La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 4 #3
10%

CAPÍTULO 4 #3

—Es precisamente tu anonimato el mayor valor de tu presencia en esta misión.

Jamás nadie sospecharía de ti. Yo mismo te he elegido poniendo mi mano en el fuego ante Franco y espero que no me decepciones.

Madrid se ha llenado de espías y todos se conocen entre sí.

Los alemanes, los aliados y los españoles…

Luego está el contrabando, el estraperlo, el trueque.

Cada persona que se acercó o esté ahora mismo tratando con Wolframio está fichado por una u otra agencia, pero tú, Jesús…

a ti no te conoce nadie. ¿Entiendes? Eres un hombre valiente, trabajador, fuerte, decidido e inteligente y, sobre todo cumplidor.

Desde el primer instante pensé en ti para esta misión.

¿Quién sino? Tu deuda de vida conmigo debe ser saldada y, aunque en secreto, si todo sale según lo previsto, te convertirás en un héroe.

Papá no podía estar más ansioso. Cada vez la conversación se complicaba más y más y no obtenía respuesta a las dudas que lo corroían.

Además, mamá estaba a punto de llegar de los campos y los iba a pillar in fraganti.

¿Qué le iba a contar si se suponía que la misión era secreta y que sólo ellos debían saberlo?

Era una mujer inteligente. Sospecharía al instante que algo peligroso se tramaba Don Manuel y se lo terminaría sonsacando a su marido.

El dentista debió presentir la ansiedad de papá y tajante, terminó con la charla.

—Me hago cargo de que tu mujer está a punto de llegar, así que no te voy a robar más tiempo. Espero que entiendas, Jesús, que esto que te pido, viniendo de donde viene, es algo más que un simple favor. No quiero que te lo tomes como una orden, aunque sí una obligación para con la patria.

Don Manuel extendió un sobre cerrado con un sello lacrado con el emblema de su familia en cera de color azul.

—Guarda este sobre a buen recaudo y lee su contenido con calma y cautela. En él está escrita tu coartada y las instrucciones de lo que deberás hacer en los próximos meses.

—¿Meses?

—Sí, Jesús, meses.

Don Manuel se incorporó y extendió la mano firme y decidida a papá. Estaba ligeramente mareado por el efecto del alcohol de las cinco copas que se había despachado durante la conversación, lo que no le impidió servirse una sexta tras el apretón.

—Hasta aquí llega mi parte de la misión. La fase de reclutamiento. A partir de aquí, estáis solo tú y ese sobre… Mucha suerte, Jesús.

Y así fue como papá, convaleciente de una fuerte gripe de verano, pasó una noche más sin pegar ojo, aguardando el momento en que mamá se rindiera al sueño, vencida por el cansancio de un día en los campos, para así poder escabullirse de la cama y leer el contenido del sobre.

​ Por suerte, era una noche cálida y se podía pasear por la finca a la luz de un candil de aceite, vestido sólo con una camiseta de asas, un pantalón de trabajo y unos zuecos.

Papá se acercó a las escaleras talladas en piedra que ascendían hasta la puerta del hórreo —las mismas de las que me había caído cuando todavía era una niña de tres años— y tomó asiento en uno de los fríos peldaños.

Sintió un escalofrío al escuchar un aullido lejano que había logrado sobreponerse al estruendoso e incesante canto de los grillos.

Miró a su alrededor ayudándose de la luz artificial para tranquilizarse.

Era una noche sin luna, oscura pero tranquila y no había nada de qué preocuparse.

La familia y los vecinos dormían, extenuados después de un duro día de trabajo.

Él era el único ser humano despierto en aquel momento en kilómetros a la redonda.

​ Impaciente, sacó el sobre del pecho. Para no doblarlo, lo había encajado entre la camiseta y la piel y, aunque estaba un poco húmedo por el sudor, al menos no se había arrugado. Después, rompió el lacre y sacó el contenido…

​ Había imaginado una larga carta de varios folios con una extensa y detallada explicación acerca de los pormenores de su misión y, por encima de todo, una aclaración sobre cuál sería su coartada para ausentarse del hogar durante un periodo de tiempo que Don Manuel había calificado como de “meses”.

No obstante, lo que allí había apenas eran tres párrafos con un pretexto aun por desarrollar para justificar su ausencia y dos nombres; el del general de brigada Manuel Lon Laga, director del servicio geográfico del ejército y el de su primer destino, las minas de Casaio en Ourense.

​ Nervioso, mi padre inspeccionó el sobre por si se le había colado algún papel sin revisar, mas allí no quedaba nada.

​ —Arre carallo, voy a tener que ser muy creativo con Conchiña para colarle esta trola…

​ Permaneció allí sentado unos minutos en completo silencio, barruntando en cuál sería la mejor forma y momento para explicar a su familia el motivo de una ausencia tan prolongada.

Lo que él desconocía es que don Manuel no sólo se había ocupado del reclutamiento, sino también de los preparativos para la misión.

