La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

PAPÁ

E ntre el año cuarenta y tres y el fin de la gran guerra en el cuarenta y cinco, es cuando transcurre la historia más inverosímil que he escuchado en mi vida y que sólo pude creer porque salió de la boca de mi amado padre.

El único hombre junto con Mateo y mis hermanos del que jamás he dudado y que sé que nunca me mentiría.

Ese relato, el de una aventura tan descabellada como inconcebible, no llegó a mis oídos por casualidad.

Papá me contó la que para mí es la historia que más lo define como hombre y persona a principio del otoño del año ochenta y cuatro, y lo hizo por necesidad…

o más bien porque yo le imploré que lo hiciera, al haberme visto envuelta en una serie de acontecimientos que requerían de su conocimiento y de los que hablaré mucho más adelante, en esta recopilación de las memorias de mi vida.

Y estoy convencida que, de no haber sido así, jamás me lo habría contado.

Tal era su nivel de humildad, de lealtad, de patriotismo y sentido del honor…

Ya en el ocaso de su vida, con el cuerpo encorvado, atacado de reumatismo, hipoacusia y otros tantos achaques provocados por su avanzada edad —y una vida llena de sacrificio físico y privaciones— fue cuando al fin escuché la historia que confirmó que era la hija del hombre más valiente que se pueda conocer.

Y me la creí, vaya si me la creí, sobre todo porque conocía a papá y de lo que era capaz.

Un hombre fuerte, recio, curtido su físico por los años, pero al mismo tiempo extremadamente inteligente y autodidacto, pues, aunque no había tenido más escuela que la del sudor de su frente, fue un hombre ávido de lectura que devoraba cualquier libro que se pasara por sus fuertes manos.

Ya fuera un compendio de aritmética del colegio de sus hijos, un nuevo manual de modernos motores o cualquiera de los cuatro tomos de la edición revisada de la enciclopedia Dalmau Carles-Plá —que usaba para sus clases mi cuñado el maestro, esposo de mi hermana mayor—.

No había noche en que papá, antes de acostarse y a pesar del cansancio, no dedicara al menos una hora a leer.

Otra de sus aficiones era la música clásica y las zarzuelas, muchas de las cuales conocía a pies juntillas.

Con su potente voz nos deleitaba en las cenas en familia, animándonos a bailar y cantar, mientras mamá disfrutaba de la función con una franca sonrisa de felicidad viendo divertirse a su familia alrededor del calor de la vieja cocina de fundición.

Es por ello, que, a pesar de lo absurdo o improbable del relato de mi padre jamás tuve la más mínima duda de su veracidad…

Todo comenzó en el año cuarenta y tres, cuando el mismo dentista que había salvado la vida a papá, intercediendo por él ante los mandos de la guardia civil local, quiso cobrarse el favor, sólo tres años más tarde.

Aquel hombre no pertenecía al bando nacional por simple ubicación geográfica, como ocurría con la mayoría de los desgraciados que habían dejado la vida en las trincheras de la guerra.

Lo era por convicción y tradición familiar lo que no significa que fuera un fanático.

Simplemente era un hombre bueno y trabajador con una idea de cómo eran y debían hacerse las cosas.

Hombres y mujeres como él los había en todos los bandos; comunistas, socialistas, anarquistas, fascistas…

Como en todas las facetas de la vida, había personas buenas y personas malas.

Tan simple como eso, sólo que en su caso la suerte había querido que fuera el suyo el bando ganador.

Bien es cierto que, si los republicanos hubieran ganado la guerra, esta aventura no habría existido y probablemente la aparente neutralidad española a lo largo de la segunda gran guerra mundial habría desaparecido.

Lo más probable es que la España de izquierdas, aliada de los comunistas rusos, hubiera tomado parte del bando aliado merced a las presiones de Stalin.

Fruto de ello, habría quedado todavía más devastada de lo que ocurrió en realidad, y los nazis nos habrían invadido con facilidad.

No obstante, tal vez podríamos haber sido incluidos en el plan Marshall a un más alto nivel y el país se habría recuperado mucho antes de las terribles consecuencias de las dos posguerras.

En cualquier caso, todo esto no son más que conjeturas, pensamientos que me asaltan de lo que pudo haber sido y no fue…

Como decía, Manuel Rey, que así se llamaba el dentista, era un hombre bueno.

No sólo había salvado la vida de papá, sino de muchos más hombres que iban a resultar víctimas de represalias tras la guerra, unos por haber pertenecido al bando perdedor, otros, como fue el caso en mi familia, por simples envidias de sabrá Dios qué desalmado.

El hecho es que un día apareció por casa sin previo aviso.

Fue durante una tarde de verano, con el sol todavía alto en el horizonte calentando las fértiles tierras de nuestra aldea.

Mamá estaba en los campos con los jornaleros y los niños, exceptuando a mi hermana mayor, Raquel, jugábamos con nuestros amigos, disfrutando de las vacaciones estivales.

