CAPÍTULO 2 #4
No obstante, lo que otrora había sido una medicina para el alma, se convirtió en una horrible adicción que acompañó a mi tío hasta el fin de sus días.
Desde el primer momento en que se vio liberado de su prisión, se dedicó a beber y beber, en muchas ocasiones, hasta perder el conocimiento.
Es cierto que durante una larga temporada y gracias al esfuerzo de mi madre y la ayuda de mi padre, lograron rescatarlo del alcohol y hasta encontró trabajo como contable en una gestoría del pueblo.
Sin embargo, la mala fortuna quiso que un aciago día, el destino lo juntara con un viejo amigo y entraran en un bar a celebrar el reencuentro.
Desde ese día, hasta el fin, todo fue cuesta abajo para él.
Viéndose inútil y sin trabajo, el hombre bueno, feliz e inteligente que había sido se fue transformando en un cadáver taciturno que vagaba por la casa como un fantasma, con el rostro desencajado por su adicción, en varias ocasiones tambaleándose hasta la habitación que se convirtió en un segundo encierro en vida, en su nueva cárcel.
La historia de su ocaso es un episodio que todavía hoy me duele recordar, como muchos otros de mi vida, pero que relato a continuación con todo el detalle que la memoria y los extractos rescatados de mi diario me permiten.
Allá por el verano del año cuarenta y seis, con la segunda gran guerra recién terminada y una España sumida en la más profunda miseria de la posguerra, se encontraba mi tío solo en la cocina escuchando las noticias por Radio España Independiente, “La Pirenaica” cuando recibió una inesperada visita.
Como siempre, escuchaba la emisión comunista con el volumen muy bajo y la oreja bien pegada al altavoz, no fuera que algún vecino indiscreto escuchara lo que no debía.
Se sobresaltó cuando vio aparecer por la puerta a un viejo amigo, al que ya creía olvidado en el camino y al que la avaricia había convertido en mala persona.
Había visto en la debilidad provocada por la adicción de mi tío Delfín la oportunidad para sacar un buen dinero a la familia más próspera de la comarca.
Este vil desgraciado, que de ser humano tenía sólo la apariencia, convenció a mi tío de traspasarle la taberna que regentaba en una aldea cercana.
Sabedor de que su viejo amigo Delfín estaba enganchado al alcohol y de que se encontraba sin trabajo en aquel momento, trató de camelarlo delante de dos polvorientas botellas de vino de casa muy “peleón” para que comprara su cuchitril.
La taberna en cuestión era un sucio garito de mala muerte que tan sólo visitaban asiduamente cuatro ancianos del lugar, en busca del elixir que les hiciera olvidar las pérdidas sufridas en la guerra civil; hijos y sobrinos muertos en combate, hijas violadas salvajemente y tierras y bienes expoliados para el sustento del régimen.
Con malas artes y la inestimable ayuda del vino, el mal llamado amigo logró convencer a mi tío para hacerse con su taberna, no sin antes pasar por caja una desmesurada cantidad de dinero, claramente inapropiada para los bienes que se iban a adquirir.
A pesar de los esfuerzos de mi madre por convencerlo para que desistiese en tan inapropiada empresa, mi tío estaba decidido en llevar a término la operación.
Suponía al fin una ocupación para él, tras años sin encontrar un lugar en el mundo, además de un inagotable suministro del alcohol, de que ya por aquellos tiempos se había hecho irremisiblemente dependiente.
Finalmente, agotada de porfiar en su hermano para que desistiera, mamá se rindió, aunque dejó bien clara su postura al respecto, expresando a todas luces que jamás aportaría un solo céntimo para ayudarle a arruinar su vida.
Sabedora entonces de cuál sería el siguiente paso de mi tío Delfín, intentó tomar la iniciativa y escribió una misiva a mis tíos de Cuba en la que les exhortaba que desistieran de ayudarlo en su locura.
Sabía mi tío que mamá estaba escribiendo esa carta porque la veía todos los días después de comer, tomar un viejo lápiz raído del cajón de la mesa de la cocina y ponerse a garabatear un borrador tras otro, que iba tirando a la basura hasta que llegó a completar la carta que deseaba.
Delfín buscaba los papeles arrugados entre los desperdicios y leía lo decepcionada que estaba su hermana con él y la desesperación con la que pedía a sus hermanos que, en ningún caso, le enviaran el dinero que necesitaba para la transacción.
Esto, lejos de hacer desistir a mi tío, fue un aliciente para él.
Quería a toda costa demostrar a su hermana que estaba muy equivocada y que se encontraba ante el gran negocio de su vida, así que la vigiló y, una vez la carta estuvo terminada y cerrada sobre la mesita de noche de ella, pasó manos a la obra.