​ Básicamente, el contenido del sobre en relación a la coartada venía a decir que el prestigio de papá como mecánico de motores había llegado a hacerse oír en la fábrica de Hispano Suiza en La Sagrera, Barcelona.

Allí estaban desarrollando un nuevo modelo de motor de gasóleo de alto rendimiento, bajo consumo y extremada fiabilidad, destino a servicio de campo en el frente del ejército y que debía personarse allí de inmediato como colaborador del ingeniero jefe.

A cambio, percibiría una insultante cantidad de dinero, veinte veces mayor que el sueldo que recibía en su actual trabajo como mecánico en el pueblo.

La realidad era que su destino estaría mucho más cerca, en la vecina Orense.

​ Después de incorporarse y desperezarse, llenó los pulmones con el aire de la noche.

Comenzaba a enfriar y los aromas de las plantas del campo llegaron a él más puros que nunca.

Pensó en cuánto tiempo pasaría hasta que pudiera volver a saborear aquella sensación y de repente comprendió que, dada la relevancia del encargo, tal vez la misión fuera peligrosa.

Y así, por primera vez, pensó en que podría ser aquella la última vez que experimentase tan agradable instante.

Un estremecimiento lo sacudió a través de la medula espinal y su semblante cambió a ceñudo y preocupado.

Eran más de las dos de la madrugada y estaban a martes.

Según las instrucciones del sobre, el jueves a primera hora un coche lo recogería en la puerta de casa para llevarlo a su destino. Como no, sería un Hispano Suiza…

​ —Pero, Jesús, ¿cómo puedes soltarme esto así?

¿Qué vamos a hacer sin ti durante meses?

—mamá se quejaba amargamente tras haber conocido la noticia.

Papá había aprovechado que los chicos habían terminado sus tareas en la casa y jugaban en la finca, justo en el momento en que ella partía hacia los campos para dirigir a los jornaleros.

​ —Amor, los chicos se están haciendo mayores.

Raquel es ya toda una moza e Isabel y Lucinda le van a la zaga.

Los dos rillotes, Javier y Alberto, son como dos toros, fuertes y trabajadores como su padre.

Hace mucho ya que son más una ayuda que una carga.

Ellos cubrirán perfectamente las tareas del campo.

Además, con el dinero que voy a cobrar estos meses, podremos comprar más fincas y dejarles un mayor legado.

​ —Sabes que a mí eso no me importa, Jesús. Ya tenemos más que de sobra para los tiempos que corren y no necesitamos más de lo que ya poseemos.

​ —Tal vez para ti sea así, Conchiña, pero para mí no lo es.

​ —¿Y eso?

​ —Pues porque todo lo que tenemos forma parte de la herencia de tu familia, de tu dote. La mía era pobre y yo no he aportado nada.

​ —¿Pero qué clase de tontería es esa? Todos estos años te has deslomado a trabajar como el que más.

Te levantas a las cuatro de la mañana, das de comer a las bestias, te calzas esos incómodos zuecos y caminas una hora hasta el pueblo, llueva, nieve o haga un calor como el del infierno para trabajar durante horas quemándote las manos con motores.

Después, regresas a casa y todavía tienes tiempo para recolectar hierba para las camas de los animales y darles de comer.

Y así, siete días a la semana y trescientos sesenta y cinco días al año.

​ Los ojos de papá se humedecieron y luchó con todas sus fuerzas para contener la emoción. Lo último que deseaba era preocupar a su mujer.

​ —Lo siento, Conchiña, pero sabes que así debe ser.

Es lo mejor para todos. Comprende que necesite ganar ese dinero por mí mismo y así dejar un legado a los chicos.

Además, es una oportunidad para progresar.

¿Imaginas que me contraten indefinidamente y nos mudemos todos a Barcelona?

Podríamos vivir en una gran casa, como los ricos y los modernos.

​ Mamá leyó en sus ojos la determinación del que había tomado una decisión. Además, comprendió que tenía razón y que no podía privar al hombre de su vida de la oportunidad de hacer algo especial. Por otra parte, el dinero extra nunca vendría mal, así que todas las cartas estaban ya sobre la mesa.

​ —Y, ¿Cuándo te marcharías? —preguntó mamá suspirando resignada.

​ —Esa es la mala noticia, Conchiña. Mañana mismo a primera hora me recoge un coche en la puerta de casa.

​ —¿MAÑANA? —a mamá no le hizo ninguna gracia el disponer de tan poco tiempo para despedirse—. Pero… tengo que prepararte la ropa y algo de comer para el viaje a Barcelona.

​ —No te preocupes por eso. Ellos se ocuparán de todo. Si hasta me van a poner un piso allí para mí solo. Un ujier de la fábrica se ha desplazado desde allí para recogerme y acompañarme en el camino.

​ El ímpetu que la sorpresa había provocado en mi madre se derrumbó para dar paso a una profunda tristeza.

​ —Caramba, Jesús. Sabía que eras buen mecánico, pero ¿hasta ese punto?

​ —Ya ves, Conchiña. Estás casada con todo un ingeniero —bromeó papá.