CAPÍTULO 2 #6
Lucinda, asustada, vino corriendo y, tan pronto me dio el relevo, me incorporé y tambaleé a la habitación.
Me tumbé en la cama boca arriba mirando al techo.
Daba vueltas sin parar como si me encontrase ebria subida a la vieja noria que los gitanos montaban en el pueblo por las fiestas de la vendimia.
La sensación no desaparecía y el dolor subía de intensidad, cuando de repente sentí un dolor agudo en el pecho que duró unos pocos segundos.
Durante el escaso tiempo en el que mi mandíbula ardía y la aguda punzada en el pecho simulaba el dolor de un infarto de miocardio, pude ver el rostro sonriente del tío Delfín, como una nube en filigrana flotando por delante del techo de madera de mi cuarto.
Me sonreía con los ojos llenos de lágrimas, en una expresión mezcla de alegría y tristeza, de congoja y desesperación, por una vida derramada como orina a las cloacas, aunque bien conocedor de que abandonaba este mundo dejando atrás mucha gente amada que lo echaría en falta.
La visión de mi tío se fue disipando lentamente como una nube de humo y, una vez esta hubo desaparecido del todo, milagrosamente lo hizo el terrible dolor que estaba experimentando, dejando una paz y un alivio tan grande en mi interior que al fin me permitió perder el conocimiento.
Cuando desperté, unos minutos más tarde, mamá y Lucinda estaban sentadas al borde de la cama, preocupadas por mi salud.
Todavía no habían recibido la triste noticia, aunque no tardaría.
Me incorporé y, ante el desconcierto de mi familia, rompí a llorar, fundiéndonos las tres en un abrazo.
Mi tío salió de casa con la escopeta de papá colgada al hombro por la cinta de cuero curtido que mamá le había regalado las navidades pasadas.
Sustituía la vieja y raída correa de lana con la que la trasportaba cuando salía a cazar con sus amigos.
Caminaba tranquilo y con paso decidido por primera vez en mucho tiempo.
Estaba sobrio y los efectos de la abstinencia tardarían en llegar, así que su mente estaba clara y despejada, su objetivo bien claro y fijado en la retina como un punto en la distancia.
A cada paso acompasado por el repiqueteo de los zuecos contra los adoquines de la carretera sólo podía ver el cadáver del maldito, el villano y canalla que había creído su amigo y que no era otra cosa que un ladrón.
Caminaba decidido a matarlo, con dos cartuchos cargados en la escopeta de doble cañón Benelli que pertenecía a mi padre.
Sabía muy bien cuál era la casa de su víctima.
Había cenado allí muchas veces con el ladrón y su mujer, cuándo todavía pensaba que era un buen amigo suyo y antes de que éste se convirtiera en un traidor.
Su esposa había estado enamorada de mi tío Delfín, como tantas otras muchachas de la comarca, antes de casarse con el hombre que iba a matar, pero mi tío había desistido de la relación con una mujer cuyo padre era falangista.
Y fue precisamente la mujer la que abrió la puerta…
Mi tío descolgó la escopeta del hombro y tocó tres veces en la madera con el cañón.
La expresión de desconcierto de la mujer, que en otra época había sido hermosa y ahora lucía profundas arrugas de expresión por la tristeza de estar casada con un vago y un ladrón, se convirtió en una grotesca mueca cuando vio al hombre del que había estado enamorada llamar a la puerta de su hogar al anochecer, blandiendo un arma tan imponente.
Se puso a gritar de puro pánico e intentó cerrar la puerta en las narices de mi tío, pero él ya había colocado un pie bloqueando la entrada.
Decidido, propinó un fuerte puntapié a la puerta que se abrió de par en par, golpeando a la mujer en la espalda y arrojándola al frío suelo de baldosa del recibidor.
Delfín, decidido y enfocado en su objetivo, hizo caso omiso a la pobre mujer y pasó por encima de ella como si en realidad fuera una alfombra.
—¡Qué estás haciendo, María! ¡Qué son esos ruidos! —escuchó protestar a su víctima, que se había percatado del escándalo.
En silencio, mi tío caminó en dirección a la voz. El muy imbécil se lo había puesto fácil revelando su posición y se lo encontró cómodamente sentado en un raído sillón en mitad del salón, comiendo un trozo de pan con tocino bañado en sal.
Cuando la víctima vio a mi tío Delfín con la escopeta amartillada apuntando a su vientre, supo lo que iba a ocurrir y cerró los ojos, resignado a su destino…
No hubo conversación entre los dos hombres ni, como suele ocurrir en las películas, el verdugo da una charla moralista a su víctima para dar más peso a la pausa dramática.
