CAPÍTULO 5 #2
Todavía hoy, recordando este relato, me estremezco sólo con imaginar el miedo que debía estar pasando papá. Un hombre sencillo, obligado a ejercer de espía sin haber recibido formación previa alguna.
En absoluto es mi caso comparable, aunque décadas más tarde, el mismo azar que había convertido a mi padre en un agente infiltrado, haría lo propio conmigo, obligada al desempeño de misiones de estado encubierta, envuelta en complejas tramas que sólo podría haber leído en los libros de Agatha Christie.
Pero esa es una historia que ya llegará…
El tercer día de la segunda semana en las minas, al anochecer, fue cuando papá decidió pasar a la acción. Estaba tan nervioso que, empapado en sudor a pesar del frío de la noche, tuvo que cambiarse dos veces de muda antes de salir del barracón.
Tomó una de las botellas de licor que ocultaba en el macuto bajo su cama y la acomodó como pudo en el bolsillo interior de la chaqueta, junto a un vaso de cristal que logró afanar de la cocina.
Después, tomó una vieja banqueta de madera y, armándose de valor, fue a sentarse junto al único árbol que había quedado en pie en la explanada de acceso a las minas, a pocos metros de la casa de los alemanes.
Se sirvió dos dedos de licor y lo empujó de un trago, sintiendo como el alcohólico elixir se deslizaba por su garganta.
El plan era simple, pero era todo lo que tenía.
El licor le haría entrar en calor y le ayudaría con el miedo, pero aquella no sería su principal función.
No era más que un cebo para atraer a algún soldado alemán con el que congeniar y que le sirviera de visado para entrar en la casa como invitado sin levantar sospechas.
Aquella noche se había vestido con la única ropa que tenía más allá de sus uniformes de trabajo y esperaba no resultar muy desagradable a la vista de los alemanes o al menos lo suficiente como para que dejaran pasar a su choza a un ser inferior…
El señuelo no tardó en funcionar y pronto asomó tras el árbol uno de los soldados asignado a la ronda nocturna.
Era un tipo entrado en años, alto y corpulento, de tez pálida, casi cetrina, probablemente destinado por su edad lejos del frente a tareas de vigilancia.
Se acercó a mi padre y le soltó una perorata ininteligible en alemán, gesticulando airadamente, haciendo valer su mando y dando a ver que no podía estar allí por la noche.
Su discurso, la consecución indescifrable de palabras emitidas en un idioma que suena tan brusco al oído, recordaba un viejo chiste que papá había escuchado años atrás a un borracho en la taberna de la aldea.
—¿Cómo se dice coche de línea en alemán? SubanEstrugenBajen.
Este recuerdo arrancó a papá de la situación por unos instantes y provocó que se dibujara una sincera, aunque melancólica sonrisa en su rostro. Levantó la cabeza y, tembloroso, ofreció la botella al soldado.
El alemán se vio sorprendido por el gesto.
Probablemente esperase una señal de pánico y no de camaradería.
Luego pareció pensar su siguiente jugada y aceptó el ofrecimiento, no sin antes echar un rápido vistazo a su alrededor.
Rehusó utilizar el vaso que papá le ofrecía, como si pensara que haciéndolo fuera a pillar una enfermedad contagiosa que lo convirtiera en un bicho raro, por beber del mismo recipiente que un ser inferior.
En cualquier caso, dio un largo trago a la botella para después limpiarse el gaznate con la manga de la guerrera.
Era un hombre grande, acostumbrado a beber.
Eso saltaba a la vista. Mas desconocedor de la alta graduación de los licores de hierbas de la tierra, comenzó a toser compulsivamente como si estuviera a punto de darle un infarto.
Asustado, papá se agarró a la banqueta y tensó los músculos de las piernas, preparándose para salir disparado en caso de que al guardia le diera un ataque.
Si lo pillaban allí con un soldado inconsciente a su lado y el aliento oliendo al mismo licor que le había ofrecido, sus horas estarían contadas…
No obstante, el soldado se recuperó pronto. Su tez había cambiado de pálida a colorada y una mueca de felicidad en la cara expresaba que, a pesar del fuerte impacto del lingotazo, el brebaje autóctono le había encantado.
Papá respiró aliviado y se relajó cuando le guardia empezó a hablar con él distendidamente como si realmente estuviera entendiendo algo de lo que decía.
Después, le hizo un gesto indicándole que aguardara allí y se fue.
A los cinco minutos regresó con otro soldado, el muchacho que hacía la ronda en la cara norte de la mina.
