CAPÍTULO 5 #6
Para mi padre, la ocasión era perfecta.
Oculto en el doble fondo del macuto en el que llevaba tantas botellas de licor como le cabían, llevaba el cilindro telescópico para transportar los planos robados.
El plan era hacerse con ellos, bajar al pueblo en su domingo libre, cambiarlos por las copias que Lon Laga fabricaría y regresar a pie el mismo día por la noche, amparado por la oscuridad, para colocar de nuevo en la casa los planos falsos antes de que los alemanes tocaran diana.
Sobre el papel, negro sobre blanco, parecía pan comido, mas no siempre las cosas salen como uno desea y esa incertidumbre hacía hervir las tripas a papá, que sabía perfectamente lo que estaba en juego y lo importante de una misión que a todas luces, le venía grande.
A pesar de todo, la ocasión era perfecta.
Se vistió la ropa de los domingos, sacó lustre a los zapatos y, cargado el macuto a la espalda, caminó con paso firme hacia la casa de los alemanes.
Antes de salir le había pegado un buen lingotazo a un gran vaso de licor, lo que lo había animado a armarse de valor.
Así y todo, los nervios estaban a flor de piel y cuando llamó a la puerta y el oficial de mayor rango a cargo de la mina le abrió la puerta con cara de pocos amigos, a punto estuvo de vomitarle encima…
— Wer zum Teufel sind Sie ? —tronó la ronca voz de aquel hombre de un metro noventa y unos ciento veinte kilos. Preguntaba algo así como “quién diablos es usted”, pero papá se quedó con lo de sind Sie y contestó con su voz más inocente:
—Pues mire usted, no… No he traído silla. He supuesto que en una casa como esta tendrían sillas de sobra…
Al comandante a cargo de la mina, familiarizado con el castellano por imposición más que por deseo, le hizo tanta gracia el comentario que papá le cayó bien al instante.
—Venga, pase. Debe serr usted el proveedorr de licorres que tan bien canta. Mis soldados no parran de alabarrr sus melodías.
Mi padre se sintió alagado y relajado a un tiempo.
El curioso acento arrastrando las letras “r” del comandante le había resultado divertido.
Acompañado por el hombretón con proporciones más propias de un gorila y que hacía parecer a mi padre un chimpancé, se adentró en la casa.
El oficial parecía un tipo campechano y le enseñó las diferentes estancias de la cuasi mansión de dos plantas como si de su más preciado invitado se tratase.
Fue un anfitrión solícito en su primer contacto y le mostró las zonas de trabajo, incluyendo el despacho del ingeniero que supervisaba las obras y en donde se guardaban los planos de la mina.
Por innecesario, no llegaron a subir a la segunda planta, en donde se encontraban los dormitorios y lo acompañó directamente al gran salón en donde todo el personal alemán en la mina lo aguardaba con expectación.
Allí estaban, formando un grupo junto a la chimenea sus nuevos amigos del club nocturno del licor, flanqueados por el resto del personal alemán asignado a la mina mirándolo con curiosidad.
La mayor parte de ellos ni tan siquiera habían reparado en papá.
Para ellos, sólo era un mecánico del montón, un tipo más o menos habilidoso, perteneciente a una raza inferior y al que se le había permitido un cierto grado de libertad por pura caridad a cambio de su trabajo.
Sin embargo, habían oído cosas sobre él.
Rumores sobre su libertad como proveedor del que se comentaba era el mejor licor al Oeste de Berlín, además de un excelente cantante…
y que entre su repertorio contaba con la tan deseada “Lili Marleen”.
Como Santo Tomás todos ellos deseaban meter el dedo en la llaga…
Para anunciarlo, el comandante soltó una retahíla ininteligible en alemán, que parecía más instrucciones de comportamiento que una presentación.
Papá supuso que el director del campo temía por la conducta de sus congéneres una vez los primeros vasos de licor comenzaran a hacer efecto. Después, se dirigió a él.
—Herr Manuel, es horra de que haga su magia —dijo señalando al macuto con un ligero movimiento de cabeza.
Papá captó la señal y descolgó la bolsa del hombro.
Después, colocó cuidadosamente su contenido sobre la gran mesa comedor que parecía ser el centro de ocio para oficiales, justo al lado de una veintena de vasos preparados para tal ocasión.
Una vez vacío el macuto, y con toda la atención de los alemanes fijada en el líquido amarillo que se transparentaba a través del cristal traslúcido, lo depositó encima de una silla junto a la chimenea y esperó acontecimientos.
El comandante, debía ser el único del grupo que no le había quitado ojo.
—Vamos, haga usted los honorres, buen hombrre.
Mi padre se encogió de hombros y tomó la primera de las botellas.
