que ellos pudieran proporcionar a su tropa.

​ —Voy a prepararle un café como nunca ha probado —apuntó el jefe de la mina convertida en campo de trabajos forzados—. Me lo traen de estraperlo desde México a través de Portugal. Es uno de los pocos caprichos que ya me permito a mi edad.

​ Dejando a mi padre con la palabra en la boca se volvió dirección a la cocina, creando el momento oportuno que buscaba para completar la misión.

Papá evaluó sus opciones, comprobando que junto a él en el salón sólo lo acompañaban dos jóvenes oficiales con una fuerte resaca, que sujetaban con una mano su cabeza y con la otra una taza de café bien cargado.

No había duda de que era el momento, así que, sigiloso, se deslizó hacia el despacho de ingeniería.

La puerta estaba cerrada, mas del mismo modo en que había ocurrido la noche anterior, el picaporte cedió a la presión sin esfuerzo pues el oficial de cartografía había olvidado pasar la llave.

​ Una vez dentro comprobó que todo seguía exactamente igual y se aprestó a sacar los planos falsos y dejarlos exactamente en el lugar y situación en el que recordaba haberlos encontrado.

Fuera, escuchó pasos que se acercaban y, aterrado, se cobijó bajo la mesa de trabajo.

Si lo encontraban allí husmeando, sus horas estarían contadas…

​ Por suerte, sólo era alguien que se dirigía a algún otro lugar de la enorme casa y que pasó de largo, por lo que papá se incorporó, plegó el portaplanos ya vacío y lo ocultó de nuevo en el bolsillo interior de la chaqueta.

Después, olvidando toda precaución, abrió la puerta del despacho y salió a paso rápido hacia el salón sin tan siquiera haberse molestado en comprobar si se había cerrado.

​ —¿Dónde estaba, amigo mío? —indagó suspicaz el comandante, que lo esperaba en el salón con una humeante y aromática taza de café mexicano en cada mano.

​ —Estaba buscando el baño, señor.

​ —Olvide el baño, buen hombrre, y disfrrute de este elixirr. Ya tendrrá tiempo parra eso otro.

​ Realmente el café tenía un aroma penetrante a frutos del bosque, madera y hierbas provenzales, una curiosa combinación que seducía desde el primer sorbo.

Degustar aquel café era una buena forma de celebrar la consecución exitosa de la misión.

O eso pensaba papá, pues las cosas no tardaron en complicarse, enseñándole la valiosa lección de que, en una aventura como aquella, los cabos sueltos resultarían fatales…

​ Se tomó el café tan rápido como pudo. Estaba muy caliente y sus manos, curtidas hasta el hastío por años de trabajo como mecánico, soportaban mucho mejor la alta temperatura de la cerámica del recipiente que su lengua lo hacía con el exótico contenido.

Para cuando terminó, fingió apremio sin demasiado esfuerzo, despidiéndose cortésmente del comandante al que emplazó a repetir la experiencia el siguiente fin de semana.

De ese modo tendría ocasión de comprobar si los alemanes habían mordido el anzuelo y se estaban guiando ahora por los planos que tan meticulosamente y con suma rapidez había falsificado Lon Laga.

​ El desastre sobrevino en el mismo umbral en el que había agredido la noche anterior al soldado ebrio, justo encima de las gotas de sangre que habían manado de su cabeza y que apenas habían sobrevivido a las pisadas del personal entrando y saliendo de la casa, removiendo la tierra y cubriéndolas hasta hacerlas desaparecer.

​ El joven soldado regresaba de la enfermería con un aparatoso vendaje en la cabeza, acompañado de un compañero que guiaba sus pasos.

Parecía estar desorientado por el golpe y los vértigos le impedían dar dos pasos seguidos al compás.

Probablemente, víctima de una conmoción cerebral, todavía estaría un par de días sin poder caminar derecho, mas tal circunstancia no impidió que los ojos verdes de su agresor hubieran quedado grabados en su retina segundos antes de perder el conocimiento…

​ Reconoció a papá al instante y la voluntad pareció regresar milagrosamente a su cuerpo.

Comenzó a gritar palabras sueltas en alemán señalando a mi padre con mano temblorosa.

A pesar de no comprender ni un ápice del idioma bávaro, hubiera jurado que se refería a él con algún tipo de insultos racistas, que provocaron que un numeroso corro de soldados se incorporase rápidamente a la escena.

​ Ante tal revuelo, pronto apareció el comandante visiblemente molesto. Portaba una taza de café humeante en la mano y estaba muy enfadado porque lo hubieran importunado en uno de sus momentos favoritos del día.

​ A voz en grito, soltó una incompresible retahíla de frases en alemán preguntando la razón por la que se había montado aquel revuelo. La respuesta llegó a través de la intervención del compañero que ayudaba a moverse al soldado malherido, que señaló a mi padre y dijo algo al comandante.

​ —¿Es eso cierrto, Manuel? —interrogó.

​ —¿Señor?

​ —Este soldado dice que usted agrredió ayer a su compañerro en la cabeza y que no lo mató porr muy poco.

​ —Yo, señor…

​ El comandante, visiblemente decepcionado y ante la atenta mirada de sus subordinados tuvo que tomar una rápida decisión.

Probablemente sólo habría ocurrido una refriega entre dos hombres ebrios en la que uno de los dos había resultado herido y, de haberse dado entre dos miembros de su compañía, la sanción no sería más que una reprimenda y un par de meses de permisos de fin de semana anulados.

No obstante, en este caso había sido uno de sus esclavos el que había atacado a sus hombres y ante la atenta mirado de soldados y oficiales y, a pesar de la enorme simpatía que profesaba hacia mi padre, no podía mostrar debilidad.

El caso es que el castigo para aquel tipo de agresiones no era otra que la pena capital, así que el comandante se vio obligado a tomar una rápida decisión.

​ —Lo siento, Herr Manuel…

​ Después, ordenó a uno de sus hombres que apresara a mi padre y lo llevara al barracón de prisioneros para que su pena de muerte se viera cumplida al amanecer del día siguiente…

​ Papá no fue llevado a la zona de prisioneros, que más que un barracón era un estrecho cubículo de cinco por dos metros anexo a la zona de descanso de los trabajadores de la mina.

En su lugar, fue arrojado a patadas en el interior del “cagadero”, una rudimentaria fosa séptica en donde los mineros hacían sus necesidades y que no era más que un profundo agujero excavado en el suelo sobre el que habían plantado una caseta en la que apenas cabía un hombre adulto sentado.

Apestaba a heces y los gases de metano producidos por la descomposición del material fecal apenas permitían respirar.

​ Allí se pasó mi padre un día entero, atrapado bajo el plomizo sol de agosto, soportando temperaturas cercanas a los cincuenta grados y apestando al estiércol que tantas veces había tenido que palear de las cuadras de las vacas, para cubrir después con paja el suelo sobre el que pudieran dormir los pobres animales.