CAPÍTULO 5 #8
Comenzó a subir las viejas escaleras de madera con tanto sigilo como le era posible para mitigar al máximo el inevitable crujir de las tablas contra las viejas zancas y las traviesas de la estructura.
Ya en el descanso del primer piso, dobló a la izquierda en el pasillo y se dirigió a la habitación de Lon Laga.
Se detuvo junto a la puerta y aguardó unos segundos, agudizando el oído, tratando de percibir algún sonido procedente del interior.
Como no recibía eco alguno, pegó el oído a la puerta rezando para que el constante golpeteo de su corazón, que parecía salirse de la caja torácica, no retumbara en la madera e hiciera temblar hasta al mismísimo picaporte…
—¡Buenos días, caballero! ¿Otro domingo de visita? ¿Qué noticias se trae usted de la mina, buen…?
—¡¡CARALLO!! —papá se llevó la mano al pecho, porque se acababa de llevar el susto de su vida.
Tras él, había aparecido como de la nada la amable dueña del hospicio con su carrito de sábanas y mantas.
Estaba haciendo las habitaciones y se había topado de bruces con un hombre apoyando la oreja contra la puerta.
—No se asuste, buen hombre, que no soy tan fea —protestó la mujer, bromeando.
Le había divertido ver como un hombretón como papá se había asustado tanto al haberlo pillado in fraganti.
En cualquier caso, ver allí a aquella mujer con una actitud tan alegre y resuelta, hizo que se relajara, pues de haber estado una patrulla alemana aguardándole al otro lado de la puerta, su comportamiento habría sido muy diferente.
—No, no. No es por usted, perdone. Sólo escuchaba por si mi amigo estaba durmiendo. No querría molestarlo sin razón.
—Para nada. Acabo de servirle el desayuno, así que estará relamiéndose todavía. Llame sin miedo.
Papá oteó los ojos de la mujer. Eran sinceros, amables, tranquilos y le inspiraron confianza, así que respiró hondo y tocó suavemente la puerta con los nudillos.
—Adelante —apremió la peculiar voz de Lon Laga al otro lado.
—Ve usted como yo tenía razón —apuntó la propietaria de la pensión, dando la espalda y continuando por el largo pasillo hacia un nuevo cuarto que preparar para otro huésped.
—Has tardado esta vez —se quejó el General—. Si todo ha salido según lo planeado, vamos justos de tiempo.
Papá, contrariado, relató cómo había visto en el callejón un vehículo militar parcialmente oculto. El mero recuerdo le provocó escalofríos, o al menos hasta que Lon Laga sonrió.
—Vamos, hombre. ¿En serio te has pensado que los alemanes me habían trincado? Vaya delirio te has montado… Por cierto, ¿dónde has dejado el macuto con los planos? Porque los has conseguido, ¿no?
—¡Hostias! ¡El macuto!
Ante la atónita mirada del General, papá, dejándolo con la palabra en la boca, se volvió y escapó pitando hacia el callejón. Regresó en un par de minutos con el paquete que tanto le había costado afanar y se lo entregó a su compañero de misión.
—Vaya, muy buen trabajo, amigo. Para serte sincero, no esperaba un éxito tan rápido y rotundo.
—Espero que sea esto lo que buscaba —afirmó papá tembloroso mientras Lon Laga extendía los planos sobre la mesa del salón.
—Joder, Jesús, es perfecto. Ahora ya sé qué tengo que hacer. Necesito un par de horas. Mientras, si quieres, baja a la cantina y te tomas algo. Supongo que con los nervios no habrás desayunado.
El General estaba en lo cierto. No es que tuviera hambre, pues todavía no había recibido explicación alguna sobre el motivo del vehículo militar oculto en el callejón y se mostraba receloso e inquieto.
Pero tampoco quería pasarse allí dos horas mirando hacia las paredes.
Su compañero había dejado caer que necesitaba soledad para concentrarse en la tarea, así que se tomó un par de minutos para un rápido aseo y bajó a la calle.
Todo seguía desierto. Caminó hasta la taberna y entró.
El propietario limpiaba con un trapo viejo y raído la barra de madera, envejecida por el paso de los años y los litros de alcohol y café derramados sobre ella.
Sólo había un cliente en aquel momento. Uno de los tres soldados alemanes que había bajado con él desde la mina —el que aparentaba más joven— se tomaba un vaso de vino tinto a sorbos con manos temblorosas.
Tenía el pelo revuelto y un par de arañazos en la cara, síntoma de que se había querido propasar con alguna de las chicas del local de alterne y había recibido su merecido.
Ahora, humillado, pasaría el tiempo en que sus congéneres disfrutaban del día libre, ahogando las penas en el vino peleón que servía el tabernero para los soldados y que tanto les gustaba por el fuerte regusto metálico que dejaba en el paladar.
Algunos se referían a él como el “acero líquido de los gallegos”, precisamente por esa característica del humilde brebaje.
