CAPÍTULO 5 #5
Papá contempló horrorizado cómo los alemanes festejaron las muertes, pero lo que más le impactó fue el cambio en la expresión del muchacho que creía una víctima más.
Un joven, que podría haber sido uno de sus hijos, y que había sido obligado a formar parte de una guerra que ni entendía ni deseaba.
Después del tercer asesinato, su rostro se ensombreció en un primer momento, para iluminarse segundos después con una sonrisa de franca satisfacción, mientras los veteranos tras él continuaban los vítores.
Parecía ser aquel un ritual de iniciación que habilitaba al joven a formar parte de un selecto grupo en el que hacía mucho que deseaba entrar y que lo convertía al fin en el hombre que deseaba ser…
El cómo toda una nación de tal grandeza como la alemana había llegado a caer en una vertiginosa espiral de odio y destrucción allá hasta donde sus dominios se extendían, fue algo que papá ni se planteó en aquel momento.
Sólo pensó en el pobre chico cuya vida acababa de ser arrebatada.
Pensó en todo el amor que se llevaba consigo; amor a sus padres, sus hermanos, su esposa e hijos —si los tenía— amor a su tierra, a su país y amor a sí mismo.
La inconmensurable tristeza de toda una visión del mundo arrebatada con el simple movimiento de un dedo índice apretando el gatillo de un arma.
El índice de un muchacho, que en otra época y lugar podría haber sido su mejor amigo y que ahora, en medio de risas y júbilo de un batallón de matones, festejaba su cobarde bautismo de armas, quitando una vida humana.
La vida de un muchacho que pocos años antes había sido un recién nacido, traído al mundo desde el vientre de una madre feliz y que ahora regresaba como materia inerte a una tierra extraña, probablemente lejana de aquella que lo había visto nacer.
Por la expresión del joven militar alemán, a través de su taimada sonrisa, con el cadáver de un miembro de su especie a los pies ejecutado sin piedad, fue que mi padre decidió que aquellos hombres no podían ganar la guerra bajo ningún concepto y comprendió que formaba parte de algo mucho más grande que él o su familia.
A toda costa y costase lo que costase, debía hacerse con su confianza y cumplir con la misión cuanto antes, pues cada gramo de wolframio que se arrancaba de la mina representaría una muerte más en el bando aliado y un paso a añadir hacia el fin de la humanidad tal y como se conocía.
El día libre le costó a papá una jornada de intensa faena, pues las averías se habían acumulado y a las tareas de mantenimiento programado se le habían sumado un par de contratiempos graves en las máquinas más pesadas.
No obstante, eso le obligó a estar entretenido hasta que cayó la noche.
Lo presionó a estar concentrado en el trabajo y así olvidar las duras imágenes que había contemplado y que habían quedado grabadas a fuego en el subconsciente, fijando los recuerdos de una época tan dura de su vida tan vívidos, que muchos años más tarde pudieron ser relatados con tanto detalle como para que aquí los represente en estas líneas.
Al anochecer, papá cambió su rol de mecánico por el de espía y fue a buscar las cajas de licor que había ocultado bajo una mesa en el barracón que le servía de almacén de repuestos.
Por suerte, los vigilantes lo conocían y, viendo que sus movimientos se limitaban al tránsito entre los dormitorios y su local de trabajo, lo dejaban libre en sus idas y venidas nocturnas, también con la esperanza de que llegara pronto su descanso junto al árbol para acoplarse y degustar el delicioso y fuerte licor de hierbas con que alegraba las largas jornadas de ronda en la oscuridad.
En una de las dos cajas faltaban cinco botellas…
Papá había encargado al joven conductor del camión de suministros que las acercara a los barracones de los presos, obligando a ambos a correr un gran peligro.
Sentía un gran pesar por aquella pobre gente, esclavizada y perseguida por el nuevo y joven régimen dictatorial en una España que contemplaría con tristeza como el resto de naciones europeas al otro lado del telón de acero prosperaban.
Aquellas botellas de licor eran una especie de redención para él, sabedor de que, en tanto durase en las mentes de los presos los efectos del alcohol, al menos, durante unas horas, olvidarían el dolor, anestesiando sus cerebros y empujando fuera de ellos los malos recuerdos de la guerra, la añoranza de sus tierras y familias y, sobre todo, las imágenes de las recientes ejecuciones de sus compañeros en el cautiverio.
Esta vez, papá tomó dos botellas en lugar de una, cogió su banqueta y se dirigió al lugar de siempre.
La noche era oscura, pues el astro vecino estaba en fase de luna nueva, y las estrellas brillaban en el cielo despejado de nubes con gran intensidad.
