CAPÍTULO 4 #5
Atrapado entre las presiones aliadas para cortar el suministro de Wolframio a los Nazis y el compromiso firmado en Hendaya con Hitler para mantenerlo, a cambio de la neutralidad de España en la gran guerra, Franco no tenía muchas opciones.
No obstante, la fortuna quiso que la solución se le presentara por azar durante una conversación informal con uno de sus oficiales de inteligencia.
Y es que, al parecer, la Francia ocupada había encontrado un picaresco modo de burlar sus compromisos con los invasores, al menos en una de las muchas dimensiones en las que el Tercer Reich los había trincado de pies y manos.
La información, transmitida al Caudillo por uno de sus hombres de confianza, tenía relación con las plantas de producción de automóviles franceses.
Tras la invasión, la mayor parte de ellas habían sido reconvertidas a la fabricación de vehículos militares para la Wehrmacht.
Bajo la dirección de Pierre-Jules Boulanger, los ingenieros de Citroën encontraron el modo de sabotear el modelo Type 23 de una forma discreta y prácticamente indetectable.
La interferencia era tan simple como modificar el nivel correcto en la varilla de control del aceite motor.
Algo tan simple e ingenioso, provocaba que los motores al principio rindieran sin demasiadas complicaciones, mas al cabo de unos kilómetros, ya en el campo de batalla o lejos de las fábricas o talleres, los vehículos griparan.
Los alemanes, orgullosos de su ingeniería, culpaban del fallo a la mala calidad de los componentes, así como al deficiente diseño de los fabricantes galos.
De este modo, con un sabotaje tan simple y difícil de detectar, unido a retrasos en la producción, piezas fuera de tolerancia y manuales de taller desordenados e incompletos, lograron que la aportación logística al régimen Nazi fuera de lo más modesta.
Esta historia caló hondo en Franco, que buscando cómo aplicar el mismo criterio de sabotaje indetectable, halló la forma de engañar a los alemanes.
Y ahí es donde entraban mi padre, el General Lon Laga y Manuel Rey.
Sólo cuatro personas conocerían el plan, pues la España de la época estaba plagada de espías de uno y otro bando.
Funcionarios sobornados, instituciones públicas de posguerra contaminadas y desestructuradas, configuraban el resto de las esquinas de un polígono de desconfianza que el Caudillo no podía sortear, dada la importancia capital de la misión.
De ahí que esas cuatro personas serían los únicos conocedores e integrantes de la misión.
Además, siempre había un miembro desconocido para los otros tres, para, en caso de que el pastel se destapara, minimizar el riesgo de comprometer la imagen del Generalísimo.
Lon Laga, que había dejado al mando del Servicio Geográfico del Ejército a su segundo, se ocuparía de la cartografía durante la misión, así como del soporte logístico y técnico a mi padre.
Sin embargo, no conocía a Manuel Rey, que era el reclutador y encargado de que las nóminas llegaran puntualmente por giro postal a las oficinas de correos del pueblo en donde mamá las recogería.
No obstante, y a pesar de toda la conversación y las explicaciones que el General dio a mi padre camino a la pensión, todavía faltaba aclarar en qué consistiría la misión. La respuesta no tardó en llegar y, una vez estuvieron cómodamente instalados, Lon Laga continuó con su relato.
—Esta noche dormirás aquí conmigo, en el sofá cama, y mañana partirás hacia las minas en uno de los camiones de suministros. Una vez allí, te presentarás ante el oficial al mando como nuevo jefe de mantenimiento para la maquinaria de extracción, ventilación y transporte de roca.
—Pero… yo no sé nada de esa maquinaria —protestó mi padre.
—Ni falta que le hace, Jesús. La mayor parte de las máquinas funcionan con motores de gasoil y esos mecanismos entiendo que no tienen secretos para usted, ¿no?
—Bueno… realmente…
—Venga, hombre, quite usted esa cara de susto y tómese conmigo un chupito de este Pacharán. Lo destila mi cuñado a partir de endrinas y anís. Esto levanta a un muerto.
El General alargó a mi padre una petaca de aluminio bruñido, con el culo forrado de cuero curtido y un tapón de rosca decorado con un pompón en color rojo y el escudo tradicional de Navarra en relieve.
Papá extendió el brazo y se permitió un largo lingotazo a la salud del General sin tan siquiera carraspear.