Papá se pidió un desayuno a base de pan recién horneado con manteca y un gran vaso de leche con achicoria.
Después de matar el hambre, dejó pasar las horas tratando de maquillar los nervios con banal conversación sobre el tiempo, fútbol y demás cosas triviales.
El tabernero era un hombre locuaz y comunicativo, así que las horas pasaron rápido y para cuándo revisó el reloj de la taberna por décima vez, comprobó al fin que había llegado la hora de partir.
Pagó la consumición dejando una generosa propina y caminó a paso rápido hasta la pensión.
—Has llegado a tiempo, Jesús. Ha sido un trabajo duro, pero acabo de terminar. Ya tienes las copias de los planos en su envase dentro del macuto, preparadas para dar el cambiazo. El resto, corre de tu cuenta.
Papá se quedó de una pieza cuando observó que el hombre que le hablaba vestía un uniforme de oficial alemán.
—Pero ¿qué carallo?…
—Sabía yo que te me ibas a acojonar. ¿Para qué pensabas que era el Wolkswagen aparcado en el callejón?
—No entiendo, Manuel.
—¿Es que acaso habías pensado en cómo subir a la mina a toda prisa? Aunque es domingo, el tiempo corre en nuestra contra. Si por algún casual al ingeniero asignado a los planos de la mina se le da por trabajar hoy, va a descubrir que falta su herramienta de trabajo. Tenemos que ser rápidos.
Papá cayó en la cuenta de que no había reparado en uno de los aspectos más importantes de la misión y que era cómo iba a regresar a la mina si el camión de suministros no subía hasta el día siguiente en la mañana y si el transporte de tropas tampoco lo hacía hasta la noche.
—¿Quieres decir que vamos a subir en el coche militar?
—¿Para qué piensas que llevo entonces este uniforme? —contestó con sarcasmo el General.
Papá, contrariado, preguntó lo primero que se le vino a la cabeza.
—Pero… ¿cómo te has agenciado el uniforme y un vehículo alemán?
—¿En serio me lo preguntas? ¿Es que olvidas para quién trabajamos? Tengo trato directo con el caudillo en esta misión. Y te aseguro que sus medios son casi ilimitados. Sabemos muy bien lo que está en juego. Nada menos que el fin de una guerra…
—Yo…
—Venga, Jesús. No te quedes ahí como un papanatas. Coge el macuto y te acerco hasta la mina a toda hostia. Me haré pasar por oficial y así burlaremos el primer control en la carretera de acceso. Luego te dejaré en la mina y harás tu magia mientras yo me deshago del vehículo. ¿Entendido?
—Meridiano, Manuel…
El motor del pequeño vehículo, un Volkswagen Kübelwagen —el equivalente alemán el Jeep Wyllis americano— tosió un par de veces antes de arrancar, provocando una sonrisa a mi padre, un gesto que hacía mucho no brotaba espontáneamente de su rostro.
—Menudo cascarón, ¿no? ¿Cuántos caballos tiene esta bañera?
—No muchos, Jesús. Los suficientes como para salvarnos el culo —contestó el General nerviosamente. Por un instante había temido que el pequeño muleto de Volkswagen Escarabajo los dejara tirados en el callejón, poniendo en serio riesgo la misión.
Finalmente, el vehículo arrancó y partieron hacia las minas.
Papá se había puesto una gorra calada para no ser reconocido al atravesar el pueblo, mientras que Lon Laga vestía el uniforme completo de oficial, con su guerrera de cuatro bolsillos, el característico pantalón Nazi con amplias musleras y la elegante gorra de oficial enterrada hasta las orejas y decorada con el cordón plateado, el águila alemana y la escarapela con los colores del tercer Reich.
El vehículo ascendía dando tumbos la pendiente de la estrecha y devastada carretera que conducía a la mina en tanto su pequeño motor protestaba con una ostensible humareda, provocada por el castigo al que el pie derecho del General lo estaba sometiendo.
Pronto llegaron al control en el que Lon Laga demostró a mi padre el porqué de su alto rango militar, interviniendo con aplomo, seguridad y en perfecto alemán en la breve conversación con uno de los dos soldados a cargo del puesto de vigilancia.
Una vez salvado el obstáculo sin más incidentes, papá se volvió hacia el general.
—Desconocía que supieras alemán.
—Yo también —sonrió Lon Laga—. Lo cierto es que no sé ni papa. Estos días he tenido tiempo para memorizar algunas frases y palabras típicas en un diccionario que me he agenciado.
Papá sintió una profunda admiración y respeto por su compañero de misión. La calma con la que había enfrentado una situación tan complicada era un claro síntoma de valor, una virtud que se sumaba a la extremada inteligencia y formación teórica y práctica en la especialidad del General.
Cuando estaba a sólo quinientos metros de la entrada de la mina y, antes de ser visibles desde la misma, Lon Laga detuvo el vehículo estacionándolo a un margen de la carretera.