CAPÍTULO 5
LA MINA DE LOS ALEMANES
A l día siguiente, papá aguardaba puntual junto a la farola en donde se suponía que el camión de suministros lo iba a recoger para acercarlo hasta la mina y ser presentado como el relevo al anterior técnico supervisor de máquinas.
Había tenido que dejar en la pensión la aparatosa maleta que mamá le había preparado con ropa y comida para el viaje.
El General había sido muy tajante en ello.
Tan solo llevaría un bolso de mano con ropa de trabajo y varias mudas, una curiosa caja de herramientas plegable con forma de cilindro metálico y un macuto en el que había acomodado algo de comida en conserva y cinco botellas de licor que había comprado en el bar frente a la pensión.
Lon Laga había insistido en que aquel era un peso inútil, pero tan contundente había sido papá con llevar los aguardientes como el militar al mando de la misión en el tema del equipaje.
—¿Para qué diantres quieres tantos “elixires”, Jesús? —había preguntado con sorna—. Van a pensar que eres un alcohólico y a los alemanes no les gustan los viciosos.
—Nunca se sabe, Manuel. Estoy seguro de que a esos estirados se les van a poner los ojos vidriosos cuando prueben estos manjares. Además, ya que me tengo que llevar esta ridícula caja de herramientas que me habéis proporcionado, pues me llevo yo algo de mi propia cosecha para compensar.
—Vamos, Jesús. Bien sabes que esa caja de herramientas en un cilindro telescópico para ocultar los planos. No hay otro modo de trasladarlos de incógnito y sin levantar sospechas.
El camión de suministros, un viejo FIAT 621, reliquia utilizada para transporte de tropas durante la guerra civil, pedía a gritos un buen mantenimiento.
El motor gruñía adoleciendo de un buen engrase y reglaje de válvulas y la transmisión protestaba ostensiblemente a cada cambio de marchas ejecutado por el inexperto y joven conductor.
La lona que cubría la caja de transporte estaba llena de agujeros y la carrocería del vehículo, salpicada de agujeros de bala y metralla por doquier.
El conductor no debía ser mucho mayor de veinte años, pero semejaba haber sufrido tres vidas de tortura y dolor.
Sólo Dios sabe las penurias que habría sufrido o presenciado aquel pobre chico al que mi padre apenas logró arrancar unas pocas palabras durante el largo y tortuoso trayecto desde O Barco hasta la mina.
Una vez arriba, el panorama no mejoraba.
Papá se apeó del camión de un ágil salto, aunque sus rodillas, entumecidas, crujieron al tomar contacto los pies sobre el firme embarrado y desigual.
No estaba él familiarizado con las rutinas y patrones de trabajo en una mina y es por ello, que, en un primer momento, le pareció que los pobres mineros deambulaban encorvados cargando cestas con mineral sin dirigirse a ningún punto fijo, como si su tarea no fuera más que un incoherente castigo impuesto por los Nazis.
Ciertamente, el contraste entre unos y otros era notorio.
Los alemanes, casi todos oficiales o soldados, vestían sus elegantes uniformes confeccionados en mezcla de lana y algodón, rematado con sofisticados correajes de cuero curtido de la mejor calidad.
Todos ellos, la mayoría hijos de oficiales de alto rango, disfrutaban de su particular periodo vacacional lejos del frente de guerra, en un lugar en el que eran tratados a cuerpo de rey, bien alimentados y aseados y con una agenda de labores que se limitaba a poco más que de vigilancia de los mineros.
Por otra parte, estaban los españoles, mano de obra esclava y poco cualificada que compensaba su baja eficiencia con un absurdo número de efectivos al servicio de las excavaciones.
Salvo algunos capataces oriundos de la zona, el grueso de trabajadores eran prisioneros de guerra o represaliados republicanos y comunistas que habían luchado en la Guerra Civil contra el bando nacional y que alargaban su condena en vida sirviendo como esclavos que trabajaban literalmente hasta la muerte.
No diferían en demasía aquellos pobres hombres de los esclavos judíos que trabajaban en las fábricas alemanas de vehículos o munición y que eran obligados a largas jornadas de doble turno a cambio de una escudilla de caldo mohoso y una onza de pan duro, infestado de gusanos…
Mi padre bendijo la suerte que había tenido al permanecer en una aldea, alejado de todo ese horror y se persignó con disimulo, rezando en silencio para que ninguno de sus hijos tuviera jamás que sufrir un trance similar.
—Buenos días. Usted debe ser Jesús, el nuevo técnico de máquinas —una voz alegre saludó a mi padre en un tono jovial que en ningún modo encajaba en aquel contexto desolador.
Él se giró sobresaltado, absorto como estaba en sus tristes pensamientos, y vio a un hombre sonriente frente a él.
