CAPÍTULO 3
EL COLEGIO
E l hecho de que nunca faltase en la mesa de nuestro hogar un plato de comida caliente, o que tuviésemos empleados para ayudar en casa y jornaleros en el campo, no significa que no hubiese que trabajar duro.
Al contrario, si nuestra familia había llegado tan lejos como para sobrevivir a la posguerra sin pasar demasiados apuros era porque todos y cada uno de los hermanos habían heredado, a través de la férrea educación que mamá nos inculcaba, el sentido del deber y la obligación de ayudar en las tareas domésticas y del campo como si de un adulto más se tratara.
Desde que cumplí los ocho años, me uní al toque de diana de las seis de la mañana junto a mis padres y mis hermanos. Lucinda y yo nos encargábamos de ordeñar la leche suficiente para el desayuno de la familia mientras mamá ponía la mesa y preparaba la manteca, el azúcar y el pan.
Con los ojos todavía medio cerrados y unas ojeras del tamaño de bolsas de supermercado, engullíamos el fuerte almuerzo y nos preparábamos para salir.
Daba igual que fuera verano y comenzara a amanecer o la noche más oscura y lluviosa del invierno, que Lucinda y yo nos calzábamos los zuecos y nos arrastrábamos hasta el establo para abrir las puertas a nuestras cinco vacas, que, presintiendo la llegada de su primer paseo diario, mugían hambrientas reclamando por su inalienable derecho al fresco pasto.
Es curioso el ver cómo un animal tan grande, pesado y poderoso en potencia como una vaca, puede ser al mismo tiempo tan dócil cómo para dejarse guiar por dos niñas pequeñas hasta la finca en la que tocaba pastar, pero puedo asegurar que lo hacían sin rechistar.
Mamá las había adiestrado bien, y eso también ayudaba.
Una de ellas, la más veterana, se erigía en líder del grupo y se ocupaba de mantener a raya a las otras cuatro.
Sabía que, si algún día fallaba en su cometido, las cinco rumiantes serían conducidas de nuevo al establo, quedándose sin el almuerzo, así que no vacilaba en propinar un fuerte empujón en el vientre con su poderosa cerviz a aquella que osara salirse de la ruta hasta la finca propuesta.
Y así es cómo cada día, las dos inseparables hermanas, antes de ir al colegio, teníamos que acompañar a los animales y observar con paciencia al abrigo de algún frondoso árbol a que las vacas devorasen la porción de pasto que les correspondía.
Poco antes de las ocho de la mañana, mamá nos alcanzaba y daba el relevo.
Ella se quedaría un rato más con los animales, aguardando a que terminasen de comer.
Nos daba un beso en la frente a cada una y se despedía.
Nosotras, caminábamos a paso rápido de regreso a casa.
Al llegar, subíamos hasta nuestro cuarto y dejábamos colgada de la parte trasera de la puerta la ropa de faena, preparada para el día siguiente.
Luego nos aseábamos, nos vestíamos la ropa del colegio y volvíamos a salir para recorrer los cinco minutos escasos de distancia que nos separaban del centro.
La escuela se encontraba en una transversal a la carretera comarcal que conducía hasta el pueblo y justo en frente al modesto campo de fútbol en donde los muchachos de la comarca entrenaban y competían cada año por el trofeo a mejor equipo.
Era una pequeña construcción de una sola planta que constaba de dos partes.
Una era la casa del maestro y, en la casa contigua, la única aula en la que recibían la enseñanza básica los jóvenes del lugar, mezclados por diferentes edades en forma de un heterogéneo grupo de alumnos.
Nuestra profesora, por ello, debía adaptarse como podía a una enseñanza muy amplia y de varios niveles en una misma aula, pues había niños desde ocho a dieciséis años.
Lo que para otros suponía un grave problema, para mí era una ventaja, pues era muy inteligente y compartir clase con alumnos de nivel educativo más avanzado, me permitía aprender lecciones que todavía faltaban años por recibir a los de mi grupo de edad.
Lo cierto es que siempre me gustó estudiar, y no por el mero hecho de tomar los libros entre mis manos y devorar conocimientos para luego escupirlos en los exámenes.
Me gustaba estudiar porque me encantaba aprender. Simple y llanamente…
Teníamos seis asignaturas. A saber; gramática, aritmética y geometría, geografía e historia, derecho, historia mundial y, por último, historia sagrada y catecismo.
Por extraño que parezca, encontraba apasionantes a todas y cada una de ellas y de haber existido una biblioteca en el pueblo, puedo asegurar que me habría pasado las horas de ocio metida en ella devorando libros sin parar hasta convertirme en una experta en cada una de las materias.
En gramática leíamos en voz alta libros clásicos y los analizábamos.
