La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

​ Sin ir más lejos, recuerdo una ocasión en la que, durante la clase de Aritmética —la más aburrida para mí pues había heredado de papá la mente matemática y las lecciones que para otros llevaba semanas aprender me las devoraba en minutos— me puse a jugar a las cartas con mi hermana Lucinda.

Ella era muy dócil y buena y jamás se le habría ocurrido perpetrar una barbaridad así en mitad de la clase y menos con una profesora como Clotilde, pero con mis malas artes logré convencerla y así es como nos pasamos casi dos horas seguidas jugando a “ la escoba ”.

Por desgracia, en un descuido y por mi torpeza, uno de los naipes cayó al suelo y Clotilde, con su entrenada vista de halcón curtida en años de dar clase a todo tipo de pícaros, detectó el movimiento e interrumpió la aburrida lección para agacharse a recoger la carta.

​ —¡¿DE QUIÉN ES ESTO?! —gritó enfurecida, mirándome fijamente, como si ya supiera de antemano la respuesta.

​ Recuerdo que, desafiante y despreocupada, como si estuviera enfrentándome con un igual y para evitar que mi hermana resultara castigada, me levanté de la silla y reconocí la culpa.

​ —Es mía, maestra Clotilde. Estaba jugando un solitario.

​ No sé por qué razón no vi llegar la regla.

Debería haber adivinado que la profesora la portaba oculta tras su enorme trasero y, para cuando escuché el zumbido del pesado instrumento de medición en madera, ya era demasiado tarde, pues el siguiente sonido fue el del impacto de la regla contra mi mejilla derecha.

Al instante sentí un ardor en la cara como si la hubiera acercado a unas brasas y después un hilo de sangre se derramó sobre la tarima del suelo.

Supongo que aquel día se juntaron varios factores para que la maestra cometiera tal desproporcionada tropelía, yendo mucho más allá de los ya elevados estándares de la época en cuanto a maltrato escolar.

Seguro que estaba de mal humor, eso era indudable.

Además, mi tío Delfín la habría rechazado por enésima vez y el tono de mi insolencia al contestar entiendo que tampoco habría ayudado mucho a mitigar su ira…

​ En cualquier caso, me dejó una buena brecha en la mejilla, derivada a una fea cicatriz que sólo años más tarde llegaría a desaparecer.

Recuerdo que aquel día, cuando llegué a casa mareada por la pérdida de sangre, aturdida y azorada, mi madre se puso de parte de la maestra, al haber escuchado el relato de los hechos por boca de Lucinda.

No obstante, con mi padre no ocurrió lo mismo.

No estaba de acuerdo con los castigos físicos en la escuela y todavía menos si lo sufría su alegre, cantarina y bailarina Isabel, su niña favorita.

Cuando se enteró de lo ocurrido al regreso del trabajo, no quiso discutir con mamá.

Simplemente escuchó atentamente el relato en silencio y no dijo nada más.

Al día siguiente, lo vi llegar a la escuela durante el recreo…

​ Había pedido permiso en el trabajo para escaparse un par de horas y caminó en un lluvioso día los cinco kilómetros de ida y otros cinco de vuelta en mitad de su jornada para proteger a su pequeña.

Tan sólo en otra ocasión, muchos años más tarde, otro hombre tuvo a bien hacer algo así por mí.

Pero eso es una parte del relato de mi vida que ya llegará…

​ Aquel día no me apetecía jugar. Todavía me ardía la mejilla y no quería acercarme a la maestra Clotilde a menos de diez metros.

Mamá me había cosido la brecha en seco, sin anestesia, por supuesto, y luego me había regado la herida con alcohol, que escocía como los demonios.

Después me había puesto un sencillo vendaje para proteger la herida de la intemperie y me había “dado el alta” sin demasiado afecto, como si ya estuviera harta de que su pequeña se metiera en problemas y el incidente con su vieja amiga de la infancia, Clotilde, no hubiera sido más que un escarmiento.

​ Nunca llegué a saber qué fue lo que dijo mi padre a la maestra.

Lucinda me avisó con un codazo de que papá estaba allí, lo que fue una sorpresa para las dos.

Cuando mamá le había contado lo ocurrido, apenas había hecho aspaviento alguno y se había dedicado a escuchar y asentir con la cabeza, así que no podría haber sabido en ningún caso cuál era su postura ante el incidente.

Sin embargo, al verlo allí, saliendo del trabajo un día lluvioso como aquel sólo para ir a hablar con la maestra, me pude hacer una ligera idea de por dónde irían los tiros.

​ Papá llegó educado y cortés, tal y como era él.

Saludó a la profesora y después me señaló.

Clotilde lo invitó a pasar al aula para hablar en privado, no sin antes dejar como encargada de vigilar el recreo a la mayor de sus alumnas, una chica muy responsable de una aldea vecina y que estaba ya en su último año de la enseñanza obligatoria.

