La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 4 #4
11%

CAPÍTULO 4 #4

​ Al día siguiente, tal y como estaba pautado, puntualmente un flamante automóvil Hispano Suiza, de un lujo como nunca se había visto en toda la aldea y que desató una avalancha de vecinos curiosos, esperaba a papá delante del portón de entrada al corral.

Dentro, viajaban dos personas; el chófer, elegantemente ataviado con su uniforme reglamentario y su gorro y, en el asiento trasero, un hombre enjuto, cuyo cuerpo apenas se dejaba ver a través de la ventanilla.

Llevaba gafas de cristal redondo que acentuaban todavía más sus afilados rasgos faciales y vestía un jersey de cuello alto con el que se veía visiblemente molesto, pues constantemente se rascaba el cuello fruto del prurito que le provocaba el roce de la piel con la lana de la prenda.

Tenía cara de pocos amigos, aunque no parecía natural en él.

Semejaba que lo habían obligado a estar allí contra su voluntad…

​ Papá desapareció literalmente de nuestras vidas durante un año, que ciertamente para él transcurrió como un relámpago, aunque para mí, con sólo trece años, me pareció una eternidad.

La despedida fue muy desigual en cuanto a los sentimientos despertados en cada uno de nosotros.

Para mamá, una mezcla entre incertidumbre y tristeza.

Sabía que perdería a su hombre durante unos meses, a pesar de los esfuerzos de éste por convencerla de que vendría de visita siempre que le fuera posible.

Por otra parte, aquel era un punto de inflexión para la familia.

Por aquellos tiempos la movilidad geográfica estaba a la orden del día, pero más orientada a la emigración de los hijos en busca de un futuro mejor.

Abandonar el hogar que durante generaciones había habitado toda una estirpe, ya era harina de otro costal y mamá temía que, si papá triunfaba en su trabajo, tendría que acompañarlo junto con los cinco hijos que la pareja ya tenía por la fecha.

​ Mis hermanos varones, sin embargo, lo enfocaban con todo el fervor que les era posible.

Pasaban de repente a ser los hombres de la casa y estaban entusiasmados por demostrar su valía.

Pronto comenzarían a trabajar como aprendices de oficio en el pueblo y ver a su padre triunfar de un modo tan fehaciente en el suyo era un acicate sin parangón que los llenaba de orgullo y empujaba a superarse.

Estaban locos de alegría con el vehículo y, mientras esperaban a que papá saliera para despedirse, obligaron a gritos al conductor a bajar del coche y que les enseñara y explicara todas las partes del mismo.

El hombre accedió con una amable sonrisa, mientras su acompañante de gafas permanecía en el asiento trasero con cara de pocos amigos.

​ Para nosotras tres, la cosa pintaba muy diferente.

Papá era nuestro mundo. Todo lo bonito, alegre y divertido que podría existir, él lo representaba.

El mejor momento del día era cada noche, cuando nos juntábamos en la sobremesa tras la cena a cantar y bailar y reírnos de las anécdotas del día; de las buenas y las malas.

Él nos había enseñado a ser felices y ahora se marchaba durante un largo año, que, para nuestra corta vida, representaría una eternidad.

​ Hoy día, una vez más comprendo que aquella aventura de papá en el año cuarenta y tres fue una de las razones que me empujaron a convertirme en la mujer aventurera y atrevida que he sido.

Por aquel entonces, no conocía los verdaderos motivos de su ausencia, pero su valía, su valentía al enfrentarse a un reto profesional y personal tan importantes, dejaron en mí una impronta y me convirtieron en quién soy.

Como siempre, papá, mi mayor ejemplo y el ser que más he admirado y querido…

​ Las tres hijas nos despedimos de él con lágrimas en los ojos, creyendo así que esta era la mejor forma de demostrarle cuánto nos importaba, cuando en realidad, todo lo que hacíamos era romper el corazón de un hombre que, en realidad, desaparecía hacia lo desconocido, hacia un incierto peligro en un lugar diferente del que no sabría si podría regresar.

​ Mis hermanos, con la frase de “los hombres no lloran” grabada a fuego en el subconsciente, supieron contenerse, aunque si de contención hablamos, la de mamá fue la más ejemplar, pues no derramó una sola lágrima y se limitó a sonreír mientras agitaba la mano despidiéndose.

Si ella supiera a dónde iba y cuál era realmente el propósito del viaje de su marido, ciertamente su reacción habría sido otra…

​ —Soy el general de brigada Manuel Lon Laga —se presentó el hombre de las gafas. Mantenía su rictus severo lo que provocó que papá se sintiera incómodo—. ¿Preparado para el viaje a Barcelona?

​ —¿Barcelona, señor? —indagó mi padre extrañado.

