La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 4 #2
10%

CAPÍTULO 4 #2

Para esta parte del relato, las piernas de mi padre habían empezado a flojear por los nervios. Se empujó la segunda copa de Sansón de un trago y, determinado a esclarecer de qué iba todo aquello, se decidió a preguntar.

—Pero, Don Manuel, ¿por qué me cuenta usted todo esto?

—Paciencia, mi querido Jesús. Aún queda mucho que decir, aunque antes de que continúe, has de saber que nadie más deberá saber jamás lo que vamos a hablar delante de esta botella. Es un secreto que, lamento decirte, tendrás que llevarte a la tumba.

Papá se sintió incómodo. Se erizaron sus pelos de la espalda, como si presintiera un peligro aún mayor que el del mismo día en que la Guardia Civil lo había ido a buscar a casa y se preguntó si no habría firmado sin saberlo un pacto con el mismísimo diablo…

Por primera vez en su vida pensó en que existían cosas mucho peores que la muerte y que sin quererlo ni haberlo buscado, tal vez estaba a punto de experimentar en sus carnes una de ellas.

No obstante, don Manuel presintió la desazón, el pánico en los ojos de mi padre y trató de calmarlo como buenamente pudo.

—Tranquilo, Jesús. No puedo decirte que lo que te voy a pedir no sea arriesgado ni perturbador. Pero sí puedo asegurarte que es algo bueno. Algo que salvará muchas vidas y que probablemente precipitará el fin de la segunda gran guerra con la caída de Hilter a manos aliadas.

Papá miró fijamente a los ojos del dentista. Su determinación, su grave y cálida voz tenía un efecto tranquilizante. Decidió guardar silencio y no volver a hablar hasta el fin del relato, salvo que su interlocutor así lo demandara.

—Continúe, don Manuel —apuntó mi padre, sabedor de que lo que le estaba robando la paz era la incertidumbre. Un mal que desaparecería tan pronto el dentista enseñara sus cartas.

Y así lo hizo. Manuel rey continuó hablando y hablando, contando a papá la razón de su inesperada visita.

Retomó la conversación dejando caer una noticia de tal peso y relevancia que mi padre a punto estuvo de caer de la silla.

—Sabes, Jesús. Tu incidente pasado con la Guardia Civil, me siento culpable por habértelo vendido como un favor, cuando para mí fue tan fácil arreglar tu problema… Sólo tuve que descolgar el teléfono y hacer una llamada. Nada más que eso… Y ahora, a cambio, yo te voy a pedir que arriesgues tu vida.

—Don Manuel. Igual para usted sólo fue una llamada, pero para mi familia representó la lucha de toda una vida… el futuro de mis hijos. Sea cual fuere su esfuerzo, para nosotros sólo cuenta el resultado.

—Puede que si te contara a quién llamé para salvar tu vida no estarías tan de acuerdo. ¿Quieres saberlo?

—Si usted tiene a bien decirlo, yo tendré a bien escucharlo.

Don Manuel se llenó el vaso y vació el contenido en su boca, haciendo que el denso vino dulce se deslizara por su garganta, emitiendo un ligero gorgoteo. Después, sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y secó sus labios con él.

—Al Generalísimo, Jesús.

Como aquel que no da crédito a lo que escucha y pide una confirmación, mi padre, vacilante, fingió no haber escuchado bien.

—Perdone, Don Manuel. ¿A qué general se refiere?

—Al mayor de todos. Al caudillo.

Papá, a punto estuvo papá de vomitar las tres copas de Sansón que se había “empujado” como si de un aspersor de riego se tratase.

Incluso don Manuel, asustado, se levantó de la silla para golpear la fuerte espalda de mi padre creyendo que se iba a ahogar por el abrupto y violento golpe de tos que le sobrevino.

—Vaya, parece que la noticia te ha impactado —continuó hablando don Manuel, una vez papá recuperó el resuello y el color rojo en la piel de su cara se fue imponiendo al blanco y mortecino que el susto le había provocado.

—Pero, señor. ¿Cómo me habla usted así del Generalísimo? ¿No ve que si alguien nos escuchara podría caernos la pena capital por difamación? —. En aquel momento, papá todavía creía que las palabras que escuchaba de Don Manuel no eran más que un cuento para tomarle el pelo.

—Pierde cuidado, Jesús. Llegué a pensar que el haber logrado salvarte la vida con una llamada habría sido suficiente prueba de mi influencia. Pero veo que tendré que convencerte… Aunque, antes de todo eso, déjame que continúe mi relato y después juzgarás por ti mismo la situación.

Papá asintió paciente, obligado por gratitud y respeto, a escuchar hasta la última palabra que aquel hombre tuviera a bien contarle, ya fuera ésta el cuento más inverosímil o la fábula más inusitada.