Después, ante las miradas babeantes de los soldados y oficiales, sirvió la primera ronda con la habilidad del mejor de los camareros, poniendo mucho cuidado en que no se derramara ni una sola gota.
Cuando terminó, echó un vistazo a su alrededor y observó que sobre la repisa de la chimenea descansaban media docena de botellas de whisky escocés y tres más de Schnapps, un aguardiente fuerte a base de frutas o patata, más barato y de peor calidad que el exquisito licor de hierbas casero que se preparaba en la Galicia de aquellos tiempos.
Aquella iba a ser una buena fiesta… Los alemanes se iban a pillar una fenomenal cogorza en sus propias narices y lo único que tenía que hacer él era colocarse con un vaso junto a la chimenea y de vez en cuando vaciar su contenido encima de los leños secos y la ceniza.
Al fin y al cabo, no podía permitirse caer ebrio en una noche tan importante…
La fiesta comenzó como todas; fría al comienzo y alegre a medida que el alcohol en sangre iba subiendo de proporciones.
Los alemanes, poco a poco se empezaron a calentar y el tono de las conversaciones fue subiendo hasta hacerse ensordecedor, pues a pesar de que era un salón muy grande el de la casa, se habían reunido allí aquel sábado noche todos los compatriotas alemanes del campo y bien sabe Dios que formaban un abultado contingente.
De ver en cuando el comandante soltaba un exabrupto en su idioma, tal vez pidiendo moderación a sus tropas, no obstante, estaba tan borracho como el que más y pronto el volumen de las conversaciones se convirtió en un griterío.
Papá sabía que debía ser paciente y esperar a bien avanzada la noche, cuando los soldados empezasen a caer de cansancio y los alaridos de ebriedad se convirtieran en silencio.
Mas la espera se le hizo eterna, pues, al contrario que los demás, estaba totalmente sobrio…
Durante un momento de la fiesta, no habrían pasado dos horas, uno de los oficiales reparó en su presencia.
A continuación, tomó un grueso y viejo jarrón de vidrio tallado que presidía la gran mesa de comedor y lo golpeó repetidamente con el filo de su navaja de campo, creando un estridente sonido que llamó la atención de los demás.
El oficial que, por su porte y confianza, bien podría ser el segundo al mando de la explotación, se dirigió a los demás alegremente.
Obviamente, papá no entendió ni una triste sílaba de un idioma que le sonaba tan brusco y agresivo en su pronunciación, muy lejos del suave y cantarín gallego rural al que estaba acostumbrado, mucho más próximo a otras lenguas romances como el italiano.
Lo que sí entendió fueron las dos últimas palabras del breve discurso: “Lili Marleen”
Seguidamente, los alemanes en pleno se volvieron hacia el lugar en donde estaba mi padre y comenzaron a repetir dos palabras, incrementando el volumen a cada repetición hasta convertirse en un griterío ensordecedor: “Lili Marleen, Lili Marleen, Lili Marleen, LILI MARLEEN, LILI MARLEEEEEEN”
Papá se sintió abrumado, mas estaba allí justo para eso. Servir de entretenimiento y distracción. Hacer que bebieran y bebieran hasta caer rendidos y aprovechar su ebriedad para dar el cambiazo por los planos.
Y así, vació de un trago el vaso que tenía en la mano —el segundo y último que se iba a permitir en aquella noche— y al ritmo de un coro de vítores y aplausos, se aclaró la garganta y comenzó a cantar…
El trabajo de papá preparándose aquella única interpretación había sido harto complejo.
Memorizando los estribillos, transcribiendo fonéticamente a una hoja de papel las frases de la canción y practicando durante la semana mientras reparaba motores o acometía sus tareas de mantenimiento.
Pero la ejecución de la canción, su primer y único ensayo el jueves delante de los guardas era lo que había creado la leyenda, pues a pesar de haber sido una canción escrita para ser cantada por una mujer, había logrado arrancar a los hombres allí presentes un torrente de lágrimas y recuerdos nostálgicos de una vida pasada en otro tiempo y lugar; una vida de paz y amor, sencilla y tranquila, cerca de sus seres queridos y su tierra.
Al día siguiente, viernes, nada más despertar, la cuadrilla de la ronda nocturna había corrido la voz de que la canción de moda en la guerra, incluso tarareada y popular entre el bando aliado, se había escuchado de nuevo resonar en aquella ajada montaña.
Y es así como, llegando a oídos del comandante de la base, la fiesta se había montado en un abrir y cerrar de ojos, expectantes todos por escuchar al curioso mecánico de motores que, además de proveedor de un delicioso licor local, sabía cantar la melodía que tanto ansiaban escuchar.