Era alto, muy alto para la época, incluso más que la mayor parte de los alemanes.
Por algún motivo a mi padre le pareció un tipo gracioso, tal vez por su cuerpo alargado y con forma de pera.
Extendió la mano con educación para saludarlo.
—A su servicio, señor. ¿Y usted es?
—Antonio Bautista Asensio, oficial de cocina y el único español de la explotación que sabe hablar alemán. Así que, además de cocinar para esta banda de hijos de puta teutones, pues tengo que hacer las labores de cicerone para los nuevos.
—Vaya, don Antonio. Entonces es todo un honor, supongo…
Los dos congeniaron desde el primer momento, como dos viejos amigos que se reencuentran después de años separados. Aunque sus vidas no podrían haber sido más dispares, los dos eran gente buena y sencilla, involucrados ambos por el azar en una situación belicista que ni aprobaban ni comprendían.
Antonio hizo de guía por las instalaciones, comenzando por la casa que servía de hogar temporal a los alemanes y que mi padre iba a tener que allanar antes que tarde.
Destacaba tanto en mitad de toda aquella miseria como lo hacían los pobres desgraciados obligados en represalia a trabajos forzados, en contraste con los esbeltos y bien mantenidos soldados.
Era una construcción de dos plantas levantada en tiempo récord para servicio del cuerpo alemán, erigida con un estilo arquitectónico simple y espartano, más adaptada al frío clima centroeuropeo que al de un pueblo cualquiera orensano de la mitad del siglo pasado.
—Bonita casa, ¿no?
—Yo lo veo más como mi centro de trabajo. Es la casa de los alemanes. Ahí comen y duermen esos cerdos. No se quieren mezclar con nosotros… Se creen una raza superior que mea perfume francés y caga chocolate suizo.
Antonio se preocupó de soltar el comentario en un tono de voz lo suficientemente alto como para que lo escuchara un oficial alemán con cara de pocos amigos, con el que se cruzaban en aquel momento y que, por fortuna para ambos, no entendía palabra del castellano.
Papá tuvo que tragarse una carcajada, aunque sus ojos le delataron.
Estaba muy nervioso. Para él todo aquello era nuevo y peligroso, muy lejano de un día cualquiera de su rutina cuidando del campo, preocupándose por sus hijos adolescentes o reparando motores en el taller.
Sin embargo, por alguna razón, la presencia de aquel hombre tan seguro de sí mismo, lo tranquilizaba.
Sintió una punzada de culpabilidad al pensar en que su presencia allí era toda una mentira orquestada desde las más altas esferas del gobierno y que aquel hombre tan amable iba a ser un instrumento más en la consecución de un plan que podría detener la guerra más horrible y cruenta a la que la humanidad se había enfrentado.
Una responsabilidad demasiado grande para un hombre tan pequeño —pensó.
Después de una visita rápida por las minas y el barracón de taller y mantenimiento en donde mi padre iba a trabajar, Antonio lo acompañó al pequeño cuartel del servicio, pues los alemanes comían temprano y tenía que ponerse a la faena.
La caseta prefabricada era cutre y olía a humedad, aunque en comparación con los dormitorios de los mineros era un palacio.
Tenía una zona de camas claramente separada de una pequeña cocina y una amplia mesa en donde comían las sobras de sus anfitriones los pocos españoles que gozaban de algún privilegio por sus conocimientos técnicos o por pertenecer al personal de servicio.
Exceptuando a mi padre y al cocinero, todos ellos habían sido oficiales en el bando nacional durante la guerra y, sin embargo, no podían estar más en desacuerdo de utilizar a sus compatriotas como esclavos.
Que hubieran sido derrotados en combate no implicaba que hubiera que torturarlos de aquel modo y, todavía menos si la razón era para extraer recursos de la tierra que unos pocos extranjeros asesinos iban a utilizar para seguir matando.
De todas estas cuestiones se fue enterando mi padre a través de conversaciones informales a la hora de la cena, siempre ante una botella de licor de patata que destilaba Antonio con el género que podía afanar de la bien nutrida despensa de los teutones.
Aunque papá llevaba en su macuto cinco botellas de exquisito licor de hierbas, jamás las ofreció pues las reservaba para otros menesteres…
La primera semana en las minas fue de contacto y evaluación.
Tal y como Manuel había comentado, los motores de la maquinaria y vehículos utilizados en la mina eran simples y fáciles de reparar, así que aprovechaba cada descanso para observar las rutinas de los alemanes y familiarizarse con sus horarios.
Su plan ulterior consistía en hacer buenas migas con alguno de los oficiales y obtener así un pase seguro al interior de la casa en donde se encontraba el despacho del director de obra junto con la cartografía de las minas y el relieve de la zona.