CAPÍTULO 5 #4
Los dos hombres permanecieron horas en pie, inclinados sobre los viejos y enormes planos, del tamaño y forma de una sábana bajera, así que pronto se les echó encima la noche y, a pesar de todo, siguieron repasándolos una y otra vez hasta altas horas de la madrugada.
Sabían lo que estaba en juego y, cuando la vida corre peligro, la adrenalina empuja a sacar fuerzas de dónde no parece haberlas.
Fue difícil para mi padre. No estaba familiarizado con la cartografía, los símbolos o las leyendas. Y aun así, puso toda su atención a cada instrucción del general, sabedor de que cualquier error podría suponer su muerte.
Es por ello que, para las dos de la madrugada, Jesús, el campesino y mecánico de una pequeña aldea en Pontevedra, se habría convertido ya en un veterano aprendiz de cartógrafo…
Después de la maratoniana jornada de aprendizaje, los hombres se echaron a dormir.
Papá se acurrucó como pudo en el pequeño sofá y cayó fulminado al momento por el sueño.
Tuvo pesadillas con alemanes que corrían tras él, apuntándole con sus pistolas mientras gritaban palabras incomprensibles.
También había perros furiosos, cocineros tirándole ollas de cocido hirviendo por encima y prostitutas que se frotaban con las manos sus partes, llenas de pústulas, y se las restregaban por el rostro haciéndolo enfermar.
Se despertó más cansado de lo que estaba antes de echarse y bañado en un mar de sudor.
El general, hombre de estrictos modales y costumbres, sujeto a la férrea disciplina militar, hacía media hora que se había levantado y aseado.
Desayunaba ahora una taza de café con pan untado en manteca con azúcar.
—Se nos han pegado las sábanas, ¿no, Jesús?
—Eso parece Manuel… —La voz de mi padre sonaba ronca y enferma, como si hubiera pasado la noche gritando o estuviera afectado de alguna afección respiratoria—. ¿Qué hora es?
—Tranquilo, aún es pronto. Tienes media hora antes de que pase el camión de suministros que sube a las minas. Tómate un café conmigo y luego te lavas los sobacos.
—¿MEDIA HORA? —rugió papá, que se levantó del sofá dando un respingo y asustando a Lon Laga.
—Joder, ¿qué te pasa, hombre? Tienes tiempo de sobra.
—Señor, aún tengo que pasar por la taberna a recoger las cajas de licor.
—Cierto… Date prisa, pues. El tiempo apremia.
Papá se aseó y vistió tan rápido como nunca antes lo había hecho y salió a la calle a la carrera, sabedor de lo que estaba en juego…
De que el correcto desempeño de su plan dependía de aquellas cajas.
De camino recordó que había olvidado lo más importante, el dinero, y regresó a la pensión para reunirse con Lon Laga.
Un error útil y que le mostró una valiosa lección de parte del General.
—Despacio y bien, Jesús. Despacio y bien… En este negocio, las prisas, en ocasiones, implican la muerte. Tenlo bien presente.
Mi padre asintió y, arrancando el fajo de billetes de la mano del General, salió pitando dirección a la taberna.
Acostumbrado a los zuecos de siempre y a pesar de ser infinitamente más cómodo, le costaba adaptarse al nuevo calzado que se le había proporcionado para desenvolverse en la mina, especialmente en circunstancias como aquella en las que debía ir a paso ligero, casi al trote.
Pronto llegó a la taberna que, a horas tan tempranas, apenas albergaba tres o cuatro clientes tomando el primer café de la mañana.
Sobre la barra descansaban dos cajas de veinte botellas de licor cada una.
Papá se quedó viéndolas fijamente, pues el recuerdo de la taberna de la aldea regresó a su cabeza, vívido y evocador, nostálgico, provocándole un escalofrío.
Pensó en todo lo que había dejado atrás y a lo que tal vez jamás regresaría, mas esa idea, lejos de inspirarle miedo, lo estimuló a continuar.
Pagó al mesero, que solícito y discreto recogió los billetes y los guardó en un bolsillo, asegurándose antes de que nadie reparaba en la transacción.
Después, fuerte como era, cargó los cuarenta litros de licor de a una y salió hacia la parada del bus.
Había calculado mal el tiempo y todavía tuvo que esperar un ratodssss hasta que el viejo y destartalado camión que llevaba los suministros a la mina apareció doblando la esquina hacia la calle principal.
Mientras duró la espera, se entretuvo examinando con disimulo el tubo para planos que llevaba en el macuto y que le había entregado el General para el transporte de los mismos y posterior sustitución por un facsímil saboteado.