​ La reunión no duró más de diez minutos, pero para cuando salieron del aula, la maestra estaba pálida como un cadáver y papá rojo como un pimiento.

Recuerdo que ni tan siquiera se despidió de ella y, rompiendo el protocolo de las visitas escolares, se acercó a nosotras y se agachó para susurrarme algo al oído.

​ —No tengas miedo. Nunca más te va a molestar.

​ Después, nos dio un beso en la frente a cada una y se marchó por dónde había venido.

Su paso no era vacilante, como el del hombre que había llegado a la escuela hacía pocos minutos.

Ahora se deslizaba alegremente por entre los helechos del camino.

Había escampado y, aunque el suelo estaba encharcado y a cada paso el agua se le colaba dentro del calzado, movía feliz el paraguas en círculos como si de un imitador de Charles Chaplin se tratara.

​ Tal y como papá me había dicho, Clotilde nunca más llegó a molestarme…

Eso no quiere decir que no fuera dura conmigo cuando me portaba mal, pero los castigos físicos desaparecieron del aula como por arte de magia.

Y no sólo para mí, sino para el resto de los alumnos, que suspiraban aliviados cuando sacaban una mala nota en un examen y se libraban de un reglazo en la palma de la mano, o del ladino castigo de rodillas contra la pared exterior del aula.

​ Empoderada por la numantina defensa de mi padre, no pude evitar aprovecharme de la situación y reconozco que en alguna ocasión llegué a excederme gracias a la impunidad al castigo que la brecha en la mejilla me había conseguido.

Reconozco que me tomé venganza con todas las de la ley.

En varias ocasiones gasté a la profesora pesadas bromas, dentro y fuera del aula, aunque lo hice con la suficiente habilidad, premeditación e inteligencia como para que ella jamás llegase a saber de dónde le habían venido, a pesar de que, sin duda alguna, lo hubiera podido sospechar…

​ La peor de todas ellas fue durante un día de exámenes. No sé muy bien de dónde me venía la inspiración, mas lo cierto es que ni la más abyecta mente criminal podría haber discurrido tales tropelías.

​ Los días de examen, la maestra Clotilde traía al colegio su mejor falda, la de las fiestas y la misa de los domingos.

Era su favorita y lo cierto es que era preciosa, con su cuadro escoces en tonos cálidos, larga hasta los tobillos, como no podía ser de otro modo para la época, y con un bonito plisado que partía desde la cintura y se alargaba hasta mitad de las rodillas.

Entre nosotras se comentaba que se la había regalado un pretendiente que había hecho las américas y que se la había traído durante un verano de vacaciones.

​ Por otra parte, mi hermano Javier estaba aprendiendo el oficio de carpintero en el taller de unos vecinos y practicaba en casa cortando, trabajando, ensamblando y pegando trozos de madera seca, de la que almacenábamos en verano en la despensa para usar como leña para la cocina en el invierno.

Es por eso que en mi casa nunca faltaba cola de carpintero y así es como tomé un viejo tarro de cerámica que mamá usaba para dar de comer a las gallinas y vacié en él una buena cantidad de pegamento cola, del que mi hermano usaba para pegar la madera.

Cerré el tarro con un trapo y lo deposité con cuidado en el fondo de la mochila, lo más vertical que pude para evitar que la pegajosa sustancia se me derramase por los libros.

Supongo que a estas alturas el lector ya podrá saber por qué derroteros va a transcurrir este relato…

​ Aquel día obligué a Lucinda a levantarse más temprano de lo habitual y así llegar antes a clase. Fuimos las primeras y aparecimos al mismo tiempo que la profesora.

​ —Parece que habéis madrugado hoy —acertó a decir la maestra Clotilde sin saber lo que se le venía encima, mientras nos abría las puertas del aula.

​ Con un movimiento de cabeza como toda respuesta, entramos en clase y corrimos a sentarnos a nuestros puestos, en tanto la profesora iba recibiendo en la puerta al resto de los alumnos.

Desde donde estaba Clotilde no podía ver su mesa y ahí es cuando aproveché el momento para tomarme la más cruel de las venganzas…

Saqué del fondo de la mochila el tarro cerámico y retiré el trapo con el que lo había cubierto.

Después caminé a hurtadillas hasta la silla de la profesora y la unté con la pegajosa sustancia.

Como sabía que Clotilde revisaría las mochilas de los alumnos después de la pesada broma, abrí la ventana y arrojé con todas mis fuerzas el tarro vacío hacia un campo vecino, quedando éste oculto entre las hierbas altas.

​ Después, sólo fue cuestión de esperar, pues una vez repartidas las hojas de examen, la profesora tenía por costumbre permanecer sentada leyendo un libro durante la hora que nos daba para resolver los problemas.