Declinó utilizar el espartano asiento y se acomodó en el suelo, usando el tronco del árbol como respaldo.
Después, abrió una de las botellas, se sirvió tres dedos en un vaso afanado de la cocina y lo bebió de un trago, dejando que el licor resbalase por su garganta, inundándole el vientre de un calor que pronto le hizo sudar en mitad de una noche tan cálida.
Sus compañeros de ronda no tardaron en aparecer y unirse a la fiesta.
Uno tras otro, empezando por el joven y recién bautizado asesino, y terminando por el mayor de todos, el guarda del otro extremo de la mina, todos bebieron abandonando sus puestos de vigía sin temor alguno a represalias.
Era lógico ponerse en su piel, pues después de tres ejecuciones sumarias, no habría un solo preso en toda la explotación que se atreviese siquiera a asomar un dedo del barracón en plena noche, por oscura que ésta fuera, como era el caso.
Al principio, papá sintió miedo, temiendo que en cualquier momento alguno de los soldados se volviera majara y la emprendiera a tiros con él.
No obstante, a medida que pasaban los minutos y los efectos del alcohol hacían mella en las voluntades, la situación se volvió más y más coloquial hasta que papá se convirtió en uno más de ellos.
Pronto comenzaron a cantar viejas canciones alemanas acompañando el estribillo con suaves vaivenes del vaso que se pasaban de uno a otro, como si del Santísimo Grial se tratara.
La primera botella se vació en algo menos de cuarenta minutos y hubo que abrir la siguiente, mientras la tan manida canción popular era repetida una y otra vez, susurrada, interrumpiendo con melosa nostalgia la silenciosa noche de verano.
Papá creyó que podría ser el equivalente a nuestra “Rianxeira”, así que, haciendo uso de su prodigiosa memoria musical, trató de grabársela fonéticamente.
Tenía un estribillo muy simple, y sonaba triste y melancólica.
No era una canción triunfalista y, aunque no entendía una sola palabra de alemán, estaba seguro de que no hablaba de guerra.
Parecía más como el lamento de un soldado que añora su tierra.
No iba muy desencaminado, pues más tarde supo que la canción era “Lili Marleen”, y hablaba de un soldado que recordaba a su novia bajo una farola frente al cuartel.
Curiosamente y, a pesar de que el sanguinario y fanático ministro de propaganda Goebbels la había querido prohibir, era la canción favorita de Erwin Rommel el gran mariscal de campo, síntoma de que era un canto a la nostalgia más propio de un soldado en el frente que recuerda con añoranza su hogar y su gente amada.
El estribillo de “Lili Marleen” fue la obsesión de papá durante aquella interminable semana.
La primera noche fueron dos botellas y la melodía del estribillo.
La segunda, tres botellas de licor y la melodía completa.
La tercera, cuatro botellas de licor y la transcripción fonética de la primera parte de la letra.
Para la cuarta, ya tenía el borrador de la letra completa y se atrevió al fin a cantar, cuando el grupo ya iba por la quinta botella y los ánimos estaban más que caldeados.
Al improvisado carnaval nocturno se habían unido seis soldados más, hasta un total de once hombres incluyendo a mi padre.
Aquel memorable jueves, a la luz de un pequeño trozo de uña brillando en el firmamento, papá hizo llorar a un improvisado grupo uniformado…
En la casa destinada al cuerpo de soldados y oficiales alemanes destinados en la mina, tenían un viejo gramófono portátil a manivela que usaba discos de 78 rpm y, entre el limitado inventario se encontraba uno de Lale Andersen, con tan solo cinco canciones, siendo la más popular “Lili Marleen”.
De tanto escucharla los soldados en los ratos libres, esa parte del disco se había rayado, por lo que los muchachos se habían visto abocados a dejar de disfrutar de su melodía preferida o al menos hasta que papá fue invitado aquel sábado por la noche a cantar para ellos.
El jueves había hecho una demostración de canto en un perfecto alemán del que él no comprendía ni la primera sílaba, dejando encandilados a los asistentes a la interpretación, que, a pesar de estar borrachos como cubas en su mayor parte, supieron diferenciar y valorar su desmedido talento, razón por la que fue invitado a una cena en la casa aquel mismo sábado.
Habría sido el viernes el día elegido, de no haber sido porque finalmente el buen juicio se había impuesto y el más veterano de los soldados que formaban parte de aquellos aquelarres etílicos había ordenado dejar un día de descanso para que los hígados se recuperasen y así disfrutar de la gran fiesta del fin de semana en todo su esplendor.