La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 2 #5
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CAPÍTULO 2 #5

​ —Escucha, Delfín. Tienes que dejar esta vida.

Mírate, pareces un indigente. Eres un tipo inteligente, nada menos que con una carrera universitaria.

En el pueblo se te rifarían en los negocios para tener alguien con tu capacidad de cálculo y, sin embargo…

aquí estás, tras una barra de taberna sirviendo vasos de vino a cuatro borrachos que encima aprovechan las tardes cuando estás tan bebido que ya no te tienes en pie para timarte y beberse tu género.

​ El buen hombre, a todas luces bien intencionado, creía que este sincero y amigable consejo iba a calar hondo en la conciencia de mi tío, no obstante, nada más lejos de la realidad.

El pobre se llevó como recompensa un inesperado derechazo directo a la cara y, a cambio, mi tío se quedó con uno de sus dientes incrustado en los nudillos de la mano.

Contrariado y chorreando sangre por la boca, el hombre se dio la vuelta y nunca más volvió a entrar en aquella taberna ni a acercarse a cualquier otro lugar en donde estuviera mi tío.

​ Por si era ya poca la desgracia, la herida en la mano de Delfín que le había provocado el diente de su viejo amigo, se infectó de gravedad y pasó varios días en casa, bajo los atentos cuidados de mi madre, debatiéndose entre la vida y la muerte hasta que finalmente se recuperó.

Para mamá, aquella era la oportunidad de salvar la vida de su hermano.

La enfermedad lo había tenido postrado en la cama durante algo menos de un mes en el que no había probado ni una sola gota de alcohol.

Sin embargo, la fuerza de la adicción fue mucho mayor que la voluntad de mamá por rescatar a su hermano querido del profundo pozo de desesperación en el que se hallaba sumido, así que sólo una semana más tarde de haberse recuperado de la infección, Delfín ya estaba tras la barra de su taberna, atendiendo a la caterva de sinvergüenzas que se hacían llamar sus clientes.

​ Mi padre, durante el mes que su cuñado había permanecido postrado en cama, había aprovechado para adecentar el local.

Esperaba que al verlo restaurado, limpio y ordenado, Delfín tuviera a bien replantearse su vida, venderlo por un buen dinero y aceptar un trabajo como contable en el pueblo.

Papá se ocupó de pintar las paredes y el techo, reparó las lamas del suelo de madera y hasta puso una puerta nueva.

Después barnizó la barra y sustituyó los estantes de las bebidas por unos recién fabricados en la carpintería de sus vecinos a base de madera de roble.

Para cuando terminó la restauración, el local parecía algo completamente diferente y el esfuerzo había valido la pena.

El mismo esfuerzo que había empleado apenas unos pocos años antes para construir un zulo y un pasadizo en su propia casa y salvar la vida de su cuñado…

​ Sin embargo, mi tío pronto empezó a beber de nuevo. Para un ex alcohólico, trabajar en una taberna era el equivalente para un adicto al juego a trabajar en un casino y el permanente y agradable olor de los licores lo arrastró de nuevo al abismo. Un abismo del que esta vez ya no saldría…

​ Corría el verano del año cuarenta y ocho y, la taberna que hacía pocos meses que había sido reformada por papá, volvía a ser ahora el cuchitril de otra época.

Delfín pasaba borracho y a solas las noches, tirado en el suelo del local.

Pero lo peor estaba aún por venir en forma de un desalmado, una víbora, una de esas personas que perfectamente podría haber sido un asesino o un psicópata de haber crecido en un contexto favorable al desarrollo de sus innatas tendencias.

​ Este ser inmundo, este vil canalla, era uno de los desalmados que robaban a mi tío el género cuando por las tardes se echaba a dormir la mona tras la barra del local.

Él, y tres tipejos más se dedicaban a beberse el alcohol de las estanterías hasta que perdían el sentido, aunque lo hacían de un modo sibilino y estructurado.

Siempre había uno de los cuatro individuos que vigilaba por los otros tres, con un ojo puesto en Delfín por si se despertaba.

Cuando este vigía detectaba que su anfitrión comenzaba a moverse, incómodo en su improvisado lecho, hacía una señal a los otros tres y los arrancaba de la taberna, dejando solo a mi tío con varios litros menos de licor en su inventario.

​ No obstante, uno de estos cuatreros, el peor de todos ellos, quiso ir más allá todavía y comenzó a robar de la exigua cantidad de dinero que mi tío recaudaba.