En pleno verano, hacía tiempo ya que había amanecido y la escasez de viento anunciaba un día caluroso.
A horas tan tempranas, papá se cocía en la cabina del antiguo vehículo al que no le funcionaban los elevadores de las ventanas.
Trató de distraerse charlando con el joven conductor sobre temas triviales, cuando a sólo un kilómetro de llegar a las minas, a la salida de una curva cerrada y polvorienta del camino, ambos escucharon claramente un estampido.
El sonido reverberó, rebotando el eco en las escarpadas paredes de la montaña, asustando a ambos.
Creyendo que el reventón de una rueda había provocado el estruendo, ambos saltaron del camión y cada uno revisó un lateral.
Se encontraron a los pocos segundos frente a la cabina y, sin pronunciar palabra, se encogieron de hombros, justo en el instante en que un nuevo estampido retumbó en las montañas.
—“Cajonacona” —maldijo el joven conductor—. Ya están otra vez.
—¿Otra vez?
El conductor miraba al suelo. El semblante se le había nublado y tras un fuerte espasmo en el vientre, corrió hacia la cuneta para vomitar.
Después, ignorando a su acompañante, subió a la cabina, arrancó el camión e hizo avanzar el vehículo entre innecesarios tirones, obligando a papá a saltar en marcha.
—¿Se puede saber qué te ha picado? —preguntó sofocado.
—Ahora lo verás.
Papá había visto gente muerta antes. Estuvo presente, siendo aún muy joven, el día en que su madre falleció de un infarto.
Estaba solo en casa y, siendo un adolescente, lo único que pudo hacer fue sujetarla mientras expulsaba una densa espuma color crema por la boca y fallecía en sus brazos.
También asistió a funerales de amigos y familiares y, por desgracia, vio muchos cadáveres.
Más de los que hubiera deseado… Era una época en la que la muerte era una fase más de la vida.
Una etapa que había que aceptar con resignación, invocando a los designios de Dios, rezando los vivos para que aquellos que los habían dejado pudieran descansar en paz en el paraíso.
Lo que él nunca había visto era un hombre asesinado al contrario que la mayoría de hombres más jóvenes que él y que habían sido llamados a filas, a morir en combate en la cruenta Guerra Civil.
Aquella fue su primera vez. Especialmente dura, teniendo en cuenta las circunstancias.
Y es que, aprovechando el día libre de los guardas del turno de noche, un intento de fuga de los presos republicanos esclavizados y obligados a trabajos forzosos en la mina, había provocado un pequeño motín.
Los guardas alemanes lo habían sofocado con diligencia, repartiendo tiros a todo lo que se movía como si regalaran las balas en una feria, siendo el resultado de cuatro presos muertos y tres ejecutados, hasta un total de siete…
Los estampidos que habían escuchado y confundido con el reventón de un neumático no eran más que los disparos en la cabeza a dos de los detenidos.
Cuando llegaron y el conductor detuvo el camión en la esplanada que utilizaban para la descarga, el tercero de los muchachos apresados en el intento de fuga caía postrado de rodillas frente a un guarda.
El verdugo había sido el mismo joven vigilante nocturno con el que había bebido hacía dos noches.
El mismo con el que había conversado en la caja del camión de transporte de tropas, valiéndose del dicharachero cocinero como traductor.
El mismo chico que le había inspirado ternura y afecto y con el que había empatizado tanto, sostenía ahora con mano temblorosa una pistola Luger P08, con el cañón apuntando a la cabeza de otro prisionero, un muchacho todavía más joven que él y que ahora imploraba por su vida mientras mojaba de orina sus pantalones.
El transporte de tropas había madrugado y los muchachos de permiso al día anterior se le habían adelantado, todavía mareados algunos por el efecto del alcohol.
Infestados todos ellos con el olor del perfume barato de las prostitutas del pueblo…
El tercer estampido no tardó en llegar.
El improvisado patíbulo estaba lleno de oficiales alemanes que se rieron y lanzaron vítores al ver como el cuerpo del joven preso se desplomaba sobre la tierra, manchándola de sangre y copos de masa encefálica que habían brotado del agujero de salida de la bala como una nube de confeti.
Los prisioneros republicanos, mano de obra esclava en las minas, habían sido obligados a presenciar las ejecuciones, puestos en hilera frente a los míseros barracones en los que pernoctaban y comían, como ejemplo de lo que les ocurriría si otro intento de fuga se producía.