En este caso, mi tío apretó el gatillo con decisión y disparó sin más preámbulo.
El humo que salía de la cámara del cañón llenó de olor a pólvora el salón, un tufo que pronto se mezcló con el de la sangre y los intestinos de la víctima.
El pobre ladrón, ni se molestó en levantarse del sillón y toda su preocupación fue sostener las tripas sin que se desparramaran por el suelo a pesar del dolor tan horrible que sentía.
Viendo a su víctima herida de muerte, mi tío pensó en recargar su arma y rematarla, pero decidió que era mejor idea dejarlo morir lentamente, así que se dio la vuelta y caminó hacia la entrada.
La mujer seguía tirada en el suelo, aturdida todavía por el golpe de la puerta, y la ayudó cortésmente a incorporarse.
—Lo siento… lo siento mucho— fue lo único que acertó a pronunciar como disculpa a una mujer que suponía, acababa de dejar viuda. Después se colgó la escopeta al hombro y siguió decidido su camino hacia un maizal vecino.
El cañón del arma, todavía caliente por el disparo, le había provocado una quemadura en la espalda, pero el dolor era una de las emociones que mi tío era ya incapaz de distinguir en aquel momento…
Se internó en el maizal sabiendo que ya sólo quedaba una cosa por hacer.
Acababa de matar al marido de una mujer cuyo padre era el dirigente del partido falangista local y sabía que sus días estaban contados.
Tanto esfuerzo de mi familia por cuidarlo y ocultarlo durante la guerra no había valido de nada.
Por primera vez sobrio en mucho tiempo y harto de una vida de adicción a la que se hallaba encadenado, buscó un lugar cómodo, oculto y bien protegido en mitad del maizal. Allí nadie le molestaría…
Se colocó de rodillas y recargó el arma con un solo cartucho.
Después, apoyó la culata en el suelo y el cañón en el cuello, justo bajo el mentón…
Como el hombre valiente que era, no lo pensó dos veces y apretó el gatillo.
El estampido retumbó en la llanura como el lejano rugido de un trueno e hizo que una bandada de grajos, que expoliaban el grano de las mazorcas, levantara el vuelo.
El cuerpo de mi tío se desparramó entre las hojas secas del maíz, bañadas ahora por su sangre, mientras yo me retorcía de dolor intentando sujetar a mi hermano pequeño en la bañera. ..
Se había volado el maxilar inferior y la nariz y sus dientes se mezclaban ahora con la tierra embarrada de la plantación.
La herida no había sido mortal, y él lo sabía muy bien, aunque ya había previsto tal eventualidad.
Con las fuerzas que le quedaban, sacó del cinturón de caza un cuchillo jamonero y sujetó la empuñadura con las dos manos.
Después se llevó la punta de la afilada hoja al pecho y miró al cielo que ya había oscurecido.
Antes de empujar el cuchillo y que atravesara las paredes del corazón dándole muerte, quiso contemplar las estrellas por última vez.
Eran hermosas, blancas, puras y cristalinas.
Iluminaban el firmamento en una cálida noche de septiembre y le hicieron sentirse pequeño, muy pequeño, diminuto…
Su vida ahora ya no importaba tanto. Ojalá se hubiera tomado un momento meses atrás para contemplarlas y así tal vez no habría caído en el vicio y el error de engañar a su familia para embarcarse en un turbio negocio que lo había llevado a la ruina y a la muerte…
Justo antes de morir, se fijó en la extraña forma que perfilaban un grupo de estrellas que no acertó a diferenciar y que nunca antes recordaba haber visto en el cielo nocturno.
La línea de los astros describía el rostro de una hermosa joven de cabellos rubios y lacios, el rostro de la persona que escribe este relato.
Y estoy tan segura de ello como de que antes de desmayarme y segundos antes de que mi amado tío Delfín muriera, yo también pude ver su imagen sonriéndome, despidiéndose en una vaporosa transparencia de humo rosado disolviéndose en el techo de mi habitación.
Luego vino el horrible dolor en el pecho y me desmayé…
Nunca olvidaré los momentos que pasé con el más querido de mis tíos, un hombre bueno echado a perder por el demonio de la bebida.
Un compañero de juegos y, junto con papá, el mejor ejemplo de superación para la mujer que llegaría a ser algún día.
El modelo de una persona que, habiendo salido de una aldea pobre en lo más profundo de la Galicia rural, llegó a ser el primer miembro de la familia en convertirse en licenciado universitario.