En cualquier caso, el saber que su destino estaba en manos de un hombre que tenía trato directo con Franco hacía que las tripas se le dieran la vuelta.

Toda aquella conversación tenía toda la pinta de tener la intención de arrastrarlo a un lugar en donde no quería estar.

Mi padre no quería tener que ver ni la más mínima relación directa o indirecta con un hombre que había arrastrado a los españoles a una sangrienta guerra entre hermanos —por no hablar de las duras consecuencia de la posguerra en un país devastado y en ruinas, mas se vio obligado a seguir escuchando.

Don Manuel continuó contando a mi padre como en aquellos días las explotaciones de Wolframio en España se concentraban en cuatro minas principalmente; las minas de Casaio en Ourense, la mina de Fontao, en Vila de Cruces, Pontevedra, la mina de San Finx en Lousame, A Coruña y, por último, la mina de Barruecopardo, en Salamanca.

Como es lógico, papá, desconcertado, trataba de hacerse una composición de lugar mientras el relato avanzaba inexorable hacia su inevitable conclusión, pero sabía que cuanto más interrumpiera a Don Manuel, más difícil le resultaría comprender los motivos de aquella diatriba, así que puso toda su inteligencia y atención y guardó silencio hasta final.

El dentista relató que conocía al Caudillo desde que eran niños.

Los unía algún tipo de lejano parentesco familiar y una amistad cimentada en las correrías de juventud.

Para Franco, Don Manuel siempre había sido un buen amigo al que llamar y pedir consejo cuando los problemas de su cargo apremiaban solución, aunque en este caso, había pedido su ayuda a un nivel mucho mayor.

Un caso de estado de relevancia internacional y que el Generalísimo sólo podría poner en manos de alguien de su más estrecho círculo de confianza.

Como la conversación parecía no tener fin y las ramificaciones por las que transcurría cada vez se hacían más y más complejas sin terminar de mostrar una aparente solución, fue que mi padre se decidió al fin a intervenir.

—Don Manuel, me tiene usted que perdonar, pero en caso de que todo lo que usted me está contando sea cierto, ¿a dónde quiere llegar y qué pinto yo en todo esto?

—¡¡POR SUPUESTO QUE ES TODO CIERTO!! —aulló el dentista—. ¡¡¿¿ACASO ME TOMAS POR UN MENTIROSO??!!

En ningún caso había sido la intención de papá más que la de dilucidar de una vez por todas que era aquello que Don Manuel requería de él a cambio de su vida.

Nunca pensó que se tomaría tan mal su pregunta y jamás volvió a caer en el error de soltar por la boca lo primero que se le viniera a la mente.

Aquel hombre era un fascista redomado, al fin y al cabo, y aunque sus precedentes de cara a nuestra familia y sus intenciones a futuros fueran de ley, conversar con él sería en adelante una ardua tarea sólo comparable a caminar sobre papel de arroz.

—No pretendía faltarle al respeto, Don Manuel. Ni mucho menos. Creo que no he utilizado las palabras más apropiadas y he provocado un malentendido.

—Cierto que lo has hecho, Jesús y espero que esto no se repita.

—Por supuesto, señor. Continúe si lo desea.

Don Manuel, que ya iba por el quinto vasito de Sansón se había envalentonado con mi padre, aunque parecía haberse calmado.

Continuó relatando como el Wolframio estaba siendo mucho más valioso que el oro en la contienda mundial y que su relevancia iba incluso más allá de los blindajes de la infantería motorizada, llegando a utilizarse en incontables instrumentos de guerra como materia prima.

—España se ha llenado de espías de uno y otro bando, Jesús.

Tanto aliados como Nazis están detrás de los yacimientos como moscas tras la miel y el Caudillo ha llegado a un punto en el que debe liberarse de esa presión sin que parezca que ha tomado parte, evitando así las posibles represalias y apuntándose un tanto de cara al ganador de la contienda.

Los aliados están preparando una ofensiva para recuperar terreno en Europa y lo último que necesitan es que los carros de combate del Eje sean impenetrables.

Están presionando al Caudillo para que corte el suministro a los Nazis.

Por otra parte, Hitler no puede prescindir del Wolframio español y ha amenazado con romper el acuerdo de Hendaya e invadir la península.

¿Te das cuenta de lo que está en juego? Es por estas razones que el Generalísimo ha tenido que recurrir a un grupo muy cerrado de personas.

—Entiendo que usted es una de ellas, Don Manuel.

—Entiendes bien, Jesús. De la existencia de esta misión sólo tendremos conocimiento tú, yo, el director del Servicio Geográfico del ejército y el propio caudillo.

—¿Servicio Geográfico del ejército? Pero ¿qué es todo esto? ¿Qué puedo hacer yo si soy un simple campesino y mecánico de motores?