La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 5 #7
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CAPÍTULO 5 #7

​ La primera estrofa del poema de Hans Leip, a la que años más tarde pondría música Nobert Shultze, se transformó, a medida que salía de la garganta de mi padre, en un suave manto de recuerdos de la tierra natal, de las familias lejanas, los hijos, los padres…

A pesar de que no entendía una sola palabra de lo que cantaba, él mismo se sorprendió con la visión de mamá postrada a su lado en la cama, ambos desnudos, después de hacer el amor, mirándose fijamente como si todo lo que existiese en el mundo en aquel momento fuera ellos dos solos.

Después evocó el día en que se conocieron y cómo nada más verla supo que sería la mujer de su vida…

Cómo se enamoró a primera vista y sintió un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.

Para la segunda estrofa, la emoción ahondó mucho más en las memorias e hizo brotar en él un sentimiento de nostalgia y tristeza que transformó la canción en una dulce poesía.

En la tercera estrofa, sintió que comenzaba en entender la letra y, de repente, dejó de cantar fonéticamente y ya sólo se dejó llevar.

A la cuarta… a la cuarta, la mitad de los soldados y oficiales lloraban a lágrima tendida y la otra mitad trataba de hacerse el valiente con los ojos brillantes por la emoción…

​ Para cuando la interpretación terminó, papá sacudió levemente la cabeza para despejarse, tal vez para volver a la realidad y observó a su audiencia.

Todos ellos lo observaban boquiabiertos, inundada la estancia en un silencio sepulcral, como si estuvieran en la presencia de un ángel que les hubiera bajado desde el cielo un preciado regalo.

El primero en quebrar el mágico instante fue el comandante de la base que se acercó a papá y le susurró al oído.

​ —Y pensarr que el imbécil de Goebbels querría prrohibirr esta marravilla… Qué Dios lo bendiga, buen hombrre. Grracias, Her Jesús. Tiene usted el nombre del hijo de Dios y su forrma de cantarr nos ha traído la paz a este lugarr.

​ El comandante se apartó y, conteniendo la emoción como buenamente podía, reclamó a sus subordinados una ovación para el intérprete.

La audiencia reventó a aplaudir y gritar de tal modo, que se escuchó en los barracones de los mineros.

Al día siguiente papá se enteró de que algunos de ellos, asustados, creían que los alemanes estarían celebrando algún tipo de aquelarre…

​ Lili Marleen todavía sonó dos veces más en el salón de la casa de los alemanes, antes de que las voces comenzaran a consumirse y, a medida que los soldados caían dormidos presa de la melopea, el silencio se apoderaba de la estancia.

Al contrario de lo que ocurre en los barcos, el comandante fue uno de los primeros en abandonar y retirarse a su cuarto, no sin antes felicitar y dar un sorpresivo abrazó a mi padre.

Más tarde, el ingeniero a cargo de los planos, al que no había quitado ojo en toda la noche, le siguió, y poco a poco fueron desfilando el resto de soldados.

Para las cuatro de la madrugada, a pocas horas del amanecer, sólo quedaban en el salón mi padre, fingiendo haberse quedado dormido ebrio encima de la silla junto a la chimenea y unos siete hombres más, demasiado borrachos como para subir a su habitación y que roncaban a pierna suelta tirados sobre el cálido suelo de madera.

​ No tenía sentido esperar más, así que papá se levantó con sigilo, asegurándose de que todos dormían, se descalzó, metió los zapatos dentro del macuto y caminó de puntillas hasta el despacho del ingeniero.

​ Fue una suerte que no hubiera dejado la oficina bajo llave. Tal vez tenía la intención de ponerse a trabajar después de la fiesta, mas había bebido tanto como el que más y papá estaba seguro de que estaría fuera de combate hasta que, al día siguiente, el sol estuviera bien alto en el horizonte.

​ No tuvo que buscar demasiado para encontrar lo que buscaba.

Los planos estaban extendidos sobre una mesa de dibujo inclinada, en medio del despacho.

Eran cuatro pliegos de papel de gran tamaño, que, por alguna razón, papá había imaginado dibujados sobre pliegos envejecidos, con representaciones realistas de ríos y montañas…

Algo parecido al mapa del tesoro que había visto en un cuento y que leía a su hija Raquel de pequeña, por las noches antes de dormirse.

Sin embargo, no tenía nada que ver con esto.

Más al contrario y para su sorpresa, eran una fiel representación de los mapas cartográficos que el domingo anterior había repasado con Lon Laga para familiarizarse con ellos y no errar a la hora de elegir los adecuados para dar el cambiazo.

​ Papá escuchó el ruido de una silla arrastrándose y rápidamente fue a ocultarse tras el escritorio junto a la ventana.