El hombre, admirado, extrajo su propia hipótesis sobre la reacción —o más bien falta de ella— de mi padre.
—¡Hostias! Se ve que los gallegos estáis acostumbrado a vuestros licores de hierbas de cincuenta grados.
—Bueno, señor… la verdad es que no sé si es cierto que esto levanta a los muertos, como usted dice. Desde luego, a los difuntos gallegos, ya le digo yo que no. Este licorcillo sería una broma para nuestra “Santa Compaña”
El General, que no supo muy bien cómo reaccionar, se limitó a romper en carcajadas de una forma tan estridente y contagiosa, que los dos terminaron tirados en el sofá agarrándose el vientre de tanto reír. Esto creo entre ellos un vínculo que ya jamás se quebraría.
Más tarde, relajados los dos, continuaron la conversación sobre los detalles de la misión, ante una botella, esta vez sí, de licor de hierbas, que el General compró a la dueña de una taberna sita en la misma calle de la pensión.
—El plan es muy simple, Jesús, pero arriesgado. Muy arriesgado. Especialmente en esta primera parte de la misión. En connivencia con el Caudillo, hemos decidido que empezar por esta mina era lo más sensato y, si todo sale según lo planeado, el trabajo en las dos restantes será coser y cantar.
—¿Por qué esta mina, general?
—Fácil. Casaio es la mina de la que más Wolframio se extrae y, exceptuando los suministros, es gestionada por los alemanes en su totalidad. Si logramos superar este escollo, la de San Finx en Coruña y Fontao, en Pontevedra, no tendrán mayor complicación.
—¿Y en qué consistirá exactamente nuestra misión, General? —preguntó papá después de beber de un trago un vaso de licor. A pesar del alcohol, estaba muy nervioso, pues al fin le iba a ser revelada la naturaleza de su presencia allí.
—Te lo diré, pero, en adelante, llamémonos Manuel y Jesús. No me llames más General. Eres un civil y compañero de misión. No me debes más respeto y obediencia que a cualquier otro español de bien decidido a hacer algo bueno por su país y por el mundo.
—Así lo haré, Manuel —asintió mi padre con su mejor sonrisa, halagado de recibir un honor tan grande de un hombre como aquel, tan importante y con tantos galones. Un colaborador directo del Caudillo y, como más tarde se enteró, también amigo personal, como lo era don Manuel Rey.
Sin más preámbulo, Lon Laga dio al fin a conocer los detalles de la misión.
—Una vez por semana, tal y como te había contado, bajarás al pueblo a hablar con tu mujer por teléfono y una vez te hayas asegurado de que nadie te sigue, caminarás hasta la pensión y me traerás los planos en vigor de la excavación en las minas.
—No entiendo, Manuel.
—Es fácil. Aunque General, soy director del Instituto Geográfico del Ejército y mi especialidad, la cartografía.
No hay secretos para mí en los mapas y la misión será la de sabotearlos, indicando zonas de excavación en donde es más improbable la localización del Wolframio.
Tan simple como eso. Un sabotaje de perfil bajo, como el de las calas de aceite en los Citroën. Un plan eficaz, sencillo, quirúrgico…
Papá había escuchado con atención el plan y le parecía simple, aunque brillante. No obstante, quedaban muchas lagunas por resolver.
—¿Cómo se supone que me voy a agenciar de los mapas?
—No será fácil. Es el motivo por el que empezaremos por la “mina de los alemanes” esta misión.
En las otras minas, los cartógrafos comparten barracón con el oficial de mantenimiento y el staff militar tiene residencia aparte.
En Casaio, sin embargo, existe una casa aparte para oficiales, soldados, cartógrafos y técnicos, pues todos son personal alemán.
La plantilla de mantenimiento y los encargados de cocina y suministros, tienen barracón propio.
—¿Se supone entonces que debo colarme en la casa de oficiales, robar los planos de la mina, traerlos a escondidas hasta aquí y llevarlos de nuevo saboteados? ¿Y eso una vez por semana?
—Por tu cara, Jesús, creo que te lo había pintado demasiado fácil y que se te acaban de caer todas las esperanzas de a una. ¿No es así?
—No tanto así, Manuel. Encontraré el modo —afirmó mi papá con entereza, mirando fijamente la botella de licor café—. Encontraré el modo…