Góngora, Lope de Vega, Cervantes, Garcilaso, etc.
En cada trimestre nos centrábamos en un área diferente.
En el primero, análisis ortográfico, en el segundo, gramática y en el tercero, análisis de estilo e interpretación de textos.
Esta era mi parte favorita, la de desentrañar la intención del escritor en cada párrafo e interpretar sus deseos.
Me encantaba pensar en que algún día, yo misma podría salir de aquella aldea y llegar a convertirme en una escritora.
Por desgracia, por aquel entonces no tenía mucho que contar y la literatura de ficción no nos estaba permitida así que jamás encontré la inspiración para ese primer párrafo con el que arrancar mi carrera.
Otra asignatura con la que disfrutaba era con historia mundial.
Me encantaba leer relatos de gestas y grandes hechos del pasado e imaginarme que podía viajar atrás en el tiempo para vivirlos en primera persona.
Mientras la profesora exponía su lección, escupiéndola sin motivación a un grupo de niños medio dormidos, mi imaginación volaba a otra época y lugar y visualizaba con pasión los hechos acaecidos o, al menos, lo que la interpretación de la historia a través de los ojos del régimen quería que nosotros aprendiéramos…
Me encantaba la época clásica, en el apogeo de las civilizaciones griega y romana.
Me imaginaba a mí misma vestida con una toga, departiendo sobre ciencia con los grandes filósofos en mitad de un ágora.
En mis delirios durante la explicación de la maestra Clotilde, Isabel ya no era una niña, sino una inteligente joven y la única mujer de la asamblea que maravillaba con sus ideas revolucionarias y descubrimientos a toda una congregación de sabios ancianos.
Durante las frecuentes abstracciones, mi vista se perdía en la lejanía a través de las ventanas del aula y, con frecuencia, mi hermana Lucinda tenía que rescatarme con un codazo de la ensoñación para evitar que la maestra se diera cuenta que, una vez más, estaba despistada.
—Isabel, te distraes con el vuelo de una mosca —solía decir Clotilde cuando Lucinda llegaba demasiado tarde al aviso y me sorprendía evadiéndome en lugares lejanos de otra época.
Eso ocurría cuando la pillaba de buenas, porque los días en que la maestra se levantaba con el pie izquierdo, solía acercarse a mi mesa con las manos cruzadas tras la espalda sujetando su vieja regla de madera y, sin mediar palabra, me la descargaba sobre la espalda, provocándome un dolor lacerante como si de un latigazo se tratase.
Así es… La buena de Clotilde aplicando a rajatabla los preceptos de la pedagogía coercitiva soviética en zona ocupada por el bando nacional. Cosas de la vida…
Otro de los sistemas de tortura que el brillante ingenio de la maestra había ideado para hacer la vida imposible a los alumnos más revoltosos era dejarnos fuera de clase, arrodillados sobre una montaña de tierra y con la cara contra la pared.
En principio podría parecer un castigo ligero, comparado con los reglazos en la espalda o las palmas de las manos, pero puedo asegurar que para nada lo eran y que, tras diez minutos de inmovilidad, los granos de tierra comenzaban a clavarse en la piel y atravesarla hasta hacer sangrar las rodillas como si de penitentes se tratara.
Este tipo de castigos puede parecer una barbarie, pero para la época era tan normal como los es hoy día mandar a casa tareas extraordinarias… Y pobre de ti si tus padres se enteraban…
Lo cierto es que, a pesar de estos castigos, era una alumna excepcional y mis notas eran inmejorables.
Si bien es cierto que era la más traviesa de todos mis hermanos, también es verdad que mi capacidad para los estudios estaba muy por encima de la media y podía recuperar una clase en cuestión de minutos con sólo plantarme delante del libro y dar un par de lecturas a la lección del día.
La razón de por qué Clotilde, en lugar de fijarse en mi inteligencia y potenciarla, lo hacía en mis travesuras, buscando siempre la forma de castigarme, es algo que llegué a entender con los años cuando descubrí que, al igual que muchas otras mujeres de la comarca, había estado perdidamente enamorada de mi bien querido tío Delfín, tan atractivo y culto como era.
No obstante, y al igual que había ocurrido con la mayoría de ellas, mi tío era un hombre muy selectivo y Clotilde llegó a convertirse en uno más de sus descartes.
La maestra, en represalia, las tomaba conmigo, la única integrante de la familia que se salía un poco de los estándares de sumisión de la época y presentaba un nivel de iniciativa más allá de lo normativo.
No me voy a quitar méritos, de todos modos. Es cierto que, en ocasiones, mis travesuras rozaban lo temerario y que, de no haber sido por la influencia y contactos de mamá, es probable que hubieran llegado a retirarme la escolaridad en castigo por mis reiteradas infracciones.