No obstante, no debió ser más que un soldado borracho ayudándose de la silla para levantarse y tal vez ir al baño, porque el silencio regresó a cubrir con su manto la noche oscura y estrellada y no volvió a escuchar nada más hasta que se marchó, con el portaplanos lleno de esperanzas dentro del macuto…

​ Para las cinco de la mañana, papá descansaba vestido en su catre.

No se había quitado la ropa y trataba de cerrar los ojos al menos durante un par de horas, pero estaba demasiado nervioso.

Bajo la manta, tapado hasta el cuello en plena noche de verano, sudaba con profusión, abrazado al macuto en el que portaba su valiosa carga.

Todavía temblaba, pues al salir de la casa de los alemanes, había sido sorprendido por un soldado borracho que se había abrazado a él como una lapa y al que había tenido que noquear para poder huir con su botín.

El hombre había caído, golpeándose la cabeza contra la pared y había quedado inmóvil.

Otra razón más para preocuparse, pues en caso de que hubiera padecido algún daño, tendría ahora que lidiar con un nuevo problema…

​ Aquella mañana de domingo fue la más loca de su vida.

El camión de transporte bajaba al pueblo con los soldados a primera hora, mas después de la fiesta nocturna apenas había tres jóvenes que se habían perdido el evento porque les tocaba guardia.

Uno de ellos subió a la cabina con el conductor y los otros dos acompañaron a papá en la caja, aunque no cruzaron una sola palabra con él en todo el trayecto.

Eran dos chicos muy jóvenes, de piel casi albina, enrojecida por el sol del verano.

Altos, delgados y con el rostro lleno de granos, probablemente habían elegido turno de noche a voluntad propia y así tener el prostíbulo para ellos solos.

Sus ojos brillaban de lujuria, como dos potros desbocados y papá estaba seguro de que se iban a dejar en el local de alterne la paga del mes completa…

Cuando llegaron al pueblo y, antes de bajarse, papá rezó una oración por las pobres chicas que tenían que ganarse la vida y entregar su cuerpo para poder comer. Deseó que los muchachos se portaran como caballeros y dejaran en la entrada las pistolas que portaban y de las que jamás se separaban…

Una vez perdió de vista a los soldados, corrió hasta la pensión para reunirse con Lon Laga, pero antes de subir se fijó en algo que llamó su atención y es que, aparcado en el callejón de la casa, parcialmente oculto entre unas viejas lonas, asomaba la parte trasera de un pequeño vehículo militar.

Se le heló la sangre al instante, elucubrando todo tipo de hipótesis derrotistas, como que el General había sido capturado y ahora era su turno.

¿Qué hacía sino aquel vehículo oculto en la parte de atrás de la pensión?

Seguramente se enfrentaba a una trampa y lo esperaban en el cuarto de Lon Laga para apresarlo y reventar el complot.

​ Estudió rápidamente sus opciones y decidió buscar un escondite para el macuto.

Es cierto que podía ser paranoia, pero no se podía arriesgar, así que se apoyó en la pared junto a la entrada de la pensión y revisó su entorno…

La calle estaba vacía y no se escuchaba más que los pasos sobre la tierra de las pesadas patas de un perro abandonado, merodeando la zona en busca de alimento.

Llegaba algún grito ahogado desde la zona del prostíbulo, síntoma de que los impacientes jóvenes soldados habían empezado a hacer de las suyas.

Aunque su corazón latía al ritmo de un tambor y cada posible decisión le conducía a un océano de consecuencias fatales, decidió dejarse llevar por el instinto y regresó al mismo callejón en donde se ubicaba el vehículo sospechoso.

Allí, paradójicamente, tras una interminable torre de cajas de botellas vacías apiladas hasta la altura de un hombre, encontró el escondite perfecto para el portaplanos.

​ A continuación, se subió los pantalones, dando un tirón fuerte hacia arriba, sujetándolos por los ojales para el cinturón.

Cayó en la cuenta de que había adelgazado, pues aquella prenda le quedaba incluso algo apretada antes de comenzar la misión.

Los nervios le estaban jugando una mala pasada y cayó en la cuenta de que estaba dejando a medias las escasas raciones que a su amigo el cocinero le estaba permitido asignar a los trabajadores y resto de personal en la mina que no fuera de origen alemán.

​ La modesta recepción de la pensión estaba vacía, al contrario que en las anteriores ocasiones en que había entrado al establecimiento…

sobrado motivo para sentirse más y más incómodo y nervioso con la situación.

Pensó en si sería buena idea llamar al timbre en la mesa del mostrador, mas en caso de que sus imaginarios enemigos no hubieran caído en la cuenta de su presencia, esta sería la forma perfecta para darse a ver…