Era un chico joven y apuesto, alejado del frente acaso por una visible cojera, tal vez provocada por metralla recibida en combate o Dios sabe qué.
Mi padre todavía seguía sentado en la banqueta, con el vaso medio vacío en la mano, del que apenas había bebido un par de sorbos, pues quería reservar la mayor parte de la botella para emborrachar a los guardas y metérselos en el bolsillo.
Es curioso como los hombres, de clases sociales y orígenes tan diferentes, sin tan siquiera vínculo alguno que los una, enemigos en el campo de batalla e idiomas tan dispares, pueden llegar a hacer buenas migas ante unos pocos vasos de alcohol.
Mas lo cierto es que el truco funcionó y para la medianoche, cuando todos en el campamento dormían, los tres conversaban a su manera, gesticulando y entendiéndose perfectamente como unos viejos conocidos.
Papá, que amagaba con beber como ellos, pero que apenas había probado el licor, conservaba todo el raciocinio en mitad de la pantomima que estaba representando y se dio cuenta de que, de la botella de tres cuartos de litro de licor, ya sólo quedaban unas gotas, por lo que aquellos dos hombres se habían despachado más de medio litro de licor de setenta grados cada uno.
Suficiente como para no sentir frío en la noche…
Siguieron interactuando allí durante horas hasta que casi amaneció y el efecto del alcohol prácticamente se había esfumado.
Papá estaba muerto de sueño, mas pensó que mejor eso que estarlo de veras…
Además, su plan había resultado un éxito y de camino se había enterado de que los alemanes eran seres humanos normales, con sus vidas y sus problemas, igual que los demás.
Sólo hombres como él, arrastrados a un conflicto bélico que ni entendían ni respetaban, pero con el que no tenían más remedio que convivir.
Papá regresó silencioso al barracón, escoltado por el mayor de sus dos nuevos amigos.
Se despidieron con un apretón de manos y una franca sonrisa, citándose en el mismo lugar para la siguiente noche, en el curioso lenguaje gestual que habían discurrido para entenderse.
Disfrutarían de otra grata velada evadidos, merced a la fuerte graduación del licor, del cruel mundo en el que les había tocado vivir.
Cuando ya se había acomodado en el catre, los primeros sonidos de la mañana llegaron a los oídos de papá.
Trató de al menos conciliar el sueño durante unos minutos, como una suerte de siesta matutina, mas la sacudida de un compañero lo arrancó de entre las sábanas, en las que se había acurrucado con la ropa todavía puesta.
—Vamos, Jesús, levántese. Tengo a dos alemanes en la puerta con cara de pocos amigos. Parece que se ha jodido una de las máquinas de extracción.
La mañana fue dura. Uno de los motores de gasoil de la más grande de las máquinas había reventado.
No obstante, con la cabeza dándole vueltas todavía por la falta de sueño, logró repararla en pocas horas, justo a tiempo para que continuara funcionando para el turno de tarde.
Después, sin más trabajo en el horizonte, recibió como premio por su buen hacer el resto del día libre y saltándose la hora de la comida, lo canjeó por una tarde bajo la manta.
Confiado en que los guardas habían mordido el anzuelo, se volvió a vestir al anochecer y esta vez acomodó en la chaqueta dos de las tres botellas de licor que le quedaban. Tomó la misma banqueta de la noche anterior y salió a la oscuridad a escondidas cuando todos ya dormían.
Mayúscula fue su sorpresa cuando cayó en la cuenta de que junto al árbol lo esperaban no dos, sino cuatro guardas, el elenco de vigilancia nocturna de la mina al completo, arriesgándose a ser enviados a morir de regreso al frente, a cambio de sentirse humanos una noche más, bebiendo a la luz de la luna en una noche de verano como hombres normales.
Nuevamente, a medio litro de licor por barba, los soldados terminaron la noche encantados con el sabor y efectos del espirituoso, sintiéndose por unas pocas horas almas libres en comunión con la naturaleza.
El mayor de ellos lo volvió a acompañar al barracón y, en lugar de despedirse, papá indicó al soldado que lo esperase.
Entró de puntillas y rescató bajo la cama la botella de licor que le quedaba.
Después, salió y se la entregó. El soldado, en lugar de ofrecer un apretón de manos en agradecimiento, se acercó a mi padre y lo sorprendió con un efusivo abrazo.
Quién sabe cuánto tiempo habría pasado desde que aquel hombre no recibía un presente de otro ser humano…