​ El examen propuesto era de aritmética, pan comido para mí.

No lo había preparado, ni falta que me hacía.

Los genes matemáticos de papá corrían por mi sangre y con solo prestar atención en clase y sin apenas estudiar, me llegaba para sacar la máxima nota en los controles.

No obstante, los nervios me traicionaron.

Estaba tan pendiente de todos y cada uno de los movimientos de la maestra Clotilde que aquel día no acerté ni una sola respuesta. Aunque mereció la pena…

​ El reloj de pared encima del encerado marcó las diez en punto, momento en el que la profesora, puntual a su cita, se levantó de la silla para recoger los exámenes de aquellos que todavía no habían terminado. O al menos eso intentó…

​ Al principio pareció no darse cuenta de lo que ocurría, porque repitió el proceso de apoyar las manos en los brazos de la silla hasta en tres ocasiones.

Los demás alumnos, excepto Lucinda, que sabía de la pesada broma y que había intentado por todos los medios disuadirme, se quedaron extrañados mirando a Clotilde —¿por qué no se levanta? —acerté a escuchar un rumor tras de mí.

​ Para el cuarto intento, la profesora ya sabía que algo malo ocurría.

Su falda favorita estaba firmemente pegada a la silla y no había forma de separarse de ella sin; opción A- destrozar la falda, opción B- quedarse desnuda de cintura para abajo delante de sus alumnos y opción C- ambas respuestas son correctas…

​ Con los ojos humedecidos por la rabia y mirándome fijamente como si supiera de quién podía venir la broma, tomó una tijera del cajón de la mesa y comenzó a recortar a ciegas la parte trasera de la bonita falta plisada con cuadro escocés.

Cuando terminó, se incorporó sin darnos la espalda en ningún momento, se quitó la chaqueta de los hombros y se la ató a la cintura con firmeza para taparse el trasero, por un lado, y por otro evitar quedarse en bragas delante de todos.

​ Toda propia, se levantó a recoger los exámenes terminados y cuando pasó a mi lado, me clavó los ojos como dos cuchillos.

Estoy segura de que, de no haber sido por la charla que papá había tenido con ella, me habría saltado un par de dientes de un mamporro sin tan siquiera preguntar antes si yo tenía algo que ver con el “atentado”.

Por suerte, se conformó con tomar mi examen de la mesa y hacer una bola de papel con él.

​ —Tienes un cero en este control, Isabel —me soltó con voz sibilina—. Te he sorprendido copiando a tu hermana.

​ Aquello no era cierto y no era más que una artimaña para la galería.

Ella sabía perfectamente que, si alguien tenía que copiar en mi mesa, era Lucinda a mí y no al revés.

Sin embargo, di por bueno el castigo y cerré la boca.

Habiendo copiado o no, mi examen estaba para un cero patatero…

Por culpa de los nervios, no había contestado a una sola pregunta.

Además, la decisión de Clotilde estaba más que justificada después de lo que le había hecho a su falda favorita, así que aguanté el chaparrón en casa y pasamos a otro tema.

Obviamente, la maestra se ocupó de que mamá se enterara de la nota que había sacado y el castigo fue ejemplar.

Ni papá pudo hacer nada para rescatarme y estuve un mes segando yo sola con mis delicadas manos la paja para hacer los camastros del ganado.

Por las noches, cuando me metía en cama y veía las manos llenas de callos, en lugar de quejarme, me daba un ataque de risa al recordar la cara que había puesto Clotilde cuando se había dado cuenta de la travesura.

​ De la falda, nunca más se volvió a saber nada.

Supongo que quedaría para hacer trapos de cocina o se fabricaría con los retales una bufanda.

Al fin y al cabo, era un tejido muy bueno y no estaban los tiempos como para desaprovechar las telas.

Lo que sí es cierto es que, salvo la maestra, Lucinda o yo, jamás nadie supo nada de la broma.

Clotilde se ocupó bien de ocultarla en el momento, tapándose el trasero con la chaqueta y nadie sospechó lo que había ocurrido. Mejor para mí…

​ Eso sí, el castigo de mamá no me hizo desistir a seguir haciendo la puñeta a la maestra y, al menos en un par de ocasiones por trimestre, buscaba alguna original fechoría con la que fastidiarla sin dejar rastro, amparada por la parcial impunidad que papá me había conseguido tras su reunión con ella.

Todo un personaje, mi padre, cuya mayor aventura relataré en el siguiente capítulo.

Una historia cocinada a fuego lento durante años y lo suficientemente secreta como para que nadie más de la familia, excepto mamá, tuviera el más mínimo indicio de su existencia.

Una épica gesta ocurrida en los años más duros de la posguerra, en pleno apogeo de la segunda gran guerra mundial, en cuyo final, mi padre, un humilde labriego y mecánico de motores, tuvo un papel más que relevante.