CAPÍTULO 5 #3
El plan había sido todo un éxito, pero a la mañana siguiente, se le planteó a papá un problema logístico y es que cada vez se apuntaban a la fiesta más soldados y se había quedado sin género.
Por suerte era domingo y se cumplía su primera semana en la mina.
Según lo planeado, tenía previsto bajar al pueblo en uno de los camiones alemanes, junto a los soldados de permiso que buscaban desfogarse en el prostíbulo local, derrochando su asignación en alcohol y prostitutas y olvidándose por unas horas del horror de la guerra.
Papá era, junto con Antonio Bautista, el oficial de cocina, uno de los pocos españoles en la mina a los que se le permitía abandonar el recinto, pues la mayoría de los operarios eran presos republicanos o represaliados, condenados allí a trabajos forzados como si de un campo de concentración se tratara.
El cocinero, sentado junto a mi padre en el espartano asiento corrido en la caja del camión de transporte de tropas, sirvió de intérprete para intercambiar algunas palabras con los soldados.
Uno de ellos era el más joven de sus nuevos amigos, el soldado encargado de la vigilancia de la parte norte de la excavación en el turno de noche.
En su cara se reflejaban los efectos de haber pasado la noche sin dormir, con unas bolsas bajo los ojos del tamaño de una bola de billar…
Gracias al improvisado traductor, papá pudo saber que la cojera del muchacho era de nacimiento, nada que ver con una herida de guerra, como había pensado al principio.
Una poliomielitis había sido la desgracia y, al mismo tiempo, la suerte del soldado que, de otro modo, tal vez habría perecido en combate para aquel entonces.
En su lugar, había sido destinado a las minas de Wolframio, lejos de su familia, aunque también de la guerra, y de la muerte…
Al llegar a O Barco, el grupo se dispersó rápidamente.
Unos alemanes, los más experimentados, directos al prostíbulo.
Otros, los más jóvenes, a la taberna del pueblo a beber.
A estos últimos los acompañaron Antonio y mi padre.
El primero para degustar el delicioso lacón con grelos que la señora de la casa preparaba incluso mejor que él y de paso tratar de conseguir la receta de su magia.
Papá, por el contrario, no tenía hambre.
Los nervios, una vez más, atenazaban su estómago.
Sólo quería llegar a la taberna para hablar con su mujer y de paso, dejar al dueño del local un encargo para recoger a su regreso al trabajo.
Papá tuvo una larga conversación con todos y cada uno de nosotros.
Empezó con mamá, como no podía ser de otro modo, hablando a susurros de cuánto se echaban de menos y de cuánto ella añoraba su regreso, el calor de su cuerpo fuerte y curtido junto a ella en la alcoba.
De fondo se escuchaba el ruido de la taberna, los hombres bebiendo, gritando más y más a medida que el alcohol iba azuzando los ánimos de la tropa.
No obstante, para él, sólo existía la voz de mamá.
Tanto así se querían, como dos almas gemelas que se hubieran unido por la eternidad…
Después, tocó el turno a los hijos varones y luego, a nosotras.
Quise ser la última para que mi voz fuera lo último que escuchara y comencé mi conversación cantándole “Caminito” de Carlos Gardel, un nostálgico Tango que a papá le encantaba y que acompañó a coro conmigo a través del teléfono con tristes lágrimas derramándose por sus mejillas.
Alguien del bar lo escuchó y comenzó a seguir la canción, cuya melodía pronto se contagió al resto de los ocupantes del bar.
Unos, reproduciéndola con añoranza o morriña, como un mantra ejecutado a pies juntillas…
Otros, los alemanes, tarareándola con “nananás” y chapurreando el estribillo fonéticamente, como si fueran loros, aunque conscientes de la nostalgia que transmitía la letra, muchos de ellos, con ojos vidriosos.
—Te quiero mucho, padre.
—Y yo a ti, mi pequeña Isabeliña. Cuida de tu madre y tus hermanos, mi niña.
—Lo haré, padre.
Papá tuvo que cortar la llamada para que no escuchara cómo su voz se quebraba. Se suponía que estaba en Barcelona, triunfando como desarrollador de motores y no jugándose la vida, sin saber si cada día sería el último, en unas minas de Wolframio, rodeado de Nazis.
El siguiente paso fue acercarse al mesonero para susurrarle el pedido.
El hombre necesitó escuchar dos veces el mensaje, pues no daba crédito de la comanda, pero papá insistió con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo un encargo tan poco convencional.
El mesonero, hizo un gesto con los dedos, dando a entender que algo así le saldría muy caro, pero papá asintió con seguridad, mostrando confianza y solvencia.
Después, se acercó a Antonio para despedirse, que compartía mesa con un par de oficiales alemanes con los que, a lo largo de los meses, había hecho buenas migas.