En un primer momento, él había pensado en enviar al mismo tiempo una carta manuscrita y rezar para que la suya llegase antes.
Otra opción era engañar a mamá, diciendo que él personalmente llevaría la carta al correo, para después deshacerse de ella.
Sin embargo, se inclinó por una tercera opción, la que le pareció más inteligente.
Mi tío escribió su propia carta con una letra lo más parecida que pudo a la de mi madre.
En ella, firmando en nombre de mamá, exponía a sus hermanos en Cuba lo acertada de la decisión de Delfín y que le ayudaran a comprar la taberna.
Aclaraba asimismo y para no levantar sospechas, que ella misma le habría ayudado a adquirir el bien inmueble, pero la guerra civil había dejado tanta miseria que prefería guardarse los pocos ahorros que tenía para poder sobrellevar con solvencia cualquier eventualidad que se pudiera presentar.
Incluso adornó el relato mi tío con la coletilla de que nunca se sabía a qué funcionario, político o policía habría que sobornar para salvar la piel a alguno de los suyos.
Y así fue como mi tío sustituyó con su carta la que mi madre había escrito y la dejó sobre la mesilla.
Sin saberlo, mamá le había hecho el trabajo sucio enviando por correo a Cuba la carta que Delfín había escrito, en lugar de la suya propia.
Un par de meses más tarde de haber salido la correspondencia, mi tío al fin recibió el dinero que necesitaba y una triste tarde en el otoño del año cuarenta y siete, se convirtió en propietario de la ruinosa taberna.
Como no podía ser de otro modo, las cosas fueron mal para el bueno de Delfín desde el primer día.
Con un suministro ilimitado de alcohol a su disposición, pasaba la mayor parte del día en una suerte de duermevela tras la mohosa barra de la taberna, sirviendo vasos de vino, anís o ginebra a cuatro oriundos bala perdida, tanto o más alcohólicos que él.
Por las mañanas todavía conservaba parte de su personalidad e iba aguantando el tirón.
Mi abuela se ocupaba de prepararle un desayuno fuerte a base de huevos, tocino, pan con mantequilla y un tazón de café.
Con el botín en el estómago, la primera andanada de vasos de vino no lograba mellar del todo la conciencia de mi tío.
Así, lograba recaudar algo de dinero de los jornaleros de la zona, que hacían un descanso a media mañana para reponer fuerzas.
No obstante, llegada la segunda mitad del día, el maltrecho hígado de Delfín iba lentamente perdiendo su capacidad de filtrar la exagerada cantidad de alcohol que recibía y allá para las cinco de la tarde, su vista estaba tan nublada como la de un anciano con cataratas y se echaba a dormir la mona tras la barra hasta el anochecer.
En aquel momento, se abría la veda para que los alcohólicos depredadores que eran sus clientes más asiduos tomaran por asalto las estanterías y se pusieran ciegos de vino y licor de hierbas.
Para cuando él se despertaba de su siesta de cuatro horas, ya había anochecido y se había quedado solo en la taberna.
Algunas noches, cuando el aturdimiento era tal que le impedía caminar hasta casa, cerraba con pestillo las puertas del negocio y se tumbaba a dormir en el suelo de madera, con la sola compañía de las moscas, arañas y ratones que campaban a sus anchas en aquel oscuro y sórdido establecimiento.
Usaba a modo de colchón una raída manta de lana que se había traído de Cuba y se tapaba con un viejo gabán hecho trizas heredado de su hermano mayor, Manolo.
Solía despertar en plena noche, con una prematura resaca que retorcía su cerebro como si una mano invisible lo estrujara, e intentaba mitigar el dolor echando más leña al fuego en forma de un lingotazo de licor café, lo que no hacía más que empeorar la situación, provocándole un lacerante tormento tan intenso que se echaba a llorar sentado tras la barra.
Cuando al fin lograba conciliar el sueño un par de horas más tarde, estaba a punto de amanecer y pronto sus primeros clientes comenzaban a aporrear la puerta de la taberna.
Mi tío recogía su improvisado jergón y se refrescaba el rostro con el agua reutilizada de una vieja palangana.
Luego secaba la humedad y las lágrimas con el mismo gabán que le había servido de abrigo durante las largas y frías noches de tortura y sufrimiento.
Uno de sus clientes menos habituales, que había sido un amigo de infancia, pasó un día a saludar y tomar un licor con su viejo compañero y se encontró una estampa deteriorada por el paso del tiempo y el alcoholismo.
Mi tío estaba sucio y sin afeitar. Sus ropas raídas y mugrosas y la taberna tan descuidada que perfectamente habría pasado por una cochiquera.
Delante de un vaso de licor café y tras una larga conversación sobre la vida, se atrevió a aconsejar a su amigo.