Manuel se había pasado por el taller en el pueblo para hablar con papá, pero él, convaleciente de una gripe de verano, pasaba su primera tarde en días sin fiebre alta, así que decidió ir a visitarlo a casa con una botella de vino Sansón en la mano.

—Buenas tardes, don Jesús —canturreó alegremente cuando vio a papá abriéndole el portón que daba acceso a la casa desde el corral—. Parece que nos hemos tomado el día libre…

—Buenas tardes, don Manuel —la verdad es que estoy con una gripe de mil demonios.

Papá balbuceaba. Una visita como aquella no se tenía todos los días. En parte, por inesperada, en parte, por sospechosa.

—Claro que sí, hombre. No estoy aquí para juzgar a nadie, sólo para pedir ayuda a un viejo amigo.

Mi padre se sorprendió, intrigado por dos motivos.

El primero, qué podría necesitar de él, un hombre con la categoría, influencia y contactos de don Manuel.

El segundo, que le hubiera llamado “viejo amigo”, cuando entre ellos no mediaba más relación que un cordial saludo cuando se cruzaban en el pueblo.

El cualquier caso, si aquel hombre quería considerarlo su amigo, por papá estaría bien.

Le debía la vida, al fin y al cabo, y no puede haber una deuda mayor entre dos hombres, especialmente cuando el beneficiario del favor es padre de familia numerosa.

Papá acompañó a don Manuel hasta el comedor contiguo a la cocina. Después, le invitó a sentarse y tomó dos vasos para servirse sendos tragos de Sansón.

—Beba usted, don Jesús. Todavía tiene la voz nasal y le vendrá bien el vino para entonarse un poco y abrir las vías respiratorias.

Este vino dulce es el santo remedio de estos tiempos.

La quina es digestiva y las plantas aromáticas que componen su fórmula, descongestivas. Además, la miel suaviza la garganta.

Mi padre obedeció y se vació medio vaso de una tacada, saboreando en la garganta el dulzor del néctar alcohólico.

—Entonces, ¿qué puedo hacer por usted, don Manuel?

—Poca cosa, Jesús. Sólo ayudar a su país a salir de un grave apuro en el que ciertas circunstancias adversas lo han metido.

Papá carraspeó. La mucosa de su garganta se había espesado por el trago y sintió ganas de escupir, aunque no habría sido apropiado en absoluto levantarse ni aún para acercarse al baño.

No entendía qué se traía entre manos su interlocutor.

Algo tan relevante como lo que acababa de compartir con él no podía tomarse a la ligera y, por el tono serio de don Manuel, no parecía estar bromeando.

—Pero, don Manuel. ¿Qué puede hacer un humilde mecánico por esta España deshecha por la guerra? ¿Acaso me necesitan para arreglar motores en algún sitio?

Don Manuel se sonrió levemente y miró a los ojos a papá.

—Nada más lejos de la realidad, Jesús… Tómate otro trago y deja que me explique…

A continuación, don Manuel relató a mi padre una serie de hechos relacionados con un asunto del que apenas había oído hablar más que comentarios entre vecinos y que tenía que ver con la explotación en las minas gallegas de un elemento, el Wolframio, un mineral extremadamente resistente que el régimen de Franco estaba suministrando a los nazis y que servía para reforzar los blindajes de los vehículos que combatían contra el bando aliado.

El famoso encuentro de Hendaya entre Hitler y Franco había sentado las bases para que España evitase la participación en la segunda guerra mundial.

El país había quedado devastado por la guerra civil y el Caudillo lo sabía.

Ni recursos, ni alimentos y mucho menos tropas pues, con más de un millón de muertos entre ambos bandos la escasez de hombres en edad de combatir era crítica.

A pesar de todo, el Führer era un hombre tozudo y no quería desperdiciar los recursos que un país como España podría proporcionar.

Frustrado y sabedor de que Franco jamás daría el brazo a torcer y que con su cordialidad y habilidad de buen gallego esquivando envites, había logrado doblegar su paciencia, al menos quiso llevarse algo bajo el brazo.

El suministro en exclusiva de Wolframio, también llamado Tungsteno, fue la mayor de todas las concesiones del régimen hacia al Tercer Reich.

Para muchos podría parecer una victoria exigua de Hitler, pero ahondando un poco más en la historia y lo que ocurrió sólo cuatro años antes, en 1939, con la guerra relámpago ( Blitzkrieg ) y la invasión de Polonia quedaba bastante clara la importancia del valioso mineral.

Y es que gracias al Wolframio que acorazaba entre otras a las brigadas con los poderosos tanques Panzer, los alemanes pudieron reventar a bombazos las defensas polacas y hacerse con el control de Polonia, ocupando el país vecino en apenas treinta y seis días de furiosa y desencadenada carga.