—¿Qué pasa, don Jesús? ¿No se anima usted a acompañarnos al local? Le aseguro que tienen buen “género”.
—Tendrá que ser para otro momento, Antonio. Ahora voy a dar una vuelta para estirar las piernas y conocer el pueblo… Por cierto, no me espere para el regreso. Haré noche en la posada y mañana subiré con el camión de suministros.
Antonio le guiñó el ojo y le hizo un gesto de complicidad con la mano, como si pensara que papá atesoraba un plan ulterior. Tal vez el de contratar alguna chica y pasar la noche con ella, en lugar de ir con la melé de soldados excitados a saciar fríamente el apetito sexual.
Con la congoja provocada por la añoranza de la familia, papá caminó con paso decidido a la pensión en donde lo esperaba el general Lon Laga, que había pasado allí sus primeros días de misión, recluido y a la espera de un primer informe de situación.
—¿Cómo andamos de dinero, mi general?
—Oye, Jesús, que soy Navarro de pura cepa, de verdad…
Pero es que, en casos como este, me pide el cuerpo un “arre carallo” de esos que soltáis los gallegos.
Ya te dije que eres un civil, así que yo no soy “tu general”.
Además, llámame Manuel, joder… Y cuéntame de una vez qué se ha cocido por ahí arriba estos días y para qué cojones necesitas dinero con tanto apremio.
Papá relató la situación sin omitir detalle alguno.
Cómo se había camelado a los guardas y cómo se había ganado el respeto de los alemanes, arreglando un par de emergencias en las máquinas de extracción.
También habló bien de Antonio, el cocinero, y de cómo le había ayudado a integrarse en aquella semana.
—El dinero, Manuel, es para comprar licor. Acabo de dejar encargo al tabernero de dos cajas de botellas de la más alta graduación. Me estoy camelando a los alemanes y pienso que, si los emborracho lo suficiente, podré ganarme el acceso a su caserón y robar los planos.
El general se detuvo a observar a mi padre de arriba abajo, como si estuviera viendo a un ser humano por primera vez, aunque no hacía más que mostrar sorpresa y, sobre todo, respeto.
—Si al final va a resultar que este descabellado plan por el que no daba un céntimo va a salir bien y todo. Pareces ser una caja de sorpresas, Jesús. Tal vez te reclutemos como espía para el ejército, después de todo.
—Yo, eh… Manuel, preferiría que… una vez esto terminara…
—Vamos, hombre. Sólo bromeaba… Anda, dime, de cuánto dinero estamos hablando.
Para papá, en aquellos tiempos el coste de dos cajas de veinte botellas de licor, cuarenta en total, parecía desorbitado.
No obstante, Lon Laga ni se inmutó. Tomó una maleta rígida forrada en cuero negro que guardaba bajo la cama y la abrió.
Después, palpó en un doble fondo escondido tras el herraje de una cincha y sacó un sobre repleto de billetes.
Contó una pequeña parte y se lo entregó a mi padre.
—Ahí te va el dinero y algo más, por si necesitas un pequeño extra para sobornar a alguien o por si simplemente te apetece darte un garbeo por el local de alterne.
Papá guardó el dinero en el bolsillo y después los dos hombres continuaron conversando de temas triviales hasta que llegó la hora de comer.
Bajaron juntos al comedor de la pensión y devoraron el mismo cocido que tanto gustaba a Antonio en el mesón en donde lo había dejado.
Allí no tenían cocina y resulta que ambos locales eran del mismo propietario, así que compartían la comida, moviendo en un carro las grandes tarteras calientes repletas del modesto, aunque exquisito manjar.
Después de comer, dieron un paseo por el pueblo para hacer la digestión.
Era un día soleado de verano y sólo se escuchaba el sonido de la tierra crujiendo bajo las botas a cada paso.
Eso y algún grito aislado proveniente de la dirección del burdel, en donde los alemanes estaban causando estragos.
Luego, regresaron a la pensión y se pasaron la tarde repasando sobre una vieja mesa camilla —forrada con un tapete confeccionado a ganchillo— viejos planos de la mina que habían llegado a manos del general desde el antiguo archivo del servicio cartográfico de la inteligencia Republicana en Madrid.
No era la intención de Lon Laga el que papá se los memorizara, ni mucho menos.
Sin embargo, era importante darle algunas nociones muy básicas sobre cartografía para que, llegado el momento, supiera qué planos debía afanar y cuáles no.
Era muy importante ser quirúrgicos y hacer el cambio sin ser detectados, lo que arruinaría por completo el plan, tanto en Casaio como en el resto de las minas, pues se correría la voz en la inteligencia militar alemana sobre las intenciones de Franco.
Además, el ser descubierto significaría la ejecución sumaria e inmediata de papá…