Guardaba las monedas en una vieja caja de cigarros habanos a la vista de todo el mundo, así que no era difícil trincar un par de monedas al día sin que se diera cuenta…

Pero el hurto se fue haciendo exponencialmente más significativo y, lo que al principio eran sólo dos monedas al día, pasó a ser la mitad de la recaudación una semana más tarde, luego tres cuartas partes, para finalmente llegar a dejar tan solo una moneda en la caja.

​ Mi madre, que era la encargada de gestionar las escuetas ganancias de la taberna, no tardó en darse cuenta de que, a pesar de que la clientela no bajaba y el consumo del género crecía, cada vez había menos caja a contabilizar, y así se lo hizo saber a mi tío Delfín.

Éste, llevado por la ira, montó en cólera y, con las pocas neuronas que en su cerebro habían sobrevivido a la orgía alcohólica, diseñó un sencillo plan.

Se sentía vilipendiado, ofendido y humillado.

Su hermana le había hecho ver el nivel del ridículo que estaba haciendo, avergonzándose a sí mismo y a su paciente familia.

​ Al día siguiente, reunido en la taberna por la tarde con los cuatreros que expoliaban sus existencias, fingió hallarse ebrio y dormir la mona tras la barra para así poder observar con libertad lo que hacían aquellos que lo estaban robando.

Para él fue un esfuerzo desmedido permanecer sobrio, rellenando con mosto cada vaso de vino que se suponía debía estar bebiendo.

Aun así, la vergüenza y el recuerdo de la expresión de mamá recordándole su estupidez le dio fuerzas y cumplió con su cometido.

​ Su confiada clientela no tardó en sacar a relucir la artera artimaña con la que cada día se embriagaban gratuitamente a costa de la inocencia de mi tío.

Éste, aguantó con estoicidad porque, aunque le dolía saberse traicionado por aquellos que creía hasta la fecha que eran sus amigos, todavía más quebraba su espíritu la humillación de haber sido robado.

El más astuto y taimado de los cuatreros no tardó en atravesar la barra y, esquivando el cuerpo inerte de mi tío, se puso a hurgar en la cajita de habanos en busca de su botín diario.

Cuando Delfín escuchó el sonido de las monedas chocando entre sí, entreabrió uno de los ojos y lo fijó en el ladrón.

​ Realmente el sinvergüenza que le estaba robando era quién menos esperaba de los cuatro, y eso hizo que su dolor y decepción fueran todavía mayores.

Tuvo que controlar su ira como buenamente pudo y cerro de nuevo el ojo para continuar con su austera imitación.

Luego, aguardó a que la taberna quedara vacía, bien avanzado el atardecer y, por primera vez en meses, cerró el local y caminó sobrio y con paso firme hacia casa.

​ Entró por la finca en lugar de por el portalón del corral y atravesó el patio al amparo de los frutales.

Luego esperó en la puerta de atrás a que todo estuviera en silenció y abrió con sigilo para deslizarse hasta el piso de arriba y después al desván.

Allí tomó el cinturón de caza lleno de cartuchos y se lo ato a la cintura. Luego descolgó la escopeta…

​ Era el tres de septiembre del año cuarenta y ocho cuando mi muy querido tío Delfín murió y, al igual que había ocurrido el día que la guardia civil había venido por casa a buscar a mi padre, cuando yo era tan solo una mocosa que jugaba a las muñecas, aquel aciago martes presentí el terrible hecho.

Tenía yo dieciocho años y ya era toda una señorita que soñaba despierta imaginando un mundo lleno de oportunidades que esperaba a ser conquistado por una joven rubia de ojos claros.

Una mujer valiente y decidida, de ascendencia Celta como la mayor parte de los gallegos y a todas luces adelantada a su tiempo.

Me encontraba dando un baño a mi hermano pequeño Fernando, que había venido al mundo por sorpresa tan solo tres años antes para llenar de alegría un hogar lleno de jóvenes que poco a poco irían abandonando el nido, obligados por la depresión económica de la posguerra y los cantos de sirena de la emigración.

​ Estaba a punto de oscurecer cuando un lacerante y agudo dolor en la mandíbula a punto estuvo de hacerme perder el conocimiento.

Solté al pobre Fernando, al que tenía sujeto por una pierna dentro del baño de espuma mientras le frotaba la espalda.

Mi hermanito resbaló, se dio un fuerte coscorrón contra la cerámica del baño y rompió a llorar.

Ahora pienso que el agudo llanto fue lo que salvó su vida, haciéndome permanecer consciente, pero el dolor no desapareció en ningún momento.

Era tan intenso que se me revolvió el estómago y, encontrándome tan mal que ya no podía hacerme cargo del pequeño, grité alertando a mi hermana que planchaba en la habitación contigua al baño.