​ —No se preocupe, hombre. Sólo bromeaba.

​ Aquella fue la mejor manera de romper el hielo para él.

Incluso más agradable que la más amplia de las sonrisas, o así lo creyó papá.

El General, director del servicio geográfico del ejército, por aquel entonces organismo cartográfico oficial con carácter preminentemente militar, era uno de aquellos hombres que jamás sonreía.

De los que nunca modificaban la expresión, pero con los que podías pasarte horas riendo a lo largo de una conversación distendida.

​ Pronto congeniaron y, a pesar de sus orígenes y trabajos tan dispares, con el tiempo llegarían a convertirse en grandes amigos, pues, lo quisieran o no, a lo largo de los meses siguientes estarían obligados a convivir y compartir peligros que pocos años antes ni se les habría pasado por la cabeza que pudieran llegar a existir.

​ A lo largo del viaje hasta Ourense, el general fue relatando los detalles más concretos sobre la operativa de la misión.

​ —Lo primero de todo, Jesús, hablemos de dinero —el General se inclinó hacia un lado y tomó una bandolera militar de cuero marrón curtido con la nueva bandera franquista cosida a mano en el centro de la solapa que la cerraba.

La abrió con delicadeza y sacó un sobre de su interior—.

Aquí tiene. Esto cubrirá con holgura sus gastos durante los próximos meses.

​ Mi padre no quiso abrir el sobre delante de Lon Laga por educación, pero, según relató años más tarde, pesaba como un saco de harina y estaba tan inflado por el papel moneda arrugado que prácticamente no le cabía en sus enormes manos.

​ —Con respecto a su familia, despreocúpese —continuó el General—.

En tanto dure la misión, puntualmente el primer lunes de cada mes, recibirán en la oficina de correos un giro postal con una cantidad razonable de dinero.

Para dar más veracidad a la misión, la nómina se ajustará al sueldo de un ingeniero de alto nivel asignado a la planta de producción de Hispano Suiza.

No es para hacerse ricos, pero sí es notablemente superior a su actual salario como mecánico de motores.

Por último, a finalización exitosa de la misión, usted y su familia recibirán un maletín con un millón de pesetas.

​ El corazón de mi padre pareció querer saltar de su pecho cuando escuchó la cifra. Para la época, era una fortuna que convertiría en ricos a los suyos.

​ —Vamos, Jesús, no ponga usted esa cara. Sé que es mucho dinero, pero poco me parece si todo sale según lo planeado. Esto podría significar el final de la gran guerra.

​ Papá quiso cambiar rápidamente de tema. Hablar de dinero tan prematuramente y sin saber el riesgo real al que se iban a exponer, le había hecho sentir incómodo.

​ —Tiene usted razón, General, pero, cuál sería exactamente la operativa.

​ —Bueno, hoy mismo, a nuestra llegada a Orense, el chófer nos dejará en una pensión en O Barco de Valdeorras. Es el pueblo más cercano a las minas. Esa pensión será nuestro punto de contacto.

​ —Y… ¿cómo bajaré hasta ahí desde las minas? ¿Hay servicio de autobús?

​ —¿Autobús? ¡JAJAJAJA! —el General se carcajeó a gusto.

Desconocía la imagen que mi padre se había hecho de la zona y se la acababa de aclarar con un simple comentario—.

No, Jesús, siento decirle que no hay ningún autobús.

Las carreteras hasta la mina son más aptas para mulas, burros y caballos que para ningún vehículo.

Hasta allí sólo suben algunos cuadrúpedos y los camiones con tracción total donados por el ejército alemán para transportar el mineral hasta la estación del ferrocarril.

​ —¿Entonces? —indagó mi padre, visiblemente incómodo.

​ —Entonces, con la excusa de bajar al pueblo a telefonear a su mujer, tomará usted asiento una vez por semana en uno de los camiones con suministros para los obreros que hacen la ruta desde O Barco hasta Casaio.

Primero, se acercará a un bar en donde tengan teléfono público y llamará a su familia.

Después, se asegurará de que nadie le sigue y se reunirá conmigo en la pensión que será mi hogar los próximos meses.

Me haré pasar por oficial de intendencia para no llamar la atención y así tendré cierto control sobre las rutas de los camiones que suben a llevar las provisiones hasta la mina.

Es lo poco que no controlan los alemanes.

​ Mientras conversaban, el Hispano Suiza los dejó a la entrada del pueblo, en un discreto descampado entre dos prados que parecían destinados al pasto.

Desde allí, tendrían que hacer el trayecto andando hasta la pensión para así no levantar sospechas.

Por el camino, el General relató a mi padre que la idea de la misión había sido